#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

29 de febrero de 2008

Os recomiendo los cuentos de Plyngo

Un amigo escritor de cuentos.

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Plyngo es un amigo mío que vive en una cueva de las Islas Cook y mantiene varios blogs. Es un dinosaurio rosa de peluche sí, pero no se lo toméis en cuenta, es de lo más listo que me he encontrado, como diría una amiga común -no se le escapa nada-. Ahora le ha dado por escribir cuentos. Os los recomiendo, se leen en poco más de un minuto. Si queréis leer el último sólo tenéis que pinchar en El nuevo cuento de Plyngo

¿Me estáis leyendo?

No sé si alguien está leyendo El hombre solidario, supongo que sí, porque el contador aumenta día a día unas quince visitas... pero como nadie hace ningún comentario... no sé, me gustaría saber vuestra opinión acerca de este cuento (y de todos los demás). Si alguien lo está siguiendo, por favor, que me lo diga. Un saludo de un escritor desesperado.

El hombre solidario 7

A la mañana siguiente partimos hacia Marruecos, íbamos a pie y viajábamos de noche para no ser detectados, aunque según me dijo Omar, el guía contratado por el negrero Hassan para mi grupo, la policía marroquí y la argelina solía hacer la vista gorda. Éramos unos cien. Pude contar cinco mujeres embarazadas y unos quince niños, los demás eran hombres adultos y fibrosos, según recordaba de mis conocimientos y algunas historias los más aptos de la familia, aquellos que podían valerse por sí mismos y que cuando llegaran a la tierra prometida, donde las fuentes chorreaban Coca Cola y los frutos de los árboles sabían a hamburguesa, podrían enviar algo de ayuda a los que dejaban atrás...
El viaje a través del desierto duró unos diez días, tras los que nos parapetamos al cobijo de colina. Al principio tuve que aguantar la desconfianza y las miradas desdeñosas de mis compañeros de odisea, pero transcurridos aquellos primeros días de viaje fui considerado uno más del grupo. A pocos parecía importarles algo qué hacía yo allí, sólo deseaban cumplir su sueño. Desde allí pude ver el Mediterráneo, tan pacífico y apaciguado como uno espera encontrárselo, el mar de los dos tierras, el mar de las viejas culturas, el mar de la civilización... de la historia antigua, el mismo mar que separa dos formas de vida de una forma tan apabullante.
Sabía que seríamos llamados bruscamente durante la noche para iniciar al viaje hacia costas españolas, Omar me lo había avisado. Le entregué hasta mi último céntimo y le regalé mi cartera y mis documentos. No sabía si le servirían para algo pero él era un tipo simpático y yo me sentía así de generoso, dispuesto a afrontar sin nada que me anclase a mi pasado aquella gran aventura... porque eso era lo que era para mí. Ahora puedo admitirlo. Entonces mi conciencia y mi eterno sentido de la solidaridad me lo impedían, ¿cómo pude estar tan ciego?

