El blog de Javier Fernández Jiménez

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El Solitario

El Oeste Americano puede resultar un lugar divertido... ¡y peligroso!

17 de septiembre de 2018

Una nueva realidad


Paseaba cuando, de reojo, me sorprendió la imagen de una extraña explosión. Una televisión ofrecía un vídeo a modo de bucle. Un vídeo terrible e inquietante. Un avión se adentraba en un edificio. El metal se hundía en una torre como un cuchillo ardiente lo haría en la mantequilla. Me impresionó. Los efectos especiales de aquella nueva película eran sorprendentes. Muy reales. Casi podía sentirlos. Cuando noté el calor en los pies era demasiado tarde. Ya no había modo de salir de allí. Ni siquiera saltando al vacío.

Texto leído en Sexto Continente - Radio Exterior de España

11 de septiembre de 2018

Propósitos, ¡malditos propósitos!


¿Cuántas metas personales 
te has marcado este curso?

Se acaba el verano y llega septiembre con su promesa de monotonía, días cada vez más cortos, temperatura más asequible y vidas algo más rutinarias y tranquilas que las que solemos habitar en los meses de estío. Se irán los que se convierten en vecinos durante unos días al año, los visitantes ocasionales y los curiosos. Nos quedaremos los de siempre, puede que alguien se haya por fin decidido a vivir en uno de nuestros excelentes rincones y, seguro, muchos vendrán a lo largo del año en fines de semana, festivos… y, por supuesto, a disfrutar de las fiestas patronales que nos quedan por celebrar hasta que el curso sea una realidad rotunda, certera.

Y con septiembre, como siempre, llegan los coleccionables que se repiten año tras año, las nuevas apuestas, los cursos escolares y, seguro que lo estás pensando ahora mismo, los propósitos. Puede que hayas decidido dejar de fumar, comer un poco menos, salir a correr, apuntarte al gimnasio, viajar más, aprender algún idioma… ¿te sientes identificado? ¿Eres de los que cada nuevo curso se toma algo muy en serio y se dice ante el espejo “este año sí que sí” aunque luego casi nunca lo consigas? ¿Te has prometido algo demasiadas veces sin cumplirlo? Entonces, no dejes de leer todavía.


Y es que los propósitos de nuevo curso (o de año nuevo) tienen muy mala fama en los últimos tiempos. Hay muchos artículos, opiniones, chascarrillos y comentarios hirientes que atentan contra estas ilusiones personales de cada nueva temporada. Seguro que has escuchado o leído alguno. Parece existir algún tipo de maledicencia frente a los famosos propósitos. Una animadversión extraña e ingente propuesta, quizás, por muchos de los que nunca han logrado llevar a cabo ninguna de estas promesas. Puede que los que no consigan superar los retos marcados o las metas escogidas se vean en la potestad de gritar con aire de superioridad que nadie podrá conseguirlas.

Y sin embargo se equivocan. Puede que hayas pasado por muchos retos incumplidos, que hayas roto propósitos sin ni siquiera intentarlos, que hayas dejado atrás esas promesas de mejorar o de vivir de un modo diferente en mil y una ocasiones. Pero tienes que volver a proponerte retos, este septiembre debes volver a hacerlo. Y es que las promesas personales, los propósitos viven de la utopía, de los sueños, de las ilusiones y ¿qué es una vida sin ilusión o sin metas? Una existencia mucho más vacua, una vida mucho más vacía.

Puede que llegue mediados de septiembre y hayas incumplido tu propio reto, que estés cansado, que no encuentres el tiempo para llevar a cabo esa idea, ese sueño… da igual. Sigue soñando, sigue marcando tu vida a base de ilusiones, sigue ansiando llegar a esa próxima meta, a esa cima a la que nunca has subido con anterioridad. Esa es una de las mejores maneras de vivir. Encuentra tu sueño e intenta cumplirlo. No todos lo consiguen, por supuesto, pero los que jamás lo conseguirán son los que nunca lo intenten.

Vive con sueños. Y cada nuevo año, cada nuevo septiembre, búscate, al menos, un buen propósito. Querer cambiar, superarse o vivir de una manera distinta ya nos hace, desde ese mismo momento, diferentes y, por supuesto, mejores.

24 de agosto de 2018

El hombre abollado


Hay días en los que ni un café bien cargado es capaz de poner en marcha la extraña maquinaria que consigue que respire, me mueva, camine tras un ligero intervalo de tiempo e, incluso, llegue a esbozar una sonrisa.

Hay días en los que mis articulaciones protestan sin cesar y me avergüenzo de mi lamentable estado. Estoy oxidado. Debería empezar a replantearme, a cambiar, a darme una nueva oportunidad. Hace años que me he dejado estropear. No brillo como antes. No soy el de antes. Mi lustre, mi modelado y trabajado cuerpo está ajado, abollado incluso. Los años me han pasado factura. Y no me había dado cuenta. No quise hacerlo.

