#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

24 de septiembre de 2016

Cazando bajo la tormenta - Parte I


El trueno de los tambores resonó por encima de la tormenta. Grum gruñó. Esa noche habría partida de caza. Miró a Hem, la hembra con quien compartía nido y nicho desde que Lamba había muerto devorada. Esta asintió. Sabía que cuando los tambores irrumpían no había nada que aludir.

Un relámpago iluminó las cicatrices del rostro del rastreador. Hem sabía que había sido guerrero en el pasado. Uno de los mejores. Ahora era un simple siervo bajo las órdenes del Gran Cazador, aunque Grum le doblaba en tamaño y habilidades. No era un gran partido. No había podido elegir. La Ley de la Montaña Nublada exigía una pareja para ocupar un nido. Solo la muerte libraba de esa exigencia del Gran Urkell, el Protector. El Brujo Queirquel que había conseguido con su magia un rincón seguro en un mundo en el que la protección valía más que cualquier otro tesoro.

Desde la caída de Sarberk, la Ciudad de la Frontera, el mundo era un lugar cada día más terrible que el anterior. Al menos, en la Montaña Nublada se podía dormir bajo techo, a salvo.

Grum realizó un gesto torpe con la cabeza antes de atravesar la raída cortina que cubría el umbral del nido. Ella admiró su enorme cuerpo. Los músculos que evidenciaban su pasado en múltiples contiendas. Las cicatrices que cubrían cada palmo de su torso y de su rostro. La propia Hem era una guerrera temible. Una hembra temida en la Tribu de la Montaña. Pero sabía que ante Grum poco tendría que hacer en una lucha cuerpo a cuerpo.

Cuando partió. La hembra renegó. Le habría encantado participar en la caza nocturna, pero el Gran Urkell había prohibido que las hembras participasen. Afirmaba que mantenerlas en la montaña, a salvo en los nidos, era el único modo de conservar la especie. Los Krams eran más importantes que Hem o que Grum. La raza estaba por encima de todo.
De momento, quizá por el terror inicial, por la incertidumbre ante lo inexplicable llegado desde la Frontera, todos habían obedecido al pequeño humano que gobernaba con mano de hierro. Un trueno golpeó sus oídos. Había sonado demasiado cerca. Los tambores seguían sonando. Alertando de la convocatoria. De la caza. Hem escupió. Empezaba a estar cansada de quedarse fuera de la lucha y de la caza.

Era una Kram. ¡Por el Rugido de Khronis! Necesitaba derramar sangre...


21 de septiembre de 2016

El globo


Un rayo de sol ha entrado por la ventana
un rayo templado
luminoso
tenue cual caricia de niño

frágil, como mi memoria

Ha sido solo un segundo
un diminuto instante
apenas un suspiro

pero ha sido suficiente para recordar el globo

aquel hermoso globo
                                  Brillante
                                                Enorme
                                                             Sonriente
Sé que he sonreído

No siempre soy consciente,
supongo, aun así, que lo hago a menudo
siempre he sido muy risueño
a veces incluso un poco pesado

El globo…

               Y la carita de mi hijo tras su brillo
               sus ojos relucientes, enormes,
               su esplendorosa sonrisa
               la mirada orgullosa de mi Mari

               La inocencia

¡qué felices éramos entonces!

María, Miguel…

                            Y yo,
                            sí, también fui muy feliz a su lado

Fueron muchos los años felices
radiantes

Cuando me acuerdo, disfruto como un niño
sonrío por haber sido tan feliz

Ahora lo recuerdo

Intento retenerlo aquí, en mí mismo
pero sé que, en un soplido revoltoso de la brisa, volveré a olvidarlo

Me duele saberlo
pero ahora sonrío,
ahora recuerdo la importancia de ese instante

¡Nada más importa!

El júbilo

La dicha

¡Nada más importa!

Ni el después, ni el olvido, ni esta maldita memoria mía.
Nada más importa.
Soy feliz.

Está aquí, conmigo, mi hijo,
siempre está a mi lado
aunque a veces no me acuerde
aunque le llame de otro modo
aunque yo parezca más pequeño
más diminuto
menos yo…

Es él

           Siempre es él
           Siempre lo ha sido

¡Le quiero tanto!

