#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

3 de diciembre de 2016

Julián y el Dragón


La noche que el dragón llegó a la Colina Nublada Julián estaba en calzoncillos. Se acababa de lavar y estaba a punto de ponerse el pijama cuando un ruido estremecedor sacudió toda su cabaña. A los pocos segundos empezaron a llegar hasta sus oídos los balidos de sus ovejas, los mugidos de sus vacas y los ladridos de Sao y Pillo, sus dos perros pastores. Fue todo tan de sopetón que el pastor se descubrió de pronto helado de frío y con muy poca ropa delante de un dragón tan fiero como enorme. 

Julián llevaba en las manos su bastón de pastor. Lo miró como con pena cuando el dragón rugió por primera vez. Con un palito como ese poco podría hacer frente a una bestia semejante. Eso mismo parecían haber pensado Pillo y Sao justo un instante antes, porque los dos se encogían tras Julián con el rabo entre las piernas. El único que parecía inmutable ante la presencia del gigantesco monstruo era Belcebú, el búho que dormitaba casi perpetuamente en las ramas del tejo que daba sombra y cobijo a la cabaña de Julián, pero su tranquilidad no se debía a una enorme valentía por parte del búho, no creáis, se debía a que estaba ya muy viejo y apenas escuchaba o veía nada.

El dragón se relamió al ver las ovejas que se amontonaban en un rincón. Los ojos le relucieron de placer y dio un par de pasos que provocaron una fortísima sacudida en toda la colina, Julián trastabilló y estuvo a punto de caer. ¿Qué iba a hacer? Si el dragón se comía sus ovejas le dejaría en la ruina… pero, ¿cómo podía impedirlo?, ¿qué podía hacer él frente a un leviatán tan impresionante? Se le ocurrió una idea en el mismo momento en el que el dragón empezaba a abrir sus fauces para devorar a una de las aterrorizadas ovejas. Y gritó. Gritó mucho. Levantó las manos y las agitó. A lo mejor, pensó, podría asustar al dragón. El monstruo giró la cabeza y descubrió al pastor en calzoncillos. Hizo un sonido muy raro y empezó a agitarse. Julián tardó un largo y atemorizante minuto en darse cuenta de que el dragón estaba riéndose, se estaba riendo de él. 

Y entonces supo que estaba perdido, tiró el palo al suelo y salió corriendo hacia su cabaña. Los dos perros lo adelantaron en dos zancadas y se perdieron más allá de la casa del pastor. El dragón, sin dejar de carcajearse de las pintas del pobre hombre, olvidó las ovejas por un instante y se acercó al aterrorizado Julián. Abrió su bocaza y… ¡se lo merendó de un solo bocado! Fue un estupendo aperitivo antes de comerse a las ovejas, a las vacas y hasta a los perros si los hubiese encontrado (aunque estos fueron mucho más listos que su difunto amo).

Dicen que aquel dragón sembró el pánico durante muchos años. Lo hizo hasta que llegó a la comarca una inusual heroína que pudo derrotarlo y se hizo muy, muy famosa tras su hazaña. Fue una heroína que vestía de caballero y que recorrió el mundo en busca de aventuras hasta que se enamoró de un hermoso príncipe que encontró encerrado en una torre, secuestrado por una bruja, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

27 de noviembre de 2016

La niña de los cartones


La primera vez que Raúl se encontró con Belén ni siquiera se atrevió a mirarla. La niña estaba sentada en el bordillo de un portal que había justo frente al colegio al que iba, vestía una ropa muy sucia, tenía el pelo enmarañado y olía bastante mal. Desde la ventana de su clase, Raúl sí tuvo el valor suficiente como para otear a aquella niña tan extraña que se sentaba entre cartones y papeles. Al lado de la pequeña, que tendría más o menos 9 años, como él, descubrió la figura de un anciano con sombrero. Un señor muy, muy viejo con una barba larguísima que vestía una gabardina rota y deslucida.

Durante dos semanas Raúl pasó al lado de Belén sin atreverse a mirarla. No tenía el suficiente coraje como para hacerlo. Y eso que, cada día, cuando llegaba al colegio, se asomaba a la ventana y miraba a la niña fascinado y sorprendido por su presencia. No sabía por qué, pero se sentía profundamente atraído por aquella chica y, especialmente, por su historia, porque había algo de lo que Raúl estaba seguro, tras esas ropas rotas y tras esos cartones y papeles, más allá del pelo sucio y enmarañado o de la botella vacía del anciano, había una historia. Probablemente una historia triste.

