#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

29 de mayo de 2009

Un ejército para Hans otra vez en Vegamedia Press

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Y en la bitácora de mi amigo Francisco Javier Illán Vivas. Sé que tocaba la nueva reseña de El Bosque de las Palabras, pero no me he podido resistir a hacer esta entrada, porque Francisco ha hecho una reseña de Hans en la Cólera de Nébulos que me ha quitado el hipo. Os voy a poner aquí los enlaces, por si lo queréis ver, aunque lo haga con algo de retraso, lo siento, pero no me da el tiempo, no me da... espero que entréis en los enlaces (sobre todo si habéis leído el libro) y comentéis vuestro parecer al respecto.



¿Es o no es para darle un beso en los morros a Francisco? Muchas gracias. Por cierto, también tiene preparada una entrevista, a ver cuándo la puede colgar.

22 de mayo de 2009

Un homenaje "fantástico a Benedetti"

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Buenas tardes a todos, amigos y oyentes de El Bosque de las Palabras. Esta semana, todos los aficionados a la literatura estamos un poco más tristes, porque todos nos hemos quedado un poco huérfanos ante la muerte de ese comprometido poeta llamado Mario Benedetti, la sección fantástica del programa no podía dejar de participar del homenaje que Francisco y todos vosotros le estáis ofreciendo esta tarde y traigo nuestro propio homenaje.

Porque cuando un escritor abandona la Tierra los reinos fantásticos amanecen nublados y poblados de nieblas, nieblas que cubren la vitalidad de sus paisajes y demuestran que las propias tierras son capaces de llorar si es necesario. Los reinos fantásticos, más que cualquier otro lugar del mundo, nacen de la mente de los escritores y si tienen suerte viven mucho más que aquéllos que les dieron la vida. Todas las criaturas fantásticas han surgido de la mente de un escritor, por eso hay tantas como personas capaces de imaginar y por eso todos somos capaces de identificarnos con algún personaje extraído de un libro de fantasía. Quizás por eso es por lo que, cuando aprendemos a amar los libros, solemos acercarnos tímidamente a este mundo, repleto de las más increíbles elucubraciones de los encargados de poner negro sobre blanco sus pensamientos, esos locos que deciden plasmar sus ideas para que otros puedan leerlas y hacerlas suyas.

Por todo lo que he leído estos días, Benedetti era uno de esos escritores con los que uno se identifica desde el principio. Un luchador y un crítico de la sociedad moderna, un abogado de los pobres o un escritor capaz de cobijar bajo su fama a plumas noveles que aún no han osado abandonar el nido por miedo a estrellarse.

Cuando muere un escritor las guerras se detienen en todos los libros de Fantasía, y es en esos momentos cuando trasgos, elfos, orcos, enanos, ogros, hombres, trolls, hadas, hobbits, kenders y todo el amplio surtido de razas fantásticas, se reúnen bajo los lugares en los que son despedidos sus dioses ancestrales, en paz y mostrando su dolor, aunque sin dejar de mirar de reojo a sus enemigos, sabedores de que una página más allá estarán combatiendo, quién sabe, incluso a muerte. Las ruedas del destino se detienen durante el instante de la despedida, la magia se agota y regresa de pronto, con una furia inusitada. Cuando muere un escritor las páginas de los libros se emborronan cual cartas de novios separados. Todo parece carecer de un sentido, pues la vida misma se ha perdido.

Hoy, volando sobre un dragón blanco de la buena suerte, he visto que la Torre de Marfil era algo menos reluciente de lo habitual; la populosa Phalanthas parecía un lugar desolado y yermo, hasta que me he dado cuenta de que lo que ocurría en realidad era que todos sus habitantes guardaban silencio en señal de respeto; Isthar no había perecido bajo el Cataclismo; la Academia de Hogwarts dejaba a un lado las disputas de sus aprendices de magos y todos aclamaban la figura del caído como si una pelota de Quiddich se tratara; los efrits y los genios habían abandonado el Otro lado y aguardaban junto a sus amos la llegada del nuevo habitante fantasio; un mago de Terramar ansiaba conocer el nombre verdadero del nuevo miembro de la comunidad fantástica. Todos los reinos estaban en penumbra, sepultados bajo nubarrones negros que amenazaban tormenta, incluso las Tierras Yermas del Reino de los Dragones.

Cuando he abandonado el lomo de Fújur y me he aupado en Kellendros, él me ha llevado mucho más arriba, a contemplar en panteón de Padres de Fantasía y me he entretenido viendo en ese Olimpo extravagante a genios literarios que charlaban amigablemente al albur del aroma de un buen café o un té mentolado. Algunos esgrimían bebidas más audaces, como un tipo vestido de negro y con la mirada aguileña que me ha enseñado con una sonrisa, casi macabra, una negra botella de absenta. El cuervo que ha salido a mi encuentro me ha hecho recordar algunas historias tétricas y me he decidido a regresar al suelo.

Junto a pegasos y unicornios hemos aterrizado y me he acercado a unas montañas donde unos gigantes comerrocas haraganeaban, apartando de tanto en tanto a los molestos roks con palmadas estruendosas. Desde el suelo he visto la procesión de criaturas que avanzaban en una misma dirección, como un río heterogéneo de diversos colores, tamaños y posturas. Eran todos los personajes fantásticos que habitan en los libros gracias a algún escritor, más o menos conocido. Al aproximarme al río he visto a las musas y éstas sí que lloraban desconsoladamente, pues, según me dijo una llamada Luz, ellas habían perdido a un escritor al que tenían especial cariño.

Al acercarme al río he visto todo tipo de seres, pero ninguno más lloraba, todos parecían acudir contentos a algún lugar imposible, existente sólo gracias a la imaginación de los autores. He visto a todos los héroes, villanos y simples personajes que han desfilado por la literatura. Los he visto contentos y resueltos, decididos a ir de fiesta.