Quizá luego me olvide,
quizá le vuelva a confundir con la vecina
o con mi padre…

¡qué mala leche tenía mi padre al enfadarse!
Aunque era un trozo de pan,
un bendito.
Mi padre.

Hay noches que nos reímos juntos con esos disparates
mi hijo y yo, juntos,
otras lloramos…

Pero hoy
ahora
soy feliz, plenamente feliz. Y él lo sabe.
Mi Mari, allí arriba, seguro que también lo sabe.

El sol lo ha permitido,
me ha dado este regalo,
este segundo, este instante, este suspiro.

Un momento suficiente para verte
y recordarte

Hijo mío

Y sonreírte
Y besarte

Y decirte de nuevo,
como siempre nos dijimos
como tantas veces nos hemos dicho,
ahora lo recuerdo,

Te quiero, siempre te he querido.

 Gracias por no olvidarlo.


Para todas las personas que se olvidan de su felicidad y de sus globos azules...

Héroe de juguete


El cochecito en el suelo desencadenó todo...

El soldado, horas después, aún no entendía por que había ametrallado a esa familia que podría haber sido la suya propia.

El miedo, el estrés, el dedo en el gatillo...

Nadie más que él supo la causa de su suicidio.

En el barro quedó el arma, aún humeante.

A su familia le llegó una carta afirmando que había sido un héroe.



#MalditaGuerra

16 de septiembre de 2016

Llanto de la Tierra Herida


Las lágrimas surgieron

la Tierra herida vomitaba un llanto inabarcable
infinito

nada se movía
nada evidenciaba la dolencia

pero la Tierra seguía llorando inconsolable
las lágrimas seguían surcando el horizonte

todo era quietud
calma
silencio

desconsuelo

hartazgo

la ceniza aún flotaba en el ambiente

una piedra cayó en ese momento
quizá ese fue el desencadenante necesario
si es que lo era alguno

todo se estremeció de puro terror

la Tierra herida lo supo de pronto
aunque siempre lo había sabido

la sangre 

los cuerpos

la derrota

la masacre
aún no había terminado


24 de agosto de 2016

La última palabra


Antes de marchar quiso dejar algo. Lo que fuese. Quizá necesitaba hacer como cuando era pequeño, tener la última palabra antes de callar y zanjar la discusión. Habían perdido. El pueblo era de ellos. Y "ellos" era una palabra extraña y difícil de pronunciar, porque ese "ellos" no era más que un "nosotros" partido por la mitad, sin ningún sentido. Habían perdido. Y eso significaba que se tendrían que marchar para siempre. Pero, antes, iba a gritar su última palabra. Todos la escucharían. "Ellos"... y "nosotros". Todos debían escucharla...

Se coló en el minúsculo sótano de su amigo Pedro. Allí se guardaba uno de los tesoros mejor cuidados de todo el pueblo, una magnífica estación de radio R2 que les habían arrebatado hacía unos meses a los italianos. Nunca se había puesto delante de un micrófono. Le dio igual. Abrió los canales, como le había visto hacer cientos de veces a Pedro. Y recitó a Lorca y a Machado, a Unamuno y a Benavente, a Alberti y a Cernuda... sabía que "ellos" conocían el rincón en el que se ubicaba la emisora. Y aun así, fue incapaz de callar...

Dos horas. Ese es el tiempo que estuvo en el aire. Supo que, de haber sobrevivido a esa guerra habría intentado dedicarse a la radio. Había encontrado su vocación. Una desgracia, el hacerlo horas antes de morir. Al amanecer del día siguiente, ante el pelotón de fusilamiento preparado por "ellos", vio que estaba ante más "nosotros" de los que había pensado. Luis, Paco, el Gaitán... su cuadrilla de niño, al completo, le iba a matar. No le impactó demasiado. Pero, descubrió algo más. No lo habría imaginado nunca. Vio que muchos de los que tenía enfrente, los fusiles en ristre, recitaban versos en silencio, rememorando en un mudo homenaje los que él mismo había recitado en la tarde anterior. Sonaron los disparos. Ni su estruendo fue capaz de enmudecer a la poesía, que ya nunca los abandonó. Ni a "nosotros" ni a "ellos". La poesía no entiende de fronteras.

