#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

8 de mayo de 2010

La Noche del Cetrero 13

Cuando llegó a la puerta de la Torre y se asomó a la gélida noche recién caída sobre la Ciudad de la Frontera, el joven pensó en salir corriendo e incluso en lanzarse a la carga contra el rey para morir atravesado por diez espadas antes que lanzarse a aquella carrera suicida a través del bosque. Sin embargo no lo hizo, no corrió, no huyó, no provocó que le ensartase una espada ni dijo que no quería llevar a cabo semejante locura. A menudo el destino de un hombre también viene de la mano de su orgullo, de lo que los demás esperan de él. Roland nunca se había visto a sí mismo como un héroe, ni siquiera se había visto jamás como un jinete. Sin embargo el patio de armas del castillo estaba repleto de gente orgullosa de él, gente que lanzaba vítores al héroe, gente que esperaba que lo fuera. Roland sabía que iba a morir, sabía que se dejaría caer del caballo al poco de penetrar en el bosque y permanecería allí, oculto, hasta después de que los Drauks asolasen la aldea de Bidem… y sin embargo, dejó que le vitoreara, se atragantó de palmaditas en la espalda y sonrisas condescendientes de personas que hasta hacía unos minutos ni siquiera le habrían dirigido la mirada, se guardó los pañuelos perfumados de tres hermosas jovencitas que parecían disputarse su amor… se dejó llevar y antes de darse cuenta ya estaba sobre el lomo de un liviano caballo de guerra, tan negro como sus ropajes, que exhalaba vapor por los ollares y miraba a las rejas oxidadas del rastrillo de la muralla de Sarberk nervioso, como si supiese que tras aquel umbral esperaba algo inaudito e inhumano.

El caballo piafaba y pateaba nervioso y Roland no podía por menos que estar de acuerdo con el temor destilado por el animal. Era muy ligero, pues era uno de los ejemplares destinados para la mensajería en campos de batalla, por lo que debía ser muy ágil y veloz. Las cuatro herraduras habían sido cubiertas por tela oscura, lo que disimularía todo lo posible el sonido de sus cascos al galopar, aunque era evidente que el sonido de un caballo galopando en la noche no pasaría desapercibido para nadie en el bosque.

El rey Oerges se situó delante del caballo, como queriendo decir unas palabras adecuadas en honor del muchacho que estaba a punto de lanzarse a una carrera desesperada por el Bosque bajo la luz de la luna llena, pero no fue capaz de articular sonido alguno más que un amago de “buena suerte” que apenas escuchó él mismo. Sabía tan bien como cualquiera que tuviese el más mínimo de experiencia que estaba enviando a un hombre a su muerte. Ante la inoperancia del rey, Lord Rigrard exhortó una orden con la que se izó el rastrillo provocando un aullido lastimero de las cadenas que lo levantaban, poco acostumbradas a trabajar de noche. Después, tras mirar con lástima apenas disimulada a la espalda del muchacho, donde colgaba el carcaj repleto de flechas, escondido tras la gruesa capa negra, que sería totalmente inútil en caso de ataque, palmeó los cuartos traseros del caballo con fuerza provocando que éste se lanzase a la carrera y traspasara la puerta como alma que lleva el diablo.

Con lágrimas en los ojos y con una dolorosa punzada en las palmas de las manos producida por el repentino tirón de las bridas del caballo, Roland se vio arrastrado al exterior de la muralla, su último pensamiento antes de recorrer el tramo final del patio de armas y quedar fuera de la protección de las murallas, que nunca habían sido conquistadas por ejército alguno, fue para la Catedral, no había acudido a su cita con el Capellán y el siniestro sacerdote le había advertido que se pasase por allí antes de partir.

6 de mayo de 2010

Oda al cubo de basura


Eres penúltimo lugar de la esperanza,
de los versos malgastados en un kleenex,
de ensueños ocultos tras papel de plata,
de estados de ánimo ya sin envoltorio
y ya resueltos,
ya gastados,
de noticias que vendrán mañana
y de recuerdos de nuestra vida ya pasada…

Eres baluarte cierto de nuestras dichas y desdichas
donde van a morir nuestros anhelos
o aquello que consiguieron finalmente lograr nuestros empeños.

Hogar de metal, petróleo o piedra,
refugio de mi vida cotidiana,
en ti mora nuestro ser unos minutos
o unas horas
o unos días…
como en un limbo,
aguardando por nacer o ya difuntos
nuestros juegos, llantos, miserias o alegrías,
antes de caer para siempre en el olvido,
antes de fugarse con el resto eternamente
para ser nuestro y dejar de ser tuyo o mío.

Testigo final de mis congojas,
de noches lujuriosas y repletas,
de pecados no contados,
del cariño más sincero,
de desamor… de amor,
de recuerdos.

Es ante ti, ante tu juicio
que me entrego cada día,
sólo tú me conoces tal cual soy,
sabes de todos mis secretos no contados,
me conoces…
sólo tú me conoces tal cual soy
y no sé si tú llegarás a comprenderme
mejor de lo que yo mismo lo hago,

y al final de los tiempos, si en verdad hay quien nos juzgue
serás tú y no Dios
quien pueda decir al final
si merezco las puertas del Cielo
o por contra un castigo eterno me he ganado.