Casi dos semanas después de haberla espiado por primera vez ocurrió algo inesperado, la niña miró hacia el colegio justo en el momento en el que el niño se asomaba. Y le vio. Vio que un niño se asomaba a la ventana y la miraba descaradamente. Raúl metió la cabeza de forma apresurada y trató de pasar la mañana como si nada hubiese pasado. Pero aquel día su vida cambió para siempre.

Y es que, al salir de clase se encontró con Belén cara a cara. Ella le miraba con sorpresa y con una infinita curiosidad. También parecía algo enfadada. Los ojos de la chica chispeaban con un fuego que habría sido capaz de hacer arder a Raúl, a quien las mejillas sí que le ardieron y el corazón le dio un vuelco cuando ella se plantó delante de su camino y le gritó que por qué la espiaba. No fue un primer encuentro muy agradable, la verdad, pero aquel fue el primer día que hablaron. Solo fue una especie de discusión de un solo sentido, solo eso, pero fue el principio de muchas cosas más. Como casi todas las cosas, algo tiene que empezar a ponerlas en marcha.

Algunas semanas después, cuando Belén se sentaba con Raúl en clase, tras muchas aventuras y muchas cosas que no cabrían en este cuento, la niña le contó quién era, de dónde venía y por qué llevaba tantos días viviendo en la calle, entre cartones, por fin le hizo partícipe de su secreto, de su Historia, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

10 de noviembre de 2016

El capitán del equipo se vuelve a llevar a la chica


Pues hala. Ha ganado Trump. ¿Os ha sorprendido? A mí, desde luego, también. ¡Y mucho! Aunque… Quizá podamos unir este triunfo al del Brexit en el Reino Unido o al NO a la Paz elegido en Colombia… el caso es que hay quien empieza a pensar que la Democracia no funciona, que no puede ser que votemos tan mal, que nos equivocamos al hacerlo… ¿cómo puede ser, dicen muchos, que alguien manchado de corrupción siga ganando elecciones?, ¿por qué cae bien alguien que hace tanto mal?, ¿por qué se elige lo que se aleja tanto del sentido común?, ¿cómo puede ser el presidente del país más poderoso del mundo una persona que despierta tantos recelos y que parece tan poco… apto para ser presidente incluso de su comunidad de vecinos?

¿Es que nos hemos vuelto locos? ¿Es que la Democracia está fallando? Hay muchas personas que piensan que esto está ocurriendo... ¿no será la Educación lo que falla?

Es cierto que en el caso de estas elecciones de EEUU parece que no se ha votado a uno de los dos candidatos, sino en contra de uno de los dos… algo así como lo que pasó en España hace dos elecciones o incluso más… porque en España somos expertos en votar a la contra. Pero es evidente que algo pasa, en todo el mundo, para que esto vaya como va y para que ocurran estas cosas… hay quien habla de la crisis como motivo. Se habla del “Populismo” como un mal endémico… quizá es que la gente ya esté harta de que le vendan motos que no entienden… y, si por lo menos saben de qué les están hablando… pues eso. Cuando las cosas van mal y hay alguien que nos dice lo que queremos escuchar, aunque sea mentira y aunque vaya vestido de palabras y pensamientos soeces y chabacanos… pues nos convence. Casi entre en lo normal. La demagogia es muy fácil de utilizar en una sociedad idiotizada y poco crítica.

Lo mismo hay quien se ofende escuchando esto. Si es así, si te has ofendido, enhorabuena, perteneces al cada vez más escaso núcleo de población con capacidad de pensamiento crítico y de no tragar con cualquier cosa. Enhorabuena, te repito. Y, aun así, es una desgracia ser así en un mundo como este. En una sociedad conformista y especuladora. 

