#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

29 de enero de 2010

El próximo libro para El bosque de las palabras


Esta misma semana he terminado de leer este estupendo (y lioso) libro de Anne McCaffrey. Buceando por internet me he dado cuenta de que es un libro "importante" y que su autora es una de las referencias mundiales de la literatura fantástica (lo que me vuelve a demostrar que cuanto más sé de este tema más verde me siento...).

En fin, la novela se desarrolla en un mundo en declive, con un misterio sin desentreñar y con los antiguamente esplendorosos Jinetes de Dragones vilipendiados por la gente "normal". Ya que hace casi cuatro siglos que nos son "atacados" por los enemigos ancestrales que explicaban su existencia.

En fin, que el libro es el primero de una saga sobre ese extraño mundo de Pern (de lo que también me he enterado más tarde gracias a Tito Google), aunque investigaré más para contarlo mejor el martes en el Bosque.

28 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 6


Ambos callaron un instante y después se rieron a carcajadas. Por un instante olvidaron las preocupaciones, la guerra, la muerte que se avecinaba inclemente, sus miedos… por un minuto olvidaron quiénes eran y se entregaron al compañerismo, a la amistad, a los recuerdos de cuando sólo eran dos aprendices de guerrero y todo era mucho más sencillo, para Roland fue una revelación aquel abrazo y aquellas risas, fue la constatación de que su rey era un hombre, como él, sólo un hombre que precisaba de consuelo como el niño lloroso que busca a la madre o el amante que se encuentra con su amada perdida. Aquella noche, Roland aprendió que los nobles eran hombres, solamente y eso fue algo que no olvidaría nunca.

Tras ese remanso de paz, Rigrard y Oerges hablaron largo y tendido sobre el irremediable avance de los Drauks, sobre la endeble defensa que podían trazar para contener en la medida de lo posible a los diablos y dar una leve oportunidad a los reinos interiores para prepararse ante su llegada, aunque ambos coincidían en que no había nada que hacer, el mundo civilizado estaba perdido. Según las informaciones de Rigrard, los demonios se contaban por millares, nadie sabía de dónde habían surgido y muy pocos afortunados habían salido con vida de un enfrentamiento directo con ellos. El propio general se había enfrentado a los monstruos y había sido el único superviviente de una mesnada de cincuenta hombres, matar a uno sólo de esos engendros era una tarea inmensa, enfrentarse a un ejército de ellos era impensable.

-Y sin embargo, tiene que haber alguna forma de matarlos. No puedo creer que estemos condenados.

-Eso creía yo Oerges, pero he luchado contra esas fieras, créeme, no hay modo alguno de detenerlos, ni por mediación de la magia ni de las armas. Si les arrancas un miembro les vuelve a crecer, sus heridas se cierran en segundos, las estocadas sólo los detienen unos minutos, sólo mueren si consigues cortarles la cabeza y resulta casi imposible hacerlo para un hombre…

-¿Y los rezos y cruces que pregona tu hermano?

-Pregúntale a él. Llevamos con nosotros a tres hermanos de su orden sacerdotal, iban armados con sus cruces y con sus aguas bendecidas, iban vestidos de blanco inmaculado y conocían los ruegos, los rezos… eran lo mejorcito de su iglesia. Además, he de admitir que eran valientes y tenían una fe ciega en su Dios… pero éste les dio la espalda. Su osadía les llevó a adelantarse a nuestro ataque, te repito que su fe era ciega, no tenían discernimiento propio, mi hermano les había lavado el cerebro de tal forma que realmente pensaban que detendrían a los engendros. No vieron que ante ellos se erguían bestias de músculos imposibles y casi tres metros de altura, no vieron sus garras afiladas ni sus colmillos, no vieron que se les venía encima la muerte. Murieron de una manera atroz… y sus túnicas cayeron empapadas en sangre.

-Y aun así continúa en sus trece, ¡maldita sea!

-Lo sé, creo que él también cree firmemente en lo que dice…

-Vayamos a asuntos más importantes por el momento. Acabo de recibir un mensaje de Rögar, los Drauks están a menos de una jornada de viaje de Bidum, no creo que sobrevivan al amanecer y no hay forma de avisarles, la noche ha caído…

-¡Maldita sea! –ahora fue Rigrard el que maldijo- no podemos dejar que los aldeanos sean sorprendidos por los Drauks, será una masacre y Rögar no puede abandonar su puesto...

-No creo que Rögar esté vivo… su mensaje era apresurado y estaba teñido de sangre… -el rostro de los dos hombres se ensombreció ante la constatación de la pérdida de un hombre como el capitán de los puestos fronterizos avanzados, uno de los guerreros más cualificados de Sarberk.

-¡Eso no quiere decir nada! –argumentó Rigrard, más intentando convencerse a sí mismo que pensado realmente en lo que decía- Rögar es un guerrero experimentado, seguro que no se dejará matar fácilmente… volverá. Deja que envíe a dos de mis guerreros a avisar a la aldea de Bidum…

-Sabes que no se puede salir del castillo en noches de luna llena.

