21 de enero de 2011

La Dama del Claro VI

Soy un monstruo. Un monstruo horrible y sediento de sangre.

Si me quedaba alguna duda sobre mi naturaleza se ha desvanecido en mi terrible enfrentamiento con las dos criaturas de fuego. La lucha ha sido feroz y una vez más he prevalecido, aunque en esta ocasión no he salido de ella indemne. La verdad es que esos dos eran peligrosos y mortales, como demostrarán por la mañana –si es que esta se digna a llegar- decenas de moratones en mi magullado cuerpo, sus golpes aún resuenan en mi cabeza, sus golpes y sus carcajadas. Además de peligrosos eran dos dementes. Aunque en realidad… ¿no seré yo el verdadero demente?

Les he destruido físicamente antes de matarlos, no me he limitado a vencerles, no. Antes les he herido todo lo posible, les he mutilado a conciencia y les he hecho sufrir cuanto he podido, les he humillado y he sentido placer al hacerlo. Dios ¿quién demonios soy?

Al estar frente a ellos me he percatado de que en realidad, aquella cicatriz en el pecho de una de las criaturas era una cicatriz que no tenía nada que ver con mi espada, aunque el material del que está hecha se asemeja en mucho a la piel rocosa de los dos charcos de magma que rezuman en el suelo, a mis pies.

Estoy sudando… estos dos sí han logrado hacerme sudar y gemir de dolor. Y mi rostro siempre llevará un recuerdo de esta batalla en forma de tres profundos arañazos en mi mejilla izquierda. Pero he vuelto a vencer… he vuelto a demostrar que deben temerme.

Decido detenerme a descansar, aprovecharé el calor del magma para sentarme y calentar algo mis huesos entumecidos tras esa dura contienda. Me siento a pesar de que mi instinto me dice que no dispongo de tiempo, a pesar de que una voz interior me sigue gritando furiosa que corra hacia el norte. Debería continuar mi carrera asesina, pero me siento. Necesito ordenar mis ideas si no quiero volverme loco.

¿Acaso soy realmente un monstruo?

¿Qué clase de criatura es capaz de asesinar sin piedad y disfrutar con ello?

Un aullido lejano resuena en la noche y me hace volver la vista atrás. Los recuerdos se agolpan en mi mente, intentando hacerse paso y reflotar en mi memoria, pero son tantos y están tan apelmazados que no soy capaz de recordar nada. Cierro los ojos pero sé que no servirá de nada.

Y de pronto allí está de nuevo, sentada frente a mí, sonriendo con esos labios que me muero por besar. Sé que la odio, sé que debería levantarme de un salto y cercenar su cuello con el filo negro de mi espada, pero algo me incita a permanecer allí, sentado como un idiota, mirándola. Y aunque tiemble a causa del esfuerzo de contener mis impulsos homicidas, permanezco inmóvil, silencioso, embrujado.

¡Debería matarla allí mismo! Manchar mis manos con su sangre y gritar presa de un júbilo incontenible… ¡La odio! ¡La odio a muerte! ¡Y la amo…!

Un pestañeo, un simple pestañeo la aleja a decenas de metros de mi improvisado campamento. Vuelve a sonreírme y me indica con un gesto de la mano que vaya tras ella. Se me hace la boca agua… la deseo, deseo acariciar su cuerpo y arrancar las gaseosas ropas que cubren sus formas incitantes. Parece tan… tan pura y yo tan negro, tan siniestro, ¿Podrían amarse la luna y el sol? No lo creo…

Me llama… vuelve a llamarme con ese nombre que no recuerdo tener y que no entiendo. Me llama y la mera mención de mi nombre hace que me levante y camine detrás de ella, ya ni siquiera trato de alcanzarla… es peligrosa, lo sé. Todo mi ser me grita a cada instante que la rehúya y me aleje de ella todo lo posible, sé que será mi perdición… que es más peligrosa que yo… y aun así la sigo, sin prestar atención a cuanto me rodea.

Pero termina desvaneciéndose en la nada ¿o fue al rodear aquella encina retorcida? Ni lo sé ni me importa. Ahora estoy más cerca de mi destino que antes, el norte me sigue llamando. A mi alrededor todo son troncos desnudos y el suelo es una amarillenta alfombra de hojas secas. Estoy en una extensa arboleda de álamos, cuyos troncos grises se extienden hasta donde alcanza mi vista. Me siento pequeño en aquel paraje, no hay criaturas a las que combatir y sin la lucha, sin la muerte no soy más que un cascarón vacío.

No soy nada.

Durante horas camino entre los álamos, acompañado por el crujir de las hojas bajo mis pisadas y por el mando de niebla que me cubre hasta las rodillas. Estoy asustado, lo reconozco y me odio por ello. Pero la ausencia de un enemigo concreto hace que tiemble como un chiquillo. La alameda parece no tener fin… ¿y si estuviese condenado a vagar por esa arboleda para siempre? ¿Y si no hubiese un norte al que llegar? ¿Y si realmente estuviese loco?

Mi nombre vuelve a ser invocado por esa voz tan sugerente que me invita a continuar aún más deprisa hacia el norte. Mi destino me aguarda.

En mi caminar creo atisbar un destello de bucles dorados perdiéndose tras los troncos, pero nunca consigo alcanzarlo. Ella me sigue evitando, ella sigue haciéndome débil…

De pronto algo se mueve bajo la niebla, algo me ataca y mi ánimo se recobra. Pero antes de poder enfrentarme a lo que quiera que me aceche pierdo el paso y caigo por una pendiente situada bajo mis pies. No sé cuánto tiempo estoy resbalando y rodando montaña abajo, pero mi caída se detiene con un seco chapoteo… y al intentar salir del charco, me doy cuenta de que estoy en un pozo de arenas movedizas.

La noche se pone interesante.

1 comentarios :

Jose dijo...

Vaya fenómeno el tío jeje, encima dice que se pone interesante...

Es un relato impresionante tronqui, rápido, trepidante, increíblemente interesante, abusivo, adictivo diría.
Un acierto que sea en 1ª persona.

Mñn sigo leyendo si me da tiempo, qué envidia sana me das jeje ;-)