Al caminar junto a ese río desbordado he atravesado mundos y ciudades de leyenda, he estado muy cerca de Arsilon e incluso he visto de lejos Minas Tirih. Caminando junto a Legolas y Gimli, que sonreían sin cesar, he llegado a la altura de Moria y al atravesarlo me he topado con la Vetusta Morla, que de un estornudo me ha enviado al hogar de los Etéreos…

Todos sonreían, todos y al regresar, después de haber capturado y convencido a un grifo de que me trajera de vuelta, me he encontrado con una diminuta duendecilla que me sonreía con su carita infantil repleta de pecas. Me he mostrado sorprendido por la algarabía y la alegría que había en todos los reinos de Fantasía, cuando al principio sólo me había topado con tristeza y melancolía. La niña duende ha vuelto a sonreír ante mi pregunta de por qué los personajes se alegraban de una gran pérdida, me ha guiñadp un ojo y me ha dicho.



-Ah. Todavía no lo sabes, cuando un escritor muere en el mundo, renace para siempre en los mundos fantásticos –y me ha dejado boquiabierto y sorprendido, pero a mi vez, sonriente.

Bueno, éste ha sido nuestro humilde homenaje a la figura de Mario Benedetti. Ya en temas más mundanos os diré que cuando me fui a la mili, hace ya unos añitos, dejando a medias el curso. Mi profesora de literatura, una argentina llamada Sulma, hizo que toda la clase me dedicara un poema, para que mi estancia en Melilla fuese más llevadera. Todos firmaron un poema excelente que leo y escucho siempre que puedo, un poema de un tal Mario Benedetti llamado “No te salves”, seguro que os suena. A mí me encanta.

Y ya para despedirme por esta semana no quería marcharme sin leer un pequeño poema que podría resumir parte de los pensamientos de este excelente escritor. Desganas.


Si cuarenta mil niños sucumben diaramente
en el purgatorio del hambre y de la sed
si la tortura de los pobres cuerpos
envilece una a una a las almas
y si el poder se ufana de sus cuarentenas
o si los pobres de solemnidad
son cada vez menos solemnes y más pobres
ya es bastante grave
que un solo hombre
o una sola mujer
contemplen distraídos el horizonte neutro

pero en cambio es atroz
sencillamente atroz
si es la humanidad la que se encoge de hombros.

Mario Benedetti



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Tres rosas rojas y una copa de coñac (y 5)

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El aire a su alrededor pareció tornarse más denso, más cargado, como si la niebla en aquel punto fuese casi consistente. El cuervo estaba entonces posado sobre una gran lápida en la que se podían leer tres nombres. Dejó la bolsa de tela negra sobre esa tumba y antes de acabar con aquel rito se giró y se arrodilló ante otra lápida más humilde, demasiado nueva para aquel cementerio, demasiado reciente.

Las lágrimas brotaron de sus ojos y la piel cetrina de su rostro se contrajo por el frío, aunque no le importó. Tampoco tuvo temor alguno ni reparo en dar la espalda al demonio negro que era el cuervo, dejó de lado sus pesares, sus recuerdos, su promesa, el alcohol… todo. Y lloró. Lloró ante la tumba de su padre todo lo que no había llorado en la vida, derramando tres meses después todos sus recuerdos.

Estuvo seguro de que su padre le habría despeinado y le habría dicho que comportarse así era poco menos que indecoroso para un hombre tan leído y preparado como él y se habría marchado al interior de su biblioteca, para sentarse en su sillón frente a la chimenea, con un buen libro en las manos, restando importancia a los sentimientos… ahora sabía que sólo era para no ser devorado por el dolor y los recuerdos.

“Nunca más.”

Cuando hubo recobrado la compostura y logró dejar de convulsionarse por el llanto, se levantó, abrió la bolsa de tela negra y extrajo la copa y la botella de coñac. Extrajo también las tres rosas rojas y las depositó sobre la tumba antigua, la que estaba frente a la de su padre, a los pies del cuervo negro, que no se movió ni se alarmó ante su presencia, sino que se limitó a mantener su negra mirada fijada en él.

Llenó la copa de coñac y brindó, en medio de un cementerio de Baltimore, a las 12.00 de la noche, un 19 de noviembre. Bajo una niebla espectral y una tormenta seca que mantenía a casi todo el mundo bajo techo. Brindó y prometió regresar año tras año, hasta que no fuese capaz de hacerlo y se viese obligado a pasar el testigo. Dejó una nota escrita en la que excusaba a su padre por no haber podido cumplir con su promesa por más tiempo y asegurando que, a partir de ahora, él tomaría el relevo.

Y un año más, como cada 19 de noviembre desde 1949, un hombre vestido con traje, con sombrero y una capa entró en el cementerio de Baltimore, con tres rosas rojas y una botella de coñac en las manos, brindó junto a la tumba de Edgar Allan Poe y se marchó sin hablar con nadie, dejando la copa llena de coñac, a la espera de que el escritor difunto volviese para brindar también.

El cuervo alzó el vuelo.

21 de mayo de 2009

Portada de Tres Rosas Rojas y una Copa de Coñac

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Esta de aquí arriba es la portada de Tres rosas rojas y una copa de coñac, espero que os guste. Dentro de unos días tendrés el relato disponible en lulu.

Tres rosas rojas y una copa de coñac (4)

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“Nunca más”.

Ya no sabía si lo escuchaba de verdad o si estaba sugestionado por todos los hechos acontecidos en aquella extraña noche. El coñac, las rosas, la tormenta, el cementerio, la verja, la puerta…

Su padre siempre se marchaba fuera el 19 de noviembre, siempre, durante toda su vida lo hizo. Se iba por la mañana, antes del alba y no regresaba hasta el alba siguiente, sin previo aviso, presentándose ojeroso y sonriente ante la cama de su hijo y besándole con ternura, ofreciéndole uno de los pocos besos que le daba a lo largo del año. Besos que, por escasos, guardaba celosamente en los cajones de sus mesillas, en los rincones de su memoria.

Y sin embargo, sabía que le había querido casi tanto como a su biblioteca, quizás más que a ella, ahora lo sabía, aunque –se dijo- lo había sabido siempre.