28 de febrero de 2008

El hombre solidario 6

Fue una suerte que al llegar al aeropuerto hubiera plazas disponibles para un avión con destino Argelia que salía en poco más de una hora. Como no tenía equipaje que facturar me dediqué un ultimo homenaje antes de mi aventura. Desayuné un par de croissants, una tostada con aceite y me tomé un buen café. En unos días recordaría aquel montón de colesterol y grasas con añoranza.
Después, en el avión, dormí.
Así, casi sin darme cuenta me presenté en Argelia. Tumbado en mi cama todo había parecido muy sencillo, sólo tenía que ir hasta Argelia, contactar con las mafias locales y pagar mi pasaje en un cayuco con destino a la tierra prometida, a España. ¿Que por qué lo hacía? ¿Y yo que sé? Sólo sé que quería saber cómo se sentían aquellos desgraciados capaces de jugarse la vida por llegar a mi país.
No caí en el problema del idioma, pero después de caminar de aquí para allá fue muy fácil para mí que Rachid, un niño con cara de listo, que se me había acercado para pedirme unas monedas y que, con total seguridad acabaría trabajando de peón en una obra en España, me indicase el lugar en el que la agencia de viajes “Juéguese la Vida” contactaba con los infelices que reunían todos sus ahorros (y en ocasiones los de toda su tribu o familia) para embarcarse en una nave de juguete, de mentira. Aunque aquello era normal, ¿por qué habrían de utilizar un barco real cuando lo que perseguían era un país imaginario? Sólo podrían alcanzar su sueño a bordo de una nube, por eso eran tan pocos los que terminaban alcanzándolo. Hablé, en mi estruendoso inglés barriobajero, con un tal Hassam, que tenía un lunar en la punta de una nariz ganchuda y gigante, unos ojos oscuros, siniestros, que me hicieron estremecer... y una inteligencia de comerciante viejo que pronto llegó a cautivarme, parecía un anuncio de tele tienda a pie de calle. Recordé los negreros de los que había leído en los libros de mi niñez y pensé que este esclavista era más afortunado que ellos. Aquellos viejos negreros tenían que recorrer África en busca de negros, capturarlos y llevarlos a América o a Europa para venderlos al mejor postor; pero estos estaban en una fonda sentados cómodamente, bebiendo un té moro y los esclavos llegaban hasta ellos y encima les pagaban para convertirse en sus siervos, realmente eran hombres afortunados estos negreros del siglo XXI.
Cuando indiqué a aquel individuo lo que pretendía me miró extrañado, pero después se limitó a encogerse de hombros divertido. Había oído hablar de las aficiones particulares de algunos occidentales, cuando uno no tenía mucho que hacer y tenía dinero de sobra podía dedicarse a excentricidades así. Supongo que pensó que se trataba de alguna nueva moda o de algún tipo de deporte de riesgo... el caso es que me pidió los cuatro mil euros necesarios y me aceptó en uno de los últimos grupos que intentaría cruzar el estrecho.

26 de febrero de 2008

El hombre solidario (5)

He de confesar que yo mismo supe que me había extralimitado. Todos me miraron con cara de asco y algunos, después de esos primeros instantes de shock tuvieron el valor de dirigirme unas palabras malsonantes, pero mi victoria era palpable, la mayoría de ellos dejó de comer y los que siguieron haciéndolo (los que realmente se mostraron coherentes con su vida) lo hicieron con caras de desagrado, como si degustar aquellas delicias fuese un delito, pero un delito que debían cometer.
Sí, me pasé, al fin y al cabo mi familia no hace más que lo que nos han enseñado a hacer, se limitan a vivir como corderos en un mundo cercado, son las ovejas que saltan mi cerca cuando no puedo dormir... aunque he de confesar también que aquella noche dormí a pierna suelta. Además, había tomado una importante decisión. Callaría a mi conciencia para siempre.
No había otro modo de hacerlo, si quería ayudar a los demás de verdad tenía que convertirme en uno de ellos. Yo no podía vivir en casa de mis padres y luchar porque desapareciesen las desigualdades. Así que el mismo día 1 de enero me levanté antes que nadie, me vestí, cogí todo el dinero que tenía guardado en mi habitación y me marché. En el cajero saqué hasta el último euro de mi cuenta (al menos todo lo que me dejó) y cogí un taxi rumbo al aeropuerto. Como era muy temprano aún tuve tiempo de ver a muchos de mis amigos y vecinos regresando a sus pisos después de toda una noche de fiesta. Yo hacía mucho que no salía, antes lo hacía, pero desde que casi me matan unos rapados por intentar defender a un negro (cobramos los dos de lo lindo), había decidido quedarme en mi casa por las noches. Era más seguro.
El taxista apenas habló. Por su cara era evidente que no le hacía ninguna gracia tener que trabajar el primer día del año. Me dediqué a observar el interior del taxi, solía cotillear así, intentando hacerme una idea de la vida de las personas con las que me cruzaba. Descubrí que aquel hombre orondo y despeinado, con olor a Colgate y ojos de querer y no poder, era hincha del Atlético de Madrid y que sentía devoción por San Cristóbal y por una decena de vírgenes varias que llevaba pegadas en la guantera, que le gustaba el olor a pino y que, de vez en cuando, se fumaba un cigarillo en el interior del taxi. No indagué mucho más. No quería pensar, si pensaba, aunque fuera un poco, estaba seguro de que mi mente civilizada me obligaría a regresar a mi cama y a dejarme de estupideces.

