14 de enero de 2011

La Dama del Claro III

No recuerdo quién soy, pero a medida que recorro el bosque y la ciénaga que lo inunda voy tomando constancia de mis cualidades. Este lugar apesta, el agua me llega hasta las rodillas y la niebla se ha tornado una cortina densa y persistente que no parece tener muchas ganas de levantarse. Camino a ciegas, a veces me sorprendo corriendo. Y no sé por qué pero sé que tengo prisa, tengo prisa por llegar al norte lo antes posible. Por eso corro bajo la niebla, sin importarme lo más mínimo lo que pueda encontrar delante. Estoy agotado… llevo horas buscando criaturas con las que desahogar el nudo de mi garganta… aún no lo he conseguido, Leviatán era mucho más que una montura o un caballo, ahora lo sé, Leviatán era mi amigo y por eso odio a estas criaturas con cada fibra de mi ser.

Ya no dejo que huyan de mí…

Mis rugidos amedrentan incluso a las ramas más ocultas de este bosque, mi espada ha bebido de decenas de criaturas durante esta carrera a ciegas. No he reparado en colores, ni en razas ni en tamaños. He asesinado sin piedad a cuanto ser se ha cruzado en mi camino, me he bañado en su sangre y he rugido como una bestia hasta sofocar mi pérdida, aunque sé que es irreparable, nunca volveré a tener un amigo como Leviatán.

Los monstruos… si es que no soy yo el verdadero y único monstruo de estos parajes, ya no se dignan a combatirme ni a emboscarme, los espías parecen no seguirme, solo los lobos continúan tras mi rastro, los huelo y los siento correr veloces a mi espalda, apenas tocan el suelo con las mullidas plantas de sus zarpas, pero yo puedo sentirlos y sé que es a ellos a los únicos seres de aquel lugar a los que no quiero dañar en lo más mínimo, al menos de momento.

Sigo estando furioso, pero, a medida que avanzo sin encontrar seres en los que descargar mi furia, siento que un nuevo sentimiento se abre paso en mi garganta, me ahogo y sé que no es de cansancio o agotamiento, podría seguir corriendo y asesinando sin piedad durante semanas enteras, sin descanso alguno, pero noto que el nudo de mi estómago se ablanda y corretea nervioso hacia mi garganta. Desconozco ese nuevo sentimiento, no sé de dónde viene ni qué significa, pero sé que es dañino y que, tarde o temprano deberé sacarlo de allí, aunque para ello deba degollarme a mí mismo.

Aunque no recuerde quién soy o dónde estoy sí que recuerdo cosas básicas sobre el mundo en el que vivo, como el que llevo corriendo demasiadas horas bajo el amparo de la noche, debería haber llegado la mañana, lo sé tan bien como que necesito respirar para continuar en pie. No parece haber mañana en aquel bosque, ni sol, ni claridad.

Mejor –pienso con una media sonrisa- así no me debilitaré lo más mínimo.

La niebla se disipa al bordear una colina y el suelo es ligeramente menos pantanoso. En mi carrera sorprendo a varias figuras humanoides de un tono gris acerado. Su piel escamada es robusta y parece cuero muy grueso o incluso un metal ligero. Son tan altos como yo y sus músculos demuestran que son guerreros habituales. Se plantan sobre dos piernas robustas y van armados con guadañas y cimitarras tan anchas como mis brazos. Sé que son peligrosos. Desde su cola repleta de pequeñas púas aceradas a sus colmillos, son peligrosos y son muchos, al menos cuento diez en el camino. Podrían resultar un verdadero peligro. Me miran con gestos hoscos, como animándome al combate. De pronto sé que ellos me servirán de desahogo y que esta lucha será el último homenaje que le dedique a Leviatán, aunque se merecería tener varios altares en su nombre. Acepto el desafío y dejo caer mi espada negra, que parece gemir contrariada al quedarse fuera de la lucha.

Ellos se miran entre sí y se sonríen de mi estupidez. Me vuelven a desafiar, esta vez con insultos en un idioma desconocido para mí y con bravatas de soldado. Parecen unos bravucones ignorantes, pero mientras me chillan veo que adoptan una inesperada posición de combate. Pertenecen a un ejército bien aleccionado… o pertenecieron a alguno. Bien, será más divertido.

Me lanzo a la carrera ante sus gestos de confusión. Al principio parecen ligeramente conmocionados ante mi locura, pero se reordenan rápidamente y se preparan para acabar conmigo de una manera rápida y limpia. Se llevan una nueva sorpresa. Ni siquiera esos reptiles acostumbrados a la batalla y a la guerra se esperan el salto que me sitúa en el centro de su formación. Casi ni yo mismo soy capaz de entenderlo, pero allí estoy y me basta para hacerme con una lanza.

Eso debería ser suficiente…

Y lo es. Al cabo de unos minutos todos ellos están muertos, asesinados sin piedad por mi ira. Miro la espada desde lejos, la veo destellar apesadumbrada por no haber combatido a mi lado… y es entonces cuando sé hasta dónde soy capaz de llegar, el arma no me guía, yo soy el asesino que guía su filo. Yo soy el peligro.

El nudo es entonces demasiado fuerte incluso para mí, me llevo las dos manos a la garganta creyendo que voy a ahogarme… y es entonces cuando ocurre. Lo primero que noto es el calor de un líquido en mis mejillas, después saboreo su salinidad y más tarde me convulsiono irrefrenablemente entre sollozos. Nunca había llorado en toda mi existencia, ni siquiera de niño, es algo que sé aunque no recuerde nada sobre mi pasado, nunca había llorado, por nada ni por nadie.

Y sin embargo estoy llorando por Leviatán.

Mi rugido dolorido levanta ecos en el bosque. Alguien va a pagar muy caro estas lágrimas, aunque aún no sepa de quién se trata.

Tras ese bramido me levanto, recojo mi espada y vuelvo a caminar hacia el norte. Me encuentro mucho mejor, la pena por la pérdida de mi montura sigue ahí, pero he extirpado ese doloroso nudo en la garganta.

Tengo que darme prisa, no sé por qué, pero tengo que ir hacia el norte lo antes posible.