Nunca había sabido qué era lo que hacía su padre todos los 19 de noviembre, hasta que éste no se lo confesó en el lecho de muerte y le obligó a prometer que él mismo cumpliría cada año con la cita, con el rito iniciado tras la muerte de su madre, tras el fin de sus sueños, tras el último de los viajes, tras haber sido anclado en la tierra por un clavo más poderoso que cualquier acero, el amor a un hijo. Su padre nunca había cumplido sus sueños y había ofrecido todo para que él sí que los lograra. Incluso había hecho una promesa si dejaba de enfermar tanto y se convertía en un chico normal, sano y curioso, como él había sido. “Leonor”.

Estaba empezando a asustarse de verdad, todo aquel laberinto de lápidas, tumbas y panteones le producía escalofríos y temblores cada vez más incontrolables. Recordó las cartas que Lucy Westerna enviaba, recordó el pasaje en el que la pobre Lucy dejó de ser mortal y quiso escapar de su propio panteón. Un crujido a su izquierda le hizo girarse repentinamente. Casi esperaba toparse de frente con el mismísimo Conde… pero sólo vio, una vez más, a ese dichoso cuervo.

“Nunca más”.

Casi habría preferido al noble transilvano.
Su padre le había hablado entre susurros, narrándole qué era lo que hacía cada 19 de noviembre, como promesa por su milagrosa cura. Podía haber ido a la Iglesia o rezado a Dios dando gracias, o aportado parte de su sueldo a sufragar gastos de alguna parroquia cercana a su hogar, haber ofrecido a su hijo a una vida monacal… pero no, su padre era demasiado especial como para hacer algo así, su promesa había sido diferente, inusual y no por ello, realizada con menos Fe que cualquier otra.

Ahora sabía todo lo que su padre le había querido.
Le recordaba con una pipa en la boca, leyendo apacible mientras lanzaba bocanadas de humo que envolvían las páginas que rozaba con la mirada. Nunca levantaba la mirada, a no ser que se quedara sin tabaco o la chimenea empezaba a apagarse. Solía espiar cómo leía su padre, la pacífica expresión de su rostro al hacerlo, el placer de embriagarse de palabras junto a la persona que más quería. Ahora que sabía más acerca de él, pudo recordar su media sonrisa, probablemente dirigida a él, aunque sólo ahora se había dado cuenta de ello.

“Nunca más”.

20 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (3)

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Su padre siempre tardaba unos minutos en abrir, pero cuando lo hacía todo estaba perfecto. El interior de la biblioteca era inmenso y acogedor al mismo tiempo, las estanterías de libros llegaban hasta lo más alto del techo y la lúgubre iluminación no invitaba precisamente a la lectura. Sin embargo, la magia de aquel lugar era indudable, por más que lo pensaba, no recordaba un solo día en el que se hubiese quedado dormido leyendo. La chimenea, fuera invierno o verano, siempre ardía de modo acogedor, los dos sofás, el suyo y el de su padre, orientados hacia el calor, agua y dulces en cada una de las dos mesillas que lindaban con ellos, la luz adecuada para leer y siempre un libro adecuado para el niño.

Ahora que recordaba aquel detalle, supuso el tiempo que su padre debía emplear cada día para tener siempre a punto el libro indicado, nunca el mismo durante dos tardes seguidas, aunque el viejo Silver estuviese tan cerca del cofre del tesoro o el arpón estuviese fuertemente anclado en el lomo blanco e infinito de Moby Dick. Siempre un libro diferente y siempre aventuras para acabar de disfrutar, que solían llegar otra tarde, sin previo aviso, aunque nunca demasiado tarde como para olvidarlas.

Su padre le quería tanto como a su amada biblioteca, aunque nunca se hubiera percatado de ello hasta que resultó demasiado tarde, hasta que se vio obligado a realizar aquella luctuosa promesa.
Tal y como le habían indicado los conserjes, la gran puerta metálica se hallaba entreabierta, aunque aún tuvo que empujarla ligeramente para poder traspasar la frontera que dividía el mundo mortal del cementerio de polvo y muerte. Un relámpago surcó el cielo, iluminando con su resplandor figuras innominadas situadas más allá de los barrotes gimientes. “Nunca más”, le pareció escuchar de nuevo, mientras atravesaba los aullidos producidos por los goznes oxidados y los gritos del viento invernal.

No supo por qué, pero pensó en el nombre de Leonor al ver al único ser vivo con el que se topaba en aquella noche interminable, un enorme cuervo negro que se posó sobre una cruz informe y le dirigió su negra mirada escrutadora. Diablo alado –pensó- y continuó caminando, tropezando entre las lápidas y las tumbas en busca de su destino, sin dejar de enviar miradas furtivas al oscuro cuervo.

Un nuevo relámpago sobrevino justo en el momento en el que pasaba junto a una escultura del tamaño de un hombre, al principio se asustó al toparse de frente con la mirada congelada, esculpida en mármol blanco, contenida por una mujer perfecta, tallada por las manos expertas de un verdadero artista. De nuevo pensó en el nombre de Leonor y volvió a sentir un escalofrío que le puso el vello de la nuca de punta. Aquella sensación de temerosa inseguridad aumentó de forma proporcional cuando contempló, sobre la testa de la escultura, la figura malévola del cuervo, que continuaba mirándole con descaro. El estremecimiento estuvo a punto de provocar que perdiera la bolsa de tela negra en la que llevaba la botella de coñac, una copa y tres rosas rojas, aunque se sobrepuso al impulso y aún la sujetó con más fuerza, de modo que los nudillos se tornaran blancos bajo el terciopelo de sus guantes.

Diablo alado ¿de qué abismo has salido? ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? Maldito profeta alado, ser alado, ¡vete a posar al busto de Palas y déjame en paz! –murmuró furioso. Dirigiendo una mirada desdeñosa al ave, que continuó mirándole impávido, inmóvil, enfocando sus ojos, profundos como pozos a su rostro demacrado.