Hay días en los que pienso que me hicieron mal, que estoy defectuoso desde la misma puesta en marcha. El café me mantiene en pie, más o menos... ¿Qué pensaría mi creador al hacerme funcionar con cafés y no con cualquier otro método? ¿Qué puede hacer un robot viejo en un mundo como este salvo dejarse derrotar o cambiar de verdad y vivir? ¿Podemos vivir en este mundo? ¿Quiero hacerlo? Quizá otro sorbo me dé la respuesta que llevo siglos buscando.

20 de agosto de 2018

Oficio


Mirar siempre buscando
Indagar en cada esquina y recoveco
Soñar a todas horas

Morir
          Volar
                   Caer
Aun con los pies anclados
    a un suelo mal reconocido

Navegar en tierra firme

Buscar
estar buscando siempre

Y
  solo en ocasiones mal contadas

encontrar
recoger

Escribir.

Ser


Uno más.
Solo eres uno más.

Entre el bullicio
Entre el gentío
Entre el rebaño

En la corriente.

Uno más.
Solo eres uno más.
Solo eso.


17 de agosto de 2018

Chatín, el dragón que se escapó de un dibujo

Ilustración para el cartel de las Fiestas de Robledo de Chavela 2018 - Almudena del Mazo
El poema del dragón de Robledo de Chavela en audio

Una tarde, a la hora de la siesta, Tobías dibuja un dragón en un papel. A partir de ahí cualquier cosa parece posible...



Poema escrito para la I Edición de Arte y Patrimonio de Robledo de Chavela.

Llegar tarde (o el tiempo necesario de tomar un café caliente)


El café ardía. Llevaba prisa, aun así se tomó su tiempo para beber. Los minutos de demora los recuperaría en carretera. No corriendo más de la cuenta, eso nunca, ya le habían multado demasiadas veces. Atajaría por el peaje. Era caro, cierto, pero así llegaría en hora y podría volver a tiempo para jugar el partidillo con los amigos.

El café era sagrado. Siempre. Era una necesidad, un ritual, un amuleto diario. Nunca, desde que tomaba uno cada mañana, había tenido un percance con el camión. Los minutos de demora bien merecían la pena. Salió de la estación de servicio sonriendo a dos niños y mirando de reojo a dos chicas guapísimas que, a buen seguro, iban de viaje de vacaciones. Dos minutos después circulaba por la autopista.

Llovía. Mucho. Aquello lo retrasaría. Ese día se iba a quedar sin jugar. Tampoco importaba. Le dolían las rodillas y estaba muy cansado. Le adelantó un coche, creyó ver una familia. Iba a llegar tarde, se iba a llevar un broncazo e iba a llegar tarde al partido. Y todo por su maldita manía del café. Un estruendo le hizo volver a la carretera. Frente a él se desencadenó una intensa polvareda. El coche que acababa de adelantarle desapareció de pronto. Frenó el camión como pudo, los frenos estuvieron a punto de bloquearse. Sintió el vacío ante él y dio marcha atrás sin dejar de gritar de puro terror. Un café. Un bendito café caliente. Eso era lo que le había salvado. 

14 de agosto de 2018

Flema británica (o las vicisitudes de una británica en la corte de los bárbaros)


Freda se despertó. Eran las siete de la mañana, exactamente. Llevaba toda la vida despertándose a la misma hora. Su despertador ya no necesitaba pilas ni que nadie lo programase. Se ponía solo. Daba dos campanadas muy suaves y se apagaba. Era suficiente. Diez minutos después la mujer se encontraba en su salón, perfectamente vestida, disfrutando de un desayuno inglés preparado por su asistenta irlandesa con sumo mimo y cuidado. Sin exceder un milímetro. Con la exactitud imprescindible para trabajar en ese hogar. Jamás faltaba té, una buena salchicha, dos lonchas de bacon y un exquisito su puré. Todo en su sitio, perfectamente ubicado. Freda no aceptaría otra cosa, jamás.

Esa mañana algo no encajaba. No sabía bien qué era. Un ambiente extraño había invadido su casa, un olor desconocido, una sensación... al bajar las escaleras escuchó el murmullo de alguien que cantaba... ¿rumbas? Al llegar al salón, ¡horror! En la mesa no relucía su eterno English breakfast. ¡Había un par de porras y un café con leche! Del interior de la cocina surgió un señor bajito, delgado y con bigote, tocaba las palmas y cantaba muy alto, a gritos. Vestía con pantalones ajustados y una camisa de lunares anudada casi en el pecho. Le acompañaba un tipo aún más bajito, esta vez bastante regordete, que aporreaba una guitarra de madera.

