21 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (4)

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“Nunca más”.

Ya no sabía si lo escuchaba de verdad o si estaba sugestionado por todos los hechos acontecidos en aquella extraña noche. El coñac, las rosas, la tormenta, el cementerio, la verja, la puerta…

Su padre siempre se marchaba fuera el 19 de noviembre, siempre, durante toda su vida lo hizo. Se iba por la mañana, antes del alba y no regresaba hasta el alba siguiente, sin previo aviso, presentándose ojeroso y sonriente ante la cama de su hijo y besándole con ternura, ofreciéndole uno de los pocos besos que le daba a lo largo del año. Besos que, por escasos, guardaba celosamente en los cajones de sus mesillas, en los rincones de su memoria.

Y sin embargo, sabía que le había querido casi tanto como a su biblioteca, quizás más que a ella, ahora lo sabía, aunque –se dijo- lo había sabido siempre.


Nunca había sabido qué era lo que hacía su padre todos los 19 de noviembre, hasta que éste no se lo confesó en el lecho de muerte y le obligó a prometer que él mismo cumpliría cada año con la cita, con el rito iniciado tras la muerte de su madre, tras el fin de sus sueños, tras el último de los viajes, tras haber sido anclado en la tierra por un clavo más poderoso que cualquier acero, el amor a un hijo. Su padre nunca había cumplido sus sueños y había ofrecido todo para que él sí que los lograra. Incluso había hecho una promesa si dejaba de enfermar tanto y se convertía en un chico normal, sano y curioso, como él había sido. “Leonor”.

Estaba empezando a asustarse de verdad, todo aquel laberinto de lápidas, tumbas y panteones le producía escalofríos y temblores cada vez más incontrolables. Recordó las cartas que Lucy Westerna enviaba, recordó el pasaje en el que la pobre Lucy dejó de ser mortal y quiso escapar de su propio panteón. Un crujido a su izquierda le hizo girarse repentinamente. Casi esperaba toparse de frente con el mismísimo Conde… pero sólo vio, una vez más, a ese dichoso cuervo.

“Nunca más”.

Casi habría preferido al noble transilvano.
Su padre le había hablado entre susurros, narrándole qué era lo que hacía cada 19 de noviembre, como promesa por su milagrosa cura. Podía haber ido a la Iglesia o rezado a Dios dando gracias, o aportado parte de su sueldo a sufragar gastos de alguna parroquia cercana a su hogar, haber ofrecido a su hijo a una vida monacal… pero no, su padre era demasiado especial como para hacer algo así, su promesa había sido diferente, inusual y no por ello, realizada con menos Fe que cualquier otra.

Ahora sabía todo lo que su padre le había querido.
Le recordaba con una pipa en la boca, leyendo apacible mientras lanzaba bocanadas de humo que envolvían las páginas que rozaba con la mirada. Nunca levantaba la mirada, a no ser que se quedara sin tabaco o la chimenea empezaba a apagarse. Solía espiar cómo leía su padre, la pacífica expresión de su rostro al hacerlo, el placer de embriagarse de palabras junto a la persona que más quería. Ahora que sabía más acerca de él, pudo recordar su media sonrisa, probablemente dirigida a él, aunque sólo ahora se había dado cuenta de ello.

“Nunca más”.