25 de febrero de 2008

El hombre solidario 4

Lo fácil es lo que se suele hacer. Lo que seguro que haces tú y cualquiera que tenga dos dedos de frente. Uno se muestra pesaroso y enfadado por lo que ocurre en, por ejemplo, África, dices algo como: “es una vergüenza, ¿por qué nadie hace nada para que no sucedan estas cosas?” El problema es que ese enfado, ese pesar dura lo que tardan en pasar las imágenes de turno, después todo se esfuma. Eso es lo bueno del asunto, que la conciencia no te critica continuamente y te hace realizar locuras, porque está escondidita en un rincón. Uno se toma su cervecita o su chato en el bar de la esquina y comenta algo sobre que es una pena cuántas personas han muerto en Kenia por las ansias de poder del presidente o que nadie debería vivir en las condiciones que tienen en Etiopía, pero mientras hace esos comentarios se está comiendo una croqueta o unas aceitunas, o las deja que si no cuando llega a casa no puede con la comida... no sé si me estoy explicando bien.
¿Me entiendes?
Espero que sí. De otro modo no podría explicar lo que me impulsó a cometer esta locura que te voy a contar. De nuevo mi conciencia me jugó una broma pesada.Todo ocurrió en la cena de Navidad. En casa de mis padres éramos diecisiete personas, todos vestidos con sus mejores galas... menos yo claro, que vestía mis habituales vaqueros desgastados y una de mis típicas camisetas antisistema (fabricadas por tipos que se ganaban muy bien la vida vendiendo el anticapitalismo y cosas así...). Mi familia se sentó a comer y por primera vez en muchos años nadie realizó ningún tipo de comentario sobre mi atuendo, supongo que ya estaban acostumbrados. Cuando vi toda esa comida... bueno no pude resistirme. Aproveché que todos estaban distraídos con sus langostinos y sus mariscos para encender el VHS. En el reproductor había una cinta que un amigo había grabado durante su estancia como cooperante de una ONG en Somalia. Yo la había estado viendo hacía un par de días y era... bueno era sencillamente aberrante. Aquellas imágenes eran con mucho muchísimo más duras que las que los telediarios suelen colocar durante la sobremesa para inyectarnos una milésima de compasión de vez en cuando, ésa que se borra en cuanto llegan las noticias de deportes. Nadie se esperaba encontrarse en un momento así con dichas imágenes de hambre, enfermedad y muerte. La verdad es que fue un golpe bajo, dado cuando menos se lo esperaban. Quizá fue por eso que nadie reaccionó como pretendía, nadie me arrebató el mando a distancia o se levantó a apagar la televisión, nadie fue capaz de moverse ni de decirme nada al respecto. La caja tonta los atrapó durante un largo minuto, casi como si estuvieran en el momento de las campanadas de nochevieja... así, toda mi familia pudo disfrutar de unas desagradables imágenes de personas desnutridas mientras se encontraban en una mesa repleta de comida totalmente superflua.

22 de febrero de 2008

Breve explicación de El hombre solidario

Considero que la mayoría de los que leéis este blog o simplemente os pasáis a visitarme de vez en cuando sois personas a las que les gusta leer, por eso he decidido incluir este cuento completo por pequeños capítulos casi diarios. Una vez acabado, El hombre solidario será colgado gratuitamente en lulu, como hago con todos mis cuentos, pero de momento podéis ir leyéndolo por capítulos muy cortos, como si de un folletín se tratase. Espero que os guste y que, por lo menos uno de vosotros, piense que vale la pena perder un ratito conmigo de vez en cuando. Un saludo de un presunto aficionado a la escritura.