No sabía qué hacer. Ni toda su flema inglesa era capaz de contener sus ansias de gritar y de huir. Cuando a su espalda apareció un camarero sudoroso con una paella entre las manos empezó a sentir un mareo profundo. De repente, por el pasillo que daba a las habitaciones le llegó el sonido de un repartidor ambulante que vendía bombones helados y botes fríos. Ahí, ya no pudo aguantar más y gritó. Se despertó de golpe. Estaba sentada en un avión y el comandante de vuelo comunicaba por megafonía que acababan de llegar a Benidorm.


13 de agosto de 2018

Huir


Perderse. Marcharse lejos, para siempre. No volver jamás. Eso deseaba. Y mientras caminaba, alejándose de la que había sido su casa desde hacía 30 años, se lo repetía una y otra vez, como un mantra. Como un recordatorio continuo y necesario. No volvería a ver a ese hijo de puta. No iba a volver a verla en la vida.

Estuvo caminando durante todo el día. Al caer la noche estaba lejos. Muy lejos. Se dio cuenta cuando un camión rugió con un estridente pitido y la despertó de un letargo en el que ni siquiera sabía que estaba. Se sentó allí mismo, junto a la cuneta. Se arañó las manos con el asfalto. Estaba caliente a pesar de la noche cerrada. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Seguir corriendo? ¿Huir para siempre?

Se miró las manos arañadas. Aquellas heridas escocían, pero se cerrarían con el paso del tiempo. Y podría hacer con ellas cualquier cosa. Cualquiera. Levantó la mirada y supo, de pronto, hacia dónde iría su vida. Se puso en pie y emprendió el camino de regreso. Si alguien se iba a ir de la casa sería él. ¡Y tendría que marcharse! ¡Muy lejos!

¡Oiga! ¡Hay un buitre en mi tejado!


En verano, cuando el calor agota el campo, no es del todo infrecuente encontrar este tipo de estampas en la Sierra Oeste de Madrid

Quizá eso es lo que pensaron los vecinos de la Calle Democracia de Navas del Rey cuando descubrieron ayer a este ejemplar de buitre leonado sobre uno de los tejados. Fue en la tarde del domingo 12 de agosto cuando algunos vecinos y curiosos se toparon con una estampa que no es del todo inusual en municipios de la Sierra Oeste de Madrid, ubicados en zona ZEPA (Zona de Especial Protección de Aves).

Cuando un buitre se posa en un tejado o en algún lugar que parece poco habitual, suele ser porque existe falta de agua o de alimento en su entorno natural y está desorientado o extenuado.

Navas del Rey ya vivió el año pasado el rescate de un buitre en un tejado de la localidad, en el que participó una unidad de bomberos, efectivos de la guardia civil y personal el Centro de Fauna José Peña. El sábado, una unidad del Seprona rescataba otro ejemplar en la variante de la M-501 a su paso por Pelayos de la Presa.

Esperemos que el buitre de Navas del Rey recupere las fuerzas y consiga salir de este punto de descanso por sí mismo. De no ser así, tendrá que ser rescatado por las fuerzas de seguridad y protección de la Comunidad de Madrid. De momento, esta mañana, seguía allí, como un recordatorio viviente de que habitamos un entorno natural riquísimo que debemos respetar y cuidar todo lo posible.

Mientras averiguamos si retoma o no el vuelo por su propia energía, reflexionemos sobre el valor de convivir con ellos en un rincón tan mágico como la Sierra Oeste madrileña.

10 de agosto de 2018

20 años


¡20 años! 20 años tomando café en el mismo bar mugriento, viendo envejecer al mismo camarero ojeroso, sentándose en el mismo taburete, en el mismo rincón. Jugueteando con la misma grieta en la barra. 20 años...

Y, de repente, ese día su taburete estaba ocupado. En él se sentaba una joven en minifalda. Botas altas, camiseta escasa. Tras hacer un repaso rápido al bar se percató de que toda la clientela era diferente. No estaba el mecánico lleno de aceite, ni el jardinero sudoroso, ni el barrendero... todo estaba lleno de chicas y chicos muy jóvenes y muy limpios. Demasiado limpios. Y ninguno tomaba café. El olor del bar era muy diferente al habitual. ¡Joder! ¡Pero si olía bien! ¿Dónde coño estaba el olor a fritanga de la cocina? ¿Dónde estaba Paco?

Se sintió un extraño. Un invasor en territorio enemigo. Hacía muchos años que no era joven, aunque se vistiera con la misma ropa que tenía entonces. Se escabulló hasta el cuarto de baño, ¡estaba limpio y no olía a meado! Alguien había pintado los techos y había cambiado el espejo borroso del lavabo por uno nuevo, reluciente, acusador. Se lavó la cara y volvió a la barra, con precaución y un punto de coraje necesario. Una chica con los ojos rasgados se asomó por la puerta de la cocina. Fue en ese mismo instante cuando supo que su bar, su barrio y su mundo habían cambiado para siempre. También supo que él se había hecho mayor casi sin haberse dado cuenta. Ya ni se tomó el café, no sabía cómo le mirarían esos chicos si llegaba a pedirlo.

