#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

23 de febrero de 2010

Esta tarde en El bosque de las palabras...

...hablaremos de El violín negro, una fantástica novela para todas las edades escrita por la zaragozana Sandra Andrés Belenguer.

Será a partir de las 19.30 en la Sección Fantástica de El bosque de las palabras (el programa radiofónico literario dirigido y presentado por Francisco Legaz Nieto).

El bosque de las palabras se emite todos los martes de 19.00 a 21.00 en Radio Morata, si te gusta la literatura, no te lo puedes perder.

17 de febrero de 2010

La Noche del Cetrero 9

-¿Qué es lo que crees que estás haciendo jovencito?

-Yo… esto… me… estoy…

-Es evidente lo que estás haciendo Roland, ¡no soy estúpido! ¡Por todas las deidades del panteón pagano! –rugió el anciano, que solía esgrimir muy a menudo frases que podrían haberle llevado a la hoguera con un mero deseo de Laundrat, pero que siempre gritaba a los cuatro vientos sin tener en cuenta quién estuviese a la escucha-. No es eso lo que te estoy preguntando. ¡¿Qué estás haciendo?!

Roland era incapaz de sostener la mirada del cetrero, sabía que el anciano leería en su mente, como hacía siempre, no había forma humana de engañar a aquel hombre, siempre sabía lo que uno tramaba o pensaba. Margall era tenido en Sarberk por algo más que un simple cetrero o un sabio, muchos afirmaban que pertenecía a una estirpe antigua de hechiceros, aunque nadie había visto jamás su magia. A Roland le bastaba ver el modo en el que los animales le atendían para saber que, de algún modo, aquel viejo era un mago, quizás parte de su sangre perteneciese al propio Bosque… algo que también se rumoreaba por el castillo.

Lo que sí quedaba claro era que a Margall no le hacía ninguna gracia lo que su aprendiz estaba haciendo. El viejo cetrero era una persona valiente, arrojada, los más ancianos hablaban de un hombre de un coraje sin igual, que combatía como si su propia vida no valiese nada, había luchado en muchas batallas hacía años, junto con el padre de Oerges antes de que éste se erigiese en rey, pero desde que estaba bajo su tutela había intentado convencer a Roland de la maldad de las armas y las guerras, era un personaje singular ese Margall, singular, pero terrible cuando se enfadaba. Y el ceño fruncido que arrugaba aún más su cara en esos instantes era suficiente como para saber que estaba realmente enfadado.

-Yo… voy a ir a Bidem a… –se envalentonó Roland- a avisar de la llegada inminente de los Drauks y…

-¡Ni hablar! –tronó la voz del anciano, haciendo que tanto Roland como el soldado que le ayudaba a vestirse y prepararse para el viaje se encogiesen ligeramente ante su furia.

-Pero…

-¡Silencio! No he invertido tanto tiempo en tu aprendizaje muchacho para que ahora te vayas al bosque como un estúpido, en una noche de luna llena… un viaje del que, desde luego, no regresarías jamás, ni tú… ni tu alma.

-Pero Lord Margall –terció el soldado tímidamente- el propio Oerges ha ordenado que…

-Oerges tendrá que buscarse otro estúpido suicida que quiera cruzar el bosque esta noche. Bidem está senteciado, llegue un mensajero con el aviso o no, enviar a alguien allí sólo servirá para engrosar la lista de nuestras muertes, no lo permitiré…

-¿Qué es lo que no vas a permitir Margall? –la voz aterciopelada y de tintes macabros pertenecía al Capellán, que en esos momentos llegó a la sala de intendencia con una sonrisa ladina dibujada por sus delgados labios. Todo el mundo conocía la profunda enemistad entre Margall y Laundrat- ¿Sabe el rey Oerges que eres tú, un cetrero y no él quién gobierna Sarberk?

-Sarberk es gobernada por Oerges, monje, pero en lo que respecta a la vida de este joven yo soy el máximo responsable –Margall ni siquiera miró a Laundrat para responder, no quitaba la mirada de Roland, sintiéndose cada vez más sorprendido por el extraño arrojo del muchacho, que hasta el momento siempre había dado muestras de ser más bien cobarde.

