29 de febrero de 2008

El hombre solidario 7

A la mañana siguiente partimos hacia Marruecos, íbamos a pie y viajábamos de noche para no ser detectados, aunque según me dijo Omar, el guía contratado por el negrero Hassan para mi grupo, la policía marroquí y la argelina solía hacer la vista gorda. Éramos unos cien. Pude contar cinco mujeres embarazadas y unos quince niños, los demás eran hombres adultos y fibrosos, según recordaba de mis conocimientos y algunas historias los más aptos de la familia, aquellos que podían valerse por sí mismos y que cuando llegaran a la tierra prometida, donde las fuentes chorreaban Coca Cola y los frutos de los árboles sabían a hamburguesa, podrían enviar algo de ayuda a los que dejaban atrás...
El viaje a través del desierto duró unos diez días, tras los que nos parapetamos al cobijo de colina. Al principio tuve que aguantar la desconfianza y las miradas desdeñosas de mis compañeros de odisea, pero transcurridos aquellos primeros días de viaje fui considerado uno más del grupo. A pocos parecía importarles algo qué hacía yo allí, sólo deseaban cumplir su sueño. Desde allí pude ver el Mediterráneo, tan pacífico y apaciguado como uno espera encontrárselo, el mar de los dos tierras, el mar de las viejas culturas, el mar de la civilización... de la historia antigua, el mismo mar que separa dos formas de vida de una forma tan apabullante.
Sabía que seríamos llamados bruscamente durante la noche para iniciar al viaje hacia costas españolas, Omar me lo había avisado. Le entregué hasta mi último céntimo y le regalé mi cartera y mis documentos. No sabía si le servirían para algo pero él era un tipo simpático y yo me sentía así de generoso, dispuesto a afrontar sin nada que me anclase a mi pasado aquella gran aventura... porque eso era lo que era para mí. Ahora puedo admitirlo. Entonces mi conciencia y mi eterno sentido de la solidaridad me lo impedían, ¿cómo pude estar tan ciego?