8 de agosto de 2018

Yo, ¿no?

Asomado al abismo del pasado
me he visto incierto y encogido

inseguro
                un punto extravagante

descolocado casi siempre

ahí estaba
era yo

y era solo un niño en una plaza
y un pobre chavalín acomplejado
y un joven soñador bastante raro
y un adulto,
            o eso dicen

Ahí estaba
era yo

Nada más
no había nada más que yo
sin todo eso en que me oculto
o que me viste
o que me hace encajar
en este mundo
que no entiendo por completo

Y, ¿sabes?
He sonreído.

Me ha costado averiguarlo

Ahora lo sé
por fin lo he entendido

siempre seguiré siendo
yo mismo

Nada más.

7 de agosto de 2018

Mandíbulas


Cuando el dinosaurio mostró su dentadura Manolo sonrió. Siempre supo que acabaría así.

6 de agosto de 2018

Las vacaciones del señor M.


El señor M. compró el periódico. Ni miró la cabecera del que escogía. Llevaba un tiempo sin preocuparse de nombres propios, ideologías o líneas editoriales. Compraba el diario por pura rutina, como actividad regular y, de un tiempo a esta parte, podría decirse que como puro divertimento. Cuando uno ha vivido durante años pendiente de esta o aquella opinión, de aquel o este titular, de ese o esa periodista de turno y sus necesidades de herir o pelotear, comprar un periódico por capricho y sin preocupación alguna más allá de su variedad de precio económico diario era una liberación, una travesura, casi un juego.

Le gustaba leer la prensa, sin más, pasar las páginas de un lado para el otro, disfrutar de las fotografías, pararse en los grandes y llamativos titulares, en los atractivos aspavientos de los anuncios y, de vez en cuando, leer uno de los artículos. Cuando lo hacía le gustaba jugar a adivinar a qué cabecera pertenecía, quién había escrito el artículo en cuestión y qué presiones había tenido que aguantar para escribir esto o aquello, para callar lo que no se debía contar o exagerar lo que la dirección, o una oportuna llamada telefónica, aconsejaba gritar todo lo posible.

El señor M., que salía de su casa cada mañana a caminar, hiciese frío o calor, nunca había realizado una de esas llamadas. Y se enorgullecía de ello. Para hacerlas siempre había tenido a otros a su alrededor que lo hacían por él. Siempre por el bien de todos, por supuesto. Nunca pensando en sí mismo. 

Como cada día de ese agosto tan apacible en su existencia, el señor M. bajó a la playa con el periódico enrollado y la toalla al hombro. Le gustaba caminar sin camiseta, aunque aún mantenía algunas de las formas aprehendidas durante toda la vida y no se la quitaba hasta no tener la toalla bien acomodada en la fina arena. Entonces se sentaba con sumo cuidado. Se calaba las gafas de sol. Se embadurnaba bien de bronceador nivel 50, especialmente en la zona de la barba, que se acababa de quitar tras más de cuatro décadas con ella encima, y se dedicaba a disfrutar del paso de la mañana, del griterío de los niños, de las muchachas en bikini y de una auténtica urgencia de no hacer nada, absolutamente nada.

El señor M. abría el periódico al azar, sin pensar en cuestión alguna, por el simple disfrute de poder improvisar, de no tener que rendir cuentas a nadie, de poder vivir sin corbatas, sin coches oficiales y sin angustias sobrevenidas de golpe y porrazo. Cada día encontraba noticias que hablaban de Independencia, Corrupción, Necesidades, Crisis Económica, un perro que no sabía castellano a pesar de haber nacido en Jaén, huelgas de taxistas y protestas vecinales, Inmigración… entonces, cuando veía algo así en la prensa, cerraba los ojos, inhalaba y exhalaba una buena bocanada de aire, miraba al mar y agradecía profundamente en lo que se había convertido su vida.

—Perdone señor —preguntó una voz infantil— ¿es usted por casualidad?
—No, debe usted haberse equivocado —respondió alargando mucho la pronunciación de las eses.
—Disculpe, le había confundido…
—¡Dios, me encanta ser registrador! —Gritó para sus adentros. Después, volvió a disfrutar de su periódico.



Buñuelos de miel y caramelo


¡Le habían dejado! ¡Por fin! Kano corría veloz a casa se su abuela. Era la primera vez que sus padres le dejaban correr solo a través de las callejas que separaban su propio hogar del de Mikuno, la madre de su madre. 

Suponía toda una aventura recorrer las calles, saludar a los vecinos, esquivar los gatos y descubrir los diversos aromas que salían de cada hogar. Ese día haría calor, pero él se comería unos buenos dulces calientes. Seguro que la abuela cocinaba. Ya podía oler el aroma de sus buñuelos de miel y caramelo, aunque hacía ya algún tiempo que no quedaba por ninguna parte ni caramelo ni miel. A Kuno no le importaba, con arroz y una pizca de azúcar su abuela obraba milagros. De repente algo llamó su atención en las alturas.

