5 de febrero de 2010

La Noche del Cetrero 8


No había tiempo que perder, el propio Oerges realizó todos los preparativos de viaje junto con su fiel Rigrard. Pronto se supo en la fortaleza que un joven muchacho, un sirviente menor o un aprendiz, nadie sabía en realidad quién era aquel suicida que iba a adentrarse en la noche del Bosque con la intención de avisar a Bidem de la inminente llegada a la aldea de los Drauks. En menos de una hora desde que las cuerdas vocales de Roland habían fijado su destino, todo estuvo preparado para su partida y toda la ciudad fortificada se preguntaba quién estaba lo suficientemente loco como para internarse en la noche de Sarberk.

En una pequeña sala de abastecimiento, Roland fue ataviado con ropajes negros muy ceñidos a su cuerpo, eran ropas muy cómodas y flexibles muy parecidas a cuero. Él, cuya ropa más lujosa había sido un jubón verde que recibió como regalo de su amo al entrar a su servicio como aprendiz de cetrero, se sintió muy agradecido de lucir una vestimenta tan rica, propia de caballeros y guerreros de alcurnia. Aunque no lo sabía, aquella indumentaria pertenecía al mismísimo príncipe Berther, el hijo de Oerges, que se hallaba en la lejana capital, Surdón, desde hacía meses, según las malas lenguas, porque permanecer en la Ciudad de la Frontera significaba una muerte segura.

Roland sonreía embobado mientras se calzaba dos robustas botas de montar negras, de fieltro, que calentaban los pies mucho mejor de lo que lo habían hecho hasta la fecha sus sandalias de sirviente real. El conjunto iba acompañado de un par de guantes del mismo materia y una capa también negra. Al mirarse en un espejo el cetrero se asustó un poco, parecía uno de esos mercenarios que se acercaban de tanto en tanto a Sarberk, cada vez menos abundantemente o un jinete misterioso llegado de tierras extrañas, podría engañar a cualquiera, aunque su corazón desbocado y sus manos temblorosas le recordaban quién era en realidad, el aprendiz de cetrero, un estúpido que no sabía guardar silencio.

Podría haber intentado echarse atrás, decir a los dos nobles que había errado al hablar, que ni por asomo saldría de la protección de las murallas en una noche de luna llena, que sólo de pensarlo estaba a punto de mearse encima… pero casi era más temible la furia de ellos que aquello que pudiese encontrar en el Bosque… casi. Ideó una furibunda estratagema, se las apañaría para ocultarse cerca del castillo en cuanto atravesase los primeros árboles, por la mañana alegaría que se había caído de su montura y no había podido llegar a Bidem… sí, eso es lo que haría, nadie en su sano juicio se aventuraría en el Bosque en una noche de luna llena, prefería ser quemado en la hoguera por hereje o ahorcado por traidor, así perdería su vida, sí. Pero lo que ocurría en el bosque podía atañer a su alma… no, definitivamente se ocultaría cerca de la ciudad e incluso procuraría colarse de regreso al castillo sin que nadie se diese cuenta de ello. Su alma dependía de ello.

Alguien llamó a la puerta de la sala de intendencia justo antes de que Roland se ajustase un carcaj con flechas y un cinturón del que pendía una vaina oscura que a él se le antojaba enorme, ¿qué iba a llevar allí metido? Con evidente desagrado, el soldado encargado de pertrechar al joven abrió la portezuela que daba acceso a la estancia. En el umbral se dibujó la figura achaparrada de un anciano canoso y arrugado, vestido con ropas muy sencillas y de rostro afilado en los que destacaba dos inteligentes ojos grisáceos. El aprendiz se sobresaltó al descubrir allí a su señor, el cetrero real, Margall lo miraba con una sonrisa de medio lado, que no era despectiva ni insultante, sino irónica, era evidente que el cetrero no podía creer lo que estaba viendo.

1 comentarios :

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