1 de marzo de 2008

El hombre solidario 8

La barca era más pequeña de lo que nadie podía imaginarse, creo que nos embarcamos unos setenta. Sabía que otra pequeña embarcación había partido junto a la nuestra con los otros treinta emigrantes ilegales. Ilegal, que apelativo más feo para designar a una persona. Junto a mí iba una mujer que llevaba un pequeño de unos dos años en sus brazos. En medio de la noche, en medio del oleaje del Mediterráneo desatado, vi la esperanza en los ojos de aquella mujer. Yo era un punto negro en aquel mar blanco de esperanzas de futuro, de sueños, de anhelos... yo era un estorbo allí, ahora lo sé. Pero, puedo jurar que al mirar al niño que Ella llevaba en sus brazos, al verle sonreírme, vi la ilusión reunida de toda África, de todos los desamparados, de todos los pobres y necesitados del mundo.
Aquella primera noche fue durísima. Nadie miraba a nadie directamente, todos éramos iguales allí, olvidé el color de mi piel, mis ideales, mis ganas de ayudar, olvidé incluso mi conciencia al saber que había junto a mí sesenta y nueve almas rivales que competirían por sobrevivir llegado el momento, que no dudarían, pues en ellos estaban depositadas todas las esperanzas de los suyos. Yo no gozaba de aquella ayuda extra, de aquella protección. Yo sólo era un blanco estúpido en aquella diana negra como el carbón, como el dolor, como la codicia...
Se olía el miedo como se huele el orín en las esquinas. Cuando una ola más fuerte de lo común zarandeó el cayuco de forma alarmante pude oler mi propio miedo caldeando mi entrepierna. Intenté entablar una conversación con alguno de aquellos compañeros de miedo y travesía, de terror y anhelos, de ilusión... como era de esperar nadie respondió a mi invitación, y aun así pude sentir su solidaridad para conmigo. Aquel silencio compartido por setenta almas aterrorizadas fue el bastón en el que todos nos apoyamos para aguantar cuerdos aquellas primeras horas de agonía.
La verdad era que yo allí era un extraño, un intruso. Puede que sus procedencias fuesen remotas entre sí, que llegasen de distintos países o pertenecieran a etnias diferentes, que no pudieran compartir una conversación... pero eran compatriotas de la penuria, de la necesidad extrema... sí, yo era el único extranjero real y no porque fuese de un color distinto, mi diferencia con ellos era mucho más profunda que la pigmentación de mi piel, allí yo era el único que no estaba por necesidad.