18 de enero de 2011

El rescate

El caballero cayó de rodillas delante del dragón, estaba agotado, rendido... su armadura estaba completamente destrozada y apenas podía mover el brazo derecho a causa del garrotazo de uno de los ogros con los que había tenido que combatir en el monte. Sudaba profusamente y su valentía se amortiguaba delante de aquella bestia descomunal...

Había llegado hasta aquella cueva en busca de la princesa, una beldad mundialmente conocida, con los cabellos dorados como el fuego, los ojos azules como un cielo despejado y una sonrisa divina. Pero ahora, al ver el tamaño del leviatán que la había secuestrado del castillo... se dijo -bueno, tampoco es que conozca de nada a la princesa ¿y si no somos compatibles? ¿Y si no salta la chispa del amor entre nosotros?

Envainó la espada lentamente, para no provocar al dragón, humilló la cabeza y, fatigado como estaba, comenzó a arrastrarse hacia atrás, como los bardos decían que uno debía comportarse ante un bicho de ese porte. La princesa gritó algo, pero el caballero no la entendió y siguió alejándose de lo más rápidamente posible. De pronto el dragón rugió y, como un rayo, se situó frente al humano. Su rostro evidenciaba una furia temible. El leviatán inhaló una buena bocanada de aire antes de abrir sus fauces y el caballero suspiró, sabiendo que estaba perdido, nada podría hacer ante el fuego de un monstruo semejante.

Y entonces el dragón acercó la poderosa testa a la del caballero y en un susurro le dijo: -llévatela, por favor, por lo que más quieras, llévatela...