#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

31 de diciembre de 2011

Recuerdos de año nuevo en un cuaderno


El año viejo languidece
y yo vuelvo a rasgar otro cuaderno
con mis notas y borrones,
mis dedos son más viejos esta tarde,
cuerdas más gastadas,
y mi piel está un tanto más arada,
más endurecida,
aunque mi arma se parezca a la de entonces,
a la pluma de hace un año
ya marchita y olvidada.

Los últimos minutos enmudecen en compases apagados,
taciturnos,
como si no quisieran seguir corriendo eternamente,
azorados bajo fiestas y campanas,
encogidos,
amortiguando sollozos,
tristezas
y funestas noticias aciagas,
el año viejo nos deja
y soñamos que el nuevo nos acune,
que sea, al menos, tranquilo,
apaciguado.

El año viejo huye veloz a su retiro
convertido ya en recuentos,
en historia,
y yo sigo emborronando recuadros con azules,
desangrando pensamientos en papel,
dejándome caer en el abismo de un cuaderno
un año más,
entumecido por el frío del invierno,
resguardado al calor de mis suspiros
y ensoñaciones,
soñador…

¡de nuevo he dejado sin culminar tantos proyectos!

A este año que se va le he hecho una única promesa,
no prometer lo que nunca cumpliré,
esa es mi única promesa de futuro,
mi nuevo himno,

el año nuevo llega
mecido en el mar incierto de lo ignoto,
y yo, lejos de preguntas y promesas,
seguiré enturbiando cuadernos con tachones,
rellenando páginas sin tesón y ningún orden,

no sé cómo será este nuevo año,
solo sé que si no me viene a reclamar la niña muerte
lo volveré a terminar
caminando en el calor de un nuevo cuaderno,
de nuevos proyectos
y nuevas e imposibles quimeras.

30 de diciembre de 2011

Un pobre desgraciado


Siempre había sido un pobre desgraciado. La mala suerte parecía perseguirle como la lluvia a los días nublados, pero lo del último año había sido el colmo: despedido de la empresa tras treinta años de entrega casi completa, divorciado de la mujer con la que se había casado al poco de ponerse a trabajar y, por si fuera poco, enfermo de un cáncer terminal que acabaría con él en unos pocos meses, algo que se había callado por pura cabezonería. Desde entonces vivía en la calle, abrigado por cuatro cartones y acostado sobre el mármol del banco que se había quedado con su casa después de veinticuatro años pagando los plazos. El mundo era una mierda.

Y él era un pobre desgraciado, desde el colegio, lo sabía y se odiaba por ello. Era inseguro, debilucho y muy imaginativo, lo que desde siempre había propiciado las burlas de sus compañeros. Los granos en la pubertad y que le pillasen masturbándose en el baño del instituto tampoco habían sido de mucha ayuda a la hora de quitarse el sambenito de perdedor que llevaba marcado en el alma. Se casó de puro milagro (vamos, de penalti) con una vecina a la que dejó embarazada en una noche de borrachera conjunta y fue otro golpe de suerte el encontrar ese trabajo de repartidor en el que había empeñado toda la vida y en el que fue el escalafón más bajo de la empresa hasta el día de su despido.

La verdad es que la vida era un asco. Comía lo que encontraba en el contenedor, sus hijos no le hablaban y vestía más harapos que ropas. ¡Estaba harto! Así que, ese día, decidió que su suerte iba a cambiar. Encontró una navajilla multiusos oxidada que alguien había decidido hacer pasar a mejor vida y se dijo que ese nuevo golpe del destino iba a cambiar su desgracia por fin, por algo había que empezar, lo más importante era la actitud. Espero a que cayese la noche y a una de las figuras solitarias que deambulaban en la oscuridad solitaria de aquella calleja de tanto en tanto, siempre había despistados que caían en la boca del lobo. Vio al chaval. Parecía delgado y no demasiado fuerte. Decidió que había encontrado a su víctima, seguro que llevaba dinero en el bolsillo.

Esperó a que el chico pasara a su lado sin prestarle la más mínima atención y se levantó ruidosamente con la navajilla entre los dedos ateridos de frío y llenos de heridas. Dijo una de esas frases que se dicen cuando se atraca a alguien y por un momento pensó si no se habría quedado mudo, porque el chaval ni se inmutó. Pero no estaba sordo, lo sospechaba porque escuchaba en ese momento un ruido sordo y veloz que se acercaba. El chico llegó caminando tranquilamente al puente que atravesaba la línea del Cercanías y el atracador frustrado, desgraciado hasta para delinquir (¡maldita sea!) escupió y tuvo que acelerar el paso para alcanzar a su objetivo. Lanzaba miradas nerviosas a uno y otro lados, por si venía alguien. Nadie. Estaban solos. Atracador y atracado. Perfecto. Nada podía fallar otra vez. Un retumbo invadió el piso, pero estaba tan enfrascado en su acecho que ni se percató.

Se acercó de nuevo a la espalda del chaval desconocido y gritó aún más fuerte. Un insulto, una imprecación y una amenaza, todo a la vez, para dar énfasis al peligro que representaba. Y el chico continuó caminando como si tal cosa (¡Joder, ¿Qué coño le pasa a este tío?). Volvió a intentarlo, por lo menos tres veces, antes de abandonar el puente. Hasta que decidió ir un punto más allá. Agarró al chico por el brazo y le hizo volverse, con tan mala suerte que se le cayó la navaja de las manos. El chaval le miró con cara de despiste. El sonido era cada vez más potente. La navaja estaba en el suelo. El chico se llevó una mano a la oreja izquierda y sacó de ella un pequeño auricular apenas perceptible (¡Mierda! Si es que soy un jodido desgraciado).

    -Perdone ¿Quería usted algo?
    -No, disculpe, le he confundido con alguien (¡joder! Vaya mierda)
    -Ok. Buenas noches.
    -Buenas noches.

Casi habían tenido que gritar por culpa del molesto ruido ambiental. Había vuelto a fracasar, como siempre. Pero había dado un primer paso, la esperanza se abrió paso en su mente. A partir del día siguiente su vida iba a cambiar, iba a dar un giro radical a su existencia.

En ese instante, mientras regresaba hacia su cama de cartón y piedra, tropezó con la navaja multiusos oxidada. Quedó colgando unos segundos de la barandilla (¡Por fuera! Mira que tengo mala suerte ¡Joder!), pero pronto se quedó sin fuerzas. El ruido era ahora algo más que una molestia insistente, era una amenaza.

Joder, qué mala suerte tenía el pobre hombre. Nació desgraciado, no lo he dicho antes, pero al nacer le diagnosticaron más de cien alergias al pobre. Vivió siendo un desgraciado y, ¡lo habéis descubierto! Qué lectores más inteligentes tengo. Murió, desgraciadamente, al caer a la vía del tren, después de tropezar con una navaja oxidada que había pretendido utilizar en un atraco frustrado.

Si es que era un desgraciado. Nadie se enteró de quién era el tipo que cayó en la vía y fue arrollado por el tren, así que, nadie fue a su entierro.

