28 de enero de 2011

La Dama del Claro VIII


Antes de dejar que el monstruo me aferre con uno de sus asquerosos tentáculos y sentir su terrible fuerza, su deseo de estrujarme hasta la muerte, la miro. La miro y veo cómo ella me mira a mí. Su gesto no es de alegría ni de deseo, tampoco parece estar alertada por la presencia del pulpo o la suerte que yo pueda correr. Sus labios parecen musitar una salmodia queda, sus ojos no reflejan emoción alguna… y de pronto sé qué está haciendo, está esperando. Me espera.

Algo, un rincón minúsculo de mi memoria me grita que ella no está allí, que solo es un reflejo, que no es real. Y sin embargo está, no solo puedo verla al borde del pozo de lodo, también puedo sentirla, noto su color, su estremecimiento. La noto y mi cuerpo recuerda su presencia, todo mi ser se agita cuando está cerca, ¿quién demonios es esa mujer? ¿Qué hace allí?

La veo llevar de nuevo la flauta hasta sus labios y una vez más escucho la canción de mi tormento. Después ella vuelve a llamarme, la miro, apartando la mirada de la muerte negra que tira de mí sin remedio, que me intentará arrebatar la vida en unos pocos segundos. Pero ella ya no está. No queda ni un solo vestigio de su existencia, salvo la música en mis oídos y mi nombre, ese que escucho continuamente de sus labios y aún no soy capaz de recordar.

El apretón del tentáculo del pulpo se acrecienta y me hace perder el aliento. Bueno, por fin un ser capaz de ponerme en un verdadero aprieto.

En realidad ha sido una verdadera suerte su llegada, porque gracias a él he podido escapar de las arenas. Quizás podría haber intentado salir de ellas, pero no creo que hubiese sido posible. En fin, ese es un problema que ya no hay que resolver.

Me fijo entonces en mi enemigo. Realmente es un ser asqueroso y repugnante. Está cubierto de centenas de tentáculos, más o menos gruesos, pero ninguno inferior al grosor de un hombre adulto. Los tentáculos bailan a mi alrededor, ansiosos. Sé que aquella criatura intentará devorarme, no sé hasta dónde alcanzará su inteligencia, si será un ser consciente o no, pero una cosa sí que es segura, ninguna criatura de ese tamaño coge a un ser inferior por capricho. Tiene hambre, está ansiando devorarme… bien, eso me da ventaja.

Mientras me fijo en su rostro baboso y repleto de ojos amarillentos, en su desmedida boca y sus afilados colmillos, retorcidos, largos e irregulares palpo mi pierna en busca de mi espada. No soy idiota, he dejado que me aferrase su tentáculo negro sí, pero antes he tenido la precaución de separar el brazo lo justo como para mantenerlo libre de su atadura.

Y es en ese instante cuando me doy cuenta de algo en lo que debía haber reparado antes, en realidad no tengo una espada ¿o sí la tengo y la he perdido en las arenas? No hay tiempo para averiguarlo, estoy tan cerca de las fauces del leviatán que puedo sentir su siniestro respirar y sus ronquidos. Su aliento es asqueroso y sus ojos no dejan de mirarme como a un suculento manjar.

Decido no luchar. Sí, sé que parece una estupidez dejarme devorar por una criatura gigantesca extraída de las peores pesadillas de un escritor loco, pero luchar contra sus centenares de tentáculos no parece una locura menor. Dejo de luchar y parece contrariado, como si no esperase de mí aquella desidia. Su tentáculo me aleja de sí, como si temiese algo de mí. Me teme. Sí, aquel ser enorme y monstruoso, aquel gigante de pesadilla me teme. Hace bien. Es más inteligente de lo que sospechaba.

Pero sus dudas apenas duran un par de minutos. Me zarandea y algunos de sus tentáculos se acercan indecisos, como si esperasen una reacción violenta por mi parte, la verdad es que no es nada agradable que un pulpo gigante te sobe con sus tentáculos, pero sé que es mi mejor opción frente a él si quiero vencerle.

Permanezco inmóvil, me tranquilizo todo lo posible y me muestro dócil.

Es inteligente, sí, pero no tanto. Al cabo de unos pocos minutos noto que se estremece entre convulsiones y si no sospechase que eso es imposible, podría pensar que se está riendo ante mi derrota. Está feliz y satisfecho con su presa. ¡Maldito demonio!

Sigo en calma, respirando solo lo necesario. Sé que podría escapar de su atadura y luchar. Pero esa lucha duraría horas y aunque aún no sé si mis fuerzas son limitadas no estoy dispuesto a estar varias horas combatiendo con ese bicho. Así que, sigo esperando.

Y entonces, repentinamente, me arrastra hacia su garganta. Soy rápido y mis ojos captan casi todo el movimiento, pero antes de darme cuenta de lo que está ocurriendo estoy en el interior de las fauces del calamar.

Es entonces cuando siento un cosquilleo en mi brazo izquierdo, es entonces cuando las runas se iluminan y veo los tatuajes plateados que cubren mi mano y la luz que destella de los que guardan mis ropas. Es entonces cuando recuerdo dónde está mi espada.

Yo soy la espada, yo soy el peligro. Él lo sabe y por eso tiembla. La luz de mis runas quema su paladar, su lengua. Sabe que ha cometido un terrible error, que no debería haberme llevado hasta allí, más allá de la frontera de sus tentáculos. Ruge de puro terror e intenta escupirme. Ante mi resistencia intenta sacarme con algunos de sus zarcillos negros.

Pero no podrá sacarme, estoy dentro y de nuevo vuelvo a tener mi espada en la mano, reluciendo la única runa de su empuñadura negra. Mi brazo ha dejado de picarme, pronto, la sangre de aquella bestia regará la noche y emponzoñará la niebla.

Sonrío con malicia cuando clavo la espada hasta la misma empuñadura en el paladar y un surtidor de sangre púrpura me envuelve. He vuelto a vencer en la batalla.