25 de octubre de 2010

Un hombre especial



No era un fantasma quien surgió entre la niebla, era Walter y como siempre sucedía le seguí hasta el tugurio acostumbrado, sin importar de dónde venía, obviando el olor a colonia de otra o su tosco saludo, todo el mundo seguía a Walter y yo no era una excepción.

Pidió su bebida sin levantar la voz a pesar del tumulto, el camarero acudió solícito, como si su voz fuese una alarma que anunciara una cita ineludible. Walter era especial, se le podía atribuir casi cualquier atributo interesante. Siempre bebía ginebra, con una ligera pizca de limón para amargar su sabor seco y distante.

Lo que Walter no sabía era que, mientras él dedicaba las veinticuatro horas del día a desentrañar los casos más grotescos y a investigar los peores crímenes, a ser especial e interesante, el que terminaba calentando mi cama vacía era el camarero que le servía dócilmente su ginebra con un ligero toque de limón.