-Esos hombres se han enfrentado con demonios y engendros que harían empalidecer a los Habitantes de la Luna, podrán atravesar el bosque y llegar a tiempo a Bidum…

-No, no podrán hacerlo y lo sabes. Nadie ha atravesado el bosque de noche y con luna llena, ni siquiera los Drauks osarían hacerlo. Además, necesitamos a todos los hombres disponibles en Sarberk para resistir todo lo posible ante los Drauks, no podemos perder un solo combatiente. La suerte de Bidum está echada.


La resignación y el desánimo se adueñaron del salón, un frío muy superior al de la noche invernal se instaló en la estancia, los dos hombres cerraron los ojos y hundieron sus hombros, Oerges incluso murmuró una oración pagana por los caídos, por los inocentes que morirían en la aldea, por las víctimas de los demonios que poblarían los suelos pisoteados de Bidum.

23 de enero de 2010

Llanto por Haití


Alaridos sofocados por escombros,
cenizas negras,
lluvia empedrada de agonía
cayendo furiosa sobre un blando firme ya enlodado,
muerte,
dolor terrible,
pena y llanto,
miseria, gritos que por fin son escuchados
cuando ya es tarde,
como rescoldos apagados
de una llama consumida
avivados de repente,
efímeras ayudas llegando apenas
y muriendo casi al punto de nacer,
dejando leves suspiros a su paso,
desolación,
derrota,
tristeza y mugre,
deshonra de los hombres,
niños perdidos por las calles derruidas,
tambaleados por el temblor grabado en sus entrañas,
ojos que apenas abiertos ya han visto demasiado,
olor insano aferrado para siempre en sus retinas,
calores insufribles sin forma de apagar la sed,
sin sentido, sin respuesta ni esperanzas,
un pueblo apaleado hasta la muerte,
visto sólo a través del grito aireado
por los escombros sangrientos y enlutados,
que su estridente alarido de pesares,
su agonía,
no sea otra noticia ya pasada,
no se torne en un suspiro contenido,
no se olvide,
que no la desterremos a la sombra
de nuestras conciencias blanqueadas por limosnas,
olvido,
desastre,
pueblo roto,
que las cenizas negras se te impregnen
y no nos dejen olvidar tu pesadumbre,
nación mutilada: suelta el llanto,
que todos sepamos de una vez
sentirnos responsables de este mundo
y no dejemos que una nación sea tan pobre
como para no poder dar aliento a sus familias,
aprendamos de una vez
que todos tenemos parte en esta culpa,
en esta muerte,
en esta tragedia de gris y desamparo.



23 de enero de 2010

Ya os he comentado en muchas ocasiones que no considero que haga buena poesía, sólo me pongo a juntar palabras, pensamientos, sentimientos... y bueno, pues eso, que prefiero no sentir demasiado lo que escribo. He intentado alejarme todo lo posible de la catástrofe de Haití, no he profundizado demasiado, no he visto demasiado las noticias... no sé por qué, pero ver a los niños o pensar en ellos caminando por las calles derruidas de su país, totalmente desorientados me duele en lo más hondo. Por eso hoy he decidido escribir estos versos. Bueno, en realidad no lo he pensado, simplemente esta mañana, mientras conducía, se me ha venido a la cabeza la figura de la Ceniza Negra... y ya no he podido parar, he cogido mi cuaderno, me he parado en un lado de la calle y me he puesto a escribir... en fin. Aquí tenéis el pobre resultado.

He de decir que hoy, al acabar, me ha pasado algo muy extraño que no me suele pasar nunca cuando escribo poesía (o muy pocas veces), al terminar me he sentido mal, vacío, desolado... casi hasta con ganas de ponerme a llorar. No sé si en el poema digo todo lo que siente, pero creo que algo de mí se ha quedado en él. Os dejo un pedazo de mi lamento por Haití, que no es el más ruidoso, ni el más solidario, ni el más sentido, es simplemente el mío.

Aunque hago extensible este lamento a los países que ahora mismo tenemos olvidados por la primicia del terremoto, no podemos olvidarnos de ninguno, como digo entre mis versos, estamos obligados a acordarnos...

21 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 5

-Esta vez no estaba seguro de que volvieses con vida amigo mío.

-Ya sabes cómo soy –dijo Rigrard haciendo un guiño y esbozando una muy leve sonrisa, no eran tiempos para sonreír- me gusta aguardar al final de la batalla, sabes que no dejo atrás nunca a ninguno de mis guerreros mientras continúan con vida.

-Lo sé amigo, lo sé, ¿hemos sufrido muchas pérdidas?

El rostro del guerrero se ensombreció y para Roland fue como verle envejecer cien años en apenas un segundo, por un momento, el porte marcial de Rigrard desapareció, dejando en su lugar sólo un hombre entristecido.

-Perder un solo caballero frente a esos monstruos ya es doloroso y un precio demasiado grande por nuestro valor, pero me temo que antes de que caiga la noche de mañana serán muchos los caballeros que partan a Lumes, donde combatirán por siempre por el bien de este mundo.

-Espero que tu hermano no te oiga decir eso, te quemaría por hereje y por pagano…

-Lo sé y no me lo escuchará decir jamás, aunque sabe tan bien como yo en lo que creo. Por cierto Oerges, ¿qué le has dicho? Me he cruzado con él al entrar en el castillo y apenas me ha saludado.