22 de diciembre de 2011

Encuentro fugaz


Te veo llegar y siento arder profundamente mis entrañas,
a través del velo que me ciega intuyo la turgencia de tus formas,
la sugerente caricia de tu piel de caramelo,
el encendido que llamea entre tus manos tentadoras,
el néctar sabroso,
tus canelas…

y sin rozarte ya despiertas mi suspiro,
mi deseo…

y la punzada en mi pecho es el comienzo,
la caída inexorable hacia tu abismo,
el deseo de convertir sábanas en campo de batalla,
en contienda desatada,
en la guerra cobijada entre gemidos
y los sueños con tu lengua incandescente,
desatada.

Deseo penetrar en tu tibieza
y antes de probarte, de merodear por tu silueta estremecida,
ya te he sentido entre mis dedos
impregnados de deseo ajeno,
el fuego de mis yemas ya ha hollado tus secretos ,
tus labios se han paseado por los míos
en un contagioso juego sin mesura,
ni siquiera te he rozado y ya he arrancado tu ropa,
dejándome gozar con tus contornos,
haciendo la pasión más estridente
y la punzada, acuciante,
imperiosa,

¡el deseo es infinito!

Me desvistes desde lejos,
el fulgor de tus pupilas me devora
y sin probarte ya soy un ente exhausto,
ya he jadeado,
tu perfil ya ha sido descubierto,
y mi anhelo, sin besarte, te ha besado.

Tu piel desnuda me devora,
mi lengua te recorre lentamente, abrasada,
y mis manos…
    mis manos bailan con tus formas,
te delatan,
te arrinconan.

Solo una mirada es necesaria
para que la tormenta se desate,
los jadeos se multiplican,
nuestros cuerpos se dejan arrastrar por nuestro encuentro…

el abrazo es el comienzo de la lucha,
el vaivén de las caderas, el compás,
el gemido desgarrado en tu garganta,
y el sudor perlando tus mejillas,
arrebolando mi pecho enfebrecido ,
erizando tu piel,
apresurando los sentidos,
el primer jadeo resuena en el silencio
cuando dibuja de nosotros un instante
y no somos dos entes enzarzados

sino labios y caricias
y bocas y pieles y dedos…

nuestras ansias disparadas
y los gemidos de placer multiplicados

una vez
        y otra vez
                y otra vez

embravecemos el temblor de nuestro espacio,
solo somos ya jadeo y gemido y jadeo y calor y jadeo y pasión
y jadeo
y suspiros…

dos bestias enzarzadas,
enfrentadas para siempre en su tibieza,
húmedas,
perdidas entre sábanas caídas,
pasión arrastrada hacia el abismo…


Y después, tras la contienda,
tras el estallido apasionado,
tras la ofrenda,
el sosiego se hace manto,
la batalla ha concluido

y somos de nuevo un abrazo,
caricias temerosas,
miradas compartidas,
calor en mutua compañía…

hasta el instante en que me mires
y despiertes de nuevo el ardor de mis suspiros.


Ahora, si quieres, PUEDES ESCUCHAR EL POEMA DESCARGÁNDOLO AQUÍ

A veces



A veces me miras con esos ojos
traviesos y profundos que atesoras,
eternos y brillantes,
                   risueños,
y creo sentir cómo me robas el alma
y te la guardas.
Cómo me atrapas en tus redes,
tejidas por tu aroma a pasión
y promesas de noches de cama.

Entonces, en ese instante
te siento mi amante,
mi musa privada,
mi mujer,
lujuriosa e incitante,
                   seductora,
volátil y esquiva,
              candente.

Y deseo morir allí,
en el lugar que me invita
a morar tu mirada,
a morir de amor
y después añorar para siempre tus brasas.

Otras veces soy yo
el que te busca anhelante,
                            ardiente
y presa del deseo más profano
y te abraso con mi fuego, desde lejos,
aunque parezca que tú no lo notas,
que no quieres sentir el ardor de
                    mi mirada.

Y entonces me siento vacío,
como perdido en noche sin luna,
sin guía en el desierto de tu olvido
y quiero volver a morir
en aquélla pasión hace tanto tiempo olvidada.

Querría decirte lo mucho que te quiero,
cuánto te añoro sin haberte tenido,
cómo me ahogo por no poder beber
del frescor de tus labios rojos,
de seda, llameantes,
                  jugosos,
promesas de una pasión
que nunca será saciada.

No devoraré tus besos con ansia
y tú no me darás a probar
de su aroma dulzón, de tu deseo.

No probaré el sabor de tu carne sabrosa
y tú no dejarás que mis manos
recorran suavemente tu cuerpo tembloroso,
salvaje y firme,
sencillamente sensual,
                      gimiente,
                      sudoroso,
pura pasión en movimiento.

No me dejarás,
Lo sé y muero por ello,
                enloquezco.

No rozaré siquiera tu piel
para que pueda quemarme,
abrasarme con su llama hiriente,
dejarme marcado para siempre,
como una res que pertenece
a tu rebaño obediente.

No,
no lo haré
y en el fondo ambos sabemos
que ya hemos probado nuestra carne,
que ya he rozado tu piel llameante
gimiente y sudorosa,
sensual, salvaje y firme
con mis manos temblorosas,
violentamente tímidas,
                furtivas…                            
que ya me he saciado con tus labios,
que ya me has buscado anhelante…

Y que, si llegamos a encontrarnos
en un camino desierto
jamás podríamos volver a evitarnos.

Y que la pasión que siento,
este deseo tenaz y loco,
sería colmado mil veces
y que tu propia pasión,
                       tu anhelo,
                     tu deseo
habría de ser por mí saciado,
hasta consumir para siempre
el fuego eterno de las llamas,
el ardor
        en el que me incita a morir
                       tu mirada.


18 de diciembre de 2011

Amor de ida y vuelta


Todo comenzó como un juego. Un mensaje velado, una mirada de soslayo, una sonrisa traviesa... después llegaron las horas en mutua compañía, las caricias tímidas, cálidas. Los besos vinieron mucho más tarde, cuando ambos por fin fueron conscientes de que no había vuelta atrás...

Se convirtieron en inseparables. No había momento del día en el que no se buscasen el uno al otro. Tranquilos al principio de su amistad y desesperados poco tiempo después. No eran capaces de vivir el uno sin el otro. En la oscuridad de la cama se desataba la pasión que acumulaban a lo largo de la jornada. Sus caricias eran cada vez más sedientas, sus besos más ardientes, su búsqueda del placer más intensa. Eran dos tormentas desatadas.

Todo comenzó como un juego. Un abrazo más suelto, un beso distraído, una mirada ofendida… después llegaron las horas separados, las caricias olvidadas, frías. Las contestaciones aún tardaron un tiempo en llegar, las discusiones acaloradas se hicieron más patentes y violentas. El odio vino poco después, cuando ambos por fin fueron conscientes de que no había vuelta atrás…

17 de diciembre de 2011

Álamos del Encinar que me acompañan



Retorcidas ramas de álamo joven,
sois mudas compañeras de delirios,
testigos silenciosos
    de minutos robados a lo cotidiano,
    a la vida más cercana,
    al anhelo
    o al pasado,

reflejos de sentimientos rugidos en papel,
quimeras azuladas,,

en días de sol, claváis vuestras agujas en el azul celeste o
atravesáis la espuma de los grises en invierno,

siempre estáis aquí, cálidas acompañantes,
del silencio,
de las citas a escondidas con los versos,
con las musas revoloteadoras,
desnudas
prestas a impregnar mis escritos con su aroma.

