24 de febrero de 2011

El anillo espanta lobos...

El niño cogió a su padre de la mano y antes de dar el primer paso le preguntó si allí fuera, entre la nieve, podían toparse con lobos. Los lobos le aterraban. Su padre apretó la mano del pequeño con ternura. Inspiró profundamente y le mintió, procurando que el viaje fuese menos intranquilo para su hijo. "Tranquilo, tengo un anillo espanta-lobos, me lo regaló una bruja buena" –mintió...

Caminaron durante horas entre la nieve, bajo el manto estrellado de la gélida madrugada invernal. El viento arreció y Rhog cogió al pequeño en brazos. El niño no los vio, pero media docena de lobos acechaban tras los árboles. El leñador aceleró su marcha, tembloroso. Temía a los lobos, los temía desde niño, cuando estuvieron a punto de devorarle en una noche estrellada, gélida y envuelta en nieve...

Los lobos podían notar su miedo y se acercaban más y más, saboreando de antemano la carne cálida y la sangre de la que disfrutarían bajo las estrellas. Pero, cuando iban a atacar se detuvieron. La mirada sin temor del niño les amilanó y al final, terminaron huyendo con el rabo entre las piernas. Joy sonrió, su padre tenía razón, el anillo que pendía de su cuello ahuyentaba a los lobos. Lo que nunca supo fue que había sido su valor y no un anillo, lo que les salvó aquella noche de ser devorados por la manada.