19 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (2)

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Por eso, mientras él dejó de enfermar tan a menudo y crecía al amparo de los vecinos y de una institutriz, demasiado estricta, que su padre contrató cuando tuvo edad de comenzar a estudiar, su padre se enfrascó en la consecución de sus sueños, aunque sólo fuera de forma sesgada y metafórica. Comenzó a reunir una biblioteca personal de renombre en todo el país, en la que invertía buena parte de su dinero, robándoselo a otras actividades que consideraba superfluas, banales. No viajaba ni salía de casa salvo para trabajar en aquel tugurio que alimentaba a su hijo y a su verdadero amor, su biblioteca, que estrenó con una versión ilustrada de relatos de Poe. Qué ironía recordar a Poe en ese momento, a punto de cruzar la verja que le adentraría en un cementerio oscuro.

Su vida eran los libros y sus escritos, toda su vida. Y aunque siempre se mostró afectuoso con su hijo y le quiso, nunca pasaron más de unas horas juntos, unas pocas tardes al mes y cuando eso sucedía, era en aquella biblioteca callada, en silencio y cada cual enfrascado en la lectura de un libro.

Cuando ahora le venían a la memoria aquellas tardes recorridas en la biblioteca, donde aprendió a amar y venerar los libros casi tanto como su padre, no podía menos que reconocer el amor que éste le había demostrado al compartir con él, con aquella raíz imposible de arrancar, su biblioteca, el único sueño que había cumplido, aunque fuese en silencio.

Ya casi estaba en la entrada del cementerio, lo había visitado ya en un par de ocasiones, para concertar con los conserjes aquella “cita” anual que había prometido realizar, aunque siempre lo había hecho de día y no se había detenido a pensar lo tétrico y atemorizador que podía ser un cementerio en una noche tormentosa de noviembre, al único amparo de una luna llena que sólo se dejaba entrever de tanto en tanto. Sobre todo para alguien que había recorrido en tantas y tantas ocasiones muchos relatos, poemas y novelas fantásticas y de terror. Sin venir a cuento, o quizás precisamente sí que viniera a cuento, le vinieron a la cabeza las palabras “nunca más”, y no pudo evitar un estremecimiento. Antes de continuar su camino, se detuvo y lanzó una mirada furtiva a su espalda, como si esperase que alguien estuviese detrás suyo, a punto de llamar a la puerta de su cuarto.

Una ráfaga de viento amenazó con arrebatarle el sombrero de copa, agitó con furia la capa oscura de su smoking y levantó quejidos y lamentos de los árboles que le rodeaban. Los barrotes de la puerta, de casi tres metros de alto, gimieron y aullaron al ser atravesados por el gris vendaval. El cuerpo, cobijado bajo un traje de etiqueta con mucha historia guardada en sus bolsillos, sintió un espasmo de frío y sus dientes castañearon un par de veces antes de poder recobrar la compostura, sin saber si aquel castañeteo procedía del frío o de un terror a lo ignoto…

Se obligó a continuar caminando, por suerte, el alcohol seguía haciendo efecto.
Intentó enfocar sus pensamientos en otra cosa, no fuera a ser demasiado cobarde, demasiado débil como para atravesar aquella puerta amenazadora. ¿Qué no había leído? Ahora recordaba lo nervioso que aguardaba la llegada de aquellas horas de lectura junto a su padre, Él siempre entraba primero y el pequeño esperaba ante la puerta, nervioso, deseando por un lado que ésta se abriese con su habitual crujido y por otro salir corriendo para irse a jugar al parque, como el resto de los niños.