4 de marzo de 2008

El hombre solidario 9

Te confesaré ya que me estás escuchando, que mi conciencia empezó a abandonarme en ese mismo momento, cuando me percaté de que estaba fuera de lugar... aunque aún pasaría algo más que acabaría por ahuyentarla del todo, por matarla.
Dentro de lo inhabitual que resulta pasar una noche en un cayuco en mar abierto, rodeado de personas que sólo ansían pisar tierra firme, la primera de las que pasé en aquella frágil embarcación transcurrió sin más problemas de los consabidos, los hubo incluso que se atrevieron a dormir. Yo no. De todos modos el frío comenzó ya a ser demasiado intenso y pasó factura a esas gentes tan poco acostumbradas a temperaturas bajo cero, algunos de los niños más pequeños lloraron y pidieron algo que llevarse a la boca. Mi último reducto civilizado, una chocolatina que me había dado Omar a modo de despedida, acabó en el estómago contraído del pequeño abrazado a su madre.
Pero todo fue de mal en peor a medida que transcurrían las horas... los días. Cuando alcanzamos el cuarto mediodía sin ver tierra, el mar estaba enrabietado con nosotros, era como si le molestase nuestra presencia allí, las olas nos zarandeaban de un lado a otro sin mesura y estuvimos a punto de irnos a pique en más de una ocasión. Algunos hombres nos dedicamos a vaciar las aguas que amenazaban con hundirnos con la simple ayuda de los cuencos formados por nuestras manos encallecidas. Fue agotador. Nunca olvidaré aquel día... tuve que ayudar a tirar por la borda al primer hombre cuya voluntad no fue capaz de resistir el pulso al mar. En días posteriores, en aquellos momentos en los que el mar decidía otorgarnos un leve respiro, entregamos al Mediterráneo a doce o catorce hombres más, perdí la cuenta... antes de comenzar a navegar todos parecían robustos, sanos... lo peor de aquel acto cotidiano de arrojar un cuerpo inerte por la borda fue el momento en el que me tocó tirar al agua a un niño de unos doce años... su cuerpo apenas tenía consistencia, no pesaba... fue una experiencia desagradable, traumática, difícil de contar... pocas personas serán capaces de enumerar los sentimientos que experimenté en aquel instante, fue uno de los peores momentos de mi vida. No, fue el peor. No le deseo a nadie el tener que pasar por un trago semejante.