29 de enero de 2008

La ladrona de libros. Epílogo (y 2)

No relataré aquí los pormenores de su muerte carnal, basta decir que murió como lo que era, un cobarde, incapaz de asumir el mal que había causado.
Pero no murió al instante, no le dejé. Sé que mi trabajo es llevarme las almas cuanto antes, aunque no me guste hacerlo o el muerto no lo merezca, y he de decir que cuando uno muere es porque le ha tocado hacerlo. Sin embargo ese hombre necesitaba un escarmiento o lo que es peor, yo necesitaba darle uno, una propina por los servicios que me había prestado en los últimos años.
Sé que me vio en cuanto cayó al suelo, lo pude oler en sus pantalones militares y en su bigote recortado, lo pude ver en sus ojos amoratados y en sus ojeras, lo pude sentir en sus manos temblorosas. Me vio y yo le miré, pero no intenté calmarlo ni consolarlo, quería que me temiera, quería que supiera que yo me alegraba de su terror.
Dejé que se lo llevasen a rastras y caminé tranquila detrás suyo, paseándome entre los militares que le habían sido fieles hasta el final. Dejé que lo tiraran al suelo y lo embadurnaran de gasolina, dejé que le prendieran fuego aunque su alma aún estaba anclada a su cuerpo.
Escuché sus alaridos de cerdo apenas llegué a la puerta del búnker. Miré al cielo encapotado y me disculpé, aunque fui incapaz de borrar una mueca de satisfacción que surcaba mi rostro. Después de unos segundos arranqué el alma con brusquedad. Me miró implorando perdón, suplicando clemencia.
Me reí en su cara. Nunca había hecho nada igual, ni siquiera con aquellos inquisidores tan quisquillosos o con los cruzados árabes o cristianos, ni con los romanos que tenían aquellos circos tan monstruosos hoy visitados como monumentos artísticos incomparables, ni con nadie... aquel día me reí en la cara de un alma y tras hacerlo le escupí en el rostro empalidecido.
Miré a los ojos de aquel tirano, aquel asesino, aquel orador excepcional, aquel dibujante de acuarelas que había pintado la cara de media Europa con sus pinceles sangrientos. Después lo arrojé a lo más hondo de la Creación, allí donde sólo tienen cabida los monstruos más aberrantes y me marché a continuar trabajando.
Aquella tarde tuve muchísimo trabajo y por primera vez, me sentí satisfecha de involucrarme en los asuntos de los hombres.
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Lo prometido es deuda, aquí tenéis la conclusión.