19 de mayo de 2009

Un merecido homenaje

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Os dije que esta semana probablemente hablaría de El poder del mago, de Carolina Lozano y aunque este libro casi está terminado de leer y me está gustando tanto como el anterior, la actualidad y el sentido común me han invitado a dejar por una semana los libros y hacer un humilde homenaje a Mario Benedetti (sé que no es nada original hacerlo, pero uno se siente en la obligación, esta vez sí, de seguir la corriente).

Porque cuando muere un escritor, incluso los reinos de Fantasía notan cómo se tambalean sus pilares, aunque sólo sea porque un personaje más habitará desde entonces el imaginario popular.

Esta tarde en El Bosque de las Palabras, los Reinos Fantasios se suman al homenaje a este genial uruguayo de nacionalidad mundial.

Tres rosas rojas y una copa de coñac (2)

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Por eso, mientras él dejó de enfermar tan a menudo y crecía al amparo de los vecinos y de una institutriz, demasiado estricta, que su padre contrató cuando tuvo edad de comenzar a estudiar, su padre se enfrascó en la consecución de sus sueños, aunque sólo fuera de forma sesgada y metafórica. Comenzó a reunir una biblioteca personal de renombre en todo el país, en la que invertía buena parte de su dinero, robándoselo a otras actividades que consideraba superfluas, banales. No viajaba ni salía de casa salvo para trabajar en aquel tugurio que alimentaba a su hijo y a su verdadero amor, su biblioteca, que estrenó con una versión ilustrada de relatos de Poe. Qué ironía recordar a Poe en ese momento, a punto de cruzar la verja que le adentraría en un cementerio oscuro.

Su vida eran los libros y sus escritos, toda su vida. Y aunque siempre se mostró afectuoso con su hijo y le quiso, nunca pasaron más de unas horas juntos, unas pocas tardes al mes y cuando eso sucedía, era en aquella biblioteca callada, en silencio y cada cual enfrascado en la lectura de un libro.

Cuando ahora le venían a la memoria aquellas tardes recorridas en la biblioteca, donde aprendió a amar y venerar los libros casi tanto como su padre, no podía menos que reconocer el amor que éste le había demostrado al compartir con él, con aquella raíz imposible de arrancar, su biblioteca, el único sueño que había cumplido, aunque fuese en silencio.

Ya casi estaba en la entrada del cementerio, lo había visitado ya en un par de ocasiones, para concertar con los conserjes aquella “cita” anual que había prometido realizar, aunque siempre lo había hecho de día y no se había detenido a pensar lo tétrico y atemorizador que podía ser un cementerio en una noche tormentosa de noviembre, al único amparo de una luna llena que sólo se dejaba entrever de tanto en tanto. Sobre todo para alguien que había recorrido en tantas y tantas ocasiones muchos relatos, poemas y novelas fantásticas y de terror. Sin venir a cuento, o quizás precisamente sí que viniera a cuento, le vinieron a la cabeza las palabras “nunca más”, y no pudo evitar un estremecimiento. Antes de continuar su camino, se detuvo y lanzó una mirada furtiva a su espalda, como si esperase que alguien estuviese detrás suyo, a punto de llamar a la puerta de su cuarto.

Una ráfaga de viento amenazó con arrebatarle el sombrero de copa, agitó con furia la capa oscura de su smoking y levantó quejidos y lamentos de los árboles que le rodeaban. Los barrotes de la puerta, de casi tres metros de alto, gimieron y aullaron al ser atravesados por el gris vendaval. El cuerpo, cobijado bajo un traje de etiqueta con mucha historia guardada en sus bolsillos, sintió un espasmo de frío y sus dientes castañearon un par de veces antes de poder recobrar la compostura, sin saber si aquel castañeteo procedía del frío o de un terror a lo ignoto…

Se obligó a continuar caminando, por suerte, el alcohol seguía haciendo efecto.
Intentó enfocar sus pensamientos en otra cosa, no fuera a ser demasiado cobarde, demasiado débil como para atravesar aquella puerta amenazadora. ¿Qué no había leído? Ahora recordaba lo nervioso que aguardaba la llegada de aquellas horas de lectura junto a su padre, Él siempre entraba primero y el pequeño esperaba ante la puerta, nervioso, deseando por un lado que ésta se abriese con su habitual crujido y por otro salir corriendo para irse a jugar al parque, como el resto de los niños.

18 de mayo de 2009

Tres rosas rojas y una copa de coñac (1)

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Creo que no he dicho todavía por aquí que gané un concurso literario de relato corto gracias a Poe. Aunque debería decir que fue gracias a Nieves Concostrina y a esa historia que contó sobre el misterioso personaje que acude todos los años a la tumba del escritor en Baltimor para conmemorar su muerte.

En fin, que como hace mucho que no pongo por aquí nada mío, he pensado que durante esta semana os voy a colgar este relato para que lo leáis y juzguéis por vosotros mismos si el premio era merecido o no lo era.

Para aquéllos a los que les guste Poe, o les suene y no lo hayan leído todavía, les recomiendo que antes o después de leer este relato, lean el poema El Cuervo (sólo hay que buscarlo en Google para encontrarlo gratis), será algo más fácil entender un relato que sólo pretendía ser un homenaje a los amantes a la literatura, sobre todo a aquéllos capaces de hacer de todo por Ella.

Espero que os guste.

Tres rosas rojas y una copa de coñac


La sola visión de aquella enorme puerta enrejada, de apariencia herrumbrosa y goznes, probablemente oxidados y chirriantes, ya incitaba a dar media vuelta y regresar a casa, a dejarse de romanticismos y estupideces, a seguir bebiendo de aquella botella de coñac que llevaba en la bolsa de tela negra que aferraba fuertemente con las manos, enfundadas en dos guantes blancos, aterciopelados. Beber, sí, hasta perder por completo el control. Esperar, presa de la embriaguez más extrema, la llegada del alba, un alba mordiente que le hiciera daño en la cabeza embotada por el alcohol y el sueño. Aguardar el alba purificadora, olvidando la noche aciaga, recostado en un amigable sillón de guata oscura, mullida; un sillón al que contar los pesares de la vida, de esa noche y de muchas otras noches pesarosas, a olvidar cualquier promesa hecha, por solemne que ésta fuera.