-¿Quizás tú tengas un modo mejor de avisar a la aldea de la desgracia que les va a caer? Aunque, si no recuerdo mal, tus pájaros se niegan a internarse en el bosque de noche, cosa que este joven está dispuesto a hacer por sus vecinos…

-A mí no me vengas con estupideces Laundrat –Margall se giró y se encaró con el sonriente capellán- quizás tu dios esté dispuesto a sacrificar vidas humanas por capricho, ya que se ha mostrado evidentemente ineficaz ante el sanguinario avance de los Drauks, pero nosotros no somos así, no enviamos cerdos al matadero si no es por una razón… ¿Podéis tú o tu dios decir lo mismo? ¿Monseñor?

9 de febrero de 2010

El Vuelo del Dragón


Esta tarde os traigo un libro de fantasía bastante extraño. Porque sí, es un libro fantástico, con dragones, caballeros, fortalezas feudales y demás asuntos propios de este tipo de novelas sí, pero en el que no existe un enemigo definido como tal. Al menos no el típico enemigo al que estamos acostumbrados. De hecho su autora, una de las escritoras de fantasía más importantes, Anne McCaffrey afirmaba que para ella era más Ciencia Ficción que Fantasía, en fin, os cuento un poco la historia y juzgáis vosotros mismos.

Hace siglos el planeta Pern fue colonizado por los hombres. Durante Milenios los dragones de Pern, cabalgados por unos jinetes humanos con los que, gracias a la telepatía, llegaban a convertirse en una única entidad, lucharon al servicio de la humanidad, combatiendo a las Hebras que llovían periódicamente sobre la Tierra. Las hebras, os explico, eran esporas que acababan con cualquier materia orgánica que tocaran y sólo el aliento de los dragones podía impedir que cayesen a la tierra acabando con todo lo que alcanzasen en su ominosa caída.

Pero la raza de los Jinetes de los Dragones está en decadencia, como todo Pern. Hace más de cuatro siglos que las Hebras no son más que un recuerdo escrito en las baladas de los trovadores y las enseñanzas de los maestros más puritanos; y los hombres del campo, así como sus gobernantes, piensan que los Dragones y sus jinetes ya no se merecen recibir el diezmo que les sustenta desde siempre. Y que tampoco merecen llevarse a sus jóvenes más fuertes y a sus hijas más bellas para criar nuevas nidadas de dragones. Porque cada vez que hay nidadas nuevas de dragones hacen falta muchachos jóvenes y fuertes y mujeres capaces de empatizar con las dragonas, que a la postre son las reinas de los dragones. La rebelión pues se está fraguando…


En ese contexto nos encontramos con Lessa, la única superviviente de la familia que gobernaba uno de los fuertes que rigen las vidas de los hombres comunes. Lessa sobrevivió al golpe de estado dado por Fax, un caudillo que pretende situar y de hecho sitúa bajo su yugo varios fuertes a la vez, algo inaudito en la historia de Pern. Lessa es descubierta por los desprestigiados Jinetes de los Dragones, Fax acaba muerto en un enfrentamiento directo con uno de ellos y la mujer se convertirá en la figura necesaria para criar una nueva reina dorada que comience a criar una nueva nidada de dragones.

A partir de ahí comienza una novela extraña y diferente con muchos requiebros en la historia. Con viajes al futuro y al pasado, batallas y muchos dragones surcando los cielos. Una historia que les encantará a los aficionados a la Fantasía.

Anne McCafrey es una escritora americana nacida en 1926. Casi toda su escritura gira en torno a la Fantasía y la Ciencia Ficción. Fue la primera mujer en ganar un Premio Hugo en 1968, aunque fue compartido con un hombre. También tiene en su haber el Premio Nébula y en 2005 fue reconocida con el premio Gran Maestra Damon Knigth Memorial, otorgado por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos. Es la creadora de Los jinetes de dragones de Pern, que es una extensa serie de novelas y relatos cortos que empezó Anne, pero que desde 2004 cuenta también con la colaboración de su hijo, Todd McCaffrey, que ha publicado en colaboración con su madre y en solitario.