-Le he dicho lo que opino sobre sus ideas para acabar por los Drauks…

19 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 4

.
Roland estaba aterrado, contrariar al rey era una osadía, por eso no se había marchado corriendo de allí en cuanto había entrado el santísimo capellán, pero enemistarse con Monseñor Ladruat era prácticamente una sentencia de muerte. Su piel se tornó lívida y sus manos temblaron incontroladas, tuvo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo a pedir clemencia al capellán o coger la cruz que colgaba de su cuello y llevarse a los labios.

Oerges hizo pretensión de decir algo más, pero en eso preciso instante entró en la sala Lord Rigrard, el primer oficial del ejército de Sarberk. Rigrard era un caballero temible, además de hermano de Ladruat, lo que confería a su figura un aire aún más siniestro y estremecedor para cualquiera que fuese inferior a él. El parecido con el capellán eran tan fuerte que Roland no pudo contener un escalofrío, la única diferencia notable entre el rostro del noble y el del clérigo eran los ojos, pues los del guerrero eran negros como el azabache y su agresividad estaba remarcada por dos gruesas cejas oscuras. A diferencia del capellán, que era totalmente calvo, el caballero poseía una robusta mata de pelo que bailoteaba al compás de sus pasos que ahora estaba empapada y cubierta de barro. Los pasos del primer oficial del ejército real se acompañaban de tintes metálicos producidos por su armadura, embrutecida por el uso, pero aún imponente.

Roland pudo ver abolladuras y golpes en algunas zonas del metal que cubría por entero el cuerpo del Lord y se sobrecogió al pensar que éste hubiese sobrevivido a tales impactos, se decía que no había un guerrero en todo el mundo conocido que hubiese sido herido gravemente más veces que Lord Rigrard, y no precisamente por su ineptitud, puesto que era un formidable adalid, sino porque siempre iba a la cabeza de las tropas a su mando, nunca permanecía en la retaguardia, lo que para algunos hablaba de su arrogancia y estupidez y para otros de su osadía. De lo que no había duda alguna era de que los hombres y mujeres a su cargo respetaban a Rigrard y cualquiera de ellos daría su vida gustosamente por él.

La figura de Lord Rigrard era tan delgada y de apariencia tan escurridiza como la de su hermano, pero debajo de la coraza oscura y los ropajes negros, debajo de su capa violácea empapada y sus botas de cuero, escondía la fuerza de un ogro y la furia de un ciclón. No había humano alguno capaz de oponer su espada a la del general de la Ciudad de la Frontera ni arma más legendaria y mortífera que la esgrimida por sus manos refugiadas en guanteletes de acero.

La mirada de Rigrard era franca, no era persona de dobleces ni de intrigas, por eso gozaba de la plena confianza de Oerges. Haciendo caso omiso de la presencia de Roland el paladín se acercó al rey ofreciéndole un cálido abrazo que éste aceptó gustoso.

18 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 3

.
-Corre –dijo el monarca- corre a esconderte en tu oscura iglesia, sabandija. Creo –siguió hablando, aunque esta vez dirigiéndose al joven halconero- que te acabas de ganar un peligroso enemigo jovencito, no creo que al bueno de Ladruat se le olvide nunca tu rostro, lo siento, no he podido contenerme, llevaba meses deseando hacer esto, pero no ha sido hoy, que está todo ya perdido, que me he atrevido a hacerlo realmente.

-Pero señor… yo no he hecho…

-Ya, ya sé que tú no has hecho ni dicho nada, pero ese monje se ha marchado corriendo y con el rabo entre las piernas, creo que nadie le había humillado nunca así, ni creo que lo haga nadie en el futuro… -el monarca esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa- y tú has sido testigo. No, ten por seguro que Ladruat te recordará siempre.

16 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 2

.
-¡No! –Rugió el monarca de pronto, que se irguió cuanto pudo en su trono y aferró con furia la muñeca del capellán. Roland estaba aterrado, no podía comprender qué pasaba pero lo que sí sabía era que su presencia en el salón del trono resultaba de lo más peligrosa para él, intentó escurrirse de allí, pero el rey soltó de manera brusca al prelado y realizó un gesto imperativo con la mirada para que no se marchara. El sacerdote tampoco sabía a qué se debía la reacción del monarca, nunca nadie le había tratado de ese modo, nunca nadie le había dicho que no… su furia era infinita, traspasaba su gesto siempre crispado de odio, Roland supo que de tener la oportunidad de hacerlo habría calcinado allí mismo al rey por su osadía, aun así Ladruat recuperó la serenidad en un instante y adoptó una actitud aparentemente respetuosa.

-Tenemos que encontrar a sus colaboradores, estoy seguro de que detrás de esta invasión hay algún confabulador o alguna bruja, ya sabéis que los tratos con el Diablo atraen todo tipo de desgracias, seguro que, si me lo permitís, encontraré a los conspiradores…

-¡Basta! –La voz del rey resonó en toda la sala, el gobernante acompañó su grito con un movimiento de su cuerpo, se levantó y extrajo su espada, cuyas hojas llamearon con el reflejo del único hogar encendido de todo Sarberk. Ese movimiento recordó a Roland que Oerges seguía siendo un guerrero joven y poderoso a pesar de su aspecto senil y avejentado. Ladruat también pareció recordarlo de pronto y tembló de pavor bajo la amenaza del metal forjado y curtido en más de cien batallas, pareció encoger. El cetrero jamás olvidaría aquella imagen, la del legendario rey Oerges amenazando a la figura empequeñecida del siniestro Monseñor Ladruat.

