25 de febrero de 2011

Cumpliendo órdenes


Yalahd se giró hacia sus tropas, las órdenes venían de arriba y eran claras, tan concisas que daban miedo. Tenían que disparar a matar. A sus vecinos y amigos, a sus familiares, a sus compatriotas. Siempre había sido un soldado obediente y eficaz, pero esta vez temblaba delante de los rostros dispuestos de sus muchachos ¿cómo les iba a ordenar un crimen tan atroz?

Tomó una decisión, se debía a su patria, había jurado obediencia a su nación. Cuando comenzó el discurso ya sabía que a muchos miembros de su tropa no les gustaría lo que estaba a punto de decir. Estuvo casi una hora hablando, ordenando. Y al final incluso los más reacios estaban más que dispuestos a obedecerle. Eran soldados, se debían a su patria. La traición se pagaba con la muerte...

Con una última orden puso todo en marcha. Su batallón estaba preparado, lo había estado desde siempre. Eran los mejores... se llevó tres patrullas con él hacia el palacio presidencial mientras el resto de sus hombres se perdió entre las calles, dispuestos a cumplir órdenes, tenían que disparar a matar, eran las órdenes, disparar a matar. Yalahd pidió a Alá que le perdonase por lo que estaba a punto de hacer. Esa noche, las noticias de todo el mundo dieron la noticia: los soldados libaneses abatían sin piedad a los mercenarios desplegados por sus calles, morían defendiendo a su pueblo, como habían jurado hacer. La cabeza de Gadafi pendía de una pica, estaba bien muerto.

Uno de sus generales, el mejor de ellos, había cumplido por fin la promesa de defender a su pueblo y a su nación...