Mikuno se asomó para recibir a su nieto. Él iba distraído a causa de un ruido que estremecía el barrio... gritó su nombre y Kuno la miró. Los dos sonrieron felices antes de que la explosión los devorase junto a miles y miles de personas. La guerra había terminado.

Espejo

Y te ves
en el reflejo
del espejo

en ese portal incierto
a otros rincones de ti mismo

Y estás ahí
con tus virtudes y
sobre todo con tus defectos

dispuesto a vivir otro día
a sobrevivir a tus propias inquietudes

Y es cuando lo haces
solo entonces
cuando por fin estás viviendo.

3 de agosto de 2018

El Dragón de Robledo de Chavela

Todo empezó un buen día
en el que un niño aburrido
dibujó un pequeño dragón
que parecía dormido.

Fue a la hora de la siesta
de un caluroso verano
con la persiana cerrada
y el ventilador apagado.

Nada más ser dibujado
aquel dragón, sorprendido
voló por la habitación
y rugió, muy divertido.

Tobías, el dibujante
asustado y alarmado
pidió a Chatín, el dragón
que volase con más cuidado.

Que no despertase a sus padres
que no rompiese los muebles
que no lanzase ni un fuego
y no enseñase los dientes.

Tras un rato de locuras
de saltos, cabriolas y llantos
Chatín se sentó en la cama
y se quedó algo más calmado.

Tobías le miró a los ojos
y pensó “lo he conseguido”
tranquilizar a un dragón
no es fácil ni pan comido.

Si un niño y un dragón
se juntan por un momento
puede pasar cualquier cosa
y si no lo crees yo te lo cuento.

Decidieron salir por la ventana
asustando a la vecina del primero
que solía cotillear
simulando que pasaba el plumero.

Después el bueno de don Damián
creyó ver una sombra en su tejado
y sin querer ver nada más
entró en casa, callado y muy asustado.

El perro de la casa de enfrente
que ladraba de noche y de día
corrió con el rabo entre las piernas
al ver aquella bestia que en el cielo relucía.

Y así recorrieron el pueblo
durante toda la jornada
asustando a los vecinos
sin percatarse de nada.

La hora de la siesta terminó,
Tobías se despertó de repente
y Chatín volvió a ser un dibujo,
una imagen fija y silente.

Y así seguiría existiendo
como un sueño infantil
de una tarde de siesta
y aburrimiento sin fin

pero Tobías y sus padres
visitaron Robledo
y la impresionante iglesia
de este estupendo pueblo.

Y es que, aunque no te lo creas,
al contemplar los dragones
Tobías descubrió a Chatín
en uno de los rincones.

Chatín le guiñó un ojo
y Tobías, muy sonriente
supo que aquel dragón
volvería en la siesta siguiente.

Con él y con otros dragones
vivió mil y una aventuras
que podrás descubrir tú
en tus propias travesuras.

Y es que allí sigue el dragón
en esa iglesia escondido
esperando que lo encuentres
y decidas ser su amigo.

Si te pasas por Robledo
y descubres sus dragones
sueña un poco con ellos
vivirás mil emociones.

1 de agosto de 2018

Viejo


El café seguía siendo el mismo, él no. Hacía mucho tiempo que había cambiado y se sentía fuera de un mundo que ni comprendía ni deseaba comprender. La barra del bar tampoco era la misma, una interminable hilera de arrugas entrelazadas, golpes, marcas y manchas imborrables la retrataban. Suspiró. Asomarse a ese abismo de madera mal barnizada era como mirarse en un espejo.

Por un momento tuvo ganas de gritar. Se contuvo a tiempo. Estaba tan cansado... vivir era un sinsentido, un ver pasar los días, sin más. Uno tras otro. Sentir que todo empalidecía y se desgastaba. Se recordó años atrás, sonriente y exultante, tomando café acompañado de unos y de otros. Hoy pocos se le acercaban.

El café era el mismo pero en soledad sabía a otra cosa. Escuchó gritos y se resignó. Pagó con desgana, salió del bar y, ya en la calle, se preguntó dónde podría cambiarse de ropa para salvar el mundo ahora que ya no quedaban cabinas de teléfono. Definitivamente aquello ya no era para él.

El día

Y, un día
             de repente
                               te levantas

te miras de arriba
abajo en el espejo

sonríes

y te dices que sí
que puedes

que la vida está en tus manos

ese día
           amigo mío

todo habrá cambiado

para siempre

31 de julio de 2018

El mejor camarero


El café de aquel bar era asqueroso. El camarero un tipo desagradable y malencarado, siempre ofendido por algo o por alguien y metido en conversaciones ajenas. Una de esas personas que lo sabían todo de todo el mundo.