-Oerges, no vuelvas a amenazar a la Santa Madre Iglesia –susurró Ladruat, aún temblando de miedo tras alejarse prudentemente del rey y señalándole con uno de sus dedos largos, como había hecho en cientos de ocasiones en los juicios en los que acusaban a campesinos de herejías-, o tu alma arderá para siempre en las llamas del Infierno.

-¿Acaso no te has dado cuenta de que lo haremos igualmente monje estúpido? Todos arderemos en el Infierno en unas horas, incluso tú y tu estúpida arrogancia. No creo que tu Dios te perdone el haber asesinado a tantos y tantos inocentes.

-¡Herejía! –ahora fue Ladruat el que gritó, como poseído por un odio infinito hacia aquel que osaba levantarle la voz y acusarle públicamente de algo que, para él, eran infamias y mentiras- no niegues la palabra de Dios, rey Oerges, o serás condenado y quemado como los demás, aunque seas un rey, ante la palabra de Dios no hay réplica alguna.

-Puede que ante la palabra de Dios no la haya, pero sí ante la tuya, tus crímenes han sido los que han provocado la invasión, no me hables de la palabra de Dios porque tú no la representas. Tu iglesia y sus ansias de conquista han sido las que han enfurecido a los Drauks… por vuestra culpa han muerto miles y morirán millones, no me hables de Dios ni de su palabra Ladruat, porque si existe un Dios allí arriba, estoy seguro de que conocerá tus pecados y te condenará por ello, igual que nos ha condenado a todos.

Ladruat hizo amago de responder a las palabras de Oerges, pero algo hizo que se callara y se marchara veloz, al abrir la puerta un vendaval amenazó con lanzarlo por los aires, pero la voluntad del prelado fue superior a la furia del viento que sí pudo tirar abajo las últimas copas de plata que permanecían en pie en la mesa del salón. Antes de cerrar el portón de nuevo, el Capellán miró desafiante al rey y con un odio inmenso al atenazado cetrero, después cerró con un portazo, dejando solos al monarca y al vasallo.

15 de enero de 2010

La Noche del Cetrero 1

.
Roland escuchó el aleteo de un ave. Sus años de entrenamiento y de servicio le indicaron que se trataba de un halcón y sus sentidos se pusieron alerta, a esas horas, a la caída de la noche, ningún halcón silvestre traspasaría las murallas de Sarberk, pues preferían andar de caza o dormitando bajo el cobijo de alguna rama frondosa. Sólo había un halcón que osara atravesar los míticos granitos y mármoles de la Ciudad de la Frontera sin temer ser atravesado por una flecha de coloridos penachos y ese no era otro que Salomón, el halcón mensajero del rey Oerges. El cetrero real corrió en busca de su guante de cuero y sus cebos, llamando la atención de Salomón para que se posara lo antes posible, el mensaje que traía era de vital importancia, de sus noticias dependían la muerte o la vida de muchos súbditos leales a la corona.

El mensaje era tan importante que obvió la orden de no leer los correos del rey antes que él, lo leyó y lo que encontró en aquella nota repleta de sangre heló la suya, notó que el pelo de su nuca se erizaba: Los diablos estaban ya a las puertas de Bidum. Lo que quería decir que la aldea estaba perdida y que ellos mismos serían sitiados en pocas horas. Además, era poco probable que pudiesen ser socorridos por alguien, la guerra estaba muy avanzada ya y cada cual tenía sus propios enemigos que combatir.

Corrió al Salón de Juntas con el sobre entre las manos, sin tomar la precaución de volver a guardar la nota con la noticia, había asuntos más importantes de los que ocuparse que castigar a un cetrero por leer las noticias del rey antes que él. Oerges pudo leer en el rostro de su vasallo lo terrible de la noticia que portaba, con un gesto preocupado arrebató al halconero la nota y la leyó. Se mantuvo en silencio durante unos minutos que se hicieron eternos y su frente arrugada se pobló de nuevas arrugas preocupadas, sus cálculos habían resultado erróneos y por su error, las gentes de Bidum estaban condenadas, no había forma humana de avisarles del peligro inminente que corrían ni de ofrecerles la nimia ayuda de las murallas de Sarberk para enfrentarse a los diablos venidos del este, los monstruosos Drauks surgidos aparentemente de la nada... o del mismísimo Infierno. Bestias que recordaban a los hombres que su fin era cercano.

Oerges se tambaleó y de no ser por la cercana presencia del fiel cetrero y por las fuerzas que éste sacó de algún punto recóndito de su cuerpo habría caído redondo al reluciente mármol que pisaban, tan blanco como la nieve, límpido como el agua congelada… el rey cerró los ojos con fuerza y agachó su cabeza coronada por las canas en las que se habían tornado en pocos meses sus cabellos ensortijados, cuyos bucles bailaban en los hombros del monarca desde que era niño.

