7 de enero de 2010

Lucía, la jirafa pequeñita.


Un nuevo poema-cuento para Moisés. Lo dicho, a Mois le encantan estas historias, aunque no sean gran cosa... mañana si me acuerdo os subo la del Gorila, jajaja.


De pelambre amarilla
y manchitas azulitas,
patas muy delgadas
y pequeñas orejillas,
así era Lucía,
de toda la sabana
la jirafa más bajita,
en todo el lugar conocida
por ser tan pequeñita.

Como era tan pequeña
no podía comer solita,
porque no llegaba
a las hojas que de los árboles comía
y que esperaban contentas
en las ramas, muy juntitas,
tan verdes y apetitosas
como la hierba cuando es de día.

Papá y mamá jirafa
la mimaban y atendían
y la daban de las copas
las hojitas que quería.

Y Lucía se enfurruñaba,
arrugando su boquita,
porque era cabezota
y las quería coger ella solita,
pero aunque saltaba y saltaba
ella sola no podía.

Y le preguntó en el río
al verdoso cocodrilo
que le dijo compungido
que a él le pasaba lo mismo
que sus papás no le dejaban
tumbarse al sol él solito.

Y al príncipe de la selva,
que era el pequeño león
Lucía le contó su pena
y el leoncito respondió,
que su papá, que era el rey
también opinaba lo mismo,
que un leoncito tan pequeño
no podía rugir él solito.

Lucía recorrió la selva,
preguntando a los bichitos
y todos le respondieron
de un modo muy parecido.

Ni el mono podía trepar
ni el elefante leer,
tampoco el hipo bañarse
ni la gacela correr,
la hiena reír no podía
ni caminar el ciempiés,
el buitre no podía volar
ni el leopardo podía morder.

Y es que da igual lo que seas,
jirafa, mono, león o ciempiés,
cuando eres pequeñito,
algunas cosas tú solo
todavía no las puedes hacer.