21 de agosto de 2016

En el Cielo


En el cielo todo se ve diferente. Es tranquilo y agradable. Pacífico, aunque te enfrentes a la muerte. Todo parece ir más despacio. Menos vertiginoso. Aquel día me encontraba en verdaderos apuros. Mi viejo Hurricane estaba agujereado de arriba a abajo, yo mismo lo estaba. Notaba la sangre huyendo de mi cuerpo. Y ese puñetero Uno-Cero-Nueve seguía a mi cola. El motor estaba en las últimas. El humo provocaba lágrimas en mis ojos a pesar de las gafas protectoras. Pero todo parecía ir muy despacio. Como si alguien lo hubiese contado ya. Como si solo fuese el borrón de un recuerdo perdido y, de repente, encontrado...

Sabía que estaba a punto de morir. Todo estaba decidido. Narrado ya por algún estúpido autor que había leído que el derribo de los Hurricanes era el pasatiempo favorito de los centenares de Messerschmitts que usaban los alemanes. Lo cierto es que estaba a punto de estrellarme y morir. No me importaba. A esa velocidad nada dolería demasiado. Cuanto más me acercaba al suelo más rápido corría todo. Por encima del miedo y de la protesta, cada segundo, menos ruidosa del motor que me mantenía en el aire, recordé a mis padres, a mis hermanos, a Giselle, con quien ya nunca podría ir a ver la famosa Torre Eiffel de la que siempre me hablaba… el mar estaba a mis pies, casi podía tocarlo con la punta de los dedos. Estaba tan cerca todo…

No sé por qué recordé en ese momento la sopa de ajo que tanto detestaba. La hacía mi madre los lunes y yo hacía cualquier cosa para evitar comerla. En ese momento habría dado mi alma por tomar una última cucharada. Aunque, si tenerla delante, la saboreé. Olí ese momento en la mesa. En familia. Fue un instante que me hizo sonreír. El alemán dejó de dispararme y de seguirme. Yo sabía bien el porqué. No le culpé. Seguramente se trataba de otro chaval de mi edad, a quien le habían entregado un arma que no sabía utilizar del todo y le habían encomendado alguna misión estúpida y sin sentido. En esta ocasión él había ganado la partida. Quién sabe. Lo mismo, algún día, ese chico llevaría a su novia a París, a ver la famosa Torre Eifell. Sería estupendo que lo hiciera. Antes de convertirme en una enorme bola de fuego sobre el mar recordé a Giselle y me la imaginé intentando eludir la sopa de ajo de mi madre. Creo que solté una carcajada antes de estallar.


Este microrrelato está escrito después de leer "Volando solo", del genial Roald Dahl. Un gran inspirador de historias.

20 de agosto de 2016

La ventana


Muchos años después, María volvió a asomarse a la ventana a la que se asomaba de pequeña. Y una vez apoyada en su alfeizar, aquel en el que había grabado su nombre con un destornillador oxidado, ante la vista de un horrible muro de hormigón, dejó derramar las lágrimas que no habían brotado entonces. Cuando sonaron las sirenas y su mundo desapareció para siempre...

Esbozó una sonrisa. Cada mañana, desde que habían llegado a esa casa en las afueras, se había asomado para disfrutar del paisaje que la rodeaba. Aquel pueblo era una preciosidad. Desde su ventana podía ver el perezoso movimiento que iba empezando a despertar a todo el mundo, el tronar del mar en el pequeño puerto, la llegada del día. Daba igual que fuese invierno, verano, otoño o primavera. María siempre se asomaba a su ventana, por la mañana, lloviese o hiciese sol. Cuando se marchó su padre, también se asomaba cada tarde, esperando que volviese...

No volvió. La guerra se lo llevó a un lugar del que aún no había regresado. María sabía que su padre seguía en una cuneta, quizá contando sus cuentos a los niños que habían muerto cerca de él. Haciéndoles sonreír como le hacía sonreír a ella. Cuando la encontraron, hacía ya casi 70 años de aquello, María seguía asomada a la ventana de la única pared que quedaba en pie de su casa. La mirada perdida en el mar embravecido, en el movimiento perezoso del despertar ante la muerte. Del pueblo no quedaban en pie más que ella y su ventana. De sus ojos pardos no llegó a brotar ninguna lágrima. 

