19 de enero de 2011

La Dama del Claro V

Pero no, el bosque es finito, lo sé, algo me dice que hay una salida, aunque aún está lejos. Mi teoría se reafirma cuando llego al lago, o lo que debió ser un lago en el pasado. Ahora, el barro y millares de troncos, podridos y agujereados, envilecen sus aguas emponzoñadas. Es como si una terrible plaga hubiese derribado el bosque, como si el tiempo se hubiese detenido en aquel pedazo de arboleda. Montañas de ramas y troncos me permiten caminar sobre las aguas y lo hago. El camino más corto hacia un lugar es siempre la línea recta y yo debo ir veloz hacia el norte.

De tanto en tanto la madera podrida cede bajo mis pies y chapoteo en el fango, de lo que un día debió ser un lago caudaloso. Todo está lleno de animales en descomposición y aguas estancadas. En algún punto de mi recorrido unos brazos, tan podridos como los árboles, intentan aferrarse a mis tobillos y luchan por llevarme al fondo, apenas son un mero entretenimiento en mi viaje. Aunque tras segar el quinto brazo seguido, me acerco al agua para ver quiénes intentan atraparme de una forma tan burda e inútil.

Y los veo… veo a los habitantes de aquel lugar infernal. Hay decenas, cientos de personas bajo las agua… son humanos, o lo fueron en el pasado. Sus cabellos flotan bajo las aguas y sus bocas están abiertas en una mueca eterna de hambre y terror, las cuencas de sus ojos están vacías y reflejan una oscuridad insana. Están hambrientos y lo estarán para siempre… ese bosque es mucho más de lo que parece a simple vista.

Los miro durante largos minutos, sacudiéndome sus garras de vez en cuando. Es una visión espeluznante la de sus calaveras dirigidas hacia uno… pero ya no se puede hacer nada por ellos, están muertos o algo mucho peor… no morirán jamás. Sacudo los hombros y sonrío, después dejo de prestarles atención y continúo mi camino. Ya puedo ver el otro lado del pantano.

Allí, en la orilla opuesta, por primera vez en lo que llevo de travesía, me encuentro con el primer enemigo a tener en cuenta de verdad, un ser bastante más peligroso que la serpiente que acabó con Leviatán. Es un Coloso, una criatura del averno muy difícil de matar, lo sé por experiencia propia y me sorprendo de estar recordando algo en concreto, al fin. El Coloso tiene más de dos metros de altura y casi uno y medio de envergadura, es un ser de cuidado. Fiero y temible, además de inteligente. Su fuerza bruta solo es superada por su velocidad extrema. Tiene figura humana, aunque su piel está compuesta de roca, una roca negra con olor a azufre que parece hacer imposible la velocidad con la que se mueve, proceden del magma que rezuma de los volcanes, ese que se forma durante años y años bajo la corteza de la tierra, y por eso arden a voluntad y se disuelven al morir, abrasando a los luchadores más descuidados. Esta vez no me enfrento a mi enemigo a la carrera ni suelto mi espada… esperad un momento, mi espada… mi espada parece estar hecha con la piel de un Coloso.

Ese pensamiento parece ser mi presentación, el enorme monstruo olfatea el aire y levanta la cabeza, confundido… su confusión apenas dura un segundo antes de saber dónde estoy. Me mira y sonríe con maldad. Parece como si él me buscase a mí. Sonríe y sus carcajadas resuenan en mi cabeza y habla, aunque no comprendo sus palabras, habla y es como su una montaña se derrumbase.

Un nuevo derrumbe se desata en mi interior y veo por qué se carcajeaba, sabe que no intentaré huir de la batalla, que no rehusaré luchar, parece conocerme muy bien… entonces, desde lejos, veo una cicatriz en su pecho, una cicatriz que reluce, un hueco sin piel… y comprendo que estoy ante la criatura de la que está hecha mi espada negra.

Aunque hay algo más –me digo mientras continúo acercándome al coloso-, algo que se me escapa de su alegría y que no consigo comprender. Da igual, la lucha será a muerte una vez más, como todas… y yo no pienso morir. Es entonces cuando escucho el rugido a mi espalda y noto un calor inaguantable… son dos. Mi enfrentamiento es con dos colosos gigantescos y tan sanguinarios como yo.

Utilizo la pérdida de Leviatán para enfurecerme, si es que hace falta una excusa para luchar.

Allí no está la mujer, ni sus cabellos rizados, ni sus ojos azules, allí estamos ellos dos y yo. Allí soy el Peligro.

¡Que tiemblen ante mi ira!

2 comentarios :

Víctor Pintado dijo...

¡Por dios, continúa! No sentía estos cliffhangers desde los cómics de Dragon Ball.

La imagen del pecho del coloso sin lo que conforma la espada me recordó un poco a la marca de una camisa quemada por la plancha, pero aunque sea divertido, no le quita emoción a la cosa. Se pone cada vez mejor, pues en nuestro mundo también se ven de ese tipo de detalles.

Javi dijo...

Es algo rarito, ya lo sé... pero me alegra que me digas eso de los tebeos de Dragon Ball, soy un fan dragonbolero...