El hombre solidario 3


Después dejé de estudiar, quería trabajar para ganar dinero. Aunque, con aquellas ideas peregrinas que tenía por aquel entonces lo primero que hice con mi primer sueldo fue apadrinar a un niño. Espero que no me taches de idiota o de ser demasiado pueril por creer que así ayudaba en algo a los demás. Otra vez la pesada de mi conciencia, siempre era ella quien tenía la culpa, me hizo gastarme aquel dinero en un chaval que no conocía y al que ni siquiera supe nunca si le llegó algo en realidad. En mis ratos libres me dediqué al voluntariado, pasé por todo tipo de sitios y lugares, algunos tan siniestros que me duele recordarlos y otros más vivos y alegres que cualquier guardería, desde apoyo a drogadictos hasta reparto de alimentos en barrios chabolistas. Me valía cualquier persona que necesitase ayuda. Mis ganas de ayudar no tenían límite y no tardaron en llevarme a gastar casi la mitad de mi sueldo mensual en apadrinamientos y ayudas varias. Pero nunca estaba conforme con lo que hacía. Sabía que podía hacer todavía más y aquello me entristecía alarmantemente.
Lo que yo daba, lo que ofrecía, sólo era una mísera limosna, era todo aquello que me sobraba. Nunca me quedé sin mi parte para dársela a los demás y esa sensación de no estar haciendo nada en realidad me tenía preso en remordimientos que creaba para mí mismo, de mi uso único, personal e intransferible. Sí, puede ser que hiciera más que la mayoría, que me enfadase por el despilfarro del consumismo salvaje desatado en los países ricos... pero yo vivía en ese mismo mundo que pretendía criticar. ¿A quién quería engañar? Yo era igual que el resto de los habitantes del primer mundo. Era un egoísta despilfarrador repleto de lujos inútiles de los que gozaba mientras cientos de niños morían cada día para que mi vida resultase más cómoda.
Incluso compraba en las tiendas de los chinos porque era más barato, así me sobraba más dinero que gastar en mis ayudas. Y sin embargo yo sabía que esos productos eran más baratos porque estaban fabricados por niños que no cobraban un sueldo como era debido y que en muchos casos vivía esclavizados. Que ironía ¿no?
¿Quién podría dormir con esos pensamientos?

21 de febrero de 2008

El hombre solidario (2)

Ya en el colegio solía levantar profundos dolores de cabeza a mis profesores de religión, preguntándoles acerca de aquellas cosas que no entendía muy bien de las iglesias o de su doctrina. Como aquella vez en la que le pregunté a mi profesora de catequesis por qué no podía hacer mi primera comunión vestido con un chándal y calzado con unas zapatillas de deporte... total –indiqué con aquella versión infantil de mi inconformidad- si según tú voy a ver a un amigo que lleva junto a mí toda la vida... O ésa otra en que indiqué algo que no me cuadraba del todo. Jesús, un judío hijo de un carpintero –al que idolatran los cristianos como los romanos o los griegos lo hacían con sus dioses paganos- era un hombre humilde, dedicado por completo a los demás, sobre todo a los pobres y a los enfermos, un comunista de cabo a rabo al que no le importaba ceder su pedazo de pan al prójimo por una sonrisa, un hombre honrado, dotado con el poder de la palabra, sacrificado al final por sus ideas progresistas, por sus deseos de igualdad... un hombre que adoctrinaba en la humildad, sin ostentaciones... sin embargo las iglesias, los sacerdotes... los papas... vivían en su mayoría en la opulencia. El Vaticano poseía más riquezas que la mayoría de los estados del mundo. ¿Por qué no utilizaba toda esa riqueza por el bien del prójimo? ¿Por qué era cada día un país más rico? Tengo que aclarar que yo soy cristiano, creo en Dios y a veces hasta acudo a la iglesia, pero hay cosas que no me cuadraban entonces, ni lo hacen ahora y que no puedo evitar murmurar en alto en cuanto tengo ocasión.
Cuando llegué al instituto y pasé a cursar Ética hubo otro montón de cosas que me parecieron mal, como la importancia que se le daba a la formulación o a las ecuaciones de segundo grado y así... o al pensamiento de tipos que llevaban siglos muertos y cuyas ideas eran en ocasiones puras idioteces para mi gusto. Me peleé con casi todos mis profesores en alguna ocasión y me dediqué en cuerpo y alma a intentar cambiar aquellas cosas que no me gustaban...
No conseguí nada.

