12 de abril de 2008

Orgullo de Barrio

Nací en Madrid capital, pero antes de tener conciencia de mi propia existencia fui instalado cómodamente en Leganés, un pueblecito de la periferia, que al crecer se convirtió en lo que se llama una ciudad dormitorio. Allí pasé la mayor parte de mi infancia y el inicio de la adolescencia, hasta los quince años para ser más concretos. Recuerdo ahora, como si estuviera a punto de salir corriendo a la plaza con mi bocadillo de nocilla, de “foagrás” o de sardinas con tomate, esas tardes junto a los amigos del barrio, aquellos con los que te pasabas media vida jugando y la otra media pegándote o haciendo trastadas. Recuerdo el bote botero, el escondite, la bruja... y, cómo no, los eternos partidos de fútbol que jugábamos en plena calle, cuando aún se podía jugar en la calle... cuando dos chaquetas o dos mochilas eran todo lo que se necesitaba para tener una portería, cuando se pedían los equipos a dedo y cuando, si el balón iba algo más alto de lo normal, podías discutir si había sido alta o no... qué malo era, no es que ahora sea mucho mejor, pero entonces era mucho peor, seguro.
No podré olvidar nunca los campeonatos de chapas que organizábamos y en los que nos jugábamos cromos y cosas por el estilo, tampoco los goles de Amavisca y Zamorano vistos desde la ventana del pub de la esquina... hay tantas cosas que me hacen recordar aquellos días. Si me pongo, estoy seguro de que podría enumerar a buena parte de mis compañeros de gamberradas, aquellos con los que, o bien me pegaba o bien me pasaba horas y horas jugando a lo que fuera... pero si hay una cosa que recuerdo bien de aquellos primeros años de mi vida son los partidos del Lega.
No sé a cuantos fui con mi padre, sí, siempre iba con mi padre. A veces también nos acompañaba mi hermano o Ramón o cualquiera que nos encontrásemos en el viejo campo situado en pleno centro del pueblo, más allá del manicomio, donde, a veces, veías asomado a algún interno a través de los grandes ventanales enrejados. Mi tío Miguel sí iba mucho, siempre vestido de manera elegante, solíamos encontrarnos con él en el descanso, en el bar de detrás de las gradas, donde nos tomábamos un caldito o un bote, según la época del año. Fue en un partido del Leganés en el que aprendí de verdad el significado de la palabra deportividad, os cuento: estaba detrás de la portería del portero contrario, gritando para intentar ponerle nervioso y no me pude contener, cogí un bote vacío de Coca Cola (o de cerveza) y se lo tiré como lo había visto hacer en la tele. Pocas veces me he llevado una bronca tan grande como la que me llevé por aquel gesto... cuando yo creía que me iban a felicitar por atacar al contrario. Recuerdo en particular los partidos del Trofeo Virgen de Butarque, muchos contra el Getafe, el eterno rival... uno contra el Málaga de copa del rey y un sin fin más...
Hacía mucho tiempo que no pensaba en esas cosas, pero ayer me vinieron junto a otros muchos recuerdos agolpados mientras veía el excelente encuentro disputado por el Geta ante el Bayern de Munich, me hizo recordar que, aunque hace muchos años que ya no estoy allí, aunque la vida me haya hecho dar un par de vueltas y ya sea un señor casado y con un niño, hace muy poco que fui un chico de barrio más. Ayer fuimos más de nueve millones de personas (con picos de audiencia de once millones) los que recordamos nuestra infancia en el barrio, jugando en las centenares de plazas de nuestros pueblos o ciudades, espectaculares partidos de fútbol, deseando convertirnos en las estrellas del momento, jugando a las chapas, a las canicas o con nuestras peonzas de madera. Sí, España está formada por chicos de barrio de todos los tipos, fue en el momento en el que algunos dejaron de serlo cuando empezó a irnos algo peor, cuando los niños empezaron a sufrir sobrepeso y problemas semejantes.
Hoy he estado en Madrid por asuntos privados y he paseado por una gran plaza adoquinada, un espacio excelente para jugar un buen partido de fútbol, pero hoy no había niños jugando ahí, un enorme cartel situado en la fachada de uno de los bloques de pisos advertía de que allí estaba prohibido jugar al fútbol... qué pena. Parece que ahora todo el juego, todo el deporte tiene que estar condicionado por unas reglas, por unos precios... con lo bien que lo pasábamos poniéndolas nosotros, jugándonos a pares o nones quién sacaba, cuando esperábamos que bajara el vecino del quinto porque era el único que tenía un balón... hoy todos los niños tienen un balón en casa, pero son muy pocos los que se pasan toda una tarde maltratándolo junto a sus amigos en la plaza o en el callejón de su barrio...
¿Y cuándo te juntabas con los de tu calle o plaza para competir con los de otra? ¡Una pasada! Saltaban chispas y eran los instantes en los que hacías gala de la pasión por defender el honor de tu barrio, de tu gente.
Ayer el Getafe me hizo revivir una parte de mi vida que guardo en un rinconcito, sí, me hizo recordar que soy sólo un tipo de barrio, una persona normal y corriente, alguien que no quiere aspirar a mucho más. Alguien que, después de ver cómo un equipo de pueblo estuvo a veinte segundos de doblegar a todo un campeón de Europa de manera magistral, ha aprendido que todos podemos alcanzar nuestros sueños, por imposibles que parezcan, por lejos que estén y sin perder nuestra identidad.
He escuchado en la radio esta mañana cómo Alfredo Duro, periodista de Onda Madrid y antiguo director técnico del Getafe, se quejaba amargamente de la derrota de ayer, alegando que dentro de un tiempo nadie recordará la gesta del equipo madrileño. No sé si dentro de unos años recordaré este soberbio partido de los azulones, sólo sé que, gracias a ellos he recordado parte de mi infancia, y que gracias a su entrega he recordado lo que es tener orgullo de barrio.
Gracias al Getafe por devolverme esos recuerdos y gracias por no perder la identidad que hace que sea, por el momento, el mejor de todos los equipos de barrio, por mal que le pese a un viejo pepinero venido a menos.

2 comentarios :

sr.stromboli dijo...

Pero qué grande eres jodío!! xDD

Me he visto reflejado claramente en tu relato como si fueras mi propio espejo. Yo, un chico de barrio, de Villaverde Alto.

También en el sur de Madrid, allí donde los barrios son más pobres, allí donde la delincuencia y las drogas están a la orden del día, también crecen buenas personas...

Javienci dijo...

Me alegro de que te haya gustado.