15 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 1

.
Roland escuchó el aleteo de un ave. Sus años de entrenamiento y de servicio le indicaron que se trataba de un halcón y sus sentidos se pusieron alerta, a esas horas, a la caída de la noche, ningún halcón silvestre traspasaría las murallas de Sarberk, pues preferían andar de caza o dormitando bajo el cobijo de alguna rama frondosa. Sólo había un halcón que osara atravesar los míticos granitos y mármoles de la Ciudad de la Frontera sin temer ser atravesado por una flecha de coloridos penachos y ese no era otro que Salomón, el halcón mensajero del rey Oerges. El cetrero real corrió en busca de su guante de cuero y sus cebos, llamando la atención de Salomón para que se posara lo antes posible, el mensaje que traía era de vital importancia, de sus noticias dependían la muerte o la vida de muchos súbditos leales a la corona.

El mensaje era tan importante que obvió la orden de no leer los correos del rey antes que él, lo leyó y lo que encontró en aquella nota repleta de sangre heló la suya, notó que el pelo de su nuca se erizaba: Los diablos estaban ya a las puertas de Bidum. Lo que quería decir que la aldea estaba perdida y que ellos mismos serían sitiados en pocas horas. Además, era poco probable que pudiesen ser socorridos por alguien, la guerra estaba muy avanzada ya y cada cual tenía sus propios enemigos que combatir.

Corrió al Salón de Juntas con el sobre entre las manos, sin tomar la precaución de volver a guardar la nota con la noticia, había asuntos más importantes de los que ocuparse que castigar a un cetrero por leer las noticias del rey antes que él. Oerges pudo leer en el rostro de su vasallo lo terrible de la noticia que portaba, con un gesto preocupado arrebató al halconero la nota y la leyó. Se mantuvo en silencio durante unos minutos que se hicieron eternos y su frente arrugada se pobló de nuevas arrugas preocupadas, sus cálculos habían resultado erróneos y por su error, las gentes de Bidum estaban condenadas, no había forma humana de avisarles del peligro inminente que corrían ni de ofrecerles la nimia ayuda de las murallas de Sarberk para enfrentarse a los diablos venidos del este, los monstruosos Drauks surgidos aparentemente de la nada... o del mismísimo Infierno. Bestias que recordaban a los hombres que su fin era cercano.

Oerges se tambaleó y de no ser por la cercana presencia del fiel cetrero y por las fuerzas que éste sacó de algún punto recóndito de su cuerpo habría caído redondo al reluciente mármol que pisaban, tan blanco como la nieve, límpido como el agua congelada… el rey cerró los ojos con fuerza y agachó su cabeza coronada por las canas en las que se habían tornado en pocos meses sus cabellos ensortijados, cuyos bucles bailaban en los hombros del monarca desde que era niño.

Tras recuperar su estado de ánimo lo suficiente como para sostenerse por sí mismo, se soltó del jubón de Roland y abrió los ojos grises aún con la mirada enfocada al mármol y como si se adelantara a la realidad que sabía sobrevendría a su reino, lo halló encharcado en la sangre y las vísceras de sus guerreros, vio cuerpos desmembrados y cabezas empaladas junto a su trono, la piedra del salón salpicada de pedazos de piel desmenuzada, los tapices que evocaban a sus gloriosos antepasados, su linaje, escupidos y ultrajados por los demonios, todo su reino marchito y muerto, los pocos supervivientes de la matanza convertidos en errantes para siempre, vagabundos en un mundo gobernado por los Drauks… en su tenebrosa visión, Oerges vio el masacrado futuro que le aguardaba a la humanidad y ante el que los Guerreros Fronterizos que él gobernaba nada podrían hacer. Su oposición, las murallas de Sarberk, sus súbditos, sólo serían un leve impedimento para los monstruos que ya habían ocupado Tarlabat, la capital del mundo civilizado y se habían hecho dueños y señores de la Costa Oeste de Tallún. No –se dijo- no podemos oponernos a esos seres llegados del Infierno.

La visión pasó tan pronto como había sobrevenido, Oerges se frotó los ojos con las manos y Roland pudo ver temor en aquellas pupilas enmarcadas por arrugas surgidas en muy poco tiempo. Por lo que dejaba apreciar el rostro del rey hacía mucho que el gobernante de Sarberk no dormía demasiado, su aspecto famélico también hablaba de un largo periodo sin comer todo lo que su atlético cuerpo necesitaba. Oerges era un guerrero, un hombre nacido para la guerra y aun así sus ojos temblaban y sus manos no demostraban que estuviese preparado para la terrible lucha que se avecinaba.