Adormilada tras toda una serie de informaciones diarias y circos continuos. Donald Trump, el nuevo presidente de los EEUU (si es que no impugna los resultados él mismo) es un personaje televisivo y cinematográfico, un “showman”, alguien que sabe llegar al gran público, un Silvio Berlusconi venido a más o un Jesús Gil venido a menos… porque don Jesús era mucho don Jesús… la televisión y el cine nos mantienen horas y horas pegados a sus diversas pantallas. Nos tienen hipnotizados. Nos llevan a dónde les apetece a través de las diversas mareas de opinión que quieren fomentar… y aunque los medios han querido cerrar las vías a Trump, han llegado demasiado tarde. Porque una amplia población estadounidense (especialmente en zonas rurales), quiere ser Trump, aspira a serlo.

Así que, en esta ocasión se han unido el Populismo y la Demagogia, con la televisión, con la simpatía ofrecida por un personaje que representa algunos de los valores que siempre hemos visto en los norteamericanos a través del cine y de la televisión… un tipo campechano, exitoso, con dinero… un triunfador. El típico capitán del equipo que se acuesta con todas las chicas casi sin pretenderlo, el que todo el mundo admira y adora, el que va siempre bien peinado y acapara todas las miradas y palmaditas en la espalda… Trump es el capitán del equipo. Estoy convencido de que muchos de los votantes de Trump querrían estar en su pellejo, poder ejercer su poder como quisiesen y cuando quisiesen…

En las películas el chico normal, el de "a pie" termina llevándose a la chica y el protagonismo... en la vida real (algo que también nos cuentan las películas) eso no es así, el Capitán del equipo sigue ganando la partida. Especialmente en las zonas rurales (que es la inmensa mayoría de Norteamérica)

La verdad, no sé de qué nos extrañamos. Ha ganado Trump… al menos este señor va de cara. Nos dice en todos los morros que quiere hacer lo que quiera y cuando quiera, que puede hacerlo porque tiene todo el dinero del mundo para hacerlo, porque es un ganador y porque tiene la simpatía de todos aquellos que quieren ser como él. Porque es el espíritu americano personificado, con torre propia incluida. Una persona que se jacta de ser capaz de disparar a alguien en la calle y que nadie le recrimine nada…

Desgraciadamente, amigos, este es el mundo que nos va a tocar vivir. Me gustaría haber tenido la oportunidad de conocer a algunos de los votantes de Trump y preguntarles por sus lecturas… en un mundo de lectores, de personas inquietas, de pensadores críticos… Donald Trump no tendría cabida más que en los shows televisivos que le gustan o en sus múltiples negocios. Nunca, jamás, en la política. Aunque, quién sabe, en un mundo así, quizá Hillary Clinton ni siquiera habría optado a la presidencia tampoco.

En la sociedad del twitt, del pensamiento rápido y superficial, no hay sitio para personas que piensen. Solo hay lugar para impulsos y deseos a corto plazo.

Ojalá no hayamos llegado aún al punto de no retorno. Ojalá…

Y dicho todo esto, nadie puede aún juzgar a Trump, una cosa es lo que se dice para denigrar al rival político o para llegar al gran público y otra diferente es gobernar de verdad. Veremos...

16 de octubre de 2016

El Dragón de Jacinto

Cuando a Jacinto le dijeron que podría tener un dragón para él solo no imaginaba todo lo que tendría que trabajar para poder tenerlo. Sus padres le avisaron de que ellos no se iban a ocupar de un dragón, porque ya tenían bastante con las dos mantícoras de sus hermanas, el hipogrifo del abuelo y el burrustaquio del vecino, que tenían que cuidar de vez en cuando, porque el vecino era muy viajero y un poco cara… y porque a los padres de Jacinto les encantaban los animales y, sobre todo, se les daba muy bien cuidarlos.

Pero a Jacinto le hacía tanta ilusión tener un dragón que no le importaba nada eso de trabajar mucho y aseguró que haría todo lo necesario para cuidarlo. Tener un dragón para él solo era un sueño que siempre había tenido. El día que fueron a por él al nido de dragones, vieron tantos que parecía imposible decidirse por uno solo. Parecía una decisión imposible hasta que Jacinto cruzó su mirada con la de un dragón muy pequeño. Estaba acurrucado en un rincón, encogido tras una cola demasiado larga para un cuerpecito tan diminuto. Era muy chiquitín. De un color azul desvaído, mate. No relucía como las otras crías de dragón. Tampoco correteaba. Se limitaba a estar ahí parado. Encogido y asustado. Desde la distancia parecía tener un ojo más grande que el otro y era feo a rabiar. Muy, muy feo. Por alguna razón inexplicable Jacinto supo que ese tendría que ser su dragón. Ese y ningún otro. 

