26 de febrero de 2008

El hombre solidario (5)

He de confesar que yo mismo supe que me había extralimitado. Todos me miraron con cara de asco y algunos, después de esos primeros instantes de shock tuvieron el valor de dirigirme unas palabras malsonantes, pero mi victoria era palpable, la mayoría de ellos dejó de comer y los que siguieron haciéndolo (los que realmente se mostraron coherentes con su vida) lo hicieron con caras de desagrado, como si degustar aquellas delicias fuese un delito, pero un delito que debían cometer.
Sí, me pasé, al fin y al cabo mi familia no hace más que lo que nos han enseñado a hacer, se limitan a vivir como corderos en un mundo cercado, son las ovejas que saltan mi cerca cuando no puedo dormir... aunque he de confesar también que aquella noche dormí a pierna suelta. Además, había tomado una importante decisión. Callaría a mi conciencia para siempre.
No había otro modo de hacerlo, si quería ayudar a los demás de verdad tenía que convertirme en uno de ellos. Yo no podía vivir en casa de mis padres y luchar porque desapareciesen las desigualdades. Así que el mismo día 1 de enero me levanté antes que nadie, me vestí, cogí todo el dinero que tenía guardado en mi habitación y me marché. En el cajero saqué hasta el último euro de mi cuenta (al menos todo lo que me dejó) y cogí un taxi rumbo al aeropuerto. Como era muy temprano aún tuve tiempo de ver a muchos de mis amigos y vecinos regresando a sus pisos después de toda una noche de fiesta. Yo hacía mucho que no salía, antes lo hacía, pero desde que casi me matan unos rapados por intentar defender a un negro (cobramos los dos de lo lindo), había decidido quedarme en mi casa por las noches. Era más seguro.
El taxista apenas habló. Por su cara era evidente que no le hacía ninguna gracia tener que trabajar el primer día del año. Me dediqué a observar el interior del taxi, solía cotillear así, intentando hacerme una idea de la vida de las personas con las que me cruzaba. Descubrí que aquel hombre orondo y despeinado, con olor a Colgate y ojos de querer y no poder, era hincha del Atlético de Madrid y que sentía devoción por San Cristóbal y por una decena de vírgenes varias que llevaba pegadas en la guantera, que le gustaba el olor a pino y que, de vez en cuando, se fumaba un cigarillo en el interior del taxi. No indagué mucho más. No quería pensar, si pensaba, aunque fuera un poco, estaba seguro de que mi mente civilizada me obligaría a regresar a mi cama y a dejarme de estupideces.