Rolad permaneció en respetuoso silencio, cerca de su rey por si éste necesitaba de sus servicios, aunque el monarca parecía estar en otra parte, sumido en sus propias pesadillas, últimamente parecía que todo el mundo estaba sumido en una pesadilla colectiva de la que era imposible despertar, desde que los Drauks habían aparecido allá en la lejana Menthaes, arrasándola en una sola noche y masacrando a toda su población, todo parecía formar parte de una gran pesadilla.
El rey se alejó unos pasos y se sentó pesadamente en su deslustrado trono, parecía un anciano consumido a pesar de su juventud, pues no llegaba a los cincuenta años de edad, a Roland le pareció la misma imagen de la derrota, con la frente arrugada y el rostro crispado, las manos sobre sus canas, como queriendo contener un profundo dolor de cabeza, los ojos enfocados a la lejanía, casi como si recordasen visiones más felices. La verdad es que todo el salón del trono recordaba a derrota, era como si el desastre ya hubiese pasado y ellos dos fuesen los únicos supervivientes y recorriesen un castillo derruido y saqueado por las fuerzas invasoras. Los encargados de la limpieza de la fortaleza hacía ya semanas que habían huido hacia el interior, integrados en los ingentes grupos de refugiados que huían de las zonas atacadas por los Drauks.

En la Ciudad de la Frontera ya sólo estaban los soldados y caballeros del reino, amén de algunos locos que preferían morir a abandonar sus posesiones. Él mismo se había quedado allí porque no tenía un lugar mejor al que acudir, había nacido en Sarberk y había sido abandonado junto a la Catedral al poco de nacer, fue una suerte que no muriese congelado y que alguien decidiese criarlo y convertirle en vasallo del rey. Una suerte que él no olvidaba, pertenecía al rey y su destino estaba ligado al seguido por su hogar. Si Sarberk caía, él caería y sería sepultado por sus granitos.

La puerta del salón se abrió con un gemido suspirado por sus goznes, dejando entrar parte del gélido ambiente del exterior –sólo había leña para encender fuego en el hogar del salón del trono, el resto era presa del frío invernal-, el Capellán, Monseñor Ladruat, penetró en la sala, con sus ropajes oscuros silbando una melodía susurrada a su paso, caminaba como siempre, veloz como un rayo y firme como una roca, algunos decían que cuando el Capellán caminaba, todo lo que había frente a él se apartaba, ya fuese aire, fuego o tierra. Roland se sobrepuso como pudo y miró en dirección al encargado de la firmeza espiritual y eclesiástica de Sarberk, no pudo evitar sentir un estremecimiento, aquel hombre tenía poder para encarcelar o torturar a aquel a quien considerase un hereje o un insolente, la mera sospecha acarreaba la pena que él decidiese, ante Monseñor Ladruat incluso el gran Oerges era un simple vasallo.

El Capellán vestía una túnica negra que cubría todo su cuerpo y dejaba entrever, debido a lo entallada que era, su extrema delgadez, sus ojos eran azules y vivaces y parecían estar siempre al tanto de cuanto sucedía a su alrededor, sus labios eran tan finos y afilados como su lengua y su oratoria, Monseñor Ladruat era capaz de convencer al más puritano de sus feligreses de que mantenía tratos con el diablo o de que su mujer era una bruja y una ramera, aunque fuese la mujer más virtuosa de la tierra. Tenía un poder de sugestión tan afianzado como los cimientos de la oscura Catedral de Nuestro Señor. No había persona en el mundo que no temiese contrariar al Capellán y Roland no era una excepción. Cuando estaba ya algo más cerca del trono, la nariz ganchuda del prelado se dirigió expectante hacia la figura amedrentada del humilde cetrero, sus gélidos ojos lo estudiaron con detenimiento, como si buscasen alguna falta con la que acusarle de blasfemar o negar a Dios, pero en su estudio se topó con la cruz que siempre colgaba del cuello de Roland y su rostro sufrió una transformación que al muchacho le pareció aún más aterradora que la anterior, una sonrisa taimada afeó el óvalo anguloso del sacerdote, que pareció satisfecho con el resultado de su examen y se acercó al rey, inclinándose junto al oído derecho del monarca y susurrando unas palabras sin apartar la mirada del cetrero.