El tiempo que acompañaba su deambular, nocturno y alevoso, tampoco era lo que se puede llamar acogedor. La noche era tan tormentosa y fría como cabe esperarse un 19 de noviembre en Baltimore, la niebla apenas permitía apreciar el entorno por el que paseaba tambaleante, apenas alcanzaba a ver los dos o tres metros a su alrededor. Un frío húmedo, casi eterno, ancestral, se coló entre sus incómodas ropas pasadas de moda, clavando en sus huesos sus gélidos zarcillos afilados.

Por fortuna ya había bebido suficiente antes de salir de casa, en busca del cumplimiento de una promesa realizada hacía demasiado poco tiempo, realizada ante el lecho de muerte de su padre y ratificada en el testamento de éste, que había leído hacía apenas un mes y medio.

Aquel pensamiento le llevó a recordar la figura de su padre y se preguntó, no por primera vez en su vida, qué era lo que le había impulsado a quererle a pesar de todo o qué lazo extraño le había obligado a aceptar cumplir esa promesa. Hacía poco menos de tres meses que se estaba haciendo polvo en una tumba de aquel mismo fantasmagórico cementerio que estaba a unos metros de invadir con su carne mortal y nunca hasta ese instante había supuesto cuánto podía echar de menos sus extravagancias y su comportamiento decimonónico, el mismo que tanto los había alejado en los últimos años.

Su padre, un escritor fracasado que nunca publicó un libro, que se ganaba la vida de ocho a siete tras la barra de un tugurio regentado por él mismo, se había quedado viudo y con un niño pequeño a su cargo demasiado joven; frustrando la Muerte así todos los sueños de una vida, de un solo movimiento de su guadaña inmortal. Se había visto obligado a atarse a una vida corriente, frenada continuamente por un hijo enfermizo y muy débil, que solía estar, en sus primeros años de vida, siempre en cama, pero que no terminaba de morir… un hombre atado, un soñador anclado a la realidad. Su padre siempre había vivido en sueños, quería haber recorrido mundo y haberse convertido en un hombre ilustre y conocido, pero se quedó con él, ofreciendo su vida a su hijo, en cuerpo y alma, atado al amor a una mujer que murió trayendo vida a este mundo.


13 de mayo de 2009

La Cazadora de Profecías

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La Cazadora de Profecías es el Primer Volumen de la saga Las Sendas de la Profecía, de Carolina Lozano.

Buenas tardes a todos, estoy muy contento de poder contribuir con mi pequeña aportación a la importante efemérides que celebramos hoy todos los aficionados a la literatura, porque si Francisco no os lo ha dicho y no lo ha celebrado como es debido, yo quiero, desde mi humilde atalaya, asomado a tierras fantásticas, felicitar al Bosque de las Palabras, que hoy cumple sus primeros cincuenta programas. Felicidades, enhorabuena y espero seguir por estos lares cuando lleguemos a los cien.

Y sin más, nos vamos a lomos de un dragón o de un noble pegaso a la sección fantástica de El bosque de las palabras.

Para esta semana he vuelto a traer una noticia de tierras ignotas, no sé si alguno de nuestros oyentes conocerá a Úrsula K. LeGuin. Seguro que sí, pero para aquéllos a los que no les suene este nombre, les diré que Úrsula, que tiene ya 79 años, es una de las escritoras de fantasía más reconocidas. Es la autora de 22 novelas y de más de 100 relatos, siete recopilaciones poéticas y 12 libros infantiles. Para los que aún no la ubiquen del todo, también es la autora de las Historias de Terramar, una de las sagas fantásticas modernas más famosas.


Pues bien, Úrsula es noticia esta semana porque ha ganado su sexto Premio Nébula, con la novela Poderes, que es la tercera parte de su última saga, la Saga de la Costa Oeste, publicada por la editorial Minotauro, que en España es la encargada de publicar todas sus novelas.

Los premios Nébula son concedidos desde 1965 por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos. No tiene dotación económica y el premio en sí es muy sencillo. Pero prueba de que es considerado importante por la editoriales y autores del género es que todas las editoriales cuyos escritores lo consiguen lo anuncian a bombo y platillo, síntoma evidente de que recibir el Nébula es aumentar ventas.

Pero vamos ya con la recomendación de hoy, porque el libro que he leído es más que recomendable y os digo a todos desde ya, que Carolina Lozano tiene mucho futuro como escritora de Fantasía, hoy, como creo que os comenté la semana pasada y tal y como os prometí hace dos, vamos a hablar de La cazadora de profecías, del sello Pegasus y publicado por Vía Magna. La cazadora de profecías es la primera novela de otra saga fantástica, Las sendas de la profecía y a mí me ha parecido tan interesante que ya me estoy leyendo para la semana que viene o la siguiente la segunda parte, El poder del mago.

Cuando uno lee fantasía siempre suele encontrarse con los mismos seres tanto en un bando como en el otro, aunque cada libro o saga tenga sus características propias en cada una de las razas o cuente con razas nuevas o criaturas sólo surgidas en la mente del creador en cuestión. En casi todos los títulos uno se topa con enanos, elfos y hombres. En unos libros viven en paz y son aliados, en otros discuten y guerrean entre sí o están enemistados para siempre, en otros se alían para luchar frente a un mal común… muchas de las tramas de la literatura fantástica están directamente relacionadas con la presencia o no de estas tres razas básicas: elfos, enanos y humanos.

Por eso, encontrarse con un título de una escritora española y joven, en la que estas razas tienen una relación entre sí totalmente diferente de cuanto uno ha leído hasta ahora, es una buenísima noticia, porque significa que alguien ha vuelto a dar una vuelta de tuerca a una relación eterna.

