5 de marzo de 2008

El hombre solidario 10

Después ya no sentí gran cosa. Perdí por completo la noción del tiempo y la misma cordura. No sé cuánto tiempo estuve así, perdido en las brumas de mi mente, con mi conciencia deambulando en busca de una meta que nunca iba a alcanzar... sé que estuvimos muchos días a la deriva, sin rumbo ni sentido, nuestra propia existencia parecía una meta imposible... pero fui devuelto a la vida. El niño aferrado al regazo de su madre me cogió de la mano y me apretó con fuerza, regresándome a la aciaga realidad. ¿Por qué no me olvidó sin más? ¿Por qué no me dejó que yo olvidara?
Quise devolverle el gesto con una sonrisa y noté la sangre recorriendo mi barbilla rasposa. El sol, el viento, el salitre y la humedad habían acartonado mi cara y mis labios, me habían producido multitud de quemaduras, cortes y llagas. Tenía la garganta pegada por la sed y apenas fui capaz de abrir los ojos cerrados a la fuerza por pegajosas legañas... sin embargo yo quería ofrecerle algo a aquel muchacho... lo miré con un amor que no había sentido hasta ese momento por ninguna persona... y que nunca podré sentir por nadie, pues todo mi amor se gastó en aquel breve lapso. Los ojos del pequeño me mostraron el camino de regreso de la locura.
Noté que su madre apoyaba su cabeza sobre mi hombro... sentí el helor del frío. Antes de saber qué pasaba... supe sin el menor atisbo de duda que aquella mujer engrosaría también la lista de seres anónimos enterrados en el mar.
Sin saber ya cómo llorar esa nueva muerte, de dónde extraer las lágrimas, cogí al pequeño en brazos, arrancándolo de las manos inertes de su madre, alejándolo de la muerte. Después empujé despacio el castigado cuerpo de la mujer, deslizando despacio mis dedos por su piel, con cariño. Con el último atisbo de energía que me quedaba lancé el cuerpo de ésta por encima de la borda.
Alguien gritó con una voz muy débil pero extrañamente ansiosa. Levanté la mirada, aun a riesgo de romperme el cuello acalambrado o caer al mar y la vi, la costa, habíamos alcanzado la costa española.
La marea nos arrastró hasta la entrada a una playa, tuvimos suerte, pues nos podría haber lanzado hacia los arrecifes o habernos hecho naufragar... al llegar a la costa nos estaban esperando la Guardia Civil y la Cruz Roja...