Le quiso antes de tenerlo entre los brazos.

Sus padres intentaron hacerle cambiar de idea, le enseñaron muchos dragones más robustos y lustrosos, coloridos, relucientes, escupe-fuegos, con alas enormes que, seguro, les permitían deslizarse elegantemente por los aires… sin embargo, Jacinto se mostró inflexible. Había encontrado su dragón.

Y Gruñido, como llamó a aquel diminuto dragoncito, se fue a vivir con ellos.

Dicen que algunos años después Gruñido seguía siendo tan feo como de pequeño. Puede que incluso algo más. Había crecido mucho. Ahora volaba y escupía fuego como los otros dragones… o casi, por lo menos, solía tener muy mala puntería y no pocos de sus aterrizajes forzosos habían acabado en pequeños desastres mobiliarios. Pero tenía el corazón más grande que nadie hubiese encontrado nunca en un dragón. Y era el mejor amigo de Jacinto. Dicen que vivieron grandes aventuras y que los padres de Jacinto jamás se arrepintieron de la decisión que había tenido su hijo el día que fueron a buscar un dragón al nido. Ni siquiera el día en el que pasó algo que hizo que cambiase la vida de aquella familia para siempre… pero ¿sabéis? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.



2 de octubre de 2016

Encuentro Imposible


Tras más de diez minutos de ladridos y lamentos de los perros el Tío Raimundo salió de su casa. Iba en calzoncillos. Una camiseta de tirantes, sudada y con sospechosos manchurrones oscuros, cubría su torso y su abultado estómago, casi todo por lo menos. Hacía fresco en el monte de la noche zamorana. Quizá por eso llevaba puestos los calcetines remendados y repletos de agujeros. Quizá por eso caminaba sobre dos destartaladas alpargatas de plástico barato. Quizá por eso había enganchado la boina y se la había calado bien. Las ojeras y las legañas le molestaban, no le dejaban ver con claridad. Los perros volvieron a ladrar y a aullar. El tío Raimundo gruñó. Acarició bien el bastón que siempre llevaba entre las manos. Esos puñeteros perros iban a aprender a no molestar por la noche...

Iba tan distraído y adormilado que tardó algo más de un par de minutos en apreciar el resplandor que invadía la madrugada. Y eso que parecía que era de día. Al percatarse de la luz el Tío Raimundo escupió en el suelo y se cagó en los muertos de todos los domingueros de España. Se iban a cagar. Con paso decidido se acercó a la fuente de la luz. Cada paso era más difícil de dar. Cada vez hacía más calor. Incluso él empezó a pensar que, lo mismo, allí estaba pasando algo raro...

“¡No me jodas!” No pudo evitar que se le escapase la expresión... bueno, tampoco se olvidó de Dios, ni de su madre, ni de otros recuerdos y reniegos menos reproducibles. Incluso el Tío Raimundo, que nunca había salido del monte ni había visto películas de televisión ni había escuchado noticias en toda su vida más que las que alguien dejaba caer en la taberna del pueblo cuando jugaban al tute o al mus, incluso él, supo que estaba ante un platillo volante. Un umbral extraño se abrió en el material imposible del que estaba hecho el artefacto. Y de allí, como surgido de un abismo inaudito, surgió la figura de un ente extraño, inimaginable. Un ser alto, delgado, de color verde y cien ojos en un cráneo demasiado grande para poder ser soportado por un cuello normal. La impresionante figura alargó un tentáculo hacia el Tío Raimundo, como si quisiera entablar una conversación o establecer un contacto. Quizá el primero entre la humanidad y una civilización extraterrestre e infinitamente superior a la humana. El Tío Raimundo miró al ser con un gesto desconcertado. Después volvió a escupir. Asió el bastón con firmeza y se lio a palos con el desconocido. “¡Vas a aprender tú a no venir a dar por culo por la noche, cabrón!” Dicen que escribió el alienígena en su cuaderno de bitácora antes de morir de una paliza.