En el mundo creado por Carolina, dividido entre Continente Sur y Continente Norte, los elfos son poco menos que cuasi todopoderosos frente al resto de razas terrenas, a excepción de sus enemigos directos, los vampiros, que en este nuevo universo adquieren una nueva identidad sin perder la esencia que les ha dado tanta fama en la historia moderna. Así que ya nos topamos desde el principio con un nuevo modelo social, una cadena trófica en la que todos están inmersos, desde los elfos hasta los hombres. En la Cazadora de Profecías y en boca de su protagonista principal, la elfa Eyrien, hija del Señor de los elfos, todas las criaturas merecen de la piedad y de la posibilidad de vivir en paz, incluidas las que podríamos denominar oscuras y que, en este libro, son en su mayoría creadas de la nada por Carolina, nunca antes habíamos escuchado hablar de los trasgos o de los wendigos como lo hace esta barcelonesa y nunca antes habíamos escuchado nada sobre los guls o los krapes.

Sin duda una saga original, os cuento un poco de la trama para ver si os interesáis en leerla. La historia comienza con Eyrien, que aunque es muy joven para considerarse una adulta entre los elfos, tiene ya más de doscientos años y ha vivido más de lo que soñaríamos vivir cualquier humano. Eyrien es una Cazadora, una élite de elfos que se dedica a matar a seres, de la raza que sea, predestinados a realizar un crimen horrendo, la verdad es que es un inicio al más puro estilo Minority Report, aunque sin ordenadores extraños y sin Tom Cruise de por medio.

El problema radica al regresar a su hogar y ser convocada para realizar una nueva cacería. En esta ocasión deberá matar a dos jóvenes humanos, ningún problema para una elfa dedicada a ello de no ser por las identidades de los jóvenes. Uno es Killian, el futuro rey de Arsilon, donde radica el poder humano de la Alianza entre hombres, enanos y elfos, sobrino del rey Ian, que además es amigo íntimo de la elfa; y el otro joven es River, descendiente de la Casa de los tres Elfos e hijo de otro amigo íntimo de Eyrien. Se da la circunstancia de que la elfa juró en su día, ante el lecho de muerte de la madre de cada uno de los jóvenes, protegerlos de todo mal que pudiera acecharles.

Su desobediencia es castigada y desde el primer momento a uno le queda claro que algo no marcha como debía, si para salvaguardar la libertad de los Pueblos Libres que aún habitan en este mundo, hay que matar a dos jóvenes valientes y honrados, que además se convertirán muy pronto en amigos de la elfa… que desde las primeras páginas tendrá que combatir consigo misma ante la obligación de cumplir con su cometido como Cazadora o seguir su instinto y permitir que los dos jóvenes continúen viviendo.

Aventuras, magia a raudales, acción, emoción y amor, mucho amor contenido, invaden esta excelente novela de fantasía épica que ha logrado picarme de manera inusual. Os recomiendo La cazadora de profecías, de Carolina Lozano, estoy seguro de que no os va a defraudar, ya lo veréis.

Hasta la semana que viene.




12 de mayo de 2009

La recomendación de esta tarde

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Esta tarde, entre las 18.00 y las 20.00, como todos los martes se emite El Bosque de las Palabras, conducido por el escritor Francisco Legaz Nieto. El programa alcanza por fin las 50 ediciones, lo que es una auténtica pasada para un programa dedicado a la literatura.

Durante la emisión del programa se emitirá mi breve reseña sobre La cazadora de profecías, el primer libro de Carolina Lozano de la saga La Senda de la Profecía. Ya son, con ésta, 26 las recomendaciones literarias de libros de literatura Fantástica o de comentarios sobre los mundos que componen la Fantasía, espero estar a la altura de la efemérides del programa y de la excelente novela que recomiendo.

Mañana colgaré el audio y la reseña escrita. Espero lograr animaros a todos a leer esta novela, porque se lo merece.

6 de mayo de 2009

Los Libros Mágicos

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Hola a todos, amigos oyentes de El Bosque de las Palabras. El otro día os prometí que para el programa de hoy habría terminado de leer Los Libros Mágicos y que tendría muy avanzada la lectura de La Cazadora de Profecías, pues bien, he cumplido mi promesa y os traigo una reseña del libro de Santyago Moro.

Pero antes de empezar quisiera haceros una pregunta, ¿vosotros sois de los que distinguís entre la Ciencia Ficción y la Fantasía? ¿O sois de los que meten los dos géneros en el mismo saco? Porque los catálogos de las editoriales, los certámenes literarios, los concursos o incluso los festivales de cine, suelen englobar en un mismo apartado la Ciencia Ficción, la Fantasía y, si se ponen, el Terror.

Puede que sea lo más adecuado, pues tanto la Ciencia Ficción como la Fantasía están compuestos de paisajes inauditos, de hechos imposibles y de héroes míticos… aunque claro, si nos ponemos así, hasta las novelas de vaqueros, esas que se vendían y se cambiaban en los quioscos cuando yo era pequeño, podrían englobarse por aquí. No sé qué opinaréis vosotros, pero para alguien que ha crecido viendo como el joven Luke Skywalker, acompañado de C3PO y de R2D2, se enfrentaba a las tropas imperiales, comprendía los caminos de la Fuerza y además era capaz de salvar el alma de su tétrico padre y leyendo historias de hobits, elfos y enanos armados con espadas mágicas y derrotando al Mal una y otra vez, la delgada línea que separa la Ciencia Ficción y la Fantasía se le hace muy evidente, casi algo tan claro que es imposible de confundir.

En fin, será que yo soy muy básico y creo que las cosas también lo son, pero para mí, la mayor parte de las veces, se me hace bastante sencillo diferenciar lo uno de lo otro, al menos casi siempre. En Ciencia Ficción podríamos meter las historias de robots, las civilizaciones futuras y elitistas, las naves espaciales, las máquinas que se vuelven contra sus creadores… yo que sé, ése tipo de cosas. Mientras que en Fantasía hablaríamos de pasado en la mayoría de los casos, casi nunca aparecen máquinas y sí, en cambio, seres mitológicos e increíbles. Por eso hay ocasiones en las que uno no sabe muy bien dónde poner una novela o un tipo de novela. Me pasó con Astralis, que no sabía muy bien si tildarla de fantástica o meterla mejor en la casilla de la Ciencia Ficción, también me sucedió con ciertas partes del Ciclo de la Puerta de la Muerte… y todo por la manía de encasillar las cosas siempre.