18 de febrero de 2008

El hombre solidario

Perdona que te interrumpa en aquello que estés haciendo, aunque supongo que si estás leyendo estas líneas es porque has decidido regalarme un poco de tu tiempo y por tanto estás dispuesto a escuchar lo que te voy a narrar. Quiero contarte una historia, en el mejor de los casos puede que te sirva para aprender algo de mi experiencia, no es que yo sea una persona muy inteligente o ejemplar, tampoco es que pretenda ser algo así como un maestro, pero uno nunca sabe cuando va a toparse con un buen consejo o con una anécdota que puede cambiar tu vida o tus actos para el resto de tus días.
Yo era un tío solidario, ahora que lo pienso puede que lo fuera demasiado. Pero por más que hacía por los demás nunca llegaba a estar conforme del todo. Desde muy pequeño había decidido que quería ser un buen hombre, generoso y, a ser posible, justo, prudente y sabio. Había intentado de todo para alcanzar mis ideales. Había hecho mil y una cosas procurando que mi conciencia me dejara dormir tranquilo cada noche, pero me era imposible hacerlo, sabía que mis metas jamás podrían ser alcanzadas, que me prometía a mí mismo una luna que nunca llegaría a rozar siquiera.
Tumbado en mi cómodo colchón de látex, acurrucado por calefacción eléctrica, rodeado de lujos inútiles y gratamente acomodado en casa de mis padres no podía dormir bien, mi propia conciencia me repetía una y otra vez que no merecía una vida tan confortable. Mientras decidía si me ponía a contar ovejitas saltando cercas de madera o me limitaba a divagar hasta caer en los brazos del sueño de puro agotamiento, pensaba en cómo habría sido mi existencia de haber tenido la desgracia de nacer sólo unos cientos de kilómetros más al sur... mi mente me enseñaba de manera ostentosa las imágenes de aquellos niños moribundos a las que ya nos han acostumbrado de tanto enseñarlas, de todas esas guerras civiles y masacres indiscriminadas, de todas esas personas que mueren intentando llegar a nuestras tierras, a nuestras vidas acomodadas, a nuestros colchones de látex... podría haber hecho como la mayoría de la gente, haber obviado todos esos pensamientos y dedicarme a estrujar todo lo que pudiera de la vida que me había tocado, exprimir mi gajo de la naranja o comer mi parte del pastel. Relegar a un rincón esos sentimientos y extraerlos sólo cuando fuesen necesarios u oportunos. Pero no podía hacerlo, sencillamente no podía, no sabía. Era una de esas personas que deben hacer algo por los demás, un estúpido que no tiene cabida en este mundo globalizado, repleto de papeles y tecnología.

El fútbol y yo

Nunca he sido un gran deportista, además como era de los que decía lo que pensaba, en las dos ocasiones en las que intenté hacerme con un sitio en el equipo de fútbol sala del colegio acabé fuera del mismo por hacer ver al entrenador que no cumplía lo que prometía. Me acuerdo del día en el que el "mister" nos prometió que daría las vueltas al cole por nosotros si ganábamos el partido... pues bien, ganamos el partido, pero el entrenador no cumplió su palabra, así que algunos nos declaramos en "huelga" de correr. Recuerdo a Roberto diciendo en voz alta que no había derecho, que era un mentiroso y demás. Yo apoyé en todo momento la postura de mi amigo y los dos, muy enfadados, nos marchamos del entrenamiento sin dejar de protestar. Vale, hasta ahí perfecto, el problema era que Roberto era buenísimo y yo un paquete así que... él volvió al día siguiente y no pasó nada, a mí me expulsaron del equipo.
No fue hasta el instituto que decidí volver a integrarme en un equipo de fútbol sala, pero como llegamos tarde al patronato de deportes de Leganés sólo pudimos inscribirnos en la liga de Voleibol y nos vimos abocados a jugar con infantiles siendo nosotros el único equipo de cadetes inscrito en todo Leganés. Ni que decir tiene que aprendí a jugar a ese deporte -aunque lo hago como con todo, muy mal-. A pesar de perder con muchos de los equipos más pequeños nos declararon campeones de cadetes (como no había otros...) y nos llevaron a jugar el trofeo de la Comunidad de Madrid. En semifinales no se presentaron los contrarios y nos dieron el partido por ganado. Claro, cuando fuimos a la final... nos llevamos la del pulpo.
Luego jugué en el instituto de San Martín, en la liga del recreo y he de reconocer que lo hacía tan mal como siempre, así que me dije que no volvería a jugar si no era con mis amigos y así...
Pero volvió a picarme el gusanillo en una conversación veraniega y fundé un equipo de fútbol sala. Ya os contaré cómo me va en otro momento, aunque aún continúo jugando.

