8 de junio de 2010

La Noche del Cetrero 14

Desde una de las torres más elevadas del castillo Margall oteaba el triste espectáculo de la partida de su mejor aprendiz, lo que adivinó más que vio desde arriba le provocó un profundo malestar, aquella gente despedía al chico como si fuese un héroe, todos y cada uno de ellos sabía que el joven moriría atrozmente en el bosque y nadie intentaba evitar que se marchara. El anciano sabía que esa chusma, rey incluido, sólo estaban limpiando sus conciencias, enviar al mensajero era como afirmarse que se había hecho todo lo posible por defender la aldea, pero en realidad nadie quería que se salvara, ni el chico ni Bidem. Cada vez quedaba más claro para todo el mundo que Sarberk sufriría un largo asedio y aunque tanto las bodegas como los almacenes estaban repletos y había reservas para casi un año entero de sitio, todos calculaban, todos hacían cábalas para saber cómo podrían vivir más holgadamente en caso de verse sitiados por los demonios. Y en esos casos, contra menos gente hubiese dentro de las murallas, mejor.

Salomón se retorció en sus manos y Margall se sorprendió, pues el diminuto halcón peregrino jamás se había comportado de un modo semejante, levantó la capucha con la que cubría su cabeza y le miró a los ojos, preguntando al animal qué le sucedía tal y como lo haría con una persona. Otros animales no respondían a estímulos semejantes, pero Salomón era especial, se hacía entender mejor que muchos hombres sin necesidad de emitir una sola palabra.

El halcón dirigió su mirada hacia el bosque, después volvió a mirar a los ojos de Margall y una vez más se retorció mientras miraba de nuevo al bosque. Al anciano cetrero no le cupo ninguna duda de lo que el ave quería.

-Ha sido un placer –susurró con un suspiro mientras desataba los correajes que sujetaban las patas del halcón a su guantelete de cuero arañado y viejo.

Una vez se vio en libertad y despojado de cualquier atadura humana, el halcón se elevó por los aires y dedicó un último picado vertiginoso a su viejo amo, después sobrevoló veloz la torre, describiendo veloces círculos a su alrededor y se marchó como un relámpago, atravesando las puertas abiertas de muralla y barbacana antes de que éstas se cerrasen aguardando el alba. Salomón trazó el camino que seguía el caballo de Roland y en unos minutos se encontró volando a pocos metros del aprendiz, aunque ni este ni su montura se percataron de ello.

Los cascos acolchados de su montura levantaban ecos acuosos del profundo foso semivacío, de aguas oscuras y siniestras donde se reflejaba la redondez de la luna, que rodeaba la muralla, el rastrillo de la barbacana estaba subido, con las cadenas que lo sostenían en tensión, preparadas para cerrarse en cuanto él las hubiese atravesado. Los puños levantados y los jaleos de ánimo que le dedicó la guarnición encargada de defender ese primer baluarte de Sarberk, sus gestos acerados y sus ojos adheridos a su figura embozada le indicaron que por mucho que uno sea un cobarde o un inútil siempre será un héroe para aquéllos que te consideren como tal. Roland era un héroe a su pesar, un símbolo frente a los Drauks y el terror que impregnaba los ánimos de toda la fortaleza, un mártir con el que espolear a los soldados.

Una vez a la intemperie, alejado ya de castillo, muralla, foso y barbacana, fuera del alcance la vista de los uyos, ajeno a toda protección e iluminado por la luna el aprendiz de cetrero supo que su error ya no tenía marcha atrás. Ahí comenzó su pesadilla.

1 comentarios :

Yosu Rc! dijo...

Ya se echaba de menos a este personaje...
Me lo guardo en doc y lo leo más tarde.