25 de octubre de 2010

Hoy te escribo sin razones...


Hoy me apetece escribirte aunque no tenga razón alguna para hacerlo ni apenas nada que contarte. Sólo quiero saberte ahí, en las lagunas desiertas de mi memoria, cobijada entre la hierba de mis praderas de colores, aguardándome. Adivinarte, como si pudiese modelarte sólo con pensarte entre mis brazos y crearte de la nada o traerte a mí con un suspiro enmudecido y amarte para siempre y besarte. Crearte de una hoja en blanco con mi pluma y saber que nunca estarás demasiado lejos, pues bastará una simple frase para hacerte regresar. Una palabra sola. Me basta con eso, con saber que estás cerca, aunque sea en el recuerdo, aunque sea imaginada, aunque no seas más real que mis anhelos más idiotas. Puede que te rías de estas palabras, al leerlas, que te haga enojar o te diviertan, pero el mero hecho de evocarte me hace pensar que estás aquí, a mi lado, en este instante, aunque te sepa bien lejos y para siempre perdida en el desierto de mis indecisiones.

Hoy me apetece escribirte, sin más. Sólo escribirte para no contarte nada, sólo teclearte estas palabras que se perderán en el viento, como terminan perdiéndose los vapores acuosos incapaces de formar nebulosas agrupadas en el cielo, como terminan perdidas las gotas de las nubes caídas sobre el mar. Me gustaría poder contarte algo, explicarme, gritar razones a mis congojas inventadas, pedirte una palabra necesaria, una condena, lo que fuera con tal de no callarme siempre, de no esconderme, de no ser piedra en la montaña, de no ser nada.

A veces la congoja me sonroja y me hace pensar que soy valiente, me incita a llamarte a voz en grito y a pedirte que te vengas a mi lado para siempre. A veces me siento poderoso y gigante y huracán y tormenta y certeza y garra, pero siempre regreso a mi presente y me hago pequeño y melindroso y poco a poco me encojo hasta ser poco más que nada. Siento en mí una fuerza que no comprendo y que soy incapaz de soportar y que se pierde siempre en los rincones, que se marcha. Y me escurro entre mis propias manos, como agua.

El otoño se acerca, lo presiento y sé que mi primavera no ha sido esplendorosa y sigo como siempre, sin llegar a decirte nada. No te grito, no te llamo en el silencio donde nadie pueda oírme más que tú, no te dibujo aquí, a mi lado, con palabras. Temo incluso lo que escribo, lo que hago, lo que pienso. Temo ser más de lo que digo y lo que hago, temo ser más de lo que temo.

Y sólo a veces, cuando olvido el miedo a la batalla, cuando mi mano se siente firme entre temblores, cuando mi voz no se retiene en mi garganta, sólo a veces, me atrevo a gritar que ya eres mía y a pintarte en mis azules, te tecleo sin borrones y sin pensar en el vacío bajo mis pies. Esas veces te encuentro, musa extraña, desconocida aunque te sepa rondando siempre mis amagos y al hacerlo te sé perfecta, amiga, extraña y te modelo entre mis brazos y te beso y te conviertes en un caudal profundo entre mis dedos que se derrama en mis escritos y se queda impregnando mi mundo sin notarlo y no se borra y no se olvida.

Siempre estás ahí, musa incierta, batalladora, frágil, aunque te vistas con pieles de guerra y te pintes con carnes de batalla. Siempre estás ahí y aunque te venza hoy y te destierre, sé que, como siempre, volverás a venir mañana. Como una melodía que nunca se olvida...

1 comentarios :

Anónimo dijo...

has puesto palabras a mis sentimientos de hoy....