Retorcidas ramas de álamo joven,
sombreadoras risueñas en primavera
y dolientes esqueletos en otoño,
quizá estéis ahora muertas de este frío,
aguardando esperanzadas el abrigo de los brotes,
quizá lo estéis,
quizá tembléis en la mañana
o al ocaso de la tarde,
y aun así estáis aquí, conmigo,
siempre lo estáis,
bailando sobre mis escritos,
regalando vuestro aliento,
siempre estáis aquí,
como vigías mudos,
aguardando,
siempre estáis aquí,
dibujando sombras fugaces en mis hojas.

Quiero regalaros un poema,
reteneros para siempre en mi retina,
teneros cerca,
por si el día de mañana no nos vemos,
gracias por acompañarme,
gracias por estar en mis cuadernos,

gracias por bailar sobre mi sombra.

6 de diciembre de 2011

Luces en la Niebla


Jack caminaba con prisa, apurado, sin prestar atención a su alrededor. No hacía falta. No necesitaba ver por dónde iba, conocía el camino sobradamente. Cualquier persona con la que se hubiese cruzado en aquel instante habría corrido para apartarse de su lado. Su aspecto era tenebroso, inquietante. El rostro huraño bajo una chistera. Un bastón decidido, rematado con motivos metálicos. Un cuerpo hosco, de andares desafiantes, oculto bajo una levita oscura y un luminoso chaleco dorado. Todo el conjunto bajo el espesor de la niebla erigida desde el río. Apenas había luz. Tenía prisa. Parecía huir de alguien… o de algo. No miraba atrás, pero se imaginaba observado a través de la bruma. Siempre le ocurría después de uno de esos paseos nocturnos.

De pronto un chirrido, un desconocido amasijo de metal, vapor y luces frente a él, escasamente a diez metros de donde se hallaba.

Cuando la niebla se aclaró misteriosamente en aquel punto en concreto deseó estar en cualquier otro lugar, aunque no supo por qué a ciencia cierta. Una silueta extraña descendía de un carruaje esférico repleto de tubos y luces intermitentes. Pudo ver varias llaves de paso circulares de las que surgía vapor de agua y algunas válvulas de presión demasiado grandes como para resultar tranquilizadoras.

La silueta se acercó a él a través del vapor, la luz y la niebla. La máquina continuaba exhalando crujidos metálicos y protestas luminosas. Jack pudo ver que el desconocido vestía ropas muy semejantes a las suyas. Protegía sus ojos con extravagantes gafas oscuras, muy redondas. Llevaba un salacot en la cabeza y una gabardina bailaba a su alrededor, repleta de artilugios extraños que sobresalían por todas partes. A Jack no se le escapó el revólver que colgaba a su izquierda ni la seguridad de su oponente.

Cuando estuvieron más cerca, soltó un reniego. El recién llegado se llevó una mano al salacot a modo de saludo y esbozó una sonrisa mientras apartaba las gafas de unos ojos castaños y vivaces. Jack no pudo menos que corresponder al saludo con un toque de chistera, su honor de caballero le obligaba. 

De repente se sintió extraño, silenciosamente amenazado por el desconocido. Éste extrajo de uno de los bolsillos de la gabardina un reloj de bolsillo, lo contempló un par de segundos y esbozó una sonrisa inquietante. Después levantó la mirada y observó al desconocido con una repulsión oculta bajo un deje de caballerosidad.

-El señor Jack, supongo.

Asombrado, el aludido solo pudo asentir. De repente su habitual pose huraña y confiada dio paso a la de alguien terriblemente sorprendido. El extraño volvió a consultar su reloj. Asintió. Esta vez había acertado. El destripador jamás volvería a matar a nadie. Obligó a Jack a entrar en la Máquina del Tiempo y se lo llevó de allí para siempre.

28 de noviembre de 2011

Tiempos inciertos



Vientos tenebrosos nos azotan
nublando nuestros sueños,
enturbiando la vida
con cenizas que hablan de derrota.

Vivimos tiempos inciertos,
interesantes se susurra,
inquietantes
clama mi alma sacudida,
son una opresión constante,
una amenaza en nuestro pecho adormilado,
tiempos oscuros de nubes secas,
cosechas perdidas y rastrojos,
años vibrantes,
rugientes,
dolidos,
dolientes,
vivimos la decadencia de una era
y no nos hemos percatado todavía,
y es que aún no nos hemos dado cuenta.

Hay quien grita
procurando alertar de lo que ocurre,
pero su misma indignación es su barrera,
su exaltación la firma que le niega,
el mensaje aún no ha calado,

ni lo hará

no sabremos lo que pasa
hasta que no tengamos encima la tormenta
inevitable,
no atisbamos las señales,
no las vemos,
nos estamos condenando sin saberlo,

sufrimos tiempos inquietantes,
desconcierto,
pesar,
fronteras,

que no nos cojan desprovistos,
que no nos atropellen,

solo pido eso,
que sepamos refugiarnos,
que seamos navegantes de este nuevo tiempo decadente.

25 de noviembre de 2011

Cobarde

 
Me ves llegar y adivinas pronto mis anhelos,
la sed de mis labios por saciarse con tus besos,
no debe ser complicado,
mis torpes disimulos son como libros abiertos,
te busco,
en silencio,
procurando no mirarte,
apresado por el embrujo destilado por tu cuerpo,
callando a duras penas el mensaje
que me muerto por gritar,
hambriento,
mi corazón se desboca cada vez que te encuentro,
y lo sabes,
sabes que lato por ti,
sabes bien lo que siento,
sonríes sin demostrarlo, te despistas,
rozas tu cabello con los dedos, sabiéndote admirada,
a través del velo que me nubla te sonrojas,
o eso creo
y ya soy incapaz de huir de tu secuestro,
cuando se hace evidente mi presencia
aparto la mirada, quizás demasiado deprisa
sorprendido,
descubierto,
sabes que te deseo,
mi pecho se contagia de temblores inciertos,
me miras de soslayo,
por un segundo me siento respondido,
aunque supongo que solo es una imagen de mis sueños,
te miro de recuerdo,
te pierdo…

y de pronto, te veo frente a mí,
en penumbra,
el momento adecuado,
el instante perfecto,
tus castaños me devoran
mis castaños me delatan,
nuestras pieles son de fuego,
nuestros cuerpos, dos batallas,
un instante bastaría,
una decisión acertada,
entreabrimos los labios deseosos,
suspiramos,
solo necesitamos el coraje de un segundo,
una hazaña,
nos miramos otra vez
y somos fuego avasallado
aguardando…

pero el beso se diluye sin siquiera ser intento,
el momento ha pasado,
lo sabemos,
nunca volverá,
y sentimos cómo nos devora el desierto
y somos dos cobardes doloridos
sin valor de vivir de amor
sin valor de morir por un beso.

Este poema podría describir algunos encuentros de juventud... qué queréis nunca he sido una persona lanzada (y menos en según qué cosas), así que alguna chica (todas) se ha librado de mis besos. Qué le vamos a hacer... jeje.


El Farol

El farol sigue en su puesto,
hiriendo la roca
con su corazón de metal caliente,
ensartado para siempre
bajo la sombra de ese árbol cercenado,
cubierto de hojarasca que se pudre,
rodeado de matojos despeinados,
viejo,
macilento,
herrumbroso,
pero aún inquebrantable,
ha visto correr los años
y el paso de nuestras horas,
ha visto cómo las tardes
languidecían
como sueños olvidados,

mis arrugas crecientes son
profundas, como sus recuerdos
vestidos de pinturas rotas
y cristales polvorientos.

