22 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (y 5)

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El aire a su alrededor pareció tornarse más denso, más cargado, como si la niebla en aquel punto fuese casi consistente. El cuervo estaba entonces posado sobre una gran lápida en la que se podían leer tres nombres. Dejó la bolsa de tela negra sobre esa tumba y antes de acabar con aquel rito se giró y se arrodilló ante otra lápida más humilde, demasiado nueva para aquel cementerio, demasiado reciente.

Las lágrimas brotaron de sus ojos y la piel cetrina de su rostro se contrajo por el frío, aunque no le importó. Tampoco tuvo temor alguno ni reparo en dar la espalda al demonio negro que era el cuervo, dejó de lado sus pesares, sus recuerdos, su promesa, el alcohol… todo. Y lloró. Lloró ante la tumba de su padre todo lo que no había llorado en la vida, derramando tres meses después todos sus recuerdos.

Estuvo seguro de que su padre le habría despeinado y le habría dicho que comportarse así era poco menos que indecoroso para un hombre tan leído y preparado como él y se habría marchado al interior de su biblioteca, para sentarse en su sillón frente a la chimenea, con un buen libro en las manos, restando importancia a los sentimientos… ahora sabía que sólo era para no ser devorado por el dolor y los recuerdos.

“Nunca más.”

Cuando hubo recobrado la compostura y logró dejar de convulsionarse por el llanto, se levantó, abrió la bolsa de tela negra y extrajo la copa y la botella de coñac. Extrajo también las tres rosas rojas y las depositó sobre la tumba antigua, la que estaba frente a la de su padre, a los pies del cuervo negro, que no se movió ni se alarmó ante su presencia, sino que se limitó a mantener su negra mirada fijada en él.

Llenó la copa de coñac y brindó, en medio de un cementerio de Baltimore, a las 12.00 de la noche, un 19 de noviembre. Bajo una niebla espectral y una tormenta seca que mantenía a casi todo el mundo bajo techo. Brindó y prometió regresar año tras año, hasta que no fuese capaz de hacerlo y se viese obligado a pasar el testigo. Dejó una nota escrita en la que excusaba a su padre por no haber podido cumplir con su promesa por más tiempo y asegurando que, a partir de ahora, él tomaría el relevo.

Y un año más, como cada 19 de noviembre desde 1949, un hombre vestido con traje, con sombrero y una capa entró en el cementerio de Baltimore, con tres rosas rojas y una botella de coñac en las manos, brindó junto a la tumba de Edgar Allan Poe y se marchó sin hablar con nadie, dejando la copa llena de coñac, a la espera de que el escritor difunto volviese para brindar también.

El cuervo alzó el vuelo.