Qatal


Qatal. Asesino. Así fue como empezaron a llamar al niño perdido. Ese fue el mote que se ganó cuando le dieron el arma y le ordenaron disparar a su hermana. Aquellos hombres. aquellos lobos. Aquellas bestias sin alma que un día vinieron a su pueblo y masacraron a los hombres. Violaron a las mujeres y secuestraron a los niños...

Qatal por aquel entonces tenía otro nombre que hoy nadie, ni él mismo, recuerda. Asió el arma con los dedos temblorosos. El corazón encogido. La mente en otra parte. En el vacío. En la nada. Apuntó a su hermana con el arma. Era una prueba para ser un soldado. Eso vociferaban las bestias. El niño solo podía pensar en la sangre, en los disparos, en los ojos rojos, en la rabia y el odio desatado por aquellos lobos sin alma.

No sabía disparar. Nunca lo había hecho. Sudaba. Sabía que las bestias le gritaban al oído, le empujaban. Sonreían. Él ni siquiera sabía que estaban ahí. Solo estaban sus dedos temblorosos, el nudo de su estómago. Y su hermana. Arrodillada ante él a sus cinco años. Pensó en ella. No había conocido la paz. Siempre había vivido en guerra. Merecía un lugar mejor, un mundo mejor. Qatal hizo lo que debía. Sin querer. Sin proponérselo. Un acto reflejo de puro terror. Se giró con el gatillo entre sus dedos temblorosos. Los hombres, por llamarlos de algún modo, estaban tan borrachos y desprevenidos que no tuvieron tiempo de defenderse. Pronto, en el barrio, solo quedaron un buen puñado de niños llorosos, una niña arrodillada y un hombre forjado, a sus diez años, en una prueba de fuego que le convirtió para siempre. Asesino. Qatal.

16 de agosto de 2016

Amor Imposible


Recorrerte lentamente
disfrutarte,
rozar tu ardiente piel entre jadeos. Y abrasarme.
Sin respiración, sin aire, beber de tus miradas y deseos.
Agonizar de amor 

                                y soñarte 
                                                 y anhelarte 
                                                                     y desearte…


Y por fin saborear tus labios un segundo.

Quizás, con suerte, tenerte un instante entre mis brazos
y morir poco a poco cuando llegue el alba y me abandones
resbaladiza, irremediable
y te desvanezcas en el día. 


Y me mates.



Hace unos días participé en uno de los concursos propuestos por Diversidad Literaria. He vuelto a tener la suerte de ser seleccionado para formar parte de la antología recopilatoria que publican con los concursantes. Espero que os guste el poema.


14 de agosto de 2016

He ganado el X Certamen de Poesía de Navas del Rey


¡Qué suerte! Ayer, estaba yo haciendo fotos de la estupenda representación teatral del Grupo de Teatro de Navas del Rey cuando anunciaron que iban a dar los premios de los concursos de verano y, una vez más, tuve la inmensa fortuna de ser galardonado con uno de los premios, en esta ocasión el de poesía. El de relato se lo llevó mi amigo José Gerardo Vargas, así que... 

Pues nada, aquí tenéis el poema, creo que ya lo publiqué por aquí hace tiempo, pero bueno, lo repito.


Guerra

Una vez llegué a pensar que una guerra a tiempo es un acierto…
era un ignorante entonces, lo confieso

después
ahora
         más tarde
llegaron las fotos
                           los vídeos
                                           el dolor
                                                        los gritos
las certezas

la guerra es un polvo gris sobre los niños
indefensos
    miembros inertes sobre los brazos de sus padres,
miedos innombrables en los ojos
aterrados
               recuerdos que ya jamás se olvidan,

con suerte un campo de refugiados atestado,
por lo común escombros, cenizas, sangres y trincheras…

La guerra es una cicatriz inabarcable…

Es el llanto inconsolable de unos rizos despeinados,
los ojos aterrados de una madre
un padre inmóvil, incapaz de comprender qué ha sucedido
una enfermedad crónica, inaudita, inexplicable…

ahora lo sé
y no puedo menos que reconocerlo y alegrarme,
nunca he tenido que lamentar vivir en una guerra,
no he sufrido una batalla…

era, soy, un ignorante
lo reconozco,
pero hoy soy un poco más sabio al afirmar:

nada bueno puede traernos nunca una guerra.
   

