28 de febrero de 2008

El hombre solidario 6

Fue una suerte que al llegar al aeropuerto hubiera plazas disponibles para un avión con destino Argelia que salía en poco más de una hora. Como no tenía equipaje que facturar me dediqué un ultimo homenaje antes de mi aventura. Desayuné un par de croissants, una tostada con aceite y me tomé un buen café. En unos días recordaría aquel montón de colesterol y grasas con añoranza.
Después, en el avión, dormí.
Así, casi sin darme cuenta me presenté en Argelia. Tumbado en mi cama todo había parecido muy sencillo, sólo tenía que ir hasta Argelia, contactar con las mafias locales y pagar mi pasaje en un cayuco con destino a la tierra prometida, a España. ¿Que por qué lo hacía? ¿Y yo que sé? Sólo sé que quería saber cómo se sentían aquellos desgraciados capaces de jugarse la vida por llegar a mi país.
No caí en el problema del idioma, pero después de caminar de aquí para allá fue muy fácil para mí que Rachid, un niño con cara de listo, que se me había acercado para pedirme unas monedas y que, con total seguridad acabaría trabajando de peón en una obra en España, me indicase el lugar en el que la agencia de viajes “Juéguese la Vida” contactaba con los infelices que reunían todos sus ahorros (y en ocasiones los de toda su tribu o familia) para embarcarse en una nave de juguete, de mentira. Aunque aquello era normal, ¿por qué habrían de utilizar un barco real cuando lo que perseguían era un país imaginario? Sólo podrían alcanzar su sueño a bordo de una nube, por eso eran tan pocos los que terminaban alcanzándolo. Hablé, en mi estruendoso inglés barriobajero, con un tal Hassam, que tenía un lunar en la punta de una nariz ganchuda y gigante, unos ojos oscuros, siniestros, que me hicieron estremecer... y una inteligencia de comerciante viejo que pronto llegó a cautivarme, parecía un anuncio de tele tienda a pie de calle. Recordé los negreros de los que había leído en los libros de mi niñez y pensé que este esclavista era más afortunado que ellos. Aquellos viejos negreros tenían que recorrer África en busca de negros, capturarlos y llevarlos a América o a Europa para venderlos al mejor postor; pero estos estaban en una fonda sentados cómodamente, bebiendo un té moro y los esclavos llegaban hasta ellos y encima les pagaban para convertirse en sus siervos, realmente eran hombres afortunados estos negreros del siglo XXI.
Cuando indiqué a aquel individuo lo que pretendía me miró extrañado, pero después se limitó a encogerse de hombros divertido. Había oído hablar de las aficiones particulares de algunos occidentales, cuando uno no tenía mucho que hacer y tenía dinero de sobra podía dedicarse a excentricidades así. Supongo que pensó que se trataba de alguna nueva moda o de algún tipo de deporte de riesgo... el caso es que me pidió los cuatro mil euros necesarios y me aceptó en uno de los últimos grupos que intentaría cruzar el estrecho.