Tras recuperar su estado de ánimo lo suficiente como para sostenerse por sí mismo, se soltó del jubón de Roland y abrió los ojos grises aún con la mirada enfocada al mármol y como si se adelantara a la realidad que sabía sobrevendría a su reino, lo halló encharcado en la sangre y las vísceras de sus guerreros, vio cuerpos desmembrados y cabezas empaladas junto a su trono, la piedra del salón salpicada de pedazos de piel desmenuzada, los tapices que evocaban a sus gloriosos antepasados, su linaje, escupidos y ultrajados por los demonios, todo su reino marchito y muerto, los pocos supervivientes de la matanza convertidos en errantes para siempre, vagabundos en un mundo gobernado por los Drauks… en su tenebrosa visión, Oerges vio el masacrado futuro que le aguardaba a la humanidad y ante el que los Guerreros Fronterizos que él gobernaba nada podrían hacer. Su oposición, las murallas de Sarberk, sus súbditos, sólo serían un leve impedimento para los monstruos que ya habían ocupado Tarlabat, la capital del mundo civilizado y se habían hecho dueños y señores de la Costa Oeste de Tallún. No –se dijo- no podemos oponernos a esos seres llegados del Infierno.

La visión pasó tan pronto como había sobrevenido, Oerges se frotó los ojos con las manos y Roland pudo ver temor en aquellas pupilas enmarcadas por arrugas surgidas en muy poco tiempo. Por lo que dejaba apreciar el rostro del rey hacía mucho que el gobernante de Sarberk no dormía demasiado, su aspecto famélico también hablaba de un largo periodo sin comer todo lo que su atlético cuerpo necesitaba. Oerges era un guerrero, un hombre nacido para la guerra y aun así sus ojos temblaban y sus manos no demostraban que estuviese preparado para la terrible lucha que se avecinaba.

Rolad permaneció en respetuoso silencio, cerca de su rey por si éste necesitaba de sus servicios, aunque el monarca parecía estar en otra parte, sumido en sus propias pesadillas, últimamente parecía que todo el mundo estaba sumido en una pesadilla colectiva de la que era imposible despertar, desde que los Drauks habían aparecido allá en la lejana Menthaes, arrasándola en una sola noche y masacrando a toda su población, todo parecía formar parte de una gran pesadilla.
El rey se alejó unos pasos y se sentó pesadamente en su deslustrado trono, parecía un anciano consumido a pesar de su juventud, pues no llegaba a los cincuenta años de edad, a Roland le pareció la misma imagen de la derrota, con la frente arrugada y el rostro crispado, las manos sobre sus canas, como queriendo contener un profundo dolor de cabeza, los ojos enfocados a la lejanía, casi como si recordasen visiones más felices. La verdad es que todo el salón del trono recordaba a derrota, era como si el desastre ya hubiese pasado y ellos dos fuesen los únicos supervivientes y recorriesen un castillo derruido y saqueado por las fuerzas invasoras. Los encargados de la limpieza de la fortaleza hacía ya semanas que habían huido hacia el interior, integrados en los ingentes grupos de refugiados que huían de las zonas atacadas por los Drauks.

En la Ciudad de la Frontera ya sólo estaban los soldados y caballeros del reino, amén de algunos locos que preferían morir a abandonar sus posesiones. Él mismo se había quedado allí porque no tenía un lugar mejor al que acudir, había nacido en Sarberk y había sido abandonado junto a la Catedral al poco de nacer, fue una suerte que no muriese congelado y que alguien decidiese criarlo y convertirle en vasallo del rey. Una suerte que él no olvidaba, pertenecía al rey y su destino estaba ligado al seguido por su hogar. Si Sarberk caía, él caería y sería sepultado por sus granitos.

La puerta del salón se abrió con un gemido suspirado por sus goznes, dejando entrar parte del gélido ambiente del exterior –sólo había leña para encender fuego en el hogar del salón del trono, el resto era presa del frío invernal-, el Capellán, Monseñor Ladruat, penetró en la sala, con sus ropajes oscuros silbando una melodía susurrada a su paso, caminaba como siempre, veloz como un rayo y firme como una roca, algunos decían que cuando el Capellán caminaba, todo lo que había frente a él se apartaba, ya fuese aire, fuego o tierra. Roland se sobrepuso como pudo y miró en dirección al encargado de la firmeza espiritual y eclesiástica de Sarberk, no pudo evitar sentir un estremecimiento, aquel hombre tenía poder para encarcelar o torturar a aquel a quien considerase un hereje o un insolente, la mera sospecha acarreaba la pena que él decidiese, ante Monseñor Ladruat incluso el gran Oerges era un simple vasallo.

El Capellán vestía una túnica negra que cubría todo su cuerpo y dejaba entrever, debido a lo entallada que era, su extrema delgadez, sus ojos eran azules y vivaces y parecían estar siempre al tanto de cuanto sucedía a su alrededor, sus labios eran tan finos y afilados como su lengua y su oratoria, Monseñor Ladruat era capaz de convencer al más puritano de sus feligreses de que mantenía tratos con el diablo o de que su mujer era una bruja y una ramera, aunque fuese la mujer más virtuosa de la tierra. Tenía un poder de sugestión tan afianzado como los cimientos de la oscura Catedral de Nuestro Señor. No había persona en el mundo que no temiese contrariar al Capellán y Roland no era una excepción. Cuando estaba ya algo más cerca del trono, la nariz ganchuda del prelado se dirigió expectante hacia la figura amedrentada del humilde cetrero, sus gélidos ojos lo estudiaron con detenimiento, como si buscasen alguna falta con la que acusarle de blasfemar o negar a Dios, pero en su estudio se topó con la cruz que siempre colgaba del cuello de Roland y su rostro sufrió una transformación que al muchacho le pareció aún más aterradora que la anterior, una sonrisa taimada afeó el óvalo anguloso del sacerdote, que pareció satisfecho con el resultado de su examen y se acercó al rey, inclinándose junto al oído derecho del monarca y susurrando unas palabras sin apartar la mirada del cetrero.