24 de septiembre de 2016

Cazando bajo la tormenta - Parte I


El trueno de los tambores resonó por encima de la tormenta. Grum gruñó. Esa noche habría partida de caza. Miró a Hem, la hembra con quien compartía nido y nicho desde que Lamba había muerto devorada. Esta asintió. Sabía que cuando los tambores irrumpían no había nada que aludir.

Un relámpago iluminó las cicatrices del rostro del rastreador. Hem sabía que había sido guerrero en el pasado. Uno de los mejores. Ahora era un simple siervo bajo las órdenes del Gran Cazador, aunque Grum le doblaba en tamaño y habilidades. No era un gran partido. No había podido elegir. La Ley de la Montaña Nublada exigía una pareja para ocupar un nido. Solo la muerte libraba de esa exigencia del Gran Urkell, el Protector. El Brujo Queirquel que había conseguido con su magia un rincón seguro en un mundo en el que la protección valía más que cualquier otro tesoro.

Desde la caída de Sarberk, la Ciudad de la Frontera, el mundo era un lugar cada día más terrible que el anterior. Al menos, en la Montaña Nublada se podía dormir bajo techo, a salvo.

Grum realizó un gesto torpe con la cabeza antes de atravesar la raída cortina que cubría el umbral del nido. Ella admiró su enorme cuerpo. Los músculos que evidenciaban su pasado en múltiples contiendas. Las cicatrices que cubrían cada palmo de su torso y de su rostro. La propia Hem era una guerrera temible. Una hembra temida en la Tribu de la Montaña. Pero sabía que ante Grum poco tendría que hacer en una lucha cuerpo a cuerpo.

Cuando partió. La hembra renegó. Le habría encantado participar en la caza nocturna, pero el Gran Urkell había prohibido que las hembras participasen. Afirmaba que mantenerlas en la montaña, a salvo en los nidos, era el único modo de conservar la especie. Los Krams eran más importantes que Hem o que Grum. La raza estaba por encima de todo.
De momento, quizá por el terror inicial, por la incertidumbre ante lo inexplicable llegado desde la Frontera, todos habían obedecido al pequeño humano que gobernaba con mano de hierro. Un trueno golpeó sus oídos. Había sonado demasiado cerca. Los tambores seguían sonando. Alertando de la convocatoria. De la caza. Hem escupió. Empezaba a estar cansada de quedarse fuera de la lucha y de la caza.

Era una Kram. ¡Por el Rugido de Khronis! Necesitaba derramar sangre...


21 de septiembre de 2016

El globo


Un rayo de sol ha entrado por la ventana
un rayo templado
luminoso
tenue cual caricia de niño

frágil, como mi memoria

Ha sido solo un segundo
un diminuto instante
apenas un suspiro

pero ha sido suficiente para recordar el globo

aquel hermoso globo
                                  Brillante
                                                Enorme
                                                             Sonriente
Sé que he sonreído

No siempre soy consciente,
supongo, aun así, que lo hago a menudo
siempre he sido muy risueño
a veces incluso un poco pesado

El globo…

               Y la carita de mi hijo tras su brillo
               sus ojos relucientes, enormes,
               su esplendorosa sonrisa
               la mirada orgullosa de mi Mari

               La inocencia

¡qué felices éramos entonces!

María, Miguel…

                            Y yo,
                            sí, también fui muy feliz a su lado

Fueron muchos los años felices
radiantes

Cuando me acuerdo, disfruto como un niño
sonrío por haber sido tan feliz

Ahora lo recuerdo

Intento retenerlo aquí, en mí mismo
pero sé que, en un soplido revoltoso de la brisa, volveré a olvidarlo

Me duele saberlo
pero ahora sonrío,
ahora recuerdo la importancia de ese instante

¡Nada más importa!

El júbilo

La dicha

¡Nada más importa!

Ni el después, ni el olvido, ni esta maldita memoria mía.
Nada más importa.
Soy feliz.

Está aquí, conmigo, mi hijo,
siempre está a mi lado
aunque a veces no me acuerde
aunque le llame de otro modo
aunque yo parezca más pequeño
más diminuto
menos yo…

Es él

           Siempre es él
           Siempre lo ha sido

¡Le quiero tanto!