El farol sigue en su puesto,
los años vuelan fugaces,
la vida se diluye en estaciones ya pasadas,
sigue ahí,
imperturbable,
fiel en su atalaya.

El farol sigue en su puesto
observando cómo decrece mi silueta
cómo mi sombra se aletarga,
cómo poco a poco voy muriendo
y haciéndome menos todo
y más nada.

Y ahí seguirá cuando nadie lo recuerde
o le dedique un simple vistazo,
inmóvil vigía de nuestras vidas,
testigo impertinente
del paso del tiempo.

El farol sigue en su puesto
y ahí seguirá
cuando seamos solamente
susurros que viajan a lomos del silencio.


A veces, las cosas más simples son las que despiertan mayores sentimientos en nuestro deambular cotidiano. El farol de la fotografía no es el del poema, pero se le parece ligeramente. Seguro que vosotros tenéis vuestro propio farol, vuestro banco, vuestro testigo diario de que la vida sigue corriendo sin darnos un descanso. Espero que os guste el poema.




23 de noviembre de 2011

El Rey y la Muerte

Era el final, incluso la esperanza se diluía ante mi. La sangre escapaba de mis venas, mis ojos se nublaron. Había sido derrotado. Mi gesto debía mostrar más incredulidad que dolor, a pesar de la espada que atravesaba mi pecho. Caí. La muerte se acercó con una sonrisa pesarosa dibujada bajo sus pecas. Nunca había imaginado que fuese tan hermosa. Le dediqué un saludo afectuoso. Traía paz y sosiego y libertad. Aquí acababan mis preocupaciones. Otros tendrían que ocuparse de los problemas. Yo, por fin, podría ser feliz. Cogí la mano que me tendía la niña y nos marchamos en silencio del campo de batalla...

22 de noviembre de 2011

Inspiración

Es el momento.
Lo sientes, ¿verdad?

¡Detente!

Aquí estoy,
abre el cuaderno
esgrime tu pluma,

escribe,

llena los vacíos con tu tinta
desángrate
saca todas tus congojas
llora,
laméntate en los versos,
haz llorar…
¿Estás contento?
Sonríe entonces
y haz sonreír a tus palabas

¡Hazlo!

No esperes,
es justo ahora,
luego será tarde.

¿Lo has hecho?
¿Te has derramado por completo?
¿Estás seguro?

Bien…
    Me voy…
             Volveré pronto.

Adiós.



…Hasta luego, inspiración. 

18 de noviembre de 2011

Gato Negro


Me crucé con el gato negro en la noche, al pie del cementerio. Las puertas enrejadas temblaban y gemían bajo la tormenta. La niebla dejaba entrever las lápidas antiguas, repletas de verdín y letras ilegibles. Los ojos del felino brillaban amarillentos. Nos miramos. Le bufé. Y salió corriendo despavorido. Antes de perderle de vista, vi que buscaba desesperado alguna madera que tocar.

17 de noviembre de 2011

Amor imposible


Quise tenerte para siempre a mi resguardo. Fuiste mía, pero tu alma era de todo aquel que te encontraba.


Una relación despompensada

 
Siempre supe que nuestra relación acabaría mal. Sí, te quise desde el primer día, te di todos los cuidados, te ofrecí mi corazón. Pero tú eras tan fría... ya el primer día hubo problemas, cuando me indicaste que la luz no era la adecuada para ti, que la temperatura no era justa, que el sitio era demasiado pequeño. Ya indicabas que todo te desagradaba. Y aun así dejé que te quedases en mi casa.

Pensé que el paso del tiempo amoldaría nuestros sentimientos, que la afinidad crecería. Pero no fue así. Incluso parecía que cada día éramos más distantes, más extraños. Yo te miraba con arrobo y admiración, pero tú me contemplabas desde la distancia, sin gesticular, en tu cima. Fue tan frustrante. Cada tarde, cuando caía la noche, corría desde el trabajo para llegar lo antes posible, para atenderte y ofrecerte mis cuidados. Pero tú no sonreías. Creo que nunca me dedicaste una sola sonrisa o una mueca. No sé cómo pude quererte tanto.

Tampoco eras para tanto. Cuerpo más bien vulgar, fisonomía apenas aceptable, ojos saltones, tacto desagradable, sin personalidad… no entiendo cómo pude enamorarme de ti y por qué pretendí cuidarte, por qué te llevé a mi casa y te regalé tantas atenciones. Al cabo de los días aborrecí correr para cuidarte, casi te odiaba. Y al cabo de tres semanas el odio se tornó en indiferencia, en dejadez. Así que cuando moriste no sentí más que el vacío que deja el sosiego. La tranquilidad del que se sabe por fin despegado de una cadena. Al tirarte por el desagüe me juré que era la última vez que me compraba un pez. Tenía que haberme comprado un perro o echarme una novia…

12 de noviembre de 2011

Pasión


Se acercaron en una tormenta de pasiones desatadas. Durante infinitos minutos fueron mares embravecidos, incendios, huracanes capaces de arrasar el mundo en su revuelo. Nadie supo de su osadía, de la desobediencia de aquellos dos dioses rebeldes condenados a no encontrarse jamás, de su amor extremo. Dejaron de ser dos para ser un todo inmenso, fugaz, incontrolable... pasado el momento se alejaron para siempre.

No volvieron a verse jamás, aunque siguieron amándose durante toda la eternidad. El mundo respiró tranquilo, pero el recuerdo de aquel amor truncado se quedó para siempre impregnado en los corazones de sus habitantes, que no pudieron ser nunca plenamente felices.

Dicen que en el futuro, volverán a ser un solo ente. Entonces, solo entonces, llegará el fin de los tiempos...

5 de noviembre de 2011

La palabra que faltaba

Ni los filósofos, ni los sabios, ni los escritores, ni los políticos, ni los científicos, ni los ingenieros, ni los premios Nobel… al final fue un niño el que descubrió la palabra que faltaba en el vocabulario de los Hombres. La gritó un buen día al despertar y todo el mundo quiso escucharla, se extendió como un relámpago, llegó a todos los rincones de la Tierra y consiguió lo que nadie antes había logrado: la ansiada Paz de la humanidad. 

Solo un niño podía encontrarla.



Buitres


Gimió. Había ido hasta aquellos parajes para ver los buitres en acción, lo que no suponía era que su cuerpo malherido sería la carroña...

4 de noviembre de 2011

Diferente

Pensó que era único en el mundo, hasta que se econcontró con un catálogo de egos perdido y se descubrió en millones y millones de personas...

Sin voz

Quería decir tantas cosas que se le agolparon en la garganta y no fue capaz de decir nada. Su epitafio reza que era mudo.

27 de octubre de 2011

Los panes y los peces...

Jesús alzó las manos al cielo, multiplicando con una oración los panes y los peces... había para todos, ¡era un milagro!

Pero llegaron los Mercados con unas caras tiesas y de pocos amigos, metieron en varios trailers cada pan y cada pez multiplicado, se lo llevaron por cuatro perras y a los pocos minutos ya lo estaban vendiendo por un valor diez veces superior al que habían pagado ellos...