Un paseo por Navas del Rey con Alberto López Langa


Recorriendo Navas en muy buena compañía

Hace unos días me invitaron a disfrutar de una propuesta de lo más divertida, pasear por Navas del Rey y charlar mientras con Alberto López Langa y con Lu Sesma. La propuesta es de lo más interesante y, a pesar del calor de finales de julio, los tres (o eso creo yo) disfrutamos muchísimo de ese estupendo paseo por Navas del Rey, sus lugares, sus curiosidades e incluso su historia.

El resultado es un artículo dedicado a Navas en la web ECO-VIAJES del diario digital Nueva Tribuna, si quieres echarle un vistazo, pincha en este enlace y podrás leerlo entero.

Gracias a Alberto por querer pasear conmigo y a Lu, por acompañarnos y fotografiarnos tan estupendamente bien.

11 de agosto de 2016

Cartas de Barro


Terminó de escribir sin poder evitar un nuevo borrón. Esperaba que no se notasen demasiado los temblores provocados por el frío y el terror que sentía, había procurado que las lágrimas no cayesen en el papel repleto de frases cortas y recuerdos entregados. Lo que sabía que no podría ocultar serían las manchas de barro, esas no las podría borrar jamás, ni en las cartas, ni en los recuerdos ni en su vida...

10 de agosto de 2016

Recitando a Benedetti


Desde luego, no es la primera vez que recito a Mario Benedetti y, seguro, no será la última, pero esta vez sí que he recogido solo un poema para quien quiera escucharlo, uno de mis favoritos del uruguayo.

Cuentos políticamente correctos

El Lobo y el Cazador se fueron a la tetería de la aldea y allí, con una humeante tacita de porcelana en las manos dialogaron sobre la conveniencia o no de que una señora tan mayor como la Abuelita viviese sola en una cabaña en mitad del bosque y de la posibilidad de denunciar a la madre de Caperucita para que le quitasen la custodia de una niña a la que dejaba corretear entre los árboles por su cuenta y a la que nunca cambiaba de ropa. Incluso pensaron en poner en marcha una campaña en Change.org para censurar su mal proceder... Y fueron felices y comieron… ensalada de rúcula y brócoli a la plancha, que las perdices suben el colesterol. Fin.

Que nadie se me asuste, este no es el último final del tradicional cuento de “Caperucita Roja”, que se ha ido transmitiendo oralmente a lo largo de decenas de generaciones y que Charles Perrault fijó por escrito en su propia versión de la tradición oral. No, no es el nuevo final de este cuento que todos conocemos con uno u otro añadido, pero podría serlo. Que a nadie le quepa duda. De un tiempo a esta parte existe una corriente cada día más acuciante que pide una versión políticamente correcta de todo lo que pasa por nuestras manos. Todo tiene que ser correcto, el machismo tiene que obviarse o eliminarse, hay que evitar la sangre y la muerte, hay que borrar cualquier detalle capaz de traumatizar a los niños (y las niñas, espero no cometer un desliz en este asunto tan delicado), aunque esos traumas sean para muchos pobres psicólogos el pan de cada día. Y aunque el mayor trauma o problema causado por los relatos mal llamados infantiles es la creencia por parte de buena parte de la población femenina mundial en el Príncipe Azul, algo de lo que no tienen la culpa los cuentos tradicionales, qué va, sino la versión edulcorada de Disney de todos estos asuntos.


