16 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 2

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-¡No! –Rugió el monarca de pronto, que se irguió cuanto pudo en su trono y aferró con furia la muñeca del capellán. Roland estaba aterrado, no podía comprender qué pasaba pero lo que sí sabía era que su presencia en el salón del trono resultaba de lo más peligrosa para él, intentó escurrirse de allí, pero el rey soltó de manera brusca al prelado y realizó un gesto imperativo con la mirada para que no se marchara. El sacerdote tampoco sabía a qué se debía la reacción del monarca, nunca nadie le había tratado de ese modo, nunca nadie le había dicho que no… su furia era infinita, traspasaba su gesto siempre crispado de odio, Roland supo que de tener la oportunidad de hacerlo habría calcinado allí mismo al rey por su osadía, aun así Ladruat recuperó la serenidad en un instante y adoptó una actitud aparentemente respetuosa.

-Tenemos que encontrar a sus colaboradores, estoy seguro de que detrás de esta invasión hay algún confabulador o alguna bruja, ya sabéis que los tratos con el Diablo atraen todo tipo de desgracias, seguro que, si me lo permitís, encontraré a los conspiradores…

-¡Basta! –La voz del rey resonó en toda la sala, el gobernante acompañó su grito con un movimiento de su cuerpo, se levantó y extrajo su espada, cuyas hojas llamearon con el reflejo del único hogar encendido de todo Sarberk. Ese movimiento recordó a Roland que Oerges seguía siendo un guerrero joven y poderoso a pesar de su aspecto senil y avejentado. Ladruat también pareció recordarlo de pronto y tembló de pavor bajo la amenaza del metal forjado y curtido en más de cien batallas, pareció encoger. El cetrero jamás olvidaría aquella imagen, la del legendario rey Oerges amenazando a la figura empequeñecida del siniestro Monseñor Ladruat.

-Oerges, no vuelvas a amenazar a la Santa Madre Iglesia –susurró Ladruat, aún temblando de miedo tras alejarse prudentemente del rey y señalándole con uno de sus dedos largos, como había hecho en cientos de ocasiones en los juicios en los que acusaban a campesinos de herejías-, o tu alma arderá para siempre en las llamas del Infierno.

-¿Acaso no te has dado cuenta de que lo haremos igualmente monje estúpido? Todos arderemos en el Infierno en unas horas, incluso tú y tu estúpida arrogancia. No creo que tu Dios te perdone el haber asesinado a tantos y tantos inocentes.

-¡Herejía! –ahora fue Ladruat el que gritó, como poseído por un odio infinito hacia aquel que osaba levantarle la voz y acusarle públicamente de algo que, para él, eran infamias y mentiras- no niegues la palabra de Dios, rey Oerges, o serás condenado y quemado como los demás, aunque seas un rey, ante la palabra de Dios no hay réplica alguna.

-Puede que ante la palabra de Dios no la haya, pero sí ante la tuya, tus crímenes han sido los que han provocado la invasión, no me hables de la palabra de Dios porque tú no la representas. Tu iglesia y sus ansias de conquista han sido las que han enfurecido a los Drauks… por vuestra culpa han muerto miles y morirán millones, no me hables de Dios ni de su palabra Ladruat, porque si existe un Dios allí arriba, estoy seguro de que conocerá tus pecados y te condenará por ello, igual que nos ha condenado a todos.

Ladruat hizo amago de responder a las palabras de Oerges, pero algo hizo que se callara y se marchara veloz, al abrir la puerta un vendaval amenazó con lanzarlo por los aires, pero la voluntad del prelado fue superior a la furia del viento que sí pudo tirar abajo las últimas copas de plata que permanecían en pie en la mesa del salón. Antes de cerrar el portón de nuevo, el Capellán miró desafiante al rey y con un odio inmenso al atenazado cetrero, después cerró con un portazo, dejando solos al monarca y al vasallo.