Bienvenidos a La noche del Cetrero

.

Hola a todos, el otro día, casi con el comienzo del año, empecé a escribir un relato en el que quería hecérselo pasar muy mal a un joven aprendiz de cetrería... el caso es que el relato se está alargando y me gustaría haceros partícipes de la historia de Roland. No sé si os gustará o no lo que le ocurre a este pobre chico en una aterradora noche en un Bosque embrujado del que no sé todavía muy bien si va a salir con vida o no o si incluso su alma será condenada para toda la eternidad por entre los tallos de sus árboles... en fin, que si os apetece os invito a viajar a través de esa terrorífica (espero) arboleda en compañía de Roland y la mía, claro está.

La historia está más o menos trenzada y ya llevo 30 páginas escritas, así que, si os apetece acompañarnos, tendréis lectura para rato porque no creo que suba una página diaria, o sí... bueno, ya veré el ritmo, os comunico que suelo ser muy inconstante, pero espero llevar a buen, o mal, término la "aventura" de Roland, que yo prefiero llamar Pesadilla.

En fin, antes de empezar os presento a Roland. Es un chico joven, entre los 15 y los 18 años, nadie lo sabe demasiado bien. Es muy delgado y esmirriado, nunca ha destacado en nada. Es huérfano y fue criado en el hospicio de la Catedral de Sarberk antes de ser enviado como aprendiz de cetrero al castillo, donde quedó en manos de Margall, el anciano cuidador de rapaces del rey. Allí fue donde empezó a destacar en algo, aunque no por su pericia, sino porque los animales a su cargo parecían guardarle un cariño especial y estaban siempre dispuestos a obedecerle, incluido Salomón, el misterioso halcón peregrino que llegó al castillo en una noche de luna llena.

Por lo demás, el pobre Roland es torpe y muy feo, viste de manera descuidada y tiene un defecto más, es incapaz de permanecer callado aunque le vaya la vida en ello, lo que le hubiese llevado a la horca por hereje de no ser muy conocida en la Ciudad Fronteriza su devoción por Dios y por la Iglesia.

Presentado nuestro "héroe", sólo me queda poneros en antecedentes. El mundo de Roland no tiene nombre, pero está dividido en reinos y es gobernado por los humanos, regidos por un modelo feudal muy religioso, casi fanático. La Iglesia tiene un poder casi infinito, incluso en casos mayor que el de muchos reyes y quema herejes por doquier, mientras trata de convertir a su dogma a los seres no humanos que pueblan el mundo, sobre todo en los bosques y las zonas montañosas... y los que se niegan a ser convertidos son ejecutados, sin más.

El mundo de nuestro aprendiz de cetrero no es fácil y además está acosado por una extraña raza de seres monstruosos surgida de la noche a la mañana, los Drauks, que ponen en peligro la civilización al completo sin que nadie parezca lo suficientemente poderoso como para detenerlos... Sarberk es una Ciudad de Frontera entre los Reinos Creyentes y los Oscuros, está rodeado por un bosque inmenso de imposible acceso a los humanos en noches de luna llena, pues es en esas noches cuando el poder de los seres no humanos del mundo es casi infinito.

Es precisamente en luna llena cuando Salomón alcanza el guantelete de cuero de Roland con un mensaje de socorro que advierte sobre la inminente llegada de los Drauks y la segura destrucción de una lejana aldea antes del alba... y sin darse cuenta de ello Roland se convertirá en el mensajero que tendrá que advertir a la aldea de Bidem de la terrible noticia, pues los halcones se niegan a atravesar el Bosque durante la noche.

Pero mientras cabalga hacia la espesura y se lamenta de tener una lengua tan larga Roland estará casi convencido de que no llegará con vida al alba y que sus pasos nunca le llevarán a Bidem, ¿lo logrará?

Os invito a embarcaros con Roland y conmigo en esta pesadilla a través de un bosque embrujado, a ver si os gusta. Está escrito sin apenas tiempo y sin correcciones, así que si esncontráis cualquier cosita os pido por favor que me lo digáis. Acepto consejos, críticas y mensajes de cualquier tipo (siempre que no sean insultos y cosas semejantes). Bueno, espero que os guste La noche del Cetrero.

12 de enero de 2010

El Gorila Risueño

.

Otra de las poesías infantiles que le molan a Moisés, lo que ocurre es que esta tengo que cantarla, jajaja. No veáis qué gracioso se pone cuando canta eso de "Soy un gorila que trepa por la colina..."

Como siempre os digo, serán una bobada, pero mientras Moisés no me lo diga (que ya llegará)... eso sí, creo que las hago demasiado largas ¿qué os parece a vosotros?


