2 de marzo de 2010

La Noche del Cetrero 10


La mirada del capellán se salió de sus órbitas, sus labios se fruncieron y sus puños se cerraron con furia. Nadie sabía por qué, pero lo que a otros les habría valido la cárcel, unos buenos latigazos y una ejecución en la hoguera a Margall sólo le acaecía la mirada asesina de Laundrat.

El capellán empujó al cetrero para hacerse paso y entrar en la sala en la que permanecían enmudecidos Roland y el soldado. Miró al chico de arriba abajo hasta que sus ojos de águila se posaron en la pequeña cruz de madera que colgaba del cuello del aprendiz, asintió aprobadoramente y evaluó la actitud del joven, cuando éste bajó la mirada al suelo lo tomó por una muestra de respeto y volvió a sonreír. Se acercó muy despacio hasta donde se encontraba y levantó su cara por la barbilla hasta situar sus ojos frente a los asustados iris del sirviente, que lo miraba con evidente temor. Todo el mundo en Sarberk temía a Monseñor Laundrat y si no lo hacía era porque era muy estúpido o alguien más importante que el capellán de la Catedral.

-Eres muy valiente joven, estoy seguro de que Dios velará por ti esta noche. Si te ves en apuros aferra la cruz con fuerza y reza, yo también rezaré por ti, ten por seguro que el Señor tendrá la vista posada en tu camino…

-Es… est… estoy seguro Monseñor –musitó contrito Roland mientras besaba el anillo adornado con un rubí de brillo mortecino ofrecido por el sacerdote. La mueca de éste se hizo más amplia cuando abandonó la estancia y pasó junto a Margall, como si el hecho de que su aprendiz fuese un verdadero Creyente resultase una victoria a su favor.

-No olvides pasar por la iglesia a rezar antes de atravesar las puertas, haremos que Dios guíe tus pasos esta noche, joven cetrero.

Margall permaneció de pie en el umbral, escuchando las pisadas premeditadamente lentas del Capellán que se perdían por el corredor iluminado por antorchas encendidas, en todo momento su mirada gris estuvo fija en el rostro atormentado de su aprendiz, parecía ser la única persona que se percataba de que Roland se había metido en un lío del que no tenía salida digna posible, a excepción de una aventura peligrosa y probablemente mortal en el Bosque, maestro y alumno sabían de la incapacidad del joven para montar un caballo a la carrera… o para aunar el suficiente valor como para lanzarse al galope en medio de una noche de luna llena.

Como si la ida del Capellán hubiese significado el fin de un paréntesis oscuro, el intendente tendió a Roland una espada de doble filo que había permanecido hasta ese momento apoyada en la pared de granito. La espada estaba bien afilada y no debía ser especialmente pesada.

Calibrándola con la mirada Margall estudió su fina manufactura y la belleza de su empuñadura, quien hubiese forjado esa espada sabía lo que se hacía. Adelantándose unos pasos entró en la habitación y arrebató la tizona de las manos del asombrado soldado encargado de preparar el atuendo y las armas del chico.