31 de enero de 2011

La Dama del Claro IX



Estoy agotado.

Es una suerte saber que tengo límites y que no soy todopoderoso, ese bicho ha demostrado ser mucho más resistente de lo que había pensado. He tenido suerte, porque ahora sé que hay seres tan inteligentes y poderosos como yo… podría haber muerto, pero he vuelto a sobrevivir y no puedo remediar sonreír ante el recuerdo de la lucha mortal que acaba de enfrentarme con un ser que, ahora lo sé, era mucho más peligroso que yo… he vuelto a mostrar a la noche cuán peligroso soy. No creo que nadie vuelva a subestimarme, aunque, esta vez he de reconocerlo, he sido yo el que ha pecado de soberbia. Ese ser, ese monstruo debería haberme aplastado. Podría haberlo hecho sin demasiado esfuerzo, era mejor que yo, más inteligente y más fuerte, ¿por qué he vuelto a sobrevivir? ¿Cómo he podido hacerlo una vez más?

Estoy tan cansado que procuro pasar desapercibido para recuperar algo de resuello. Aunque creo que ahora mismo me he ganado unos minutos de sosiego. En cuanto surgí de entre el monstruo vi aparecer, como de la nada, a centenares de seres humanoides que avanzaban hacia mí. Estaban desnudos y caminaban en una pose extraña, ni erguidos ni agachados del todo. Parecían fuertes y musculosos, parecían un peligro más de la noche. Sus ojos, saltones y amarillentos, lucían con un brillo mortecino, dándoles un aspecto tenebroso. Su piel era rosada y parecía cubrir lo justo para dejar ver sus músculos. Se movían veloces y surgían de todas partes. Vi aparecer algunos debajo de la tierra, otros bajaron de las copas de los árboles y dos o tres surgieron de debajo de las arenas movedizas en las que casi había muerto ahogado. Me encaré con ellos y me preparé para la batalla… pero ni siquiera se me acercaron, no venían a por mí.

Eran carroñeros.

Sigo sentado en una sima granítica, a pocos metros de la figura del bicho con el que acabo de batirme y pienso que, de haberse resuelto de otra manera, mi cuerpo podría haber servido de carroña para esos seres atroces y repulsivos que se arrastran alrededor su la gigantesca mole del monstruo.

Pero aquí estoy, agotado y dolorido, vivo.

Los veo devorar rápidamente el cuerpo negro y siento a la vez una mezcla de repulsión y admiración ante la imagen. Sí, son seres atroces, despojos, pero su función es tan importante como la de cualquier otra criatura. ¿Quién es más horrible? Ellos se limitan a seguir sus instintos de supervivencia, pero yo…

Pienso en ella, una vez más pienso en ella y noto como mi cuerpo se tensiona y mi mandíbula se retuerce de odio, ¿quién es esa mujer que tanto me agita? ¿Quién demonios soy yo?

Busco la luna con la mirada y no la encuentro sobre mi cabeza, me sorprende un conjunto de estrellas rojizas que destellan en el firmamento, conforman un extraño dibujo… espera ¿es eso una espada?

Entonces recuerdo las runas brillantes de mi brazo, recuerdo la ausencia de mi espada y blasfemo a los dioses que me escuchen con todos los reniegos que recuerda mi mente indecisa. Miro mi costado y una vez más lo hallo vacío. En un impulso arranco la tela de la prenda que cubre mi brazo izquierdo… y las veo, veo las runas grabadas a fuego alrededor de mi brazo. No sé leerlas, no sé lo que significan, aunque sé que son vitales para mi existencia. Cuento más de una docena de runas, todas diferentes entre sí, tatuadas con formas alargadas y de aspecto amenazador. Mi brazo está rodeado de ellas y en mi mano concluye en punta el trazo de la más alargada de todas. Y sé que es por ellas que soy un peligro inaudito. Sé que no preciso de arma alguna pues el arma soy yo.

El espectáculo puede durar aún horas y yo, aunque siga sin saber el por qué, continúo teniendo mucha prisa por alcanzar un punto aún lejano situado en el norte. Todavía estoy muy cansado, pero eso me enseñará a no despreciar a ningún nuevo oponente, esta vez ha estado demasiado cerca. Esta vez podría haber perdido la batalla.

Sonrío.

Debo estar loco.

Me levanto y dedico un gesto de mi cabeza a la criatura. Realmente ha sido un oponente digno y cualquier otro ser habría perecido en una batalla semejante. Pero yo no soy cualquiera, yo soy un verdadero peligro.

Tras el saludo continúo adelante, el norte me espera.

Y es cuando me pongo en camino cuando la veo perderse tras una roca puntiaguda. La escucho sonreír y llamarme.

La cogeré.

Por todos los demonios del abismo, la cogeré y ay de ella cuando lo haga. Deseará no haberme eludido tanto.

Deseará no haberme conocido