El Dragón


Todo fue tan rápido que pasó inadvertido para el resto de la gente, pero ocurrió, juro que en la calleja, donde estaba la librería del abuelo Miguel, vi un dragón hurgando en la basura... claro, nadie me creyó, ¿quién iba a creer a un niño con una imaginación sacada de una montonera infinita de cuentos y novelas de caballería? 

Se lo conté a todo el mundo y se rieron de mí ¿cómo iba a haber un dragón en la calleja? ¿Y encima hurgando en la basura? Se burlaron de mi imaginación y de mi fantasía desbordada. Todos, a excepción del abuelo, que me miró por encima de sus gafas, con esos ojos que parecían adivinar todo lo que estaba pensando y albergar más saber que todos los libros de la librería juntos. Él sí que me creyó. No solo eso, al escuchar la descripción que hice del dragón en cuestión sonrió, orgulloso de mí y me regaló un libro nuevo, como hacía cada vez que estaba verdaderamente contento con algo de lo que yo había hecho. 

El abuelo sonreía, pero los demás siguieron riéndose de mi ocurrencia y mi fantasía. A mí eso me molestaba bastante, porque era cierto, yo había visto ese dragón en la calleja… estuve mucho tiempo enfadado con todo el mundo por no creerme, a algunos incluso dejé de hablarles. Ahora que soy mayor ya no estoy enfadado con ellos por su incredulidad, he comprendido que para ellos era difícil comprender que un dragón pudiese hurgar en la basura cuando todo el mundo sabe que los dragones solo viven en zonas abiertas, nunca se acercan a las ciudades y tienen toda la comida que puedan desear cerca de sus bosques, sin necesidad de hurgar en ninguna papelera… 

17 de octubre de 2011

Raza fracasada



He sentido en mí el llanto de la hierba pisoteada,
los trenes raudos, exhalantes de cenizas,
el estruendo del miedo susurrado,
el hambre, la sed,
los temblores infinitos de los miembros,
el castañeo doliente de los dientes,
el inaudito terror a la pérdida,
la derrota,
el temor por nuestros hijos,
la pasión arrebatada,
el dolor intenso de los maltratados,
la amenaza,
lo he sentido a través de las palabras,
me ha dolido, he sufrido,
el temor me ha hecho temblar
y el hambre ha castigado mis entrañas,
mis labios cortados y mis dedos
me han sangrado,
los pies apenas me sostenían
y mi entereza se ha partido en dos,
me han derrotado,
casi he podido verlo, sufrirlo, palparlo…
he llorado al ver gemir al viento
cuando el hombre ya no es hombre,
sino bestia,
cuando no hierve la sangre ante lo injusto
y somos ajenos al dolor,
a la desgracia,
cuando somos rocas inviolables,
mudas, sordas, ciegas,
vanas,
he sentido el desgarrón en mi conciencia
cuando nos he visto impasibles,
peor que malvados,
indiferentes,
cuando somos lo que consumimos
y no lo que soñamos,
cuando la magia es moribunda,
cuando el mundo se puebla de vacíos
y grises
y rumores
y miseria,
cuando, sencillamente, somos…
pero no llegamos a estar.

Hay momentos en la vida
en que me miro en el espejo del pasado
del futuro y del presente
y me hallo desolado ante mi rostro,
desolado por la imagen,
aturdido
y me busco ahí, en el reflejo,
y no me encuentro
y sigo buscando
una esperanza que no llega…
una señal.

Indago en la historia,
me dejo absorber por las palabras
y lamento ser solo un reflejo
de una pasada contienda,
y comprendo día tras día,
horrorizado,
que hemos perdido la batalla,
que estamos condenados,
que no tenemos redención…

pues hemos fracasado como raza…



Este poema merece un pequeño comentario por mi parte.

Quienes ya hayan pasado por el blog en ocasiones anteriores, ya sabrán que mi estado de ánimo suele ser más optimista, pero acabo de leer "Entre tonos de gris", una estupenda novela de Ruta Sepetys, en la que se habla de una familia enviada a un gulag en Siberia y bueno... eso se ha unido a las noticias diarias, a mis recuerdos sobre asuntos parecidos en la Alemania nazi (por fortuna, todos estos recuerdos son parte del pasado y los he conocido por escrito solamente), al hambre, a la miseria y a nuestro consumismo desatado... y claro, no he podido ser optimista en esta ocasión. Espero que este poema, al menos, os pellizque débilmente en la conciencia y os tenga pensando unos minutos en nuestro mundo, con eso me conformo.

Gracias por haberme dedicado vuestros preciados minutos, hasta siempre.

8 de octubre de 2011

Acomplejado


Conteniendo a duras penas su mal humor, se preguntó por qué sus padres no se separaban como los de todos los demás... ¿es que no les importaba que fuese el bicho raro de la clase?

No hay más sordo que el que no quiere escuchar...


Siempre daba consejos de cómo se debía vivir la vida y cuando quiso vivirla él mismo, se dio cuenta de que había malgastado el tiempo dando consejos a los demás.

3 de octubre de 2011

Infeliz

Estuvo más de 30 años achacando a su mujer la infelicidad en la que vivía sumido, pero al morir ésta de manera fortuita, tuvo que reconocer que él era el que había conseguida hacer imposible la vida de su esposa...

28 de septiembre de 2011

La muerte del héroe


Cada vez que nace un superhéroe aparece en el mundo su super villano antagónico, es una ley natural, el mecanismo utilizado por la madre naturaleza para defender al resto del mundo de un súbito acceso de locura de los poseedores de esos poderes sobrenaturales. Claro, que eso no lo supe hasta cierto tiempo después, el día en el que me estrellé contra dos edificios de nueve plantas y me los llevé conmigo al infierno (con todas las personas que había en su interior).

No me preguntéis de dónde coño surgieron mis poderes, porque no tengo ni idea. Sólo sé que un día era el esmirriado de la clase y al día siguiente estaba tan cachas como el tío que me agobiaba cada mañana al llegar al instituto. Además, descubrí que podía volar, que tenía la fuerza de veinte hombres y que –sí, es alucinante- podía ver a través de la ropa de mis compañeras de clase, era tan molón como en los tebeos que me gustaba leer y claro, me flipé un poco.

Yo era un amante de Spiderman, me sentía identificado y me dejé guiar por la estupidez de los guionistas, que no se han llevado un buen puñetazo en su vida. Me hice un disfraz y me dediqué a salir de vez en cuando a ayudar a mis vecinos… después de llevarme algunos disgustos… ¿cómo lo hacía Superman para llegar siempre a tiempo a los sitios? Empecé a cogerle el rollo a esto de ser un supertipo, acaparé portadas, me hice algo famosillo… y claro, debería haber prestado más atención a los tebeos… como descubrí meses después, mientras me zambullía de lleno en aquel mar de ladrillos, azulejos, vigas de hierro, polvo y gente… ahora, hay una cosa que los guionistas no comprenden, si los malos te pegan de mala manera, también te mueres, ¡no te jode!

23 de septiembre de 2011

Sin rumbo



La vi paseando por la playa. No era la mujer más hermosa que había visto en mi vida pero me cautivó su manera de caminar, el aura de seguridad que desplegaba a su alrededor. Las miradas de todos aquellos con los que se cruzaba se perdían en sus interminables piernas bronceadas y pude descubrir a más de uno -y una- soñando con descubrir lo que se ocultaba bajo su escasa vestimenta. Realmente no era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, pero sí la que más miradas acaparaba...