Según he podido leer en internet los primeros libros de la serie tienen un claro enfoque fantástico, con sociedades feudales y niveles de tecnología muy bajos. Aunque la propia McCaffrey prefiere decir que son más de ciencia ficción haciendo énfasis en la ciencia que hay detrás del mundo de Pern. En las novelas más recientes, la serie se mueve hacia una ciencia ficción más evidente, conforme los personajes redescubren sus vínculos con el pasado y desarrollan niveles muy superiores de tecnología.

La verdad es que es un libro y una saga que a mí me llama mucho la atención y que espero seguir leyendo poco a poco y claro, que os recomiendo a todos, especialmente a aquellos a los que os gusten los dragones...

Su tabaco, gracias

No soy de esa clase de personas que parecen enfadadas con el mundo y siempre encuentran una excusa para protestar por lo que sea, nunca me ha molestado que se fumase donde yo estaba y bueno, me he tragado el humo en conversaciones de amigos, en bares y restaurantes, incluso en el fútbol sin chistar, de puros, porros y cigarros. Nunca me he quejado más allá de un "¿por favor, podrías echar el humo para otro lado en vez de a mi cara?"

Tampoco soy fumador, creo que en toda mi vida habré fumado dos cigarros en un par de bodas en las que estaba algo más contento de lo habitual y un intento de un puro en la boda de mi prima con el que lo único que conseguí fue masticar tabado durante el resto de la noche, por meterme en menesteres que no van conmigo. Nunca sentí la necesidad de reafirmarme chupando de un papel relleno de nicotina que se consumía en unos minutos, no supe o no quise creer que fuera en eso en lo que consistía el hacerse mayor... mis amigos y amigas me aceptaron como era (para bien o para mal) sin necesidad de gastarme pasta en un objeto que siempre creí que era dañino para mi salud.

Ya he dicho que nunca he protestado por el tabaco fumado en mi compañía, a excepción de dos lugares para mí sagrados: mi casa y mi coche (o furgoneta, cuando la uso, que es casi todos los días), no consiento que se fume allí, y ya lo siento, porque a mi casa las visitas fumadoras suelen dejar de ir en dos días, será que no les importa demasiado el visitarme...

Pero el otro día ya sí tuve que protestar, fue el colmo. Me llamaron insolidario porque no quise firmar un papel en el que se protestaba contra la nueva ley anti tabaco que quiere promulgar el que no se fume en lugares públicos. A mí, me llamaron egoísta por no comprender que sin un cigarrito no se disfruta de una buena cena o de un café, y claro, ya está bien de tanta gilipollez. Yo soy un insolidario sí, pero no lo son los que se fuman los cigarros a mi lado mientras desayuno y me "invitan" a su humo diario mientras leo el periódico (el otro día, en lo que te tomaba un café, me "fumé" tres cigarritos muy ricos en la barra del bar)... ¿qué pasa? ¿Voy a tener que dejar de tomar mi café para ser solidario? ¿Voy a tener que dar las gracias a los fumadores por la peste que destila mi ropa (y yo mismo) cada vez que entro en un bar, pub o similar en el que no haya una buena ventilazión? ¡Seré insolidario y egoísta!

Yo no sé si sentará mejor la comida con un cigarro, no sé si después de echar un polvo el fumar relaja, tampoco sé si el café tiene un regusto más amargo cuando se acompaña de un tubo de papel relleno de tabaco y "condimentos"... ¡ni falta que me hace, joder! ¡Ya está bien! Que los fumadores dejen de hacerse las víctimas de una vez, los insolidarios no somos los que no fumamos y aguantamos sin protestar que se fume en nuestra presencia, o al menos eso es lo que creo yo. Será que soy un tío raro.

