22 de febrero de 2008

El hombre solidario 3


Después dejé de estudiar, quería trabajar para ganar dinero. Aunque, con aquellas ideas peregrinas que tenía por aquel entonces lo primero que hice con mi primer sueldo fue apadrinar a un niño. Espero que no me taches de idiota o de ser demasiado pueril por creer que así ayudaba en algo a los demás. Otra vez la pesada de mi conciencia, siempre era ella quien tenía la culpa, me hizo gastarme aquel dinero en un chaval que no conocía y al que ni siquiera supe nunca si le llegó algo en realidad. En mis ratos libres me dediqué al voluntariado, pasé por todo tipo de sitios y lugares, algunos tan siniestros que me duele recordarlos y otros más vivos y alegres que cualquier guardería, desde apoyo a drogadictos hasta reparto de alimentos en barrios chabolistas. Me valía cualquier persona que necesitase ayuda. Mis ganas de ayudar no tenían límite y no tardaron en llevarme a gastar casi la mitad de mi sueldo mensual en apadrinamientos y ayudas varias. Pero nunca estaba conforme con lo que hacía. Sabía que podía hacer todavía más y aquello me entristecía alarmantemente.
Lo que yo daba, lo que ofrecía, sólo era una mísera limosna, era todo aquello que me sobraba. Nunca me quedé sin mi parte para dársela a los demás y esa sensación de no estar haciendo nada en realidad me tenía preso en remordimientos que creaba para mí mismo, de mi uso único, personal e intransferible. Sí, puede ser que hiciera más que la mayoría, que me enfadase por el despilfarro del consumismo salvaje desatado en los países ricos... pero yo vivía en ese mismo mundo que pretendía criticar. ¿A quién quería engañar? Yo era igual que el resto de los habitantes del primer mundo. Era un egoísta despilfarrador repleto de lujos inútiles de los que gozaba mientras cientos de niños morían cada día para que mi vida resultase más cómoda.
Incluso compraba en las tiendas de los chinos porque era más barato, así me sobraba más dinero que gastar en mis ayudas. Y sin embargo yo sabía que esos productos eran más baratos porque estaban fabricados por niños que no cobraban un sueldo como era debido y que en muchos casos vivía esclavizados. Que ironía ¿no?
¿Quién podría dormir con esos pensamientos?