18 de febrero de 2008

El hombre solidario

Perdona que te interrumpa en aquello que estés haciendo, aunque supongo que si estás leyendo estas líneas es porque has decidido regalarme un poco de tu tiempo y por tanto estás dispuesto a escuchar lo que te voy a narrar. Quiero contarte una historia, en el mejor de los casos puede que te sirva para aprender algo de mi experiencia, no es que yo sea una persona muy inteligente o ejemplar, tampoco es que pretenda ser algo así como un maestro, pero uno nunca sabe cuando va a toparse con un buen consejo o con una anécdota que puede cambiar tu vida o tus actos para el resto de tus días.
Yo era un tío solidario, ahora que lo pienso puede que lo fuera demasiado. Pero por más que hacía por los demás nunca llegaba a estar conforme del todo. Desde muy pequeño había decidido que quería ser un buen hombre, generoso y, a ser posible, justo, prudente y sabio. Había intentado de todo para alcanzar mis ideales. Había hecho mil y una cosas procurando que mi conciencia me dejara dormir tranquilo cada noche, pero me era imposible hacerlo, sabía que mis metas jamás podrían ser alcanzadas, que me prometía a mí mismo una luna que nunca llegaría a rozar siquiera.
Tumbado en mi cómodo colchón de látex, acurrucado por calefacción eléctrica, rodeado de lujos inútiles y gratamente acomodado en casa de mis padres no podía dormir bien, mi propia conciencia me repetía una y otra vez que no merecía una vida tan confortable. Mientras decidía si me ponía a contar ovejitas saltando cercas de madera o me limitaba a divagar hasta caer en los brazos del sueño de puro agotamiento, pensaba en cómo habría sido mi existencia de haber tenido la desgracia de nacer sólo unos cientos de kilómetros más al sur... mi mente me enseñaba de manera ostentosa las imágenes de aquellos niños moribundos a las que ya nos han acostumbrado de tanto enseñarlas, de todas esas guerras civiles y masacres indiscriminadas, de todas esas personas que mueren intentando llegar a nuestras tierras, a nuestras vidas acomodadas, a nuestros colchones de látex... podría haber hecho como la mayoría de la gente, haber obviado todos esos pensamientos y dedicarme a estrujar todo lo que pudiera de la vida que me había tocado, exprimir mi gajo de la naranja o comer mi parte del pastel. Relegar a un rincón esos sentimientos y extraerlos sólo cuando fuesen necesarios u oportunos. Pero no podía hacerlo, sencillamente no podía, no sabía. Era una de esas personas que deben hacer algo por los demás, un estúpido que no tiene cabida en este mundo globalizado, repleto de papeles y tecnología.