5 de febrero de 2010

La Noche del Cetrero 8


No había tiempo que perder, el propio Oerges realizó todos los preparativos de viaje junto con su fiel Rigrard. Pronto se supo en la fortaleza que un joven muchacho, un sirviente menor o un aprendiz, nadie sabía en realidad quién era aquel suicida que iba a adentrarse en la noche del Bosque con la intención de avisar a Bidem de la inminente llegada a la aldea de los Drauks. En menos de una hora desde que las cuerdas vocales de Roland habían fijado su destino, todo estuvo preparado para su partida y toda la ciudad fortificada se preguntaba quién estaba lo suficientemente loco como para internarse en la noche de Sarberk.

En una pequeña sala de abastecimiento, Roland fue ataviado con ropajes negros muy ceñidos a su cuerpo, eran ropas muy cómodas y flexibles muy parecidas a cuero. Él, cuya ropa más lujosa había sido un jubón verde que recibió como regalo de su amo al entrar a su servicio como aprendiz de cetrero, se sintió muy agradecido de lucir una vestimenta tan rica, propia de caballeros y guerreros de alcurnia. Aunque no lo sabía, aquella indumentaria pertenecía al mismísimo príncipe Berther, el hijo de Oerges, que se hallaba en la lejana capital, Surdón, desde hacía meses, según las malas lenguas, porque permanecer en la Ciudad de la Frontera significaba una muerte segura.

Roland sonreía embobado mientras se calzaba dos robustas botas de montar negras, de fieltro, que calentaban los pies mucho mejor de lo que lo habían hecho hasta la fecha sus sandalias de sirviente real. El conjunto iba acompañado de un par de guantes del mismo materia y una capa también negra. Al mirarse en un espejo el cetrero se asustó un poco, parecía uno de esos mercenarios que se acercaban de tanto en tanto a Sarberk, cada vez menos abundantemente o un jinete misterioso llegado de tierras extrañas, podría engañar a cualquiera, aunque su corazón desbocado y sus manos temblorosas le recordaban quién era en realidad, el aprendiz de cetrero, un estúpido que no sabía guardar silencio.

Podría haber intentado echarse atrás, decir a los dos nobles que había errado al hablar, que ni por asomo saldría de la protección de las murallas en una noche de luna llena, que sólo de pensarlo estaba a punto de mearse encima… pero casi era más temible la furia de ellos que aquello que pudiese encontrar en el Bosque… casi. Ideó una furibunda estratagema, se las apañaría para ocultarse cerca del castillo en cuanto atravesase los primeros árboles, por la mañana alegaría que se había caído de su montura y no había podido llegar a Bidem… sí, eso es lo que haría, nadie en su sano juicio se aventuraría en el Bosque en una noche de luna llena, prefería ser quemado en la hoguera por hereje o ahorcado por traidor, así perdería su vida, sí. Pero lo que ocurría en el bosque podía atañer a su alma… no, definitivamente se ocultaría cerca de la ciudad e incluso procuraría colarse de regreso al castillo sin que nadie se diese cuenta de ello. Su alma dependía de ello.

Alguien llamó a la puerta de la sala de intendencia justo antes de que Roland se ajustase un carcaj con flechas y un cinturón del que pendía una vaina oscura que a él se le antojaba enorme, ¿qué iba a llevar allí metido? Con evidente desagrado, el soldado encargado de pertrechar al joven abrió la portezuela que daba acceso a la estancia. En el umbral se dibujó la figura achaparrada de un anciano canoso y arrugado, vestido con ropas muy sencillas y de rostro afilado en los que destacaba dos inteligentes ojos grisáceos. El aprendiz se sobresaltó al descubrir allí a su señor, el cetrero real, Margall lo miraba con una sonrisa de medio lado, que no era despectiva ni insultante, sino irónica, era evidente que el cetrero no podía creer lo que estaba viendo.