Soy políticamente correcto, a veces creo que demasiado, pero incluso a mí me resulta molesto esa necesidad innecesaria (perdón por la incongruencia) de cambiar los cuentos de toda la vida, de convertirlos en adaptaciones cada día más suaves y con detalles más rocambolescos. Como os digo soy políticamente correcto y me gustan la igualdad, los valores éticos, la educación, la corrección en el lenguaje… creo firmemente que los nuevos cuentos tienen que amoldarse a la sociedad actual o pelear para que, a través de su mensaje, la misma sociedad cambie poco a poco. Lo que me parece algo menos recomendable y me gusta mucho menos es ese intento actual por cambiar lo tradicional y convertirlo en moderno. En suave y ligero. Que nadie se equivoque, no hablo de asuntos que puedan poner en peligro la salud de las personas o de los animales. Hay tradiciones y tradiciones. Algunas es muy bueno que cambien y se adapten, claro que sí. Pero cambiar lo tradicional en los cuentos clásicos  y en la Literatura Infantil es algo que me molesta mucho. 

¡Ojo, llega un párrafo con “spoilers” (vamos, que voy a destripar algunos secretos)!

Que no se derrita el Soldadito de Plomo, que la Sirenita no se vuelva espuma de mar, que a Caperucita no se la coma el lobo o que Barba Azul sea un simpático señor de un castillo que se limita a divorciarse de aquellas esposas demasiado curiosas para poderse casar con otras… desvirtúa el mensaje de los cuentos, los cambia irremediablemente y consigue que nuestros niños y niñas estén cada día más alejados de la realidad. De pequeño he leído muchos de estos cuentos, los he escuchado. He sabido que las mujeres curiosas morían en ese castillo, que el Cazador disparaba al Lobo (¿o era un Leñador que iba con un hacha cual enano de la Tierra Media?), que la Bailarina de la caja de música se quedaba sin soldadito, que la Cerillera se moría de frío… la muerte, el miedo, la prudencia, el respeto ante lo desconocido… son mensajes que la tradición oral ha ido trayendo hasta nosotros y que no debería perderse, porque en esta tradición clásica se oculta parte de lo que nos ha convertido en lo que somos como sociedad, nos ha ayudado a prevenirnos de los peligros. Si los Gigantes no se comen a los niños o las Brujas no pretenden asarnos por acercarnos a sus Casitas de Chocolate ¿qué va a impedir que nos acerquemos a las unas o a los otros?

Y aun así vuelvo a reiterar que los nuevos cuentos hablan de otros asuntos, de respeto, igualdad, semejanzas entre las diversidades… y me encanta que lo hagan. Pero, repito, los nuevos cuentos, no los tradicionales. E incluso creo que, en ocasiones, es bueno que un libro obvie todo eso para que tengamos que ser nosotros mismos quienes los añadamos a nuestra mecánica intelectual.

Leo mucha buena literatura infantil y juvenil, la disfruto. Sé que hay dos autores muy queridos y admirados por los creadores de estos géneros literarios (si es que se pueden llamar así), estoy hablando de Roald Dahl y Gianni Rodari, aunque podríamos meter a Astrid Lindgren y a muchos autores más. Estos autores eran de todo menos políticamente correctos a la hora de escribir para niños. Es cierto que la sociedad ha cambiado ¡y mucho!, pero me da mucha pena el hablar con editores y editoras de LIJ que afirman rotundamente que hoy no publicarían las historias de estos tres grandes escritores. Y no me extraña, juegan a la incorrección, a la rebeldía, a la molestia de tanto en tanto… y en días como los que atravesamos, de globalizaciones y homogenizaciones ¿a quién le interesa que exista una nota discordante?

Llevo todo el mes de julio empapándome de Roald Dahl, lo estoy disfrutando como un enano y estoy queriendo ser gamberro, gritar groserías, mascar chicles y ver la televisión sin parar... pues no, es mentira, pero me lo estoy pasando como un enano con sus historias gamberras y transgresoras. 

Quizá, hoy en día, la mejor forma de ser una mente libre, un rebelde, sea, precisamente, leyendo a los clásicos.



28 de julio de 2016

El Sol enamorado


Te he visto socorrer a los poetas,
engrandecer los sueños de los locos,
inspirar amores inauditos
y tejer con tu plata los desastres más hermosos.

He presenciado tu entereza
al otear maravillas o desastres
y tu menguar obstinado cuando he pretendido darte alcance.

Te he visto nacer y morir en tantas vidas
que seré incapaz de recordarlas
pero nunca olvidaré, amada mía, esta pasión con que me embriagas.