Aun así acudía allí cada día, sin falta, como una mosca atraída por ese alimento dejado caer al azar en el suelo o, las menos veces, en una papelera. No fallaba ningún día. Pasara lo que pasara, el café en Casa Julio era sagrado. Bodas, bautizos, entierros, nacimientos... nada impedía que llegase su dosis diaria de las miradas y exabruptos que acompañaban el café diario.

Una de esas mañanas en las que uno deambula por el mundo entre somnoliento y despeinado se sorprendió al ver que el arrugado camarero de cada día había sido sustituido por una chica muy joven y muy guapa. Era amable y servicial, le miraba con picardía y atendía siempre con una sonrisa. Se enfadó tanto por aquel cambio que dejó de tomar café para siempre y no volvió a entrar jamás en aquel tugurio que había considerado siempre como una segunda casa.

Lobo hombre en Madrid


El aullido llegó primero. Todos en la cafetería temblaron de puro terror. A Marías Martín, el camarero, le tembló la cucharilla de café en el plato y estuvo a punto de derramar el amargo y humeante líquido. La puerta saltó por los aires y el hombre lobo entró rugiendo y babeando. Estaba furioso.

Rogelio Gutiérrez Mellado llevaba trabajando como camarero más de 30 años. Hacía más de 29 que no había tirado un solo plato. Aun así dejó caer la bandeja ante el espanto de la monstruosa criatura. Laura, la novata, que tenía apenas 19 años y, por supuesto, mucha menos experiencia decidió poner el último café de la cafetera cerca de la bestia, esperando que no estuviese demasiado frío.

El hombre lobo aulló, ensordecedor, y se lanzó hacia la taza. Bebió con ansia y, recuperando su forma humana, acabó sentándose en uno de los taburetes de la barra. Todos suspiraron aliviados. Hasta que no se bebía un café, el vecino del primero izquierda no era persona.

30 de julio de 2018

Diagnóstico reservado


Estaba acojonado. Mucho. Esa tarde tenía que ir al médico y sospechaba que el diagnóstico corroboraría lo que ya sospechaba. Era grave, seguro, quizás incluso mortal. El miedo pesaba como una losa. Llevaba tres días sin dormir. Todo hacía presagiar el desastre.

Pidió un café solo, muy cargado, por aquello de saborearlo. Ni siquiera aquel expreso doble le supo a nada. Iba a peor. Estaba seguro. Ya se veía tumbado en una cama de hospital recibiendo a familiares y amigos para ofrecerle consuelo y una breve despedida.

Tras un día de angustias y miedos variopintos llegó la hora de la consulta. El médico miró los resultados y levantó la vista con parsimonia y seriedad. Se acojonó aún más. Y cuando escuchó el diagnóstico supo que estaba perdido, completamente perdido. Era aún más grave de lo que pensaba. Estaba enamorado. Terriblemente enamorado. 

29 de julio de 2018

Demasiado viejo


Con el café a medias empezaba a despertar cada mañana. Hasta que no daba dos buenos tragos de la leche manchada, siempre en vaso, no era persona. A su edad se sumaban las horas de insomnio, el desgaste de sus articulaciones y un molesto dolor en rincones del cuerpo en los que jamás había pensado.

Se estaba haciendo viejo. La certeza había caído sobre él como un rayo. No era algo que hubiese ocurrido de golpe, por supuesto. Un cúmulo de detalles, esfuerzos y engranajes ruidosos se lo habían ido dejando caer poco a poco. Mirarse ante el espejo cada día lo confirmaba sin piedad. Viejo. Casi sin haberse dado cuenta. La vida le pasaba por encima. Demasiado viejo para emprender nada, para sentir, para vivir incluso.

Fue al dar el último sorbo cuando la descubrió por el rabillo del ojo. Fugaz. Inconfundible. Traviesa. Pensó que se lo estaba imaginando y sin embargo, allí estaba. Era ella. Se atragantó y ella sonrió, como siempre. Aquella mañana empezó una nueva ilusión, una nueva manera de afrontarse, una nueva vida. Quizá, después de todo, no fuese tan viejo.

15 años...


Un grupo de chavales de unos quince años jugaba al futbolín. Le sorprendió verlos jugar a esa hora, más para carajillos y copazos que para refrescos. Pero allí estaban, con el alboroto y la inquietud inherentes a su edad. Sonrió, recordando cuando era él quien gritaba junto al resto y asomaba su todavía bisoñez por encima de ese adulto que aún estaba por llegar...

El café llevaba frío ya unos minutos. No importaba. Ya no esperaba a alguien en una barra de bar. Volvía a tener quince años, una vida que empezar a vivir y un mundo que empezar a comerse lo más rápido posible. Quizás demasiado rápido, quizás demasiado mundo, quizás demasiada vida. Eran enormes a esos quince años.

