23 de julio de 2010

La Noche del Cetrero 15


Parte I


Lo primero que pensó en cuanto el caballo enfiló un camino que conocía a la perfección, fue llevar a cabo su plan de dejarse caer del animal y refugiarse tras un tronco lo suficientemente grueso como para proporcionarle cobijo, pero tras comprobar la velocidad de su viaje y la oscuridad cada vez más profunda de la espesura amenazante, se dijo que lo mejor sería procurar no pensar en aquello que recorría el bosque en noches de luna llena e intentar alcanzar la aldea de Bidem lo más rápido posible. El viaje sólo duraría un par de horas, sólo tenía que aguantar a lomos de su corcel y dejarse llevar a toda velocidad a través de la arboleda, con suerte, antes de que ninguna criatura supiese que él rondaba por allí ya habría alcanzado su destino. Cerró los ojos en cuanto su imaginación comenzó a jugarle malas pasadas, creía ver figuras revoloteando entre los tallos anudados de los robles y las encinas, además, no precisaba ni guiar al caballo, pues éste conocía el camino a la perfección, si le dejaba correr llegaría pronto su destino, Roland sabía que el caballo estaba tan aterrado como él y por tanto, tenía tanta prisa por llegar como él de refugiarse donde fuese.

Roland siempre había temido a la noche, odiaba la oscuridad y el bosque era el lugar más oscuro que había conocido en toda su vida. De pequeño pasó una noche en el bosque, gracias a la broma sin gracia de uno de sus compañeros de hospicio, por suerte había sido una noche sin luna y a excepción de los aullidos de lobo y las correrías de zorros y jabalíes que le habían impedido dormir, no había sufrido ningún incidente. En las noches sin luna llena el Bosque Fronterizo era una arboleda más, tan peligroso e inhóspito como cualquier bosque en la noche, con manadas de lobos merodeadores en busca de presas y con osos, con agujeros invisibles en los que cualquiera podía caer a un pozo y peligros ocultos en cada trocha, nada demasiado aterrador para un joven campesino como lo era él. Pero con luna llena el Bosque era una trampa mortal, nadie había sobrevivido a una noche de luna, o al menos nadie que conociese ningún habitante de Sarberk. Tampoco nadie sabía qué era lo que había allí, sólo conocían las leyendas sobre las bestias infernales que pululaban por la espesura en busca de incautos a los que devorar y torturar hasta la muerte, se hablaba en el castillo de aquelarres y orgías monstruosas, se ponía nombre a las criaturas de la luna aunque nadie las hubiese visto nunca. Roland conocía todas y cada una de aquellas leyendas e historias de terror que circulaban sobre el Bosque y cada una era más aterradora que la anterior.

Abrió los ojos de golpe, ¿había escuchado su nombre? Se arrebujó aún más en su capa y espoleó a su caballo, a pesar de que éste ya galopaba a la velocidad del rayo, levantando polvo en el camino y cerró nuevamente los ojos, con fuerza, como si no ver aquello lo hiciese menos peligroso. Se encogió y comenzó a musitar una oración, recordando que no había acudido a su cita con el Capellán, lo que sin duda éste consideraría una afrenta que podría llevarle a la cárcel… o a la hoguera.

Volvió a escuchar su nombre ¿o eran imaginaciones suyas? Y recordó las historias de los guardias de la barbacana que hablaban de gritos y alaridos estremecedores cada vez que había una noche de luna llena, de llantos de niño y rugidos de madres, de voces que llamaban a los guardias con la intención de atraerlos hacia el bosque. Hacía tan solo un par de meses desde que un guardia había abandonado su puesto de guardia atraído por una voz femenina que le invitaba a vivir una noche de amor bajo la luna… de él sólo encontraron un brazo horriblemente mutilado, mordisqueado por una criatura que nadie pudo determinar.