Quizá luego me olvide,
quizá le vuelva a confundir con la vecina
o con mi padre…

¡qué mala leche tenía mi padre al enfadarse!
Aunque era un trozo de pan,
un bendito.
Mi padre.

Hay noches que nos reímos juntos con esos disparates
mi hijo y yo, juntos,
otras lloramos…

Pero hoy
ahora
soy feliz, plenamente feliz. Y él lo sabe.
Mi Mari, allí arriba, seguro que también lo sabe.

El sol lo ha permitido,
me ha dado este regalo,
este segundo, este instante, este suspiro.

Un momento suficiente para verte
y recordarte

Hijo mío

Y sonreírte
Y besarte

Y decirte de nuevo,
como siempre nos dijimos
como tantas veces nos hemos dicho,
ahora lo recuerdo,

Te quiero, siempre te he querido.

 Gracias por no olvidarlo.


Para todas las personas que se olvidan de su felicidad y de sus globos azules...

Héroe de juguete


El cochecito en el suelo desencadenó todo...

El soldado, horas después, aún no entendía por que había ametrallado a esa familia que podría haber sido la suya propia.

El miedo, el estrés, el dedo en el gatillo...

Nadie más que él supo la causa de su suicidio.

En el barro quedó el arma, aún humeante.

A su familia le llegó una carta afirmando que había sido un héroe.



#MalditaGuerra

16 de septiembre de 2016

Llanto de la Tierra Herida


Las lágrimas surgieron

la Tierra herida vomitaba un llanto inabarcable
infinito

nada se movía
nada evidenciaba la dolencia

pero la Tierra seguía llorando inconsolable
las lágrimas seguían surcando el horizonte

todo era quietud
calma
silencio

desconsuelo

hartazgo

la ceniza aún flotaba en el ambiente

una piedra cayó en ese momento
quizá ese fue el desencadenante necesario
si es que lo era alguno

todo se estremeció de puro terror

la Tierra herida lo supo de pronto
aunque siempre lo había sabido

la sangre 

los cuerpos

la derrota

la masacre
aún no había terminado


24 de agosto de 2016

La última palabra


Antes de marchar quiso dejar algo. Lo que fuese. Quizá necesitaba hacer como cuando era pequeño, tener la última palabra antes de callar y zanjar la discusión. Habían perdido. El pueblo era de ellos. Y "ellos" era una palabra extraña y difícil de pronunciar, porque ese "ellos" no era más que un "nosotros" partido por la mitad, sin ningún sentido. Habían perdido. Y eso significaba que se tendrían que marchar para siempre. Pero, antes, iba a gritar su última palabra. Todos la escucharían. "Ellos"... y "nosotros". Todos debían escucharla...

Se coló en el minúsculo sótano de su amigo Pedro. Allí se guardaba uno de los tesoros mejor cuidados de todo el pueblo, una magnífica estación de radio R2 que les habían arrebatado hacía unos meses a los italianos. Nunca se había puesto delante de un micrófono. Le dio igual. Abrió los canales, como le había visto hacer cientos de veces a Pedro. Y recitó a Lorca y a Machado, a Unamuno y a Benavente, a Alberti y a Cernuda... sabía que "ellos" conocían el rincón en el que se ubicaba la emisora. Y aun así, fue incapaz de callar...

Dos horas. Ese es el tiempo que estuvo en el aire. Supo que, de haber sobrevivido a esa guerra habría intentado dedicarse a la radio. Había encontrado su vocación. Una desgracia, el hacerlo horas antes de morir. Al amanecer del día siguiente, ante el pelotón de fusilamiento preparado por "ellos", vio que estaba ante más "nosotros" de los que había pensado. Luis, Paco, el Gaitán... su cuadrilla de niño, al completo, le iba a matar. No le impactó demasiado. Pero, descubrió algo más. No lo habría imaginado nunca. Vio que muchos de los que tenía enfrente, los fusiles en ristre, recitaban versos en silencio, rememorando en un mudo homenaje los que él mismo había recitado en la tarde anterior. Sonaron los disparos. Ni su estruendo fue capaz de enmudecer a la poesía, que ya nunca los abandonó. Ni a "nosotros" ni a "ellos". La poesía no entiende de fronteras.