14 de febrero de 2008

Más política (y se acabó)

Como ya he dicho no soy un aficionado a la política, por eso, a pesar de que el lunes comenté en líneas parecidas a ésta que iba a dedicar unas palabritas a la política durante toda esta semana, lo he estado posponiendo para no tener que estrujarme las ideas -que no son muchas y se me terminan gastando-. Pero como dejé varios asuntos en el tintero los comentaré aquí como de pasada y todos tan amigos, dejo de hablar de politiqueos y me dedico a lo que me gusta de verdad, porque me he dado cuenta de que escribo mejor cuando me divierto haciéndolo. Voy a dividir los comentarios que me quedan en varios puntos y así los hago breves y de una tacada.
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-Los artistas políticos: No estoy de acuerdo con que personas tan relevantes hagan público un llamamiento político, cualquiera puede pensar y opinar lo que le plazca, eso sí, pero hay personas cuyas ideas pueden trocar las de los demás y por eso no me gusta demasiado esas ostentaciones; aunque, en contra de lo que pueda parecer me parece que hicieron muy bien en el anuncio ese de la ceja, porque fue algo que hicieron a propósito, no así como cuando utilizan las galas o los premios para mostrar sus preferencias, eso no me gusta.
-Los votantes sectarios: Hay personas incapaces de pensar por sí mismas, que necesitan que alguien las conduzca como los borregos que anhelan ser, así se quitan preocupaciones. Cuando me topo con uno de esos individuos a los que les parece todo bien sólo porque lo dicta su partido me enervo al límite, tanto da que sean partidarios de un extremo o de otro. Esos votantes adictos a las siglas, los partidos y las ideas preconcebidas me ponen de una mala leche...
-Las promesas insólitas y las mentirijillas piadosas: He escuchado que en política todo vale, tanto da que te estés tirando de los pelos con un contrario en público, pues puede que mantengas en privado unos suculentos negocios con él e incluso una buena amistad, por eso he acabado por obviar todas las mentiras que escucho de los gaznates de los políticos, al final nos tragamos todo y los que no lo hacen como no son capaces de hacer nada... pues eso. Que da igual que Zapa nos prometa 400 € o que Rajoy nos diga que va a plantar 1500 árboles cada segundo o que la Espe diga ahora que va a poner en Madrid un colegio para parlar catalán... aquí todo vale, estamos en campaña.

11 de febrero de 2008

Un mes para las elecciones

No suelo hablar mucho de política si puedo evitarlo, aunque soy criticón de nacimiento y me gusta como el que más discutir con mis amigos acerca de aquello que muchas veces queda fuera de mi comprensión (como las cosas de la política o los sueldos de los políticos, por ejemplo). No me gusta el poder y no ansío poseerlo. La política sólo me interesa el día en que hay que acudir a las urnas para votar (considero que demasiada gente ha muerto defendiendo que yo pueda votar como para no ir a hacerlo). Así que nunca me suelo meter en cosas de política, sin embargo, como si fuese una peste o una plaga no puedo evitar que la gente me encasille en uno u otro partido político. Algunos creen que soy de derechas porque mantengo que la iglesia tiene cosas buenas y porque creo que los ricos manejan mejor el dinero que los pobres -será por eso de la costumbre, pero prefiero que me guarde los ahorros un rico antes que un pobre-; otros en cambio me consideran rojo como la grana porque tengo algunas ideas libertarias o porque me junto con gente que las tiene... no se le puede hacer nada, todos creen que debo estar en uno de los dos grandes "bandos", menos mal que no hay una guerra entre los dos porque ambos vendrían a pedirme cuentas o ayuda, pues los dos creerían que mi voluntad les pertenece.
Pues no es así. No tengo ideas preconcebidas acerca de la política, más allá de creer que la democracia, con sus fallos y sus irregularidades e injusticias, es la menos mala de las opciones para ser gobernado.
Para mí sería más que suficiente el ser gobernado por un gobierno -perdón por la redundancia- que cumpliera un mínimo de derechos básicos fundamentales para todos los ciudadanos, con toda la población mundial. Un mínimo de justicia igualitaria y menos injusticias sociales... aunque siempre manteniendo unas leyes, claro, también claras para todos.
Pero no, se empeñan en volvernos locos con mil y una ideas que al final suelen acabar en el momento en el que son elegidos para desempeñar su puesto.
No soy apolítico, pero tampoco quiero que me encasillen en ningún partido ni en una idea concreta. Cambio de chaqueta en cada nueva elección, tan pronto los voto a los unos como a los otros, según me convenga, ¿por qué me encasillan entonces?
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Aunque no me guste demasiado el tema, esta semana la dedicaré a hablar de mis "ideas políticas", repasaré el "socialismo de los artistas" y el "sectarismo de algunas personas", espero que nadie me critique por expresar lo que pienso (aunque suelen hacerlo demasiado)

8 de febrero de 2008

Un artículo sobre la lectura.

