18 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (1)

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Creo que no he dicho todavía por aquí que gané un concurso literario de relato corto gracias a Poe. Aunque debería decir que fue gracias a Nieves Concostrina y a esa historia que contó sobre el misterioso personaje que acude todos los años a la tumba del escritor en Baltimor para conmemorar su muerte.

En fin, que como hace mucho que no pongo por aquí nada mío, he pensado que durante esta semana os voy a colgar este relato para que lo leáis y juzguéis por vosotros mismos si el premio era merecido o no lo era.

Para aquéllos a los que les guste Poe, o les suene y no lo hayan leído todavía, les recomiendo que antes o después de leer este relato, lean el poema El Cuervo (sólo hay que buscarlo en Google para encontrarlo gratis), será algo más fácil entender un relato que sólo pretendía ser un homenaje a los amantes a la literatura, sobre todo a aquéllos capaces de hacer de todo por Ella.

Espero que os guste.

Tres rosas rojas y una copa de coñac


La sola visión de aquella enorme puerta enrejada, de apariencia herrumbrosa y goznes, probablemente oxidados y chirriantes, ya incitaba a dar media vuelta y regresar a casa, a dejarse de romanticismos y estupideces, a seguir bebiendo de aquella botella de coñac que llevaba en la bolsa de tela negra que aferraba fuertemente con las manos, enfundadas en dos guantes blancos, aterciopelados. Beber, sí, hasta perder por completo el control. Esperar, presa de la embriaguez más extrema, la llegada del alba, un alba mordiente que le hiciera daño en la cabeza embotada por el alcohol y el sueño. Aguardar el alba purificadora, olvidando la noche aciaga, recostado en un amigable sillón de guata oscura, mullida; un sillón al que contar los pesares de la vida, de esa noche y de muchas otras noches pesarosas, a olvidar cualquier promesa hecha, por solemne que ésta fuera.

El tiempo que acompañaba su deambular, nocturno y alevoso, tampoco era lo que se puede llamar acogedor. La noche era tan tormentosa y fría como cabe esperarse un 19 de noviembre en Baltimore, la niebla apenas permitía apreciar el entorno por el que paseaba tambaleante, apenas alcanzaba a ver los dos o tres metros a su alrededor. Un frío húmedo, casi eterno, ancestral, se coló entre sus incómodas ropas pasadas de moda, clavando en sus huesos sus gélidos zarcillos afilados.

Por fortuna ya había bebido suficiente antes de salir de casa, en busca del cumplimiento de una promesa realizada hacía demasiado poco tiempo, realizada ante el lecho de muerte de su padre y ratificada en el testamento de éste, que había leído hacía apenas un mes y medio.

Aquel pensamiento le llevó a recordar la figura de su padre y se preguntó, no por primera vez en su vida, qué era lo que le había impulsado a quererle a pesar de todo o qué lazo extraño le había obligado a aceptar cumplir esa promesa. Hacía poco menos de tres meses que se estaba haciendo polvo en una tumba de aquel mismo fantasmagórico cementerio que estaba a unos metros de invadir con su carne mortal y nunca hasta ese instante había supuesto cuánto podía echar de menos sus extravagancias y su comportamiento decimonónico, el mismo que tanto los había alejado en los últimos años.

Su padre, un escritor fracasado que nunca publicó un libro, que se ganaba la vida de ocho a siete tras la barra de un tugurio regentado por él mismo, se había quedado viudo y con un niño pequeño a su cargo demasiado joven; frustrando la Muerte así todos los sueños de una vida, de un solo movimiento de su guadaña inmortal. Se había visto obligado a atarse a una vida corriente, frenada continuamente por un hijo enfermizo y muy débil, que solía estar, en sus primeros años de vida, siempre en cama, pero que no terminaba de morir… un hombre atado, un soñador anclado a la realidad. Su padre siempre había vivido en sueños, quería haber recorrido mundo y haberse convertido en un hombre ilustre y conocido, pero se quedó con él, ofreciendo su vida a su hijo, en cuerpo y alma, atado al amor a una mujer que murió trayendo vida a este mundo.


2 comentarios :

Anónimo dijo...

TARDE MI COMENTARIO, PERO RECIEN ENCUENTRO TU PAGINA, ME HA GUSTADO TU BREVE RELATO, SOY ADMIRADOR DE POE DESDE HACE MUCHO TIEMPO. CREO QUE HICISTE UN BUEN TRABAJO Y BIEN MERECIDO EL PREMIO.
HACE MUCHO TIEMPO HICE UNA CANCION CON EL NOMBRE DE "TRES ROSAS Y UN COÑAC" INSPIRADO EN UN INFORME Q LEI SOBRE SU ULTIMO DIA DE VIDA.
QUIZAS ALGUN DIA TE LO HAGA ESCUCHAR.
UN GUSTO SALUDOS DESDE SALTA,ARGENTINA

Javi dijo...

Muchas gracias por el comentario, me encantaría escuchar esa canción.