Así que, ahora que he dicho todo esto y he reflexionado sobre el asunto, no sé si encasillar al escritor que traigo esta tarde, Santyago Moro, en la casilla de la Ciencia Ficción o en la de la Fantasía. De lo único de lo que estoy seguro al hablar de Sam, como a él le gusta que le llamemos los amigos, es de que debería de estar en la lista de los escritores más leídos del género, sin embargo, como suele ocurrir en ocasiones, los libros de Santyago están, de momento, destinados a caer en las manos de aquéllos iniciados que comienzan a conocer las intrigas y las aventuras de su mitológica y novelesca ópera espacial, aquéllos con los suficientes bemoles o con la necesaria inquietud como para ponerse a leer a un escritor que no está en la lista de los más vendidos.

Porque Santyago Moro es uno de esos escritores que se publican a sí mismos, a la espera de que una editorial con cierto respaldo comercial se fije en ellos y arriesgue algunos euritos en una obra digna de admiración que conocemos muy pocos para el nivel que tiene. Sam escribe Ciencia Ficción, aunque el libro que nos ocupe hoy sea de corte fantástico y esté libre de marcianos o de humanoides robotizados. Sólo os diré que las novelas espaciales de Santyago Moro: El traficante de Sueños, Dioses de la Noche, La federación en peligro, Asci-III, Las Huellas del Pasado; tienen buenas dosis de acción y de aventuras. Son un artilugio perfecto para ocupar una buena tarde. Si os gusta, por ejemplo, Star Treck, no podéis dejar de leer los cinco libros de Las Crónicas de la Federación, porque sus aventuras recuerdan vívidamente a las vividas en ocasiones a bordo de la Enterprisse… o incluso a las que suceden en el Halcón Milenario de Han Solo en la Guerra de las Galaxias. Otras de sus novelas nos recuerdan a Isaac Asimov, el maestro de la Ciencia Ficción. Os recomiendo todas estas novelas, que son ya más de una decena. Santyago Moro estará algún día en las estanterías de todos los aficionados a la Ciencia Ficción, o por lo menos, eso creo yo. Sólo espero que entonces se acuerde de los amigos.

Aunque de la que hoy vamos a hablar es de Los libros mágicos, perteneciente a nuestro mundo fantástico, ése que exploramos semana tras semana. Aunque tampoco estaría mal hablar de libros de Ciencia Ficción de vez en cuando… ya veremos. A veces me gustaría saber si alguno de vosotros ha leído alguno de los libros que os recomendamos por aquí y qué os ha parecido, espero que nadie se acuerde mal de mí al terminar de leer una novela… y que, si dudáis a la hora de seleccionar un libro de corte fantástico, os decantéis por alguno de los que traemos por aquí. Y si es de un escritor español o novel, pues mejor que mejor.

Los libros mágicos es una novela de las nuestras… bueno, mejor deberíamos asegurar que son dos novelas, porque el libro está dividido en dos partes. En la primera, el pequeño Álof, un ser aparentemente insignificante, cuya raza está encargada de recolectar sin cesar el polen de un enorme desierto de flores gigantes para uso y disfrute del resto de las razas, recibe un día un regalo que cambiará su vida para siempre, un pequeño machete con el que su trabajo de recolector se vuelve de pronto muy sencillo, lo que pronto despertará los celos de su hermano, por lo que nuestro protagonista tendrá que marcharse de su hogar…

Casi podríamos pensar que es una novela fantástica al uso. Pequeño ser insignificante recibe por casualidad (cosas del destino) un objeto mágico de gran valor con el que, tarde o temprano, tendrá que o podrá salvar al mundo. Lo que ocurre es que Los libros mágicos no es una novela normal, para empezar, el protagonista no es un fiero luchador, ni al principio ni al final, sólo es un niño que debe impedir que el Mal se haga con el poder del mundo… bueno, eso podría ser el arquetipo de héroe, lo que ocurre es que el pequeño no recurre a las armas en todo el libro, a no ser en los momentos finales para apoyarse en la lucha final frente al malvado ser que planea apoderarse de todo, así que, en toda la historia, no se derrama una sola gota de sangre en vano, cosa muy poco común en este tipo de libros.


La segunda parte está narrada en primera persona y trata de un humano que recae en un mundo de cuento que deberá salvar como sea, para eso sólo dispone de su amigo Fildo, que no es otro que el hijo de Álof y de su propia mente. Un libro en el que tampoco hay peleas sanguinarias, cercenamientos de miembros o personas colgadas y quemadas, un libro fantástico poco convencional. En esta segunda parte tampoco hay luchas de espadas ni nada que se le parezca. Tanto en una parte como en la otra, predomina el poder del amor y de la voluntad propia a la hora de derrotar los continuos peligros que acechan a los protagonistas.

Lo que sí os puedo asegurar es que la imaginación de Santyago Moro es asombrosa, en apenas 300 páginas es capaz de meter más de treinta paisajes y escenarios diferentes, no sé cuantas razas de seres y las aventuras más peligrosas y comprometidas, siempre además, añadiendo leyendas propias de un mundo ideado para una única historia. La verdad es que Los libros mágicos es una lectura de lo más recomendable. ¿Alguna vez os habéis preguntado qué pasaría si bailasen las Hadas? Lo sabréis si leéis Los Libros Mágicos, del madrileño Santyago Moro.

Hasta la semana que viene. Y una recomendación, seguid leyendo e ideando vuestras propias fantasías, uno nunca sabe cuándo va a necesitar evadirse de su mundo, aunque sólo sea por un breve lapso de tiempo.




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Vídeo promocional de Los libros mágicos

4 de mayo de 2009

Caballeros Andantes

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Buenas tardes a todos, oyentes, escritores o simples aficionados a esto de la literatura. Bienvenidos una semana más a la sección fantástica de El Bosque de las Palabras.

