9 de marzo de 2010

La Noche del Cetrero 11

-Señor… no quisiera meterme donde no me importa pero yo soy…

-Te metes donde no te importa, soldado. Ahora ve a preparar algo a otra parte, lo que sea, quiero hablar un momento a solas con mi aprendiz.

-Pero señor… el rey…

-Al rey no le importará que dé unos consejos a mi sirviente. Oerges no es estúpido y sabe que mis consejos nunca son ofrecidos de más. Ahora ¡vete! ¡Déjanos solos!

El soldado se marchó con una reverencia y un reniego airado que el cetrero prefirió obviar, en otros tiempos lo habría partido en dos con la espada que tenía en las manos por el mero hecho de protestar.

-¿Y bien? ¿Qué estupidez es esta? –preguntó Margall a Roland tras sentarse sobre un cajón de madera y dejar la espada en el mismo lugar en el que había estado apoyada instantes antes.

-Yo… me he ofrecido voluntario para ir a Bidem. Los Drauks van a…

-Lo sé. Estoy al tanto, no hace falta que me des tantas explicaciones, quiero saber por qué te has ofrecido voluntario, ¿estás loco? ¿Acaso no te he explicado bien lo que les sucede a los estúpidos? ¿No te hablé del bosque?

-Sí, señor… y aunque no me hubieses hablado de él yo temería a las criaturas que pululan bajo la luna llena igualmente, lo he hecho desde niño… yo… ¡no quiero ir! –el tono de voz de Roland se volvió suplicante a medida que hablaba, parecía un niño tembloroso despertado en medio de una pesadilla.

-Es tarde para eso Roland, el rey ha preparado todo, estás vestido con las ropas de su hijo… no puedes echarte atrás. Ya no puedes hacerlo.

-Pero maestro, ¿qué voy a hacer? Me matarán en el bosque, me arrancarán la piel a tiras, me asarán en un caldero para devorarme y luego se llevarán mi alma como recuerdo al Infierno…

-Eso haberlo pensado antes de hablar muchacho. Te advertí que no abrieses la boca en presencia del rey, te lo dije. Sólo tenías que llevar los mensajes, sólo eso…

-Pero si intercedéis por mí estoy seguro de que el rey aceptará vuestro consejo, siempre lo hace…

-Esta vez no lo hará, lo sé. Tiene que justificar ante sus hombres que ha hecho todo lo posible por la aldea… y perder a un aprendiz de cetrero no es un precio demasiado alto para conseguirlo.

-Pero señor… ¡me van a matar!

-Lo siento Roland. Yo no puedo hacer nada… es muy tarde. Sólo te puedo dar un consejo… o dos, aparte de darte una espada más pequeña que esta de ahí –señaló el enorme espadón que el guarnicionero había pretendido envainar en el cinturón de Roland-, una que no te haga caer del caballo al menor traspiés.