ABCD, 29 de julio de 2006

Leer: cómo se hace, para qué sirve
Andrés Ibáñez


Ahora, querido lector, querida lectora, estás leyendo. ¿Crees que tus ojos «se deslizan» por las líneas como una especie de góndola a lo largo de un canal? Te equivocas. Los ojos humanos no se deslizan, sino que saltan por la línea escrita. Saltan, se detienen una centésima de segundo, leen las palabras que hay antes y después, vuelven a saltar de nuevo, y así hasta llegar al final de la línea: entre tres y seis saltos por línea, según lo apretadas que estén las palabras o la atención con que se lee.
Tampoco nuestra atención se desliza, sino que salta. Aunque leamos con atención, no leemos todas las palabras: nos distraemos continuamente. Nuestra atención no está preparada para leer un chorro continuo de palabras únicas y esenciales, y los textos en los que uno no se puede perder ni una palabra (por ejemplo, ciertos textos de filosofía) tenemos que leerlos una y otra vez para entenderlos. Los textos bien escritos (como este, por ejemplo) consisten en continuas reelaboraciones de lo mismo, en variaciones y variaciones de un tema. Es necesario decir las cosas muchas veces para que el lector las entienda. Es necesario, digámoslo así, dar muchos ejemplos. La literatura es, en cierto modo, el arte de poner ejemplos. Cervantes dice en un par de frases que Don Quijote se volvió loco: a continuación, se dedica, a lo largo de cientos y cientos de páginas, a poner ejemplos.
«Diferir» significa dos cosas: (1) decir algo diferente de lo que dice otro, y (2) postergar, es decir, retrasar en el tiempo. Todas las frases que existen, desde la primera que se escribió al principio de los tiempos, comparten esas dos cualidades. Difieren y se difieren. Diga usted algo, cualquier cosa. En seguida notará que es imposible decir eso «completamente», y que necesita añadir otra frase más para aclarar la primera. La segunda frase aporta precisión y acota el campo de significado de la primera, pero también introduce significados nuevos, nuevas cosas que hay que aclarar. Aparece así una tercera frase, que pretende dejar perfectamente claras la primera y la segunda. El «significado», pues, esa perla perfecta, esa flor azul inconcebible, difiere: se retrasa. Y también difiere en el otro sentido, se hace cada vez más diferente. Así surge la literatura: por la imposibilidad de decir nada completamente, de decir nada definitivamente.
Antiguamente, leer se percibía como algo semejante a hablar. Esa es la razón de que en las inscripciones romanas, por ejemplo, las letras estén tan juntas: sólo se entiende dónde empiezan y terminan las palabras si se leen en voz alta. Fue San Agustín el primero que describe a una persona leyendo en silencio, es decir, leyendo con los ojos. A partir de entonces comienza el proceso que llevará a la lectura moderna, que percibimos no como algo semejante a hablar, sino como algo semejante a mirar. Leemos con los ojos, excepto los ciegos, que leen con los dedos: claro que los ciegos también ven con los dedos.
Pero ¿qué es lo que vemos? Cuando leemos literatura, no vemos las letras. Ni siquiera vemos la página. Es posible que al principio, por espacio de unas frases, veamos la página, pero luego, si la magia de la literatura se produce de verdad, los ojos comienzan a ver cosas que no están físicamente presentes. Entonces leer ya no se parece ni a hablar, ni a mirar, sino a recordar. ¿Por qué los libros suelen estar escritos en pasado, si nos cuentan cosas que sentimos como presentes? Sin duda el origen está en los aedos que contaban las hazañas épicas sucedidas siempre mucho tiempo atrás, pero esa convención bien podría haber caído en desuso como tantas otras. No, los libros están escritos en pasado porque son algo así como recuerdos inducidos.
Leer es una creación, y todo el que lee es creador. El buen lector lee sin prisa, lee sin expectativas. El buen lector no desea aprender nada ni convertirse en una persona mejor: desea vivir más, tener experiencias reales. El buen lector no va en busca de diversión, sino de alimento. Claro que, ¿quién desea alimentarse de una sustancia que no resulte deliciosa? El buen lector sabe que cuando entra en los caminos de un libro entra también en su propio interior, y que las cosas que encuentra en esos caminos, dragones o rosas, estatuas o ratas, están también dentro de él. Leer es viajar por dimensiones inexploradas del palacio de la imaginación; quiero decir, visitar cuartos de la propia casa mental que de otra forma estarían siempre cerrados. Leer es viajar, leer es descubrir, leer es construir en el espacio interior una casa, una resistencia. Leer es construir una casa para el alma. Leer es construirse un alma.
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Francisco Legaz, un amigo mío escritor, me ha hecho llegar este artículo sobre la lectura, espero que os guste tanto como a mí. Pondré más cosas suyas por aquí...