Espero que nadie se pregunte el por qué de lo que pasó a continuación, porque fue una de esas acciones improvisadas que uno ni siquiera se plantea, sino que simplemente ocurren. Ella, la acaparadora de miradas, la mujer de piernas infinitas y mirada turbadora, se alejó de la playa a través del laberinto de calles que comenzaban a despertar con el alba y yo, sin saber por qué lo hacía, borracho de su bronceado, me encontré siguiendo su estela a distancia, disfrutando del paisaje, ávido de aventura... desde lejos, me limitaba a soñar con cómo sería el tacto de su piel tostada...

Y la seguí durante más de un cuarto de hora, sin disimular y sin intentar siquiera arrancar mis ojos de sus piernas, sus caderas bailonas y, por qué no decirlo, de otras partes de su cuerpo menos poéticas, pero mucho más incitadoras… la seguí por las calles aún sin desperezar, por entre los primeros coches de la mañana, a través de la duermevela y el desvelo provocado por su caminar decidido, por la seguridad con la que daba cada uno de sus pasos, por la claridad de su vestido apenas presente en mis pupilas. La seguí sin rumbo fijo, sin importar el dónde ni el cuánto… esquivando mi indecisión y cobardía… y de pronto mi viaje concluyó, ella se detuvo, levantó una mano al aire, deteniendo un taxi, decidida, desplegando todo su poder de seducción y al perderse para siempre tras la puerta de aquel vehículo desconsiderado me miró por primera y única vez en toda mi vida… y yo me olvidé de su bronceado, de su seguridad, de su vestido, de sus piernas y del resto de su anatomía, quedando para siempre enamorado de la sonrisa traviesa que me dedicaron sus labios sonrosados.

Falta de atención


Soy de los que se leen todo lo que encuentran a su paso. Lo mismo me da un tomo cualquiera de la enciclopedia, abierto por cualquier página, que el prospecto de las aspirinas o los ingredientes del champú cuando no tengo otra cosa a mano. Otra cosa no, pero leer, lo que se dice leer, leo mucho y con mucho mimo, me encanta leer...

y leer y leer... cuando leo me dejo llevar, me pierdo, no sé ni donde estoy. Incluso leo las etiquetas de los zumos, leches, cereales y demás mientras desayuno, ¡en todos los idiomas impresos! En fin, que soy de esos que les gusta leer, sin más, ¡me gusta leer! Ha quedado claro ¿verdad?

y entonces... si me gusta tanto leer... ¿por qué no me fijé en el estúpido cartelito del ascensor donde pone que no se utilice en caso de incendio?

22 de agosto de 2011

Fieramente Humano

Rodolfo Martínez

Cuando el policía Gabriel Márquez conoció al enigmático doctor Jasón Zanzaborna, no podía imaginar lo que se le venía encima. Desde luego, nada sabía de lo ocurrido treinta años atrás, ni de todas las deudas impagadas que el doctor dejó entonces. Menos aún del pasado de la misteriosa mujer que acompañaba al doctor a todas partes. O del estrafalario individuo tuerto que un día apareció por su casa. Lo que menos podía sospechar era que él mismo, de un modo incomprensible, había estado involucrado en esa historia desde antes de lo que creía. Ahora, mientras la amenaza de algo sombrío y terrible se extiende sobre su ciudad y su vida, Gabriel Márquez deberá desentrañar su propio pasado para resolver, por fin, su futuro.

Con «Fieramente humano» Rodolfo Martínez vuelve a la misteriosa ciudad que ya visitó en «El abismo en el espejo» y «Los sicarios del cielo», y lo hace para traernos una historia cargada de presagios y momentos inquietantes por la que desfilan algunos de sus mejores personajes. «Fieramente humano» es, pues, su novela más reciente del ciclo narrativo de «La Ciudad»: una serie de relatos donde se dan cita, a plena luz de día y en la ciudad contemporánea, algunos de los elementos más oscuros e inquietantes de la tradición fantástica.


Opinión personal

A parte de otras muchas cosas de las que hablaremos en un instante, Fieramente Humano es el conjunto de dos enormes novelas unidas para formar un único novelón. Un novelón de esos que nos mantienen atados a sus páginas hasta acabar de desentrañar una trama, que, por coral sobre todo, es difícil de desentrañar, con una mezcolanza de personajes, vivencias, situaciones y aventuras no terminadas de contar que podría dejar sin aliento a los lectores menos infatigables.

Dicen que la literatura fantástica que más nos gusta suele ser anglosajona, pero creo que los que lo hacen es porque no se han parado a leer lo que tenemos más cerca. Rodolfo Martínez es de esos escritores que tienen una legión de seguidores a sus espaldas. Ganador del premio Ignotus, del Minotauro, participante activo en la Hispacón y en la Semana Negra de Gijón es, lo que diríamos, un protagonista activo de la fantasía nacional y, o mucho me equivoco, es un amante declarado de los tebeos de superhéroes.

Porque, aunque no he encontrado referencias a esto en ninguna de las reseñas que he leído tras devorar Fieramente humano, puedo decir, como lector habitual de tebeos que soy, que Rodolfo también lo es, o al menos eso creo yo. Porque esta novela, escrita en dos periodos de tiempo diferentes en la vida de Rodolfo, tiene en una de sus partes un aroma inequívoco a los tebeos de superhéroes. Al leerlo, uno tiene la sensación de estar ante uno de esos eventos periódicos que las grandes casas de tebeos mundiales hacen cada cierto tiempo para unir a todos sus supertipos en una misma aventura, un Team Up que se llama, un todos unidos frente a un enemigo común e inexpugnable, que está siempre muy cerca de destruir el Universo conocido como el que se suena un resfriado a media mañana.

Fieramente Humano es una novela que pertenece a la serie La Ciudad, protagonizada por varios personajes sobre los que Rodolfo ya ha escrito con anterioridad. Gabriel Márquez, un detective relacionado con asuntos poco comunes, Eva, Laura, dos cuervos con mucha inquina, algunos personajes extraños más y, sobre todo y por encima de todos, el Doctor Jasón Zanzaborna, un personaje misterioso y enigmático, creado, podría apostar, gracias a las lecturas de Rodolfo de las aventuras del Doctor Extraño de la Marvel.

Pero como os he dicho antes, esta novela tiene mucha más miga de la que aparenta al ver la corteza. En su interior guarda otra novela, una que el autor comenzó a escribir hace 20 años, una novela de terror en la que una serie de desconocidos se encuentran en el Cairo para buscar al mismísimo diablo… o a uno de sus ayudantes más poderosos.

Dos intrigas entrelazadas, con más de 20 años de diferencia, pero que Rodolfo une de manera magistral, presentándonos una atípica novela de fantasía, ambientada en la actualidad, en una ciudad sin nombre, no demasiado difícil de adivinar, que se convierte en una protagonista más de una acción que se intuye siempre antes de leerla, porque el autor nunca nos da todos los datos, siempre deja hueco a nuestra propia imaginación para que completemos los momentos que él nos va aportando.

Una lectura adictiva. Fieramente humano es oscura, opresiva, bastante políticamente incorrecta, con dosis de humor corrosivo y momentos de verdadera claustrofobia. En algunos momentos nosotros mismos parecemos presos de la novela, aunque contemos con toda una hueste de personajes dispares para salir del aprieto cuando lo necesitemos de verdad.

