2 de febrero de 2010

La Noche del Cetrero 7



-Pasé por Bidum tras mi último combate con los Drauks. Regresaba sólo, a pie y terriblemente herido, mi armadura era un amasijo deforme de hierros y mis piernas sólo me obedecían por mi innata resolución de vivir. Caí a casi un kilómetro de la aldea y un niño, un pastor, me encontró delirando y con una fiebre que me habría matado en pocas horas. Me llevó casi a rastras durante un kilómetro, un niño pequeño, me salvó Oerges, deja que sea yo quien viaje esta noche, sé que el peligro acecha en el bosque, pero mi honor de caballero me obliga a viajar, le debo la vida a ese pequeño, no puedo dejar que muera sin más cuando él hizo tanto por mí con tan pocos medios.

-Conozco la historia de aquel niño que te salvó. Pero tu deber de caballero es permanecer junto a tus hombres y llevarlos victoriosos a la batalla, eres el único de nosotros que ya se ha enfrentado a los Drauks, eres indispensable aquí, Rirgard y lo sabes tan bien como yo, no puedo permitir que atravieses el bosque con luna llena…

-Pero ese niño, Colt, morirá… todos morirán en Bidem y ni siquiera les daremos la oportunidad de salvarse, de huir.

El salón quedó en silencio, Oerges había cuidado de su gente desde hacía más de veinte años, nunca había faltado a una promesa y sin embargo, ahora tenía claro que su prioridad era defender Sarberk de los Drauks, por más que hubiese jurado proteger a todos y cada unos de los habitantes de su reino, contener a los demonios cuanto fuese posible para que las fuerzas enviadas desde el interior dispusiesen de tiempo para prepararse ante la amenaza era la prioridad, no podía perder guerreros para enviar un aviso a la aldea, por mucho que le doliese tomar aquella decisión… nadie había atravesado el bosque en noche de luna llena, la arboleda maldita estaba embrujada y poblada de monstruos de todo tipo, si algo habían aprendido los ciudadanos de la frontera en los años que llevaban allí era a respetar la magia del bosque y a sus pobladores nocturnos.

-No hay nada más que hablar Rigrard, prepara a tus hombres para el sitio, tenemos que resistir todo lo posible, Bidum tendrá que cuidar de sí misma.

-Pero… ¡majestad!

-No digas nada, amigo mío, no me obligues a tener que ordenártelo.

El calor exhalado por el hogar parecía haberse esfumado con las últimas palabras, el rey dio la espalda a su amigo mientras éste fruncía el ceño y cerraba los ojos con pesar, rendido a la evidencia de estar cometiendo una injusticia. La voz del rey era ley y él lo sabía, Bidum sería arrasado sin remedio. El guerrero cerró los puños con furia apenas contenida hasta hacer sangrar sus palmas. Sabía que Oerges sólo esgrimía la causa menos dañina para su pueblo, enviar un hombre al bosque en una noche de luna llena era peor que atravesarlo directamente con una espada. Si giró dispuesto a marcharse cuando escuchó una frase que le hizo detener.

-Yo iré –susurró Roland, aunque apenas se escuchó a sí mismo. Sin embargo, el silencio en el que estaba sumida la estancia y la cercanía tanto del rey como de su lacayo hicieron que las palabras del aprendiz de cetrero llegasen a sus oídos con total nitidez.

Las miradas de ambos hombres ilustres se posaron escrutadoramente en la frágil figura de aquel que hasta hacía unos instantes era poco más que un adorno más del salón del trono de Sarberk.

Roland pensó en echarse atrás, en disculparse y afirmar que se había excedido, que su intención no era la de inmiscuirse en asuntos tan graves e importantes como para aturdir al rey, que sólo había expresado un deseo y no tenía ni la más mínima intención de abandonar la seguridad de las murallas en una noche de luna llena, cuando el bosque se poblaba de todo tipo de monstruos y seres infernales, pero el miedo fue superior a su locuacidad. El rey y el general lo miraban con admiración, con orgullo, incrédulos de estar delante de alguien capaz de internarse en el bosque en una noche semejante… y por primera vez en su vida, supo que el destino de un hombre viene marcado demasiado a menudo por su incapacidad de permanecer en silencio. También supo, sin lugar a dudas, que no llegaría vivo al amanecer de un nuevo día.