24 de junio de 2008

El Buscador de Colores 11

Cuando Lik y la princesa despertaron se hallaron a la orilla de una playa límpida y de aguas cristalinas, detrás de ellos cantaban las sirenas y delante contemplaron el serio despertar de dos golems de granito adormecidos.

Caminaron de la mano, sonrientes y contentos por el regreso de los colores al mundo, al cabo de unos minutos de caminata, en la que se cruzaron con dos elefantes lilas con alas y un león que conversaba animadamente con un cocodrilo, Lik reconoció los límites de su aldea y sonrió a la par que corría en dirección al poblado.

Cuando lo alcanzaron, ninguno de los dos podía dar crédito a lo que veían, una enorme multitud se arremolinaba en torno al anciano Ologa-mirei que les narraba la azarosa aventura del valeroso y generoso Lik, que dio su vida por los demás. Centenares de ojos se volvieron hacia él y la Princesa Eterna y Lik se percató de que había gente que reconocía de su viaje hacia el desierto, allí estaban cuantos se habían cruzado con él en su camino.

Pomek sonrió silencioso y elevó una oración a los antiguos y venerables ancianos de la tribu ya desaparecidos, la aventura del niño buscador de colores había concluido.

Lik estaba en casa.