2 de febrero de 2010

La Noche del Cetrero 7



-Pasé por Bidum tras mi último combate con los Drauks. Regresaba sólo, a pie y terriblemente herido, mi armadura era un amasijo deforme de hierros y mis piernas sólo me obedecían por mi innata resolución de vivir. Caí a casi un kilómetro de la aldea y un niño, un pastor, me encontró delirando y con una fiebre que me habría matado en pocas horas. Me llevó casi a rastras durante un kilómetro, un niño pequeño, me salvó Oerges, deja que sea yo quien viaje esta noche, sé que el peligro acecha en el bosque, pero mi honor de caballero me obliga a viajar, le debo la vida a ese pequeño, no puedo dejar que muera sin más cuando él hizo tanto por mí con tan pocos medios.

-Conozco la historia de aquel niño que te salvó. Pero tu deber de caballero es permanecer junto a tus hombres y llevarlos victoriosos a la batalla, eres el único de nosotros que ya se ha enfrentado a los Drauks, eres indispensable aquí, Rirgard y lo sabes tan bien como yo, no puedo permitir que atravieses el bosque con luna llena…

-Pero ese niño, Colt, morirá… todos morirán en Bidem y ni siquiera les daremos la oportunidad de salvarse, de huir.

El salón quedó en silencio, Oerges había cuidado de su gente desde hacía más de veinte años, nunca había faltado a una promesa y sin embargo, ahora tenía claro que su prioridad era defender Sarberk de los Drauks, por más que hubiese jurado proteger a todos y cada unos de los habitantes de su reino, contener a los demonios cuanto fuese posible para que las fuerzas enviadas desde el interior dispusiesen de tiempo para prepararse ante la amenaza era la prioridad, no podía perder guerreros para enviar un aviso a la aldea, por mucho que le doliese tomar aquella decisión… nadie había atravesado el bosque en noche de luna llena, la arboleda maldita estaba embrujada y poblada de monstruos de todo tipo, si algo habían aprendido los ciudadanos de la frontera en los años que llevaban allí era a respetar la magia del bosque y a sus pobladores nocturnos.

-No hay nada más que hablar Rigrard, prepara a tus hombres para el sitio, tenemos que resistir todo lo posible, Bidum tendrá que cuidar de sí misma.

-Pero… ¡majestad!

-No digas nada, amigo mío, no me obligues a tener que ordenártelo.

El calor exhalado por el hogar parecía haberse esfumado con las últimas palabras, el rey dio la espalda a su amigo mientras éste fruncía el ceño y cerraba los ojos con pesar, rendido a la evidencia de estar cometiendo una injusticia. La voz del rey era ley y él lo sabía, Bidum sería arrasado sin remedio. El guerrero cerró los puños con furia apenas contenida hasta hacer sangrar sus palmas. Sabía que Oerges sólo esgrimía la causa menos dañina para su pueblo, enviar un hombre al bosque en una noche de luna llena era peor que atravesarlo directamente con una espada. Si giró dispuesto a marcharse cuando escuchó una frase que le hizo detener.

-Yo iré –susurró Roland, aunque apenas se escuchó a sí mismo. Sin embargo, el silencio en el que estaba sumida la estancia y la cercanía tanto del rey como de su lacayo hicieron que las palabras del aprendiz de cetrero llegasen a sus oídos con total nitidez.

Las miradas de ambos hombres ilustres se posaron escrutadoramente en la frágil figura de aquel que hasta hacía unos instantes era poco más que un adorno más del salón del trono de Sarberk.

Roland pensó en echarse atrás, en disculparse y afirmar que se había excedido, que su intención no era la de inmiscuirse en asuntos tan graves e importantes como para aturdir al rey, que sólo había expresado un deseo y no tenía ni la más mínima intención de abandonar la seguridad de las murallas en una noche de luna llena, cuando el bosque se poblaba de todo tipo de monstruos y seres infernales, pero el miedo fue superior a su locuacidad. El rey y el general lo miraban con admiración, con orgullo, incrédulos de estar delante de alguien capaz de internarse en el bosque en una noche semejante… y por primera vez en su vida, supo que el destino de un hombre viene marcado demasiado a menudo por su incapacidad de permanecer en silencio. También supo, sin lugar a dudas, que no llegaría vivo al amanecer de un nuevo día.