Os recomiendo leer Fieramente Humano, lo vais a pasar muy bien… o muy mal, el caso es que si empezáis a hacerlo, ya no podréis dejar de leer. Una novela que se puede leer por sí sola, sin necesidad de haber visitado anteriormente la saga, aunque cuando la leáis, seguro que queréis leer “El abismo en el espejo” y “Los sicarios del cielo”, yo ya lo estoy deseando…

19 de agosto de 2011

Lágrimas de Guitarra


 En homenaje a Federico García Lorca...
       ...y a todos los asesinados en nuestra terrible guerra...
...fuesen del bando que fuesen...


Una guitarra española tañe sus noches en Granada,
su melodía es gris y tenue y triste, suena cansada
el temblor de sus cuerdas grita una rugiente pena apagada,
su música son lágrimas de acordes traducidos en palabras,
lamentos hondos, rasgando almas, pechos y gargantas,
compases de silencios que hablan de poesía arrebatada,
suspiros teñidos de sangre a los pies de la Alhambra,
versos que se desangran ante la multitud callada,
guitarra española que llora y canta la muerte cobrada
y repite el eco de los cadalsos temido en todas las casas,
bandos que se codician, se odian, se necesitan, se matan…
murmullos en horas grises de muerte, dolor y venganza.

Una orden furiosa,
una muerte,
un trueno vil,
una muerte,
un disparo,
una muerte,
un sonido sordo y silencioso,
una muerte,
un estertor recitado,
una muerte,
miles de versos perdidos para siempre,
una muerte,

y la guitarra que llora
y llora y grita

y canta
y lamenta
y sufre
y muere
y habla,

poesía derrumbada,
melodía doliente y gastada
y triste y tenue y gris
y apagada,

música lamentando la muerte,
la muerte,
y la locura,
la desgracia,

elegías que pueblan los pueblos de nuestra España,
lutos rigurosos tiñendo todas las casas,
familias derruidas, temerosas, derrotadas,

¡vergüenza!

Dolor,
muerte,
yugo,
cadenas,
poesías bajo las almohadas,
palabras libres,
frases jamás calladas,

dos bandos locos,
generación derramada,
juventud perdida,
toda España asesinada.

Y la guitarra llorando,
cantando
su melodía gastada.

Una salva sin honores,
magia pura asesinada,
un pelotón plantado frente a un muro,
una orden, un trueno vil, un disparo, un estertor,
una muerte,
talento fusilado,
justicia disfrazada
¡venganza!

Y la poesía llorando cual madre desconsolada
y el mundo mudo de asombro
asombro mudo en el mundo
por tanta poesía enterrada

y la guitarra… llorosa,
doliente, cansada…
llorando notas gastadas
bajo el calor de la Alhambra.



El Bastón Rúnico - Reseña

Michael Moorcok

Michael Moorcock es de esos autores que uno odia o idolatra según avanza a través de sus páginas y sus lecturas. No es un escritor ante el que uno pueda quedar indiferente. Hasta ahora solo había leído Los cuentos del lobo blanco, de entre los que podría sacer muchos cuentos geniales de fantasía y/o ciencia ficción, y algunos que… bueno, pues que no me gustaron demasiado.

Leí estas “Crónicas de Dorian Hawkmoon” gracias a una recomendación que me afirmó que estaba ante uno de los libros fantásticos que había que leer sí o sí… y bueno, tras leer sus más de 600 páginas (hay que decir en honor de la verdad que, aunque sea un solo libro, agrupa cuatro volúmenes diferentes), puedo decir que teniendo una trama, personajes y directrices estupendas, siendo emocionante, vibrante y lleno de aventuras geniales, no es uno de esos libros que engrosarán mi lista de favoritos el día de mañana.

Demasiado Moorcock para un solo libro

Como he dicho en el titular, me parece que es demasiado para un solo tomo. Tiene mil tramas, aventuras, criaturas, artefactos, viajes, situaciones y metas diversas, uno no sabe demasiado bien nunca si está acompañando a un héroe o a un loco (el juego de Moorcock entre la heroicidad y la locura es algo que atrae bastante de esta lectura). La historia en sí es buenísima, aunque con un final demasiado precipitado y poco elaborado para todo lo que nos ha contado hasta alcanzarlo, sus líneas maestras me han gustado y resultan apetecibles por lo que cuentan, la lucha de unos pocos resistentes ante un imperio todopoderoso y sanguinario, pero a veces, esa lucha se diluye en las millares de aventuras que corre el protagonista en su viaje en busca de mil cosas diversas, cada cual más extraña e imaginaria.

La imaginación de Moorcock es tal que llega a apabullar en algunos momentos (por lo menos a mí, que no me suelo asustar ante nada), lo mismo nos encontramos con artefactos mágicos, como pseudo-helicópteros que combaten en el aire frente a flamencos gigantes…

En líneas generales el libro está muy bien, aunque por momentos a mí se me hizo largo y aburrido, quizá peca un poco de demasiado en todo. Muchas batallas, muchas escaramuzas, muchas huidas, muchos aliados, muchos enemigos encarnizados… lo dicho, un poco de demasiado en todo (o eso creo yo). Aun así, me ha parecido encontrar algunos detalles que me he encontrado en lecturas y películas recientes, lo que dice mucho a favor de este libro y de su autor.

Una de las cosas que más me atraen de Moorcock y su Multiuniverso es que nunca sabes bien al leerle si estás ante una trama de Ciencia Ficción o de Fantasía Épica. Ya lo dijimos al hablar de Elric, su “padre” literario nos habla de un único héroe capacitado para ofrecer sus servicios y desfacer entuertos tanto en el pasado, como en el presente o en el futuro.

Ya os digo que no me ha entusiasmado esta lectura, aunque reconozco todos sus méritos. Tampoco me ha gustado demasiado su final complaciente con el héroe o algunas de las ideas defendidas por el autor, aunque sí me ha gustado esa valentía para que una heroína protagonista combata en sus propias batallas y no sea la típica princesa que aguarda en la torre a su héroe valeroso. Algo que en 1967 no era tan común como lo es hoy en día (bueno, en algunas lecturas solamente).

Cuatro libros componen las Crónicas de Dorian Hawkmoon: La joya en la frente (1967, la mejor de las cuatro), El amuleto del dios loco, La espada del amanecer (1968) y El bastón rúnico (1969).

Cuatro libros contra las tiranías… aunque de aquella manera, contra las injusticias y a favor del héroe eterno, ese que siempre aparece para salvarnos en cualquier situación, aunque él mismo las pase canutas para conseguir sus objetivos y sea herido, torturado, encerrado, perseguido y deportado.

Un libro para aprender que los héroes también lo pasan mal y que las tiranías terminan devorándose a sí mismas.

Para amantes de la fantasía y, sobre todo, de la mente imaginativa y desbordante de Michael Moorcock, ganador de los premios Nebula, Guardian, British Fantasy, World Fantasy y John Campbell Memorial.

