25 de febrero de 2008

El hombre solidario 4

Lo fácil es lo que se suele hacer. Lo que seguro que haces tú y cualquiera que tenga dos dedos de frente. Uno se muestra pesaroso y enfadado por lo que ocurre en, por ejemplo, África, dices algo como: “es una vergüenza, ¿por qué nadie hace nada para que no sucedan estas cosas?” El problema es que ese enfado, ese pesar dura lo que tardan en pasar las imágenes de turno, después todo se esfuma. Eso es lo bueno del asunto, que la conciencia no te critica continuamente y te hace realizar locuras, porque está escondidita en un rincón. Uno se toma su cervecita o su chato en el bar de la esquina y comenta algo sobre que es una pena cuántas personas han muerto en Kenia por las ansias de poder del presidente o que nadie debería vivir en las condiciones que tienen en Etiopía, pero mientras hace esos comentarios se está comiendo una croqueta o unas aceitunas, o las deja que si no cuando llega a casa no puede con la comida... no sé si me estoy explicando bien.
¿Me entiendes?
Espero que sí. De otro modo no podría explicar lo que me impulsó a cometer esta locura que te voy a contar. De nuevo mi conciencia me jugó una broma pesada.Todo ocurrió en la cena de Navidad. En casa de mis padres éramos diecisiete personas, todos vestidos con sus mejores galas... menos yo claro, que vestía mis habituales vaqueros desgastados y una de mis típicas camisetas antisistema (fabricadas por tipos que se ganaban muy bien la vida vendiendo el anticapitalismo y cosas así...). Mi familia se sentó a comer y por primera vez en muchos años nadie realizó ningún tipo de comentario sobre mi atuendo, supongo que ya estaban acostumbrados. Cuando vi toda esa comida... bueno no pude resistirme. Aproveché que todos estaban distraídos con sus langostinos y sus mariscos para encender el VHS. En el reproductor había una cinta que un amigo había grabado durante su estancia como cooperante de una ONG en Somalia. Yo la había estado viendo hacía un par de días y era... bueno era sencillamente aberrante. Aquellas imágenes eran con mucho muchísimo más duras que las que los telediarios suelen colocar durante la sobremesa para inyectarnos una milésima de compasión de vez en cuando, ésa que se borra en cuanto llegan las noticias de deportes. Nadie se esperaba encontrarse en un momento así con dichas imágenes de hambre, enfermedad y muerte. La verdad es que fue un golpe bajo, dado cuando menos se lo esperaban. Quizá fue por eso que nadie reaccionó como pretendía, nadie me arrebató el mando a distancia o se levantó a apagar la televisión, nadie fue capaz de moverse ni de decirme nada al respecto. La caja tonta los atrapó durante un largo minuto, casi como si estuvieran en el momento de las campanadas de nochevieja... así, toda mi familia pudo disfrutar de unas desagradables imágenes de personas desnutridas mientras se encontraban en una mesa repleta de comida totalmente superflua.