21 de agosto de 2016

En el Cielo


En el cielo todo se ve diferente. Es tranquilo y agradable. Pacífico, aunque te enfrentes a la muerte. Todo parece ir más despacio. Menos vertiginoso. Aquel día me encontraba en verdaderos apuros. Mi viejo Hurricane estaba agujereado de arriba a abajo, yo mismo lo estaba. Notaba la sangre huyendo de mi cuerpo. Y ese puñetero Uno-Cero-Nueve seguía a mi cola. El motor estaba en las últimas. El humo provocaba lágrimas en mis ojos a pesar de las gafas protectoras. Pero todo parecía ir muy despacio. Como si alguien lo hubiese contado ya. Como si solo fuese el borrón de un recuerdo perdido y, de repente, encontrado...

Sabía que estaba a punto de morir. Todo estaba decidido. Narrado ya por algún estúpido autor que había leído que el derribo de los Hurricanes era el pasatiempo favorito de los centenares de Messerschmitts que usaban los alemanes. Lo cierto es que estaba a punto de estrellarme y morir. No me importaba. A esa velocidad nada dolería demasiado. Cuanto más me acercaba al suelo más rápido corría todo. Por encima del miedo y de la protesta, cada segundo, menos ruidosa del motor que me mantenía en el aire, recordé a mis padres, a mis hermanos, a Giselle, con quien ya nunca podría ir a ver la famosa Torre Eiffel de la que siempre me hablaba… el mar estaba a mis pies, casi podía tocarlo con la punta de los dedos. Estaba tan cerca todo…

No sé por qué recordé en ese momento la sopa de ajo que tanto detestaba. La hacía mi madre los lunes y yo hacía cualquier cosa para evitar comerla. En ese momento habría dado mi alma por tomar una última cucharada. Aunque, si tenerla delante, la saboreé. Olí ese momento en la mesa. En familia. Fue un instante que me hizo sonreír. El alemán dejó de dispararme y de seguirme. Yo sabía bien el porqué. No le culpé. Seguramente se trataba de otro chaval de mi edad, a quien le habían entregado un arma que no sabía utilizar del todo y le habían encomendado alguna misión estúpida y sin sentido. En esta ocasión él había ganado la partida. Quién sabe. Lo mismo, algún día, ese chico llevaría a su novia a París, a ver la famosa Torre Eifell. Sería estupendo que lo hiciera. Antes de convertirme en una enorme bola de fuego sobre el mar recordé a Giselle y me la imaginé intentando eludir la sopa de ajo de mi madre. Creo que solté una carcajada antes de estallar.


Este microrrelato está escrito después de leer "Volando solo", del genial Roald Dahl. Un gran inspirador de historias.

20 de agosto de 2016

La ventana


Muchos años después, María volvió a asomarse a la ventana a la que se asomaba de pequeña. Y una vez apoyada en su alfeizar, aquel en el que había grabado su nombre con un destornillador oxidado, ante la vista de un horrible muro de hormigón, dejó derramar las lágrimas que no habían brotado entonces. Cuando sonaron las sirenas y su mundo desapareció para siempre...

Esbozó una sonrisa. Cada mañana, desde que habían llegado a esa casa en las afueras, se había asomado para disfrutar del paisaje que la rodeaba. Aquel pueblo era una preciosidad. Desde su ventana podía ver el perezoso movimiento que iba empezando a despertar a todo el mundo, el tronar del mar en el pequeño puerto, la llegada del día. Daba igual que fuese invierno, verano, otoño o primavera. María siempre se asomaba a su ventana, por la mañana, lloviese o hiciese sol. Cuando se marchó su padre, también se asomaba cada tarde, esperando que volviese...

No volvió. La guerra se lo llevó a un lugar del que aún no había regresado. María sabía que su padre seguía en una cuneta, quizá contando sus cuentos a los niños que habían muerto cerca de él. Haciéndoles sonreír como le hacía sonreír a ella. Cuando la encontraron, hacía ya casi 70 años de aquello, María seguía asomada a la ventana de la única pared que quedaba en pie de su casa. La mirada perdida en el mar embravecido, en el movimiento perezoso del despertar ante la muerte. Del pueblo no quedaban en pie más que ella y su ventana. De sus ojos pardos no llegó a brotar ninguna lágrima. 