1 de agosto de 2011

El Solitario. y X


Dos hermosos caballos, acompañados de una mula repleta de provisiones, aguardaban a una veintena de metros de la caravana. Uno de los carros había servido para que los muertos no llegasen hasta los tres equinos e hiciesen con ellos lo mismo que habían hecho con los animales de Long Town que no habían podido escapar… devorarlos en vida, sin piedad. Había un modo de escape. Era complicado, era imposible, era desesperado, pero era viable. Podrían salir de allí. Entonces, mientras elegía nuevos blancos para disparar y ayudar al indio en su huida, un recuerdo le hizo mirar en los carros de la caravana del Séptimo y lo vio, un carro repleto de pólvora y municiones, un auténtico fortín andante.

Sonrió y escupió a los pies del coronel, agradeciéndole en silencio aquella carga. Sahalé y los muertos estaban ya muy cerca. Jon sabía que el indio se estaría preguntando por qué no utilizaba la Gatling y seguía el plan. Seguramente estaría pensando que le había traicionado o que estaba muerto, pero no se rendía, no detenía su carrera, estaba decidido a escapar de Long Town como fuera, con ayuda o sin ella.

Jon vio con horror que había tres o cuatro bichos de esos de piel más oscura y carrera veloz. Por fortuna estaban detrás de los otros y no les era sencillo superar a las decenas y decenas de cuerpos que perseguían al piel roja. Sahalé tendría que darle unos segundos más, tendría que mantenerse con vida un poco más mientras él preparaba todo.

Al cabo de medio minuto todo estaba listo. Sonriente, Jon recogió del suelo de carro un puñado de tabaco olvidado por alguien en una bolsa deslustrada y grasienta que se colgó de la cintura. Masticó un buen puñado mientras enfundaba las Colt y volvía a extraer el Winchester de su espalda. Con parsimoniosa lentitud se levantó con el rifle cargado, apuntó a la espalda del indio y descargó el fuego mortal sobre la cabeza de uno de los asesinos más veloces. Acertó de lleno y el muerto se llevó en su caída a tres o cuatro bichos más pequeños y lentos. El indio gritó con todas sus fuerzas de puro contento, su esperanza renacida de un tiro lejano.

Jon aún disparó tres veces más para acabar con la existencia de otros tres muertos veloces y agresivos. Se estaba quedando sin munición. Y lo peor de todo. Se estaban quedando sin tiempo…

Calculó. No era bueno calculando, pero aun así supuso que si el indio no apretaba el paso ambos estaban bien jodidos.

De pronto, uno de los muertos a los que no había disparado en su carrera hacia la caravana se interpuso entre el indio y las carretas del ejército. Jon soltó un reniego y maldijo a voz en grito. No tendrían tiempo… y Sahalé tendría mucha suerte si lograba escapar. Saltó hacia delante, esperando llegar a tiempo de socorrer al indio… y vio con horror, asombro y una buena dosis de admiración que este extraía un puñal de su cinturón y lo lanzaba a la carrera, acertando de lleno en el entrecejo de la criatura más cercana. Él llegó por detrás del otro tipo y le pegó un tiro en el cráneo, ganándose una sonrisa agradecida del indio.

Escuchó los gemidos demasiado cerca, casi notó el aliento pestilente y podrido de aquellas gargantas ansiosas, sus pasos retumbaban en el suelo de Long Town y él estaba poco acostumbrado a correr. Al girarse tropezó. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía ser tan torpe? Desde el suelo escuchó el sonido de los muertos llegando hasta ellos y algo que pasaba por encima de su cabeza. Al incorporarse vio al indio luchando con las manos desnudas frente a dos de esos tipos rápidos y de piel oscura y sangrienta. Jon, sin saber demasiado bien qué hacer, dejó caer el rifle y desenfundó los dos revólveres en el movimiento más rápido y certero que había realizado en toda su vida. El grupo de muertos estaba ya muy cerca, muy cerca… disparó.

Sahalé quedó inmóvil.

Fueron unos segundos de terror e incertidumbre. Pero al cabo de un instante, el indio se giró hacia él y le ayudó a levantarse. Los dos corrieron con todas sus fuerzas y Jon recordó lo que había hecho, volvió a calcular y se maldijo por estúpido, no tenía ni idea del tiempo del que disponían. Se lo jugaban todo a una carta… y no tenían más ases en la manga. Ya habían hecho todas las trampas posibles en aquel juego mortal.

Instó a Sahalé a acelerar el paso un poco más. Atravesaron la caravana y el indio vio con alegría a los dos caballos y a la mula esperando nerviosos, piafando y caracoleando, intentando soltar las ataduras que les mantenían demasiado cerca de la muerte. Por suerte para ellos, cualquier indio sabía bien cómo calmar a una montura encabritada. En un par de segundos Sahalé y Jon estaban a lomos de los caballos, con una mula a su lado repleta de armas, agua, ropas y provisiones.

Espolearon a sus monturas y se alejaron rápidamente de Long Town, algo que a los caballos no les importó en absoluto. Cuando apenas distaban doscientos metros de la ciudad escucharon la explosión. Por suerte y a petición de Jon, ambos se habían parapetado tras unas rocas y estaban a salvo de cualquier peligro ocasionado por el polvorín del Séptimo, que ahora no era más que hollín y cenizas.

Un momento después, ambos jinetes contemplaban lo que quedaba de la ciudad. Un gran incendio la consumiría por completo antes de que llegase el alba y con un poco de suerte todas aquellas criaturas arderían con ella. Desde la distancia creyeron atisbar un pequeño grupo de seres tambaleantes que se alejaban hacia un punto indeterminado del desierto.

Sahalé vio la caja de armas que portaba la mula y sonrió.

-Deberíamos asegurarnos de que no encuentran a nadie vivo. No me gustaría que esta tierra se convirtiese en un lugar en el que la muerte te ronde tras cada roca –comentó el indio.
-¿Acaso no es así sin necesidad de muertos que se ponen en pie? –Terció Jon.
-Precisamente por eso, amigo, no me gustaría que fuese aún peor.

Jon no supo qué contestar. Podría irse a su casa, a su río, seguirían trampeando como hasta ahora. Claro, ya no podría bajar regularmente a Long Town a pasar el rato con una de las chicas, a brindar con Bill o a hacer negocios. Tampoco es que le importara mucho, ya que podría vivir con total comodidad sin necesidad de volver a ninguna ciudad. Podría llevar al indio con él, seguro que les venía bien la mutua compañía…

Pero por alguna razón desconocida supo que no volvería jamás a su antiguo hogar. Ahora, precisamente ahora, necesitaba saber que la gente estaba bien, que estaban vivos y seguían con sus vidas, que le mundo no era una locura llena de muertos andantes… siempre había sido un solitario, pero ahora…

-¿Sabes? Creo que tienes razón. Además, puede ser divertido. Pero antes, deja que te invite a un trago. Amigo. –Comentó, escupiendo un gran lapo de tabaco oscuro y aromático.

Ambos se sentaron en el suelo. Encendieron un fuero y brindaron durante buena parte de la noche con dos botellas de whisky encontradas en el interior de la caja de armas. Ninguno de los dos sabía que aquel fuego sería el último del que podrían disfrutar en mucho tiempo.

-¿Sabes qué? –Sentenció Jon antes de irse a dormir- creo que este puede ser el inicio de una gran amistad.

Y se durmió con la sensación de que ya había escuchado esas palabras con anterioridad. Después sonrió. El mundo se había convertido en un lugar horrible y peligroso. Pero, por todos los demonios, también en un lugar terriblemente divertido.


¿FIN?