5 de noviembre de 2010

Muerte...

Un latido resonó en el pecho del moribundo y le hizo sonreír justo antes de ver las pecas de la Muerte asomando tras la esquina.

Y la muerte respondió a su sonrisa, envolviendo su alma con sus relucientes ojillos azul turquesa y el manto de sus cabellos rizados.

El niño entonces dio la mano a la Parca y se sintió feliz, protegido por aquellas pecas y aquellos rizos dorados. Juntos caminaron hacia el otro lado de la existencia, sin miedo, de la mano...