La locura de la semana del libro no me ha permitido terminarme aún Los Libros Mágicos, de Santyago Moro, aunque prometo tenerlo leído para la semana que viene y a medio terminar el de Carolina Lozano. También tengo pendiente la lectura del libro fantástico de Xavier deTusalle Todos buscan desde siempre al rey… pero bueno, esta semana ha sido una locura y no he podido ponerme a leer todo lo que quisiera. Incluso a los reinos de la Fantasía llega el estrés…

Como colofón a los actos relacionados con el Día del Libro, el domingo se celebró en la localidad de Navas del Rey la Feria del Libro de la que os hablaba el otro día y a la que os invité a todos y una vez concluida, a una velocidad vertiginosa que no me dejó ni saludar a los amigos como es debido, me puse a pensar en la importancia que tienen los héroes fantásticos en la existencia cotidiana. Todo esto al relacionar la multitud de actos culturales y festivos que se celebraron durante toda la semana pasada, gracias a los libros y a sus protagonistas, los personajes… porque no nos engañemos, nos gustará la poesía, el relato o la perfecta descripción de un paisaje en un buen libro, pero al final, casi todos los que leemos nos reflejamos en los personajes, e incluso, me atrevería a decir que enfocamos en ellos nuestras emociones. Los amamos o los odiamos, hasta puede que nos sean indiferentes, según, pero siempre pensamos en esos personajes, sobre todo en literatura fantástica, en la que la eterna lucha entre el Bien y el Mal, ambos con comillas, hace que sintamos simpatía o no por los protagonistas que desfilan ante nuestra mente.


Sólo espero, que todos esos actos no sean un empacho y no consigan que no hagamos nada en relación a los libros hasta el año próximo por estas mismas fechas… en fin.

Todos hemos oído hablar de las novelas de caballería, aunque sólo sea de puntillas cuando escuchamos referencias a la hoguera que se erige en la casa de Alonso Quijano en cierto capítulo del libro más homenajeado durante la semana pasada, un libro que comienza en Un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Bien, pues la novela de caballería, que podría ser, o es, directamente, las precursoras de las novelas fantásticas, hablaban del prototipo de héroes que se llevaba por aquel entonces: tipos bizarros, varoniles y gentiles a un mismo tiempo, duros con los villanos o el monstruo de turno y sin embargo, también capaces de mostrarse débiles y sumisos para con sus damas. Tan diestros y fieros con las armas propias de su profesión como afilados y galantes con las del poeta. Un buen caballero andante podía estar matando a un dragón mientras pensaba en versos dedicados a su hermosa princesa.

Los caballeros andantes eran, como ya he dicho, los héroes de su tiempo. Podían derrotar gigantes y dragones, embarcarse en la locura de las Cruzadas y volver sanos y salvos por la gracia de Dios… ya os hablaré algún día de una novela que tengo yo por ahí dedicada a los caballeros andantes… pero sigo con lo que os decía, que pierdo el hilo. Las novelas de caballería no sólo enseñaban a aquéllos hombres como los que todos los hombres querían ser, sino que eran las novelas fantásticas de la época. Criaturas, leyendas, razas desconocidas, países exóticos… vamos, lo mismo de lo que hablamos aquí todas las semanas, pero sin colmillos ni varitas mágicas.

Bromas aparte, cuando leemos literatura fantástica lo que buscamos es evadirnos de la realidad, soñar con reinos lejanos y princesas… o príncipes de leyenda. Sentirnos, aunque sólo sea por un momento como el héroe en cuestión. Siempre hay excepciones, incluso en este mundo ficticio, pero por lo general, la literatura fantástica es muy semejante en estructura a la caballeresca. Infancia o juventud, aprendizaje, viaje iniciático, compañeros de fatigas, aventuras y, casi siempre, consecución del objetivo buscado. El amor está tan presente en la prosa moderna como en los versos de los Cantares del pasado. Se ha evolucionado en las historias, pero no en el fondo, que suele ser el mismo. Hace unas semanas hablamos del Poema de Gilgamesh y evidenciaba lo mucho que se parecía, con diferencias, a una historia moderna.

Aragon y Arwen, los amantes que protagonizan El Señor de los Anillos, podrían ser el reflejo de los amores que un día vivieron Amadis de Gaula y su novieta en cuestión. En fin, que sí, que evolucionamos y crecemos como sociedad, pero no somos demasiado distintos a como éramos hace siglos. Si antes queríamos ser como los caballeros andantes, ahora todos ansiamos ser los caballeros modernos: futbolistas, actores, modelos…

La semana pasada leí un artículo muy interesante en el que se decía que los héroes de los TBOs estaban de moda. Que los Lobezno, Spiderman, Hulk, Thor o el Capitán América, representaban nuestros anhelos más buscados desde el inicio de los tiempos. Volar, atravesar paredes, ser el más fuerte, Valor, Osadía, Poder… pero además simbolizaban lo mismo que desde siempre han simbolizado los dioses, inventados o no por las civilizaciones de la Tierra desde que el hombre es hombre. En estos héroes de tebeo, en los que yo incluyo a los deportistas de élite y a los personajes de ficción de todo tipo, están reflejados nuestros deseos, confesables o no. Y ése es el secreto de su éxito. En un tiempo fueron los dioses, más tarde fueron los atletas o incluso los gladiadores, luego vinieron los caballeros… y así, evolucionando pero representando siempre lo mismo.

Al final, como he escuchado muchas veces, todas nuestras historias son en realidad la misma historia. Todos los héroes de los que oímos o leemos hacen el mismo camino que Hércules o Ulises. Así, no me extraña que haya quien diga que, desde que se escribió el Quijote, todos usamos una parte de ese libro para crear nuestra propia historia.

Os dejo pensando… espero. El jueves se dará a conocer el ganador del premio literario de relato fantástico del concurso de la Asociación Cultural Los espejos de la Rueda, la semana que viene os diré el ganador y con esto me despido, no sin antes volver a invitaros a que leáis literatura de la buena y si es de fantasía mejor. Por cierto, si queréis recomendarme algún libro sólo tenéis que enviar un mensaje al blog del programa o a mi correo electrónico, javienci@hotmail.com. Hasta la semana que viene.