Una mano golpeó levemente su espalda y regresó de entre sus recuerdos. Allí estaba, como lo había estado entonces. Salieron del bar, juntos una vez más, en busca de una nueva aventura. Ya no tenían 15 años pero volvían a tener toda una vida por delante y un mundo para comerse juntos. Esta vez sin tantas prisas.

27 de julio de 2018

Amor en el bar


Todas las mañanas vivía lo mismo. Entraba en la cafetería, pedía un café con leche y miraba desde lejos a la mujer que se sentaba en la mesa del rincón. El café solía enfriarse siempre, aunque lo pedía hirviendo. Ella nunca le miraba. Estaba siempre enfrascada en un libro, diferente cada día. Con un té verde, humeante y apetecible, sobre la mesa.

El único instante en el que levantaba la mirada del libro era cuando la atendía el camarero. Ella sonreía y Jacinto se enamoraba un poco más si es que eso era posible. Aquella sonrisa, vista a medias a través de un vaso de café, era como ese paisaje que te atrapa y te hace vivir en otro lugar, en otro tiempo. Estaba tan enamorado de aquella mujer sin nombre...

Durante meses estuvo enamorado de aquella mujer en silencio, desde lejos. Era muy cobarde para presentarse e intentar enamorarla, o por lo menos hablarle. Un día, casi un año después, tomó la decisión. Por fin iba a dar el paso. Esperó a que ella saliese del local, la siguió y, tal y como tantas veces había soñado hacer, la cogió del brazo para hacerse por fin visible. Su propia sonrisa era radiante. Acabó durmiendo tres noches en el calabozo por acoso. La mujer alegó que aquel tipo llevaba un año espiándola.

25 de julio de 2018

El café


El murmullo de una mosca veraniega fue el desencadenante. Manuel lanzó un torpe manotazo que envió la mitad de su vaso de café al pantalón de su vecino de barra. Un pantalón blanco recién comprado en las rebajas.

El tipo se puso en pie y se quedó mirando su pantalón con cara de pocos amigos. Su entrecejo se arrugó lentamente, como el ánimo del infructuoso cazador. Manuel se vio obligado a mirar hacia arriba. Aquel hombre medía más de dos metros. Y tenía un torso inabarcable. Manuel se encogió tras un «lo siento» tembloroso.

La corpulencia y la actitud del dueño del pantalón blanco presagiaban la irremediable desgracia. Todo el bar contenía el aliento. Manuel, sorprendido, descubrió una sonrisa que crecía en el rostro del gigante de la barra. Aquel café derramado fue el comienzo de un largo noviazgo entre dos hombres casados que ya no cumplían los cuarenta. La mosca continuó ejerciendo su oficio de Celestina durante sus últimas horas de vida, aunque el café de Manuel fue su herencia vital más celebrada.

17 de julio de 2018

Seguirá mereciendo la pena


Gritar
emponzoñarse

desgarrarse en costuras infinitas
morir un punto
y sentir que sentir es tontería

y dejarse llevar
y lamentarse

desgarrarse en azules y borrones
ante el horror de lo certero
de la verdad sencilla y absoluta
de esa que mancilla y desconsuela
vivir entre tachones y recuadros
procurando hablar
y gritar y dolerte y saberte no escuchado

querer tachar el mundo
garabatearlo
y ver que se enturbia lentamente
pero sin variar el rumbo
que no cambia sino a peor

querer contarlo
y notar el aliento del que manda
del que estorba y desalienta

creerse inútil
baldío
escaso

Y, de repente, encontrarlo

ese verso
 ahí
   en esa línea
¡esa palabra justa que te encuentra
y te grita que la escribas!
Que te obliga a dejarla para siempre en tu cuaderno

Y, entonces
un día más
decir que ha valido la pena
que la vale
y que, a pesar de lo que digan
la seguirá valiendo siempre

Y, entonces
un día más

gritarte
seguir gritándote
que escribir, a pesar de lo que digan
del éxito o del fracaso

continuará valiendo la pena.

16 de julio de 2018

Escribir


Y seguir escribiendo
y luchando
y buscándote a ti mismo

Procurando hallar tu voz
tu palabra

tu mirada entre el bullicio

Aunque sigas sin descifrarte por completo
sin saberte
sin adivinar tu intransferible giro inesperado

Tus ideas
tu propia visión de los hechos

A pesar de que los otros
casi siempre
te sigan observando de reojo
continúen teniéndote entre aquellos
que viven para siempre en el delirio.

