20 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (3)

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Su padre siempre tardaba unos minutos en abrir, pero cuando lo hacía todo estaba perfecto. El interior de la biblioteca era inmenso y acogedor al mismo tiempo, las estanterías de libros llegaban hasta lo más alto del techo y la lúgubre iluminación no invitaba precisamente a la lectura. Sin embargo, la magia de aquel lugar era indudable, por más que lo pensaba, no recordaba un solo día en el que se hubiese quedado dormido leyendo. La chimenea, fuera invierno o verano, siempre ardía de modo acogedor, los dos sofás, el suyo y el de su padre, orientados hacia el calor, agua y dulces en cada una de las dos mesillas que lindaban con ellos, la luz adecuada para leer y siempre un libro adecuado para el niño.

Ahora que recordaba aquel detalle, supuso el tiempo que su padre debía emplear cada día para tener siempre a punto el libro indicado, nunca el mismo durante dos tardes seguidas, aunque el viejo Silver estuviese tan cerca del cofre del tesoro o el arpón estuviese fuertemente anclado en el lomo blanco e infinito de Moby Dick. Siempre un libro diferente y siempre aventuras para acabar de disfrutar, que solían llegar otra tarde, sin previo aviso, aunque nunca demasiado tarde como para olvidarlas.

Su padre le quería tanto como a su amada biblioteca, aunque nunca se hubiera percatado de ello hasta que resultó demasiado tarde, hasta que se vio obligado a realizar aquella luctuosa promesa.
Tal y como le habían indicado los conserjes, la gran puerta metálica se hallaba entreabierta, aunque aún tuvo que empujarla ligeramente para poder traspasar la frontera que dividía el mundo mortal del cementerio de polvo y muerte. Un relámpago surcó el cielo, iluminando con su resplandor figuras innominadas situadas más allá de los barrotes gimientes. “Nunca más”, le pareció escuchar de nuevo, mientras atravesaba los aullidos producidos por los goznes oxidados y los gritos del viento invernal.

No supo por qué, pero pensó en el nombre de Leonor al ver al único ser vivo con el que se topaba en aquella noche interminable, un enorme cuervo negro que se posó sobre una cruz informe y le dirigió su negra mirada escrutadora. Diablo alado –pensó- y continuó caminando, tropezando entre las lápidas y las tumbas en busca de su destino, sin dejar de enviar miradas furtivas al oscuro cuervo.

Un nuevo relámpago sobrevino justo en el momento en el que pasaba junto a una escultura del tamaño de un hombre, al principio se asustó al toparse de frente con la mirada congelada, esculpida en mármol blanco, contenida por una mujer perfecta, tallada por las manos expertas de un verdadero artista. De nuevo pensó en el nombre de Leonor y volvió a sentir un escalofrío que le puso el vello de la nuca de punta. Aquella sensación de temerosa inseguridad aumentó de forma proporcional cuando contempló, sobre la testa de la escultura, la figura malévola del cuervo, que continuaba mirándole con descaro. El estremecimiento estuvo a punto de provocar que perdiera la bolsa de tela negra en la que llevaba la botella de coñac, una copa y tres rosas rojas, aunque se sobrepuso al impulso y aún la sujetó con más fuerza, de modo que los nudillos se tornaran blancos bajo el terciopelo de sus guantes.

Diablo alado ¿de qué abismo has salido? ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? Maldito profeta alado, ser alado, ¡vete a posar al busto de Palas y déjame en paz! –murmuró furioso. Dirigiendo una mirada desdeñosa al ave, que continuó mirándole impávido, inmóvil, enfocando sus ojos, profundos como pozos a su rostro demacrado.