7 de febrero de 2008

Seis meses y un día con Moisés, qué dulce condena



Parece que fue ayer cuando este pequeñajo vino al mundo para trastocar mi vida y la de todos los que me rodean, pero no, hace ya seis meses que está aquí y desde entonces no ha parado de cortar mi vida cotidiana. Desde que llegó me ha sido imposible escribir a un ritmo constante, aunque gracias a ello me he dedicado a escribir algunos cuentos cortos y me he decidido por fin a hacer este blog (y todos los demás), porque resulta un modo más directo y personal de exponer los pensamientos, en un ratito puedes escribir un best seller y cientos de amigos (en mi caso más bien decenas aún) pueden leer lo que opinas de esto y de aquello...
Desde que nació Moisés no he podido leer un libro a un ritmo aceptable ni dormir una noche completa, tampoco he podido ir a algunos sitios (aunque he de reconocer que es Miriam la que se ocupa de casi todo con él).
Desde que nació Moisés mi vida ha dado un vuelco, un vuelco que a veces puede llegar a parecer incómodo, pero que en realidad resulta la más agradable de las rupturas con la monotonía. Si todos los niños son como él, dudo que me conforme con tenerle sólo mucho tiempo. Bendita intranquilidad.
No ha venido con un pan bajo el brazo (sino con 2500 €) y me ha traído un montón de novedades maravillosas, además de un aprendizaje más que adecuado en el cambiado de pañales, preparado de biberones y demás asuntos de bebés.
Qué decir de una aventura así...

4 de febrero de 2008

Vuelvo a Telluón

De momento he decidido dejarme de cuentos y de historias. Desde que nació Moisés no he podido dedicarme a mis cosas como es debido, además a mis tareas diarias he añadido a modo de suicidio la elaboración de todos estos blogs y la redacción deportiva de un periódico... me he pasado estos meses escribiendo cuentos para concursos y rollos (es lo que tiene ganar un concurso o dos, que te pones como un loco a escribir para ganar más). Pero todo esto tiene un fallo grave, que puedo llegar a aburrirme de escribir. No me malinterpretéis, me encanta escribir y si pudiera dedicaría toda mi jornada laboral a hacerlo, pero a fuerza de buscar cosas y temas que les guste a la mayoría he dejado de escribir sobre aquello que me divierte.
El éxito de crítica y ventas (al menos en el nivel en el que me manejo aún) ha sido espectacular, superando con creces a lo conseguido con El caballero andante y aunque la historia me encanta y disfruté escribiendo ese libro (aunque hubo momentos en los que lo pasé realmente mal), no fue nada en comparación con lo bien que me lo pasé con las aventuras de mi caballero favorito; cabe destacar llegados a este punto que tengo a Galraím perdido por el Infierno, a sus amigos luchando por sebrevivir en Telluón y a Nerao a punto de salir de sus dominios... todo en ascuas y mientras tanto la pobre Johanna dormida ante el hechizo lanzado por Roar. Sí, una amalgama de personajes y situaciones, sumadas a las que sé que gustarán a más personas... así que he decidido que, de momento, regresaré a Telluón, olvidaré mis otros proyectos (aunque los blogs seguirán funcionando como hasta ahora y el periódico también) y me dedicaré a escribir la segunda parte de El caballero Andante (En busca del dragón Multicolor) y en cuanto la acabe me enfrascaré en la tercera de El Árbol de los Sueños (Las puertas del Infierno).
Lo siento por todos los que esperan leer rápido algo nuevo, de momento no lo habrá (espero que alguno de vosotros llore por esta falta tan atroz para contra la legión de seguidores que tengo, jeje).
Por cierto, para todos aquellos que leáis algo de este mundo tan extravagante que llena mis sueños de escritor, Telluón se lee Teluón (con una ele, porque la palabra viene del latín Tellum, -i, que significa tierra, qué original ¿no?)