27 de enero de 2011

La Dama del Claro VII

¿Y ahora cómo salgo de aquí?

Esa es la primera idea que me ronda por la cabeza a descubrirme hundido hasta el pecho en esa masa viscosa de barro. Lo segundo que pienso es que soy un imbécil y lo tercero en lo mal que huele ese barro en particular.

¿Y ahora cómo salgo de aquí? Vuelvo a preguntarme poniendo especial cuidado en permanecer tranquilo y moverme lo menos posible. A pesar de mi falta de recuerdos sé que no debo moverme en las arenas movedizas, pues cada uno de mis movimientos me llevará irremisiblemente al fondo de aquella trampa mortal.

A pesar de la oscuridad y la niebla giro el cuello lo suficiente como para tomar conciencia de mi situación real, podría estar poniéndome nervioso por una estupidez, pero no, no es una estupidez, estoy demasiado lejos de cualquier lugar al que aferrarme para salir de allí. Ni siquiera podría alcanzar las ramas más bajas de varios sauces llorones deshojados que crecen en aquel remedo de pantano sin agua.

Sin saber de dónde, un recuerdo fulgura en mi cabeza, un recuerdo cruel y estúpido en una situación semejante. La Tribu de los Somaehd tenía una tradición antigua. Cuando sus niños varones alcanzaban la decena de años eran arrojados a un pozo como este en el que me encuentro ahora, solo aquellos que lograban sobrevivir eran considerados aptos para ser Somaehds adultos… no creo que queden muchos varones en esa tribu y, a pesar de mi peligrosa situación soy incapaz de reprimir una leve sonrisa ante mi ocurrencia. Vaya, no sabía que era capaz de hacerme reír. Eso sí que tiene gracia.

Lo que no la tiene es esa imagen que aparece a la orilla de las endiabladas arenas ni la melodía que llega hasta mis oídos. Una melodía dulce y melancólica que evoca imágenes difusas en mi mente. Conozco esa melodía triste, la conozco y la amo y la odio… y, antes de verla, sé que ella está de nuevo allí. La mujer del bosque está a apenas unos metros de mí y sé que está fuera de mi alcance una vez más. Reniego en voz alta y grito algo, es la primera vez que grito en mucho tiempo y noto mi garganta desacostumbrada al ejercicio. Me raspa el hablar y por eso decido guardar silencio, pero no puedo evitar mis nervios ante su presencia, no puedo hacerlo y noto cómo me hundo lentamente en el fango. Antes de darme cuenta de ello estoy hundido hasta el cuello. No me había dado cuenta hasta ahora, pero mis dos brazos se encuentran también bajo las arenas… no puedo moverme.

Procuro calmarme, pero ella me mira y sé que me ha visto, lo adivino es sus ojos claros y en el baile danzado por sus rizos, me ha visto y sus ropajes blancos entonan una siniestra melodía. De pronto, la música de su flauta se torna en algo oscuro y fúnebre. Sabe que estoy a punto de morir, que en un par de instantes terminaré hundido en el barro, ahogado, muerto… quizás termine formando parte de esos infelices que he visto en las aguas estancadas del pantano, quizás ni siquiera merezca esa condena… no sé con certeza quién soy, aún no, pero sí sé que mi castigo debería ser mucho mayor que ese.

De pronto la música enmudece y la veo acercarse a la orilla fangosa, ¿qué hace? ¿Acaso no presiente el peligro en el que está a punto de meterse? ¿No conoce las arenas movedizas? Pero antes de poner sus pies en el barro sonríe y me dedica una mirada radiante. Me está esperando, sé que me está esperando… ¿por qué me espera? ¿Qué ocurre allí? ¿Quién demonios es ella y quién soy yo?

La música se reanuda y me dejo llevar por su cadencia. Es tan placentero el dejarse vencer por su magia que apenas veo los tentáculos que surgen sinuosos de entre los tallos retorcidos de los sauces. Pero los veo, los veo retorcerse hacia mí presas de un ansia a duras penas controlada. Los veo a pesar de su negrura, a pesar de la niebla y la oscuridad y la noche. Los veo y mi mente se abre paso poco a poco entre la magia.

Despierto y dirijo mi mirada hacia la orilla, allí sigue Ella, tocando su melodía, flotando sobre el barro. No ha dejado de sonreír. Me espera…

Es entonces cuando dos tentáculos, tan robustos como troncos centenarios, repletos de ventosas se acercan a mí y mi sonrisa se hace aún más amplia. Al final sí podré salir de aquella muerte asegurada.

Aunque para ello deba derrotar al padre de todos los monstruos del Bosque.

Espero que ese ser tenga sentimientos, porque esto le va a doler mucho más que a mí.