10 de octubre de 2008

El dragón engreído

Esto de abajo también está "escrito en directo", espero que os guste y no encontréis demasiadas faltas gramaticales u ortográficas.


En realidad los aldeanos no se habían negado aún a pagar los tributos que la ley les obligaba a pagar al rey, sin embargo sí que era cierto que en Turulandia comenzaban a cambiar ciertas cosas. Los niños se reunían cada mañana en la plaza de la aldea para escuchar las palabras de un trovador que, con los años y la vejez, había preferido asentarse en la aldea en vez de recorrer el mundo como lo había hecho de joven y que vivía de lo que cada padre buenamente quería darle por la educación de sus hijos. Éso era algo inaudito para un aldea medieval, los hijos de los campesinos no podían aprender, pues si lo hacía querrían dedicarse a otros oficios más notables y que requerían de una cultura superior y si era así, nadie sería campesino.

Además, Aristófocles sabía que los que ahora estudiaban podrían llegar a ser sabios el día de mañana y quién sabía, podía que incluso llegasen a ser más cultos e inteligentes que los hijos de los caballeros, los nobles o del mismo rey, que no solían dar demasiada importancia a eso del estudio y el aprendizaje. Eso era algo que no se podía consentir.

El sabio había comprendido muy pronto el peligro que aquel maestro representaba para sus intereses y para los de los habitantes de la zona noble del castillo de Turulandia, tenía que hacer algo para evitar que aquellos niños continuasen estudiando, pero era inevitable que sucediera a no ser que encontrara una artimaña para poder deshacerse del maestro sin levantar demasiadas sospechas o cometer un acto que a los aldeanos les pareciera una injusticia. Los pueblos eran sencillos de moldear si uno era inteligente. Eran como corderitos que seguían las leyes sin chistar, igual que el rebaño no rebasa nunca la cerca impuesta por el pastor y si lo hace sabe que está cometiendo un delito y que, por tanto, puede ser castigado. Sin embargo, si creían que se estaba cometiendo una injusticia podrían incluso provocar una incómoda rebelión.

Aristófocles envió a sus espectrales espías a ver qué podía realizar para culpar a aquel maestro entrometido de un delito y así, meterlo en la cárcel y evitar que los niños continuaran aprendiendo y, a su vez, enseñando a sus padres y madres.

La tarea fue sencilla para los espías, pues nadie en la aldea pensaba que aquel inocente maestro pudiera ser espiado por nada que violase la ley de Turulandia, no imaginaban que enseñar y aprender podía llegar a ser un delito en muchos países y muchas culturas de todo el mundo, a los reyes no les gustaba que otros supieran más que ellos.

Aunque resultó muy sencillo para los espías entrar en la humilde casa del antiguo trovador e investigar todos sus efectos personales no encontraron nada que pudiera ser considerado peligroso o delictivo. El hogar de aquel maestro sólo tenía recuerdos de todos los lugares del mundo que había visitado, una mesa con dos sillas de madera, un gran sillón roído por el paso del tiempo junto al hogar encendido, un jergón elevado (algo muy inusual para una casa de la aldea) y una pared repleta de libros de todos los tamaños, algo que llamó muchísimo la atención de los espías.

Allí -según informaron a Aristófocles horas después- había más de mil libros, los había más gruesos y más delgados, más altos y más bajos, decorados con bellas filiogranas o cosidos con cuerda de pita, encuadernados con cuero o con madera... y desordenados, muy desordenados. Incluso había montones de libros apilados junto a la pared, que seguramente estaban allí porque no entraban en la estantería, en la que, en cambio, se apreciaban algunos huecos de libros menudos y delgados. Lo que llamó mucho la atención del mago que, intrigado, envió de nuevo a sus espías con el fin de averiguar dónde estaban esos libros que faltaban.