30 de abril de 2010

Una coincidencia


Fue una coincidencia, algo casual y no planeado, pero fue perfecto. Nos quedamos solos en el bar, tú y yo, sin nadie a nuestro alrededor a pesar de estar en un lugar repleto de gente, fiesta y música altisonante. Apenas nos dimos cuenta, pues nos habíamos ido acercando más y más durante la conversación, pero al final incluso nuestro amigo más persistente había desistido en hacerse un hueco en nuestra burbuja, todos se marcharon y nos dejaron solos, a los dos.

Yo estaba más risueño y elocuente que de costumbre, seguramente porque andaba algo borracho después de la media docena de cervezas que al día siguiente me harían volver a pensar que esa noche era la última vez que probaba el zumo de cebada fermentado. Quizá por eso me aferraba con fuerza a la profundidad de tu mirada, a tus sonrisas y me dejaba caer en la noche aterciopelada de tus ojos, en la tonalidad de tu piel, en cada uno de tus gestos y palabras.

No sabía si podría afirmar que me estaba enamorando, pero desde esa noche, desde ese mismo instante lo supe, eras mi tablón en un naufragio, eras mi refugio.

En la oscuridad te vi mirarme con el mismo anhelo que yo te demostraba y te besé en los labios, perdiéndome para siempre en tus canelas, en tus sonrisas. Entonces te marchaste y me dejaste varado en mi tormenta, desolado. Nunca volví a tenerte entre mis brazos, a besarte, pero jamás pude olvidar el suave dulzor de tus pétalos sonrosados.


Vaaale, sé que es un poco pastel, pero es un ejemplo de microrrelato para el concursillo de microrrelatos románticos que hemos montado en Castillos en el Aire, ¿te apetece probar a ti? Pues hala, pincha aquí y escríbenos algo.