19 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 4

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Roland estaba aterrado, contrariar al rey era una osadía, por eso no se había marchado corriendo de allí en cuanto había entrado el santísimo capellán, pero enemistarse con Monseñor Ladruat era prácticamente una sentencia de muerte. Su piel se tornó lívida y sus manos temblaron incontroladas, tuvo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo a pedir clemencia al capellán o coger la cruz que colgaba de su cuello y llevarse a los labios.

Oerges hizo pretensión de decir algo más, pero en eso preciso instante entró en la sala Lord Rigrard, el primer oficial del ejército de Sarberk. Rigrard era un caballero temible, además de hermano de Ladruat, lo que confería a su figura un aire aún más siniestro y estremecedor para cualquiera que fuese inferior a él. El parecido con el capellán eran tan fuerte que Roland no pudo contener un escalofrío, la única diferencia notable entre el rostro del noble y el del clérigo eran los ojos, pues los del guerrero eran negros como el azabache y su agresividad estaba remarcada por dos gruesas cejas oscuras. A diferencia del capellán, que era totalmente calvo, el caballero poseía una robusta mata de pelo que bailoteaba al compás de sus pasos que ahora estaba empapada y cubierta de barro. Los pasos del primer oficial del ejército real se acompañaban de tintes metálicos producidos por su armadura, embrutecida por el uso, pero aún imponente.

Roland pudo ver abolladuras y golpes en algunas zonas del metal que cubría por entero el cuerpo del Lord y se sobrecogió al pensar que éste hubiese sobrevivido a tales impactos, se decía que no había un guerrero en todo el mundo conocido que hubiese sido herido gravemente más veces que Lord Rigrard, y no precisamente por su ineptitud, puesto que era un formidable adalid, sino porque siempre iba a la cabeza de las tropas a su mando, nunca permanecía en la retaguardia, lo que para algunos hablaba de su arrogancia y estupidez y para otros de su osadía. De lo que no había duda alguna era de que los hombres y mujeres a su cargo respetaban a Rigrard y cualquiera de ellos daría su vida gustosamente por él.

La figura de Lord Rigrard era tan delgada y de apariencia tan escurridiza como la de su hermano, pero debajo de la coraza oscura y los ropajes negros, debajo de su capa violácea empapada y sus botas de cuero, escondía la fuerza de un ogro y la furia de un ciclón. No había humano alguno capaz de oponer su espada a la del general de la Ciudad de la Frontera ni arma más legendaria y mortífera que la esgrimida por sus manos refugiadas en guanteletes de acero.

La mirada de Rigrard era franca, no era persona de dobleces ni de intrigas, por eso gozaba de la plena confianza de Oerges. Haciendo caso omiso de la presencia de Roland el paladín se acercó al rey ofreciéndole un cálido abrazo que éste aceptó gustoso.

2 comentarios :

Yosu Rc! dijo...

Me leí estas catro partes de un golpe y, como me suele pasar al leer rápido, disfracé un nombre.
Al llegar a la 4ª me doy cuenta de que el que yo leo como monseñor Laudrup es Ladruat.
Ya me parecía raro que usaras ese nombre para este personaje. No pegaba nada.

En cuanto a la historia, se nota que es tuya. No sé cómo se te ocurren estas cosas...

Javi dijo...

Vaya con Laudrup, jejeje. Desde luego...

Espero que te guste esta historia, creo que algo más adelante, cuando Roland llegue al bosque, puede que se note menos que es mío...

...creo. Espero comentarios y sugerencias. Ya tengo 40 páginas escritas, aunque ya llevo dos días de parón por "culpa" de la Radio y el periódico...