22 de marzo de 2010

La Noche del Cetrero 12

El muchacho lloró, suplicó e imploró a su maestro que le librase de aquel destino que él mismo se había buscado haciendo que Margall perdiese cualquier ápice de respeto que guardase aún por él tras dos años con él de siervo. La verdad era que Roland no era ni honorable ni habilidoso, tampoco era una persona demasiado inteligente. Para el cetrero, su aprendiz era un idiota, uno más de los muchos que vivían en Sarberk. En el tiempo que llevaba a su cargo había cometido más torpezas que un hombre normal en toda su vida. Era deslenguado y maleducado, no era demasiado limpio y sus habilidades se limitaban a entenderse de un modo muy especial con los halcones a su cargo, sólo cuando tenía un halcón en las manos se ganaba el respeto de su mentor, el resto del tiempo era un incordio para él. En los años que llevaba como maestro cetrero había tenido a su cargo a una decena de jóvenes más disciplinados, válidos e inteligentes que él, incluso el príncipe había querido aprender el arte de los halcones, aunque ninguno había sido aceptado por sus aves, más tarde o más temprano todos habían sido rechazados por ellas, todos excepto Roland, ese joven impetuoso y atontado que parecía ser el único habitante de Sarberk que entendía a las aves como él… incluso Salomón, el halcón peregrino, el misterioso halcón que llegó un buen día al castillo tras una noche de luna llena, que llevaba con él, sobrepasando con creces su esperanza de vida, más de treinta años, había admitido gustoso la presencia del chico.

Roland era un imbécil en muchos aspectos, un torpe y un haragán, pero a Margall le apenaba perderle como aprendiz, estaba seguro de que, con el paso del tiempo, habría hecho de él un hombre de provecho…

Sin embargo, ante la voluntad del rey ni los ruegos de un anciano consejero tenían valor alguno, la suerte de Roland estaba echada y en parte el cetrero se alegraba de ello, porque ésa era la mejor lección que el joven tendría jamás, aunque era probable que la sabiduría que podría acumular tras esa aventura acabase esa misma noche, con su muerte. Nadie en Sarberk había abandonado jamás la seguridad ofrecida por sus murallas en noches de luna llena, y se sabía de insensatos forasteros que sí lo habían hecho por desconocimiento o por arrogancia, que habían desaparecido para siempre entre la espesura del Bosque.

Tras la larguísima conversación entre aprendiz y maestro a Roland le quedó la sensación de ser ese cerdo del que había hablando Margall en presencia de Landruat, se encaminaba directamente al matadero y no había forma de escabullirse. Mientras recorría los infinitos corredores de la fortaleza, dejando que sus pensamientos se perdiesen en las estrellas que se dejaban ver en el cielo luminoso de la noche a través de pequeños ventanucos alargados por los que se colaba un frío de mil demonios, el joven vestido completamente de negro rememoraba los consejos ofrecidos por su maestro. A cada paso que daba se golpeaba en el costado con la hoja plateada de la espada que llevaba en la vaina, bastante más pequeña que la que el soldado quería haberle dado y que él había dudado ser capaz de levantar siquiera. Le dolía el muslo donde la espada le golpeaba en cada bamboleo. ¿Cómo hacían los que la llevaban siempre encima para caminar de un modo cómodo y no tan doloroso?

Como hacía siempre que estaba nervioso escondió la cruz de madera en el interior de su puño enlutado, lo hizo tan fuerte que se hizo daño en la palma y recordó el primero de los consejos que Margall le había dado, el viejo le había aconsejado que, en caso de encontrarse en el bosque con alguien, quienquiera que éste fuera, procurase que no viese esa cruz. El cetrero le había dicho que las Criaturas de la Luna odiaban las cruces, pues un gran número de ellas habían perecido bajo el auspicio de la cruz en el pasado… el segundo consejo que le había dado el anciano era aún más sobrecogedor, le había dicho que no se detuviese ante nada, que no mirase atrás, que espolease a su caballo desde Sarberk hasta Bidem sin descanso, aunque ello supusiese la muerte del corcel. Dos consejos que más que ayudar a Roland lo habían sumido en un terrible estupor.

Nunca en toda su vida había estado tan aterrado.