De paso por "Poesía en las Ondas", en compañía de Carlos Reviejo y Pilar Arias


Aprendiendo de los que saben

Lo de hacer radio te ofrece la oportunidad de conocer a personas increíbles y de poder coincidir con ellas en mil y una aventuras. Mi compañera y amiga Pilar Arias es la directora y presentadora de un programa de radio pequeñito pero lleno de creatividad, emoción y talento, "Poesía en las Ondas". Por allí han pasado poetas tremendos como Luis Alberto de Cuenca, Miguel Florirán, Miriam García, Rocío Ordóñez, Primitivo Oliva o Mariana Feride, por poner algunos ejemplos y, en un par de ocasiones, he tenido el lujo y el honor de ser invitado.



El programa que viví con Pilar hace meses fue una experiencia maravillosa, en esta ocasión he tenido la suerte de estar en compañía de unos de esos poetas enormes y humildes, vecinos y estrellas, maestros y, a pesar de todo, cercanos. Carlos Reviejo fue invitado a participar y recitar en el programa y yo, como un niño con zapatos nuevos, tuve la suerte de coincidir con él en los micrófonos, el espacio y el tiempo.

Gracias Pilar por hacerlo posible, gracias Carlos por ser tan grande, gracias Radio 21 por dar oportunidad a que existan espacios como este.

10 de junio de 2018

La Radio del SEI Nuestra Señora de la Concepción, todo un curso de radio escolar


Un proyecto que solo acaba de empezar

Hace dos Ferias del Libro de Navalcarnero conocí a José Agustín Vicente, director del colegio SEI Nuestra Señora de la Concepción. José Agustín me propuso un reto, hacer radio en su colegio. Como es lo que hago habitualmente no me asusté nada hasta que me dijo que su idea no era que me acercase un par de mañanas a su centro para hacer radio, no... su idea era algo más amplia y estable: hacer radio durante todo el curso escolar, con todos los niños y niñas del centro y con todas las clases de primaria.

Un director con ideas
un profesorado con ganas
un locutor bastante loco
y unos alumnos estupendos
¡eso es La Pizarra!

Ahí sí me asusté un poco, porque requería de un proyecto sostenible en el tiempo y que se fuese adaptando, casi día a día, a todos los alumnos de primaria que iban a pasar por los micrófonos... elaboré una primera idea, presupuesté lo que supondría económicamente comprar un pequeño equipo de radio para el colegio, buscamos un rincón adecuado para poder grabar cada semana, me reuní con José Agustín con mis ideas y... ya estamos a punto de terminar el primer y fabuloso primer curso de "La Pizarra del Nuestra Señora de la Concepción", un proyecto radiofónico, comunicación y educación que ha conseguido hacer pasar por sus micrófonos a decenas y decenas de niños de entre primero y sexto de primaria durante todo este curso escolar y
que, por el momento, tendrá continuidad en el curso que viene.

Durante todo este curso he ido amilanando los terrores de los profes, los nervios de los alumnos, las ganas de quedarse en silencio de los más asustadizos... y he ido descubriendo todo lo que puede ofrecer un solo colegio. Todas las aventuras, proyectos, trabajos, excursiones, vivencias, sonrisas, locuras y fiestas que constituyen la cotidianidad de un nutrido grupo de alumnos y de alumnas, desde la posibilidad de ganar un premio nacional en Medio Ambiente a la de participar en unos Juegos Olímpicos de su centro educativo.

El primer curso en el SEI 
ha sido todo un descubrimiento, 
lo mejor de todo es que todavía 
quedan muchas cosas 
por descubrir y disfrutar


Es impresionante lo que he podido descubrir en este curso de un solo colegio, lo que he aprendido con todos los que han pasado por los micrófonos, los amigos que he ido conociendo durante todos estos meses y lo que estoy disfrutando de una idea peregrina que se ha consolidado y parece ser un elemento que ha calado en los niños y en las niñas (muchos han dicho que la radio es su aventura favorita de este curso). Haciendo este programa de radio en el SEI Nuestra Señora de la Concepción me he llevado un par de pequeños disgustos, pero sobre todo, me he ganado un montón de buenos momentos. He conocido a gente excepcional, me he sorprendido con la mayoría de los alumnos, me he ganado un montón de abrazos y me he llevado un montón de miradas alegras y sonrisas.

Ahora estamos a cuatro programas de acabar el primer año de esta locura llevada a la realidad y ¿sabéis qué es lo mejor de todo? Que tengo la sensación de que va a ir a más, de que el curso que viene va a ser todavía más grande todo y de que me quedan muchas cosas por descubrir y disfrutar.


PD. Un proyecto como este no se podría llevar a cabo sin la locura de un director de centro, sin el trabajo diario (y de más, en muchas ocasiones) de todas las profes y todos los profes, sin la ayuda de los familiares de los peques y, por supuesto, sin las grandes y geniales voces, ocurrencias, esfuerzo y simpatía de los niños y de las niñas que se convierten en locutores de primera división cada vez que se ponen ante nuestros micrófonos de colores. Muchas gracias a todos por hacer posible un proyecto tan inusual, ocurrente y útil como este. GRACIAS.