Soy un gorila
Que trepa por la colina
Y cuando llega arriba
Se parte de la risa

Y si tengo hambre
Me como un plátano grande
Y si tengo frío
Me pongo un buen abrigo

Y un buen día
Cuando estaba en la colina
Vino un cazador
De escopeta y mal humor

Y nuestro buen gorila
Que estaba por la colina
Vio la escopeta
Y se partió de la risa

Y el cazador
un tiro le disparó
Y el bueno del gorila
Se agachó en la colina
Y cogió al cazador
Por camisa y pantalón
Y el cazador tembló de miedo
Perdió la escopeta
Y se marchó de nuevo.

Y en la colina
Siguió nuestro buen gorila
Partido de la risa
Comiendo un plátano grande
Cuando tiene hambre.

Y si vas un día
A aquella colina
Busca al buen gorila
Y cántale esta rima
Verás que contento
Se pone nuestro amigo
Y si hace frío
Te prestará su abrigo
Y si tienes hambre
Te dará un plátano grande
Y verás la escopeta
Del cazador
Y esta canción
Ya se acabó.

7 de enero de 2010

Lucía, la jirafa pequeñita.


Un nuevo poema-cuento para Moisés. Lo dicho, a Mois le encantan estas historias, aunque no sean gran cosa... mañana si me acuerdo os subo la del Gorila, jajaja.


De pelambre amarilla
y manchitas azulitas,
patas muy delgadas
y pequeñas orejillas,
así era Lucía,
de toda la sabana
la jirafa más bajita,
en todo el lugar conocida
por ser tan pequeñita.

Como era tan pequeña
no podía comer solita,
porque no llegaba
a las hojas que de los árboles comía
y que esperaban contentas
en las ramas, muy juntitas,
tan verdes y apetitosas
como la hierba cuando es de día.

Papá y mamá jirafa
la mimaban y atendían
y la daban de las copas
las hojitas que quería.

Y Lucía se enfurruñaba,
arrugando su boquita,
porque era cabezota
y las quería coger ella solita,
pero aunque saltaba y saltaba
ella sola no podía.

Y le preguntó en el río
al verdoso cocodrilo
que le dijo compungido
que a él le pasaba lo mismo
que sus papás no le dejaban
tumbarse al sol él solito.

Y al príncipe de la selva,
que era el pequeño león
Lucía le contó su pena
y el leoncito respondió,
que su papá, que era el rey
también opinaba lo mismo,
que un leoncito tan pequeño
no podía rugir él solito.

Lucía recorrió la selva,
preguntando a los bichitos
y todos le respondieron
de un modo muy parecido.

Ni el mono podía trepar
ni el elefante leer,
tampoco el hipo bañarse
ni la gacela correr,
la hiena reír no podía
ni caminar el ciempiés,
el buitre no podía volar
ni el leopardo podía morder.

Y es que da igual lo que seas,
jirafa, mono, león o ciempiés,
cuando eres pequeñito,
algunas cosas tú solo
todavía no las puedes hacer.

6 de enero de 2010

Apocalipsis Z. Los días oscuros

.
Dicen que en tiempos de crisis se hace más notable la presencia en nuestra vida cotidiana de películas o libros que hablen sobre catástrofes naturales, fines del mundo y asuntos por el estilo. El mundo de la ciencia ficción y la fantasía es el refugio necesario para ucronías y desastres apocalípticos y desde que somos civilización hemos pensado que nuestro mundo, tarde o temprano, desaparecería de algún modo.

El género zombi es un subgénero de la ciencia ficción, que muchos consideran de clase B, que cada vez está cogiendo más fuerza entre un número muy abultado de espectadores y lectores, cada vez más jóvenes gracias al mundo del videojuego, que parece estar convirtiéndose en un aliado indispensable para los editores de literatura fantástica. Cada vez hay más libros basados en videojuegos de éxito o sagas fundamentadas en personajes impulsados por los botoncitos de un mando de juego.

Ya hablamos hace unos meses por aquí de la saga literaria Resident Evil, creada según los argumentos de los videojuegos donde nacieron estos muertos vivientes y los que intentan sobrevivir a ellos en un mundo plagado y ruinoso. Una saga que tiene incluso tres títulos cinematográficos. Y es que en el mundo en el que nos movemos es casi imposible separar ya las grandes y pequeñas pantallas de las páginas de un libro, por lo menos en terrenos fantásticos.

El género zombi surgió en los años 30, justo después del asunto del 29… como reflejo de las leyendas haitianas sobre el vudú y la magia negra. Fue el periodista y escritor William Buehler Seabrook quien escribió La isla mágica, donde reflejaba algunas de sus experiencias en Haití, entre las que se encontraba la de un hechicero capaz de revivir a los muertos y ponerlos bajo su voluntad. La mayoría de los títulos zombis que se sucedieron desde la fecha reflejaban historias donde un malo malísimo se dedicaba a levantar muertos para ponerlos bajo y mandato y acometer mil felonías. No fue hasta que George A. Romero realizó La noche de los muertos vivientes en 1968 que el género no quedó como lo que nos solemos encontrar a día de hoy, con millones de muertos deambulantes recorriendo el mundo en busca de supervivientes con las que engrosar sus filas de muertos sin alma y en las que los vivos no sólo tienen que pelear con estos seres agresivos e irracionales, sino con otros vivos que con pretensiones variopintas.