Qatal


Qatal. Asesino. Así fue como empezaron a llamar al niño perdido. Ese fue el mote que se ganó cuando le dieron el arma y le ordenaron disparar a su hermana. Aquellos hombres. aquellos lobos. Aquellas bestias sin alma que un día vinieron a su pueblo y masacraron a los hombres. Violaron a las mujeres y secuestraron a los niños...

Qatal por aquel entonces tenía otro nombre que hoy nadie, ni él mismo, recuerda. Asió el arma con los dedos temblorosos. El corazón encogido. La mente en otra parte. En el vacío. En la nada. Apuntó a su hermana con el arma. Era una prueba para ser un soldado. Eso vociferaban las bestias. El niño solo podía pensar en la sangre, en los disparos, en los ojos rojos, en la rabia y el odio desatado por aquellos lobos sin alma.

No sabía disparar. Nunca lo había hecho. Sudaba. Sabía que las bestias le gritaban al oído, le empujaban. Sonreían. Él ni siquiera sabía que estaban ahí. Solo estaban sus dedos temblorosos, el nudo de su estómago. Y su hermana. Arrodillada ante él a sus cinco años. Pensó en ella. No había conocido la paz. Siempre había vivido en guerra. Merecía un lugar mejor, un mundo mejor. Qatal hizo lo que debía. Sin querer. Sin proponérselo. Un acto reflejo de puro terror. Se giró con el gatillo entre sus dedos temblorosos. Los hombres, por llamarlos de algún modo, estaban tan borrachos y desprevenidos que no tuvieron tiempo de defenderse. Pronto, en el barrio, solo quedaron un buen puñado de niños llorosos, una niña arrodillada y un hombre forjado, a sus diez años, en una prueba de fuego que le convirtió para siempre. Asesino. Qatal.

16 de agosto de 2016

Amor Imposible


Recorrerte lentamente
disfrutarte,
rozar tu ardiente piel entre jadeos. Y abrasarme.
Sin respiración, sin aire, beber de tus miradas y deseos.
Agonizar de amor 

                                y soñarte 
                                                 y anhelarte 
                                                                     y desearte…


Y por fin saborear tus labios un segundo.

Quizás, con suerte, tenerte un instante entre mis brazos
y morir poco a poco cuando llegue el alba y me abandones
resbaladiza, irremediable
y te desvanezcas en el día. 


Y me mates.



Hace unos días participé en uno de los concursos propuestos por Diversidad Literaria. He vuelto a tener la suerte de ser seleccionado para formar parte de la antología recopilatoria que publican con los concursantes. Espero que os guste el poema.


14 de agosto de 2016

He ganado el X Certamen de Poesía de Navas del Rey


¡Qué suerte! Ayer, estaba yo haciendo fotos de la estupenda representación teatral del Grupo de Teatro de Navas del Rey cuando anunciaron que iban a dar los premios de los concursos de verano y, una vez más, tuve la inmensa fortuna de ser galardonado con uno de los premios, en esta ocasión el de poesía. El de relato se lo llevó mi amigo José Gerardo Vargas, así que... 

Pues nada, aquí tenéis el poema, creo que ya lo publiqué por aquí hace tiempo, pero bueno, lo repito.


Guerra

Una vez llegué a pensar que una guerra a tiempo es un acierto…
era un ignorante entonces, lo confieso

después
ahora
         más tarde
llegaron las fotos
                           los vídeos
                                           el dolor
                                                        los gritos
las certezas

la guerra es un polvo gris sobre los niños
indefensos
    miembros inertes sobre los brazos de sus padres,
miedos innombrables en los ojos
aterrados
               recuerdos que ya jamás se olvidan,

con suerte un campo de refugiados atestado,
por lo común escombros, cenizas, sangres y trincheras…

La guerra es una cicatriz inabarcable…

Es el llanto inconsolable de unos rizos despeinados,
los ojos aterrados de una madre
un padre inmóvil, incapaz de comprender qué ha sucedido
una enfermedad crónica, inaudita, inexplicable…

ahora lo sé
y no puedo menos que reconocerlo y alegrarme,
nunca he tenido que lamentar vivir en una guerra,
no he sufrido una batalla…

era, soy, un ignorante
lo reconozco,
pero hoy soy un poco más sabio al afirmar:

nada bueno puede traernos nunca una guerra.