29 de mayo de 2008

Libradme de los admiradores repentinos

No soy un tío que despierte demasiadas antipatías, hace años hasta me llamaron en alguna ocasión el risitas, porque siempre me reía ante todo (eso se me ha curado con los años), aunque soy consciente de que cuando lo hago consigo crearme unos enemigos que ya querría para é cualquier héroe del celuloide. Tampoco soy de los que son demasiado admirados y no me gusta sentirme demasiado bien visto por los demás. A ver si me explico... soy escritor, o pretendo serlo, y eso significa que tengo una vanidad fuera de lo común y unas ganas de agradar extremas (aunque deba de ser a base de cosas que me satisfagan a mi mismo), pero cuando siento que alguien siente una admiración demasiado evidente hacia mi persona o hacia mi obra, procuro retirarme prudentemente.
Sí, ya lo hacía en el instituto, como aquella vez (no es que me haya sucedido demasiadas veces ni que yo estuviera para desaprovechar situaciones) en Leganés, cuando en clase de música, mientras sonaba el Bolero de Ravel, unas chicas de mi clase empezaron a sonreírme y a avisarme de que una de ellas quería algo conmigo... ¿sabéis lo que hice? Reírme de ellas, decir que le buscaran a uno algo más guapo y pasar del asunto... ay, qué tonto, y el caso es que la chica era la mar de mona (por lo menos lo que puede parecérselo a un chaval regordete de 13 años). No, en serio, era muy guapa y yo me sentí tan inferior que decidí hacerme el sueco.
Bueno, como os he dicho no me ha pasado muchas más veces cosas parecidas, pero sí me ocurrió algo muy curioso hace unos años. Soy entrenador de fútbol sala de chavales y una de las madres de dos niños nuevos comenzó a enviarme correos electrónicos en los que me decía que sus hijos querían ser como yo de mayor, que era un tío genial... ¡sape! -pensé- y respondí con mi propio mensaje en el que la dije a esa señora que yo sólo era un tío normal, que no era nada extraordinario... y la cagué, a partir de ahí me fragué mi Drácula particular (pensando en mi como en val Helsing), esa señora ahora critica todo lo que hago, cualquier cosa.
Y es que yo prefiero pasar desapercibido... bueno en realidad no, pero esa es otra de mis contradicciones naturales. El caso es que no me gustan esas personas a las que parezco gustarles tanto de golpe, porque sé, que con la misma celeridad, comenzaré a resultarles un estorbo o un ente criticable.