Pero voy a dejar de daros esta conferencia zombil para ponerme con el libro que tengo entre las manos y con el que comencé el año. Tengo que decir en su favor que me lo acabé en el mismo día 1 de enero y eso es algo complicado, pues entre que uno se levanta tarde, come con la familia y demás historias de año nuevo, leerse un libro de trescientas setenta y siete páginas dice mucho a favor de esas páginas.

Se trata del libro que os he comentado estos días atrás. Apocalipsis Z, los días oscuros, la segunda novela de Manel Loureiro, que ya publicó en 2007 la primera parte de este fin del mundo descrito desde España y desde los recuerdos de un abogado pontevedrés, como el mismo Manel, que también es abogado. La novela será puesta a la venta el próximo día 15 y creo que va a ser un éxito entre los aficionados al género.

La historia nos cuenta las peripecias de este abogado gallego en un peligroso viaje en helicóptero iniciado en la novela anterior, a la que hace constantes referencias que vienen bastante bien a la historia. Aunque se ve que Manel ha bebido de películas del género y utiliza casi todos los tópicos sobre zombis, la novela tiene muchos puntos de originalidad que la hacen altamente recomendable, al menos para mi gusto. Para empezar lo que dijimos el otro día, está ambientada en España. El viaje que el abogado y sus tres variopintos compañeros realizan recorre la costa de Portugal, el norte de África y por último las Islas Canarias, donde sus dos grandes islas son los únicos puntos sin infección de toda Europa, o al menos eso es lo que predican desde las Islas. Allí nuestros protagonistas serán puestos en una cuarentena rigurosa antes de ser insertados en la precaria sociedad instaurada en Tenerife.

Más tarde nos enteraremos de que entre Gran Canaria y Tenerife hay una guerra civil, que parece acompañar a los españoles incluso después de un holocausto, entre republicanos y monárquicos, ya que parte de la familia real ha logrado sobrevivir al desastre y llegar a salvo a las islas, cosa que la mayoría de los políticos no ha conseguido.

Dos de nuestros protagonistas, tomados por su hazaña de escapar de Europa como supervivientes experimentados y expertos en asuntos zombis, son enviados a la fuerza de regreso a la península ibérica en busca de medicamentos al Hospital de la Paz, en Madrid, lo que les llevará a recorrer una urbe infestada de no muertos que nos hará estremecer a los que conozcamos la capital española. En fin, un libro muy inquietante el que nos presenta Manel.

Además, tiene la particularidad de que comenzó el 30 de diciembre de 2005 como un blog en el que un abogado contaba su historia día a día en la ciudad de Vigo. Manel escribía entradas de vez en cuando como si acabase de empezar un diario, se tiraba días sin escribir o escribía varias veces en un mismo día. En aquellas primeras notas hablaba de una extraña noticia que se estaba dando desde Dargestán y que poco a poco hacía que la prensa y los gobiernos mundiales empezaran a preocuparse realmente por un asunto que una vez encendido, era casi imposible de apagar.

Como si de zombis hambrientos se tratasen, los fans del blog del superviviente, que podéis leer en mundocadaver.livejournal.com, fueron siendo más y más, hasta que una editorial se decidió a publicar las aventuras de este abogado en un mundo zombi. Ya veis que no es un héroe, aunque en estas historias los héroes suelen ser siempre bastante atípicos. El superviviente que nos relata sus experiencias desde su confortable y segura casa repleta de alimentos, bebidas y de placas solares, termina por verse obligado por huir de allí y para ello se equipa con un arpón y un traje de neopreno, surrealista sí, pero muy eficaz. Os recomiendo Los Días Oscuros, aunque sólo a los que les gusten los apocalipsis y los zombis.

Por cierto, buceando por la red, he encontrado una excelente entrada sobre los diez libros de zombis imprescindibles para vivir, no soy mucho de listas, pero voy a daros los títulos de los diez, por si a alguien le interesa. Por cierto, el blog del que he sacado los títulos es El bibliófilo enmascarado. A ver, os digo los títulos.

Guerra mundial Z. El libro de los Zombies. Cell (Stephen King). Apocalipsis Z. Saga Resident Evil. El camino de la Cabra. Zombie Island. Autumn. La noche de los muertos vivientes. The Rising.

5 de enero de 2010

Esta tarde en El bosque de las palabras


Llevo ya un par de semanitas incordiando en el Bosque de las Palabras con este inquietante libro de zombis en el que la Humanidad se convierte en un amasijo asqueroso de venas hinchadas, piel acartonada y miembros mutilados... bueno, no toda, porque si no no tendríamos historia que contar ¿no?

Pues esta tarde rematamos Los días oscuros, de un buen tiro en el cerebelo para que no se vuelva a levantar, mi lectura de año nuevo con el que permanecí en tensión todo el día 1 de enero gracias a sus trescientas setenta y pico páginas y a sus detalladas descripciones de escenarios tan reconocibles como el aeropuerto de Lanzarote, la Castellana de Madrid o el Hospital de la Paz.

Si lo leéis os aseguro que os pasaréis los días siguientes buscando refugios seguros en los que ocultaros en caso de darse un ataque zombi, seguro...

Yo ya tengo alguno, por si acaso.


Recordad que El Bosque de las Palabras se emite todos los martes de 19.00 a